8. MI HISTORIA, MI HOGAR
En 1924 llego Salvador desde Mirabella Imbaccarri, Sicilia, a Buenos Aires y como tenía parientes viviendo en Adrogué eligió ese sitio para asentarse. Allí comenzó a trabajar en quintas y en cinco años logró traer a su familia. En 1929 llegaron Gracia, su esposa, su hija María y Luisa que venía en camino. El tiempo paso y pronto pudieron comprarse un lote y edificarse su casa, allí nacería el más pequeño, José, en 1933.
Luisa tenía ocho años cuando su hermana de catorce comenzó a trabajar, y ella quedo a su propio cuidado y, además, al de su hermanito de cuatro.
Cada día veía como todos partían a la capital a las cinco de la mañana y no volvían hasta las cuatro de la tarde.
Entonces comenzó a deambular con su hermanito, José por el barrio.
Allí miraba las cosas que hacían las vecinas y buscaba imitarlas, para ellos era como un juego… Un día alguien les convidó buñuelos de banana, y a ellos les encantó, entonces decidieron hacerlos. Como no sabían la receta solo pisaron la fruta y la pusieron sobre la sartén con aceite, pero claro les faltaban huevos, harina y azúcar, esta mezcla se hizo chiclosa y no se parecía a aquellos que los habían deleitado. Al final terminaron jugando con la fruta cocida y se les pegó en la ropa, en las paredes.
Al volver la mamá del trabajo los quiso matar, no podía sacarle el engrudo del pelo y el aceite de la cocina.
Otro día miraban como las señoras del barrio sacaban sus ropas para solearlas, ni cortos ni perezosos decidieron hacer lo mismo. Juntos deslizaron el baúl y desplegaron toda la ropa blanca de la casa, una vez acomodado todo decidieron ponerse a baldear la veredita y mientras pasaban la escoba iban llenando de barro y nuevos lunares a las bellas sábanas y manteles traídos de Italia. Así fueron aprendiendo a modo de ensayo error.
Pero había algo que siempre envidiaban de los niños del barrio y era la hora de la merienda cuando las mamas que no trabajaban los llamaban a tomar la leche…
Nunca a ellos les había sucedido. Tal vez porque toda su familia trabajaba o quizá porque era una costumbre de estas tierras.
Luisa creció y aprendió a hacer las cosas de la casa y luego se convirtió en mamá, allí puso en marcha todo su aprendizaje de pequeña.
Las tareas domésticas eran su trabajo, jamás dejaba que sus hijas tuviesen obligación alguna, solo podían abordarlas como un juego.
Siempre estaba atenta a cada cosa que necesitase su familia, y por supuesto ahora era ella quien llamaba a tomar la leche.
Se levantaba muy temprano por la mañana y amaba baldear la casa desde la vereda hasta el fondo. Se escuchaba el canto de ella y el ruido del agua cayendo… Para ella el olor a limpio y a cera era un símbolo de hogar. Ni que hablar de la comida y sus sabores únicos e inimitables.
Las tareas del hogar para mí son una extraordinaria mezcla de fragancias… comenzando por la cera Suiza, el Claro en las tardecitas y el olor a pan recién horneado mezclado con el azúcar quemada y el vainillín que coronaban los flanes del domingo. En invierno perfume a azar, en primavera violetas, jazmines y tilo en verano y en otoño eucaliptus y limón.
El hogar y sus tareas me traen un sentimiento de estar en casa y de tu presencia eterna, única y mágica. Mi Luby, mi sol, mi casa siempre.
Clara Lucía Márquez (Adrogué, Buenos Aires)
7. OTRAS PRIORIDADES
Nunca me gustó limpiar. Mi mamá intentó hacerme colaborar con las tareas domésticas, pero viendo el poco esfuerzo que ponía yo en hacerlas y el mucho esfuerzo que era para ella lograr que yo lo hiciera, terminó resignándose, aunque nunca dejó de protestar. Ella era obsesiva del orden, pero no recuerdo que lo haya sido de la limpieza. Quizá como consecuencia de haber tenido tan poco tiempo libre en casa y tanto por hacer es que fue priorizando las tareas.
Cuando empecé a ir a la casa de mis suegros vi cómo todo relucía en cada ambiente. Los pisos de parquet encerados y acariciados continuamente por unos patines de lana que esperaban a la entrada de los dormitorios invitando a deslizarse por ellos, los pisos de mosaicos destellando luz y aroma, las cacerolas brillando sin una pizca de negror o grasitud, los vidrios mostrando una transparencia perfecta y hasta el delantal de cocina de uso cotidiano para preparar almuerzo y cena siempre inmaculado y libre de arrugas.
Siempre me gustó imitar las cosas que observaba y que podían facilitarme la vida. Ida, mi suegra, siempre me trató de forma tan respetuosa, afectuosa y cómplice que decidí ser como ella a la hora de relacionarme con las nueras que el destino me deparara y le estoy eternamente agradecida por eso, pero nunca quise imitarla en la impecabilidad de las tareas domésticas. Me parece muy alto el costo de querer tener todo perfecto y bajo control. Recuerdo una vez que vino a visitarnos y me preguntó por qué no les sugería a los chicos que entraran y salieran por la puerta del garaje, dado que pasaban innumerables veces por el living y el piso nunca podía permanecer limpio. Supo entender que para mí era más importante la practicidad de acortar camino antes que la permanencia de un piso brilloso.
Cuando alguien me pregunta por qué seguimos viviendo los dos solos en una casa tan grande con tanto para limpiar, les digo que el secreto es no obsesionarse, lo hago cuando tengo ganas o lo que veo me disgusta demasiado. Tantas veces en el pasado terminaba de pasar el trapo por todos los pisos y al rato entraban los chicos con barro en los botines, o actualmente luego de hacerlo, a mi marido se le da por cocinar, cosa que ama hacer, y la cocina, luego, es un caos. Sé que a los chicos los malcrié al no obligarlos a dejar el calzado sucio adelante, por eso me banqué esa situación haciendo la vista gorda. También sé que si yo no limpio lo que ensucia mi marido cocinando lo va a terminar haciendo él, pero como no me gusta cómo lo hace, prefiero qué él siga con su terapia de cocina y yo después, a mi tiempo, vuelvo a dejar todo en orden. Ojo que a veces el orden llega al día siguiente. Sé que no muchas mujeres toleran tener los cacharros todos sucios de un día para el otro, pero por suerte a mí no me quita el sueño, y al que no le guste que mire para otro lado o se ponga a limpiarlos, cosa que tampoco me molestaría.
Olgui (Hurlingham, Buenos Aires)
6. EL ORDEN EN PRIMERA PLANA
La limpieza de la casa me importa mucho, tanto afuera como adentro. Sobre todo, al frente, ya que vivo en una zona ventosa y toda la mugre que vuela viene a parar a mi vereda. Pero más, aún, me importa el orden. Puede haber una que otra mancha en el piso, un poco de tierra en los muebles, pero si la casa está ordenada la imagen es otra.
Cuando era más joven, con mis hijos más chicos y trabajando doble turno, solo tuve niñeras, acomodaban un poquito nada más, con suerte tendían la cama y lavaban los platos, porque niñera y limpieza cobraban más caro, y como no nos alcanzaba, solo pagábamos niñera. Entonces yo los viernes cuando llegaba de la escuela, tomaba algo, veía los cuadernos, estaba un rato con ellos, escuchaba las quejas y demandas y ya a la tardecita noche me ponía a cocinar algo para la cena y después a limpiar. Si mi marido estaba en el campo, lo esperaba limpiando, hacía una limpieza general, de este modo el sábado y el domingo me rendían un poco más. Porque los sábados eran para planificación u hojas para corregir de la escuela o alguna que otra reunión social o actividad de los chicos. ¿Puede ser que anoche a las dos de la mañana estuvierass limpiando los vidrios? me preguntaba mi vecina y amiga, que se quedaba hasta tarde trabajando con sus papeles de gestora. Vos estás de la cabeza me decía. ¡Deja ese fanatismo y descansa un poco mujer! Decí que la casa era chiquita…
Viví en todo tipo de casas y departamentos, estos eran más fáciles de limpiar y mantener ordenados. Viejas, nuevas, de una planta, de dos, pero siempre quería que estuvieran impecables. Algunas grandes, otras pequeñas, estas siempre más despelotadas.
La mesa llena de carpetas, taza, galletitas de la mayor que estaba estudiando, camisetas, botines, zapatillas del varón desparramadas, juguetes de la más chiquita y así era la mayoría de las veces al llegar. Yo me ponía loca y era un griterío, peleas y dale que va. Una vez me puse a limpiar la casa, previo cumple de mi marido, era un dúplex, bastante grande. Estaba lavando los pisos de abajo y los chicos iban y venían dejando marcas y llevándolas por todo el dúplex, especialmente a los lugares que ya había limpiado. Me largué a llorar. Entró justo mi marido y le conté. Ese día les pegó. Hasta hoy se acuerdan. Ahora se ríen, pero me lo echaron en cara siempre.
Mi hija mayor nada que ver conmigo, puede tener su casa detonada, que sigue tomando mate o paseando, no lo registra. Demasiado me hiciste limpiar vos me dice, será por eso que es así.
Hace unos años que tengo empleada doméstica, por supuesto que siento que nadie limpia como yo, pero ya estoy más grande y hago la vista gorda. Ahora que tengo más tiempo, estoy encima. El orden sigue siendo la prioridad y mi toc la mesada: sucia o con migas, me saca. Tu casa siempre impecable, dice mi consuegra. Tu casa, Mari, siempre tan ordenadita una amiga. No podría vivir de otra manera. Si bien ahora me ayuda que seamos tres, nada más. La más chica es muy prolija y ordenada, nada que ver con los otros. Y mi marido tanto que le rompí las bolas según él, también se acostumbró bastante al orden, no tanto como yo quisiera, pero algo cambió.
Mari (Neuquén, Neuquén)
5. GESTOS DE AMOR
Amo hacer las tareas del hogar, aunque también podría odiarlas, ya que desde muy niña me fueron impuestas.
Cocinar no me gustó, a pesar de que mi mamá lo hacía bien, yo jamás me detuve a mirar, fuí aprendiendo con los años todo lo básico y porque no me quedaba otra.
De joven fui muy obsesiva con el orden y el aseo, tanto que dejé más de una vez de jugar con mis hijos por no perder un minuto de mi tarea.
Mi esposo no me exigía tanto esfuerzo, lo único que tenía que estar al día eran sus camisas blancas del trabajo. No me ayudaba en las tareas, él cocinaba los días que tenía franco y lavaba los platos, opinaba que yo tardaba demasiado ordenando la cocina. Yo los lavo, decía, vas a ver que en un minuto todo está listo, en realidad los lavaba en un minuto, pero la inundación que dejaba en el piso de tanto salpicar el agua era de terror. Tal vez por eso yo no pedía ayuda, porque luego yo debía rehacer todo de nuevo. Él era muy colaborador a la hora de ir a hacer las compras y eso sí, me adelantaba un montón.
Nunca para mí, fue dificultoso ocuparme totalmente del funcionamiento de la casa con todo lo que eso implicaba. Las visitas al médico, las tareas del colegio, los torneos de futbol, además de esperar cada noche a mi esposo, para acompañarlo mientras él cenaba, aprovechando a comentar los temas del día.
Con el paso de los años seguí con mis nietos, los buscaba los viernes a la salida de la escuela, para regresarlos a su casa los domingos por la noche con mi esposo.
Hoy todavía lo sigo haciendo con Guada, cuando mi hija tiene que trabajar y necesita que le dé una mano. Ni antes, ni ahora sentí como una obligación dedicar tiempo para ellos, por el contrario fue una satisfacción poder hacerlo.
Mi mamá me decía que yo era la sirvienta de mi familia porque los atendía tanto, nada más errado. Seguramente ella pensaba así, porque ese fue el criterio que tuvo para conmigo.
Mi familia fue y sigue siendo lo más preciado par. Ayudarlos y acompañarlos cuando me necesitan es el mayor gesto de amor que pude y puedo brindarles.
Li CABA)
4. LO NECESARIO
Si alguien me preguntara qué tareas de la casa me gusta realizar, la respuesta sería: - Ninguna.
Ser ama de casa nunca fue una opción para mí, aunque respeto absolutamente a quien lo elige para su vida.
En mi casa, desde chica tuve el ejemplo de mi mamá, que, cada vez que podía, tenía una persona que la ayudaba con la limpieza, mientras ella iba a la escuela, a pesar de que siempre trabajó un solo turno. Decía que prefería trabajar afuera y pagar a quien hiciera las tareas domésticas. Yo adhiero a esa teoría cien por cien y mi hija sigue con la tradición.
Obvio que hubo mucho tiempo en que eso no era posible. Ni en mi hogar de origen en la época de las vacas flacas ni en el mío propio cuando contábamos los billetes para llegar a fin de mes. Mientras trabajaba doble turno, mi casa era un caos. Los sábados eran el momento en que César y yo, después de desayunar, nos arremangábamos y nos poníamos a ordenar y a limpiar. Durante la semana era imposible. Yo llegaba a las dieciocho horas o más tarde y, luego de los mates vespertinos, mientras César preparaba la cena, planificar y corregir eran mis tareas obligadas. Al llegar el viernes, la casa parecía arrasada por un tsunami. Eso me ponía de muy mal humor porque no me gusta el desorden. No soy obsesiva pero sí me gusta que las cosas estén guardadas en su lugar. Una casa, aunque esté llena de tierra, parece menos sucia si está ordenada. Eso es una máxima en mi hogar, no me gustan las cosas sobre las sillas o los sillones ni el pasaplatos lleno de objetos que no pertenecen a ese lugar. A medida que Flor creció, aprendí a convivir con su desorden. Decidí cerrar la puerta de su habitación para no enterarme y ponía como condición que ordenara los jueves si quería que el viernes se la limpiaran. La consigna era clara: yo pagaba para que limpiasen, no para que ordenarann. Obvio que el viernes todo estaba en su lugar. Creo que fue la única muestra de rebeldía (si acomodaba, no era rebeldí)en su historia.
Lo que repaso todo el tiempo es el baño porque me gusta que se vea y huela a limpio. La mesada de la cocina es otra de mis prioridades, por lo que, rara vez, me voy a dormir sin lavar los platos de la cena. Los pisos sólo me conocen cuando los repaso con el escobillón, ya que me resulta imposible pasar un trapo o baldear sin que mis lumbares me cobren la factura. La cama suele estar tendida, aunque no me preocupa si algún día eso no sucede, la estiro antes de ir a dormir.
César siempre participó de las tareas del hogar. Desde el principio estuvo claro que la casa era responsabilidad de los dos. Más allá de la cocina, que siempre es de su dominio absoluto, no tiene problema en realizar lo que haga falta. Tiende la ropa, pasa el trapo o lava los platos si me gana de mano en ocasiones.
La cocina nunca fue mi fuerte pero tampoco él colaboró a que yo aprendiera. Intervenía y opinaba todo el tiempo hasta que un día, cansada de sus indicaciones, le cedí el poder y nunca más lo recuperé. ¿Qué sentido tenía pelear por hacer algo que a él le encantaba y a mí me pesaba? Recién este año, a partir de mi cambio de hábitos nutricionales, comencé a experimentar sabores para mis almuerzos y a sorprenderlo con preparaciones sanas para la merienda. Debo reconocer que ya no me disgusta tanto. Por momentos creo que lo disfruto.
Podría decir que no soy ama de casa ni me preocupa, pero sí realizo las tareas necesarias para vivir en un hogar ordenado y prolijo.
Nada como las cosas en su lugar, linda música de fondo y un sahumerio o un perfume agradable aromatizándolo todo. Una cama tendida, las sillas guardadas debajo de la mesa, sin cosas fuera de lugar, reflejan armonía en el ambiente y eso me produce paz. El orden externo me ordena y me produce bienestar.
Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)
3. TIEMPO PERDIDO
¡Qué tarea más desgastante la limpieza de la casa! Aburrida. Insultante. Odiosa y tediosa. Ese loop del cual no se puede escapar. Polvo, desorden, mugre, limpieza, brillo, perfume, polvo, desorden, mugre, limpieza, brillo, perfume y así hasta el infinito. Es la muerte personificada. Porque así como nacemos todos un día nos vamos a morir -indiscutible-, así estemos vivos o muertos la suciedad seguirá peleando por existir.
Fui, soy y seré una irresponsable de lo doméstico. En este tiempo en el que mi estimado consorte ha descubierto las maravillas de la cocina, lo soy más. Obvio que me ocupo por ejemplo de la tarea del lavarropas, que come ropa sucia y la devuelve perfumada y casi seca. A continuación el trabajo del Koh-I-Noor®, monstruo blanco y enano, onda Arturito de la Guerra de las Galaxias. Guardo la ropa en el lugar que corresponde. Somos tres y nuestros placares se encuentran muy lejos el uno del otro. Mi ropa es más sencilla porque es difícil que me la confunda, cosa que me echan en cara más de una vez los señores con los que convivo. Planchado lo hace Tomasa, mi querida Tomasa, quien viene a casa hace nueve años.
Cuando el terremoto de Caucete en San Juan, Sábato comentó que vio a una mujer barriendo la tierra de lo que fuera su terraza, en ese momento al ras del suelo. Esa imagen a él le hablaba de la esperanza. De la más genuina esperanza.
Cuando la pandemia, me preparaba mentalmente para llevar a cabo la tarea. Siempre con una buena puteada. Y luego “correte de mi camino porque te llevo puesto”. Arrancaba bien temprano. Me dedicaba a la limpieza de pisos y muebles. Hacer las camas y ordenar la ropa dejada por cualquier parte. Con una velocidad que los míos decidían sabiamente estar lo más lejos que les era posible. Felizmente, hubo un tiempo que pasó. Para todos.
Odio las medias y sus obligados pares. Se cuenta del Dr. Kant que tenía cinco trajes, cinco camisas, cinco abrigos, cinco corbatas, cinco calzones y cinco pares de medias. Todos iguales. La ropa y su limpieza se estructuraban como tiempo perdido para un hombre que no tenía pensado perderlo ni que se le escapara. Tanto mundo para estudiar. Tanto asombro para entender. ¿Quién se va a fijar en cómo estás vestido? Realidades de otros mundos.
Edith Oxilia (CABA)
2. TAREAS DOMÉSTICAS
De existir la reencarnación, no creo ser la de Cenicienta. Dudo que le gustara estar fregando todo el día, pero al hacerlo, una sonrisa afloraba a su rostro mientras cantaba. Yo no.
Esto no significa que no realice las tareas de la casa, pero de más está decir que, si pudiera evitar hacerlo de por vida, lo haría sin dudar.
No alcanzo a entender que alguien disfrute mientras limpia los muebles o trapea los pisos. Yo puedo disfrutar el resultado, pero no el proceso. Existen días en que me resulta más llevadero y en otros, una carga algo pesada.
No coincido con aquellos que dicen que “es un trabajo”, para mí es lo más parecido a una obligación para quien lo hace.
Pienso en las mujeres que pertenecían a décadas pasadas, parecía que su casa y las tareas eran el único mundo al cual estaban predestinadas ¿las haría felices?, ¿sentirían orgullo por ser amas de casa casi perfectas?, ¿ su ambición radicaría en sentirse dueñas de una casa inmaculada?
Porque inmaculada no es lo mismo que limpia, es un par de escalones más arriba, en esta escalera que no tiene fin. Se puede empezar por el primer peldaño a la mañana, y si uno se deja llevar, se suman escalones hasta la medianoche, absorbe, y para peor, desgasta.
. Detesto cocinar, me parece una total pérdida de tiempo, cuando para comer basta una tostada y un trozo de queso, por dar un ejemplo. Cocinar es una verdadera obligación para mí. Además, odio especialmente limpiar la cocina, es un ambiente que nunca está totalmente limpio y ordenado, siempre hay algo allí que lavar o que guardar en el curso del día.
El desorden me disgusta. ¿Sonará un poco obvio decir que el desorden que más me molesta es el de los otros habitantes de la casa? Quizá sea porque de mi propio desorden me ocupo yo… y la mayoría de las veces, del de los otros también.
Me resulta difícil pensar o creer que una persona pueda vivir en una casa sucia. Pero como escribí antes, también creo que una limpieza adecuada alcanza. Es como todas las cosas, la exageración, el estar permanentemente pendiente, ver las cosas como en realidad no lo son, termina siendo enfermizo.
Yo elijo vivir en una casa limpia, ordenada, donde resulte agradable vivir, porque es esa, para mí, la palabra justa. Que la casa sienta la vida de quienes la habitamos, que sea el lugar donde nazcan buenos momentos para compartir, que a veces esté ordenada y si otras, uno encuentra alguna ropa fuera de lugar, comprender que por eso no pasa nada.
Casa limpia, sí. Casa inerte, de foto de revista, no.
Claudia (CABA)
1. HOGAR
No recuerdo haber hecho tareas del hogar en mi infancia. Sí recuerdo a mi mamá trabajando como una burra todo el día, además cosía y tejía. A pesar de lo limpia que era, ella nos dejaba patinar y jugar a la pelota dentro del departamento. Hacía la limpieza profunda los sábados mientras papá nos llevaba a un parque o una plaza. Me gustaba ayudar en la cocina, sobre todo pararme en una silla a empanar milanesas y ayudar a mi abuela a hacer los ñoquis. Cuando tuve mi propia habitación tenía que limpiarla yo, pero lo que recuerdo es a mamá diciendo: ¡Dejame a mí! ¡Sos una inútil! Tengo en mente sus gritos y la histeria porque no hacíamos las cosas como las hacía ella, cosa que torturó a mi hermano hasta sus últimos días.
Me casé muy joven y fui aprendiendo a cocinar para mis hijos. Los primeros cinco años viví con mis padres, entonces el pacto era pagar una señora mitad cada uno, porque éramos muchos. No trabajé mientras los nenes eran chiquitos. Mientras todos se iban, yo dormía hasta el mediodía. <mis hijos llenaban de juguetes la casa, pero para cuando regresaban, todo estaba limpio y ordenado. Luego nos mudamos a nuestro propio departamento. Un sitio frío y sin gas, las paredes y los techos de cal y con todas las manchas de construcción en el piso. Fuimos comprando muebles por prioridades: primero para la cocina y luego para los chicos. Daniel nunca quiso pintar las paredes. Nunca. Yo no disponía del dinero. Sinceramente no recuerdo cuál fue el motivo de no arreglar ese departamento. Decidí ser ama de casa, por elección: preparaba el desayuno para los nenes, los llevaba a la escuela y me iba de compras por el barrio. Una vez por mes iba al supermercado. Lo que hacía con mucho amor era limpiar cada rincón de aquel departamento casi vacío. Hacía comidas elaboradas y trataba de mantener todo ordenado. Pero era imposible. Los cuatro éramos desastrosamente desordenados. Cuando todo se me fue de las manos, y en contra de la voluntad de Daniel, porque no quería gastar, contraté a una señora para que me ayudara, sobre todo con la ropa. Recuerdo que una vez fui de visita a la casa de nuestro director del Coro, y apenas entramos, se veía la habitación de ellos. La señora nos dijo: ¡Perdón! Nunca hago la cama. A mí me pareció tan sincera, que pensé en hacer lo mismo.
Cuando me separé, mis hijos crecieron y se fueron. Viví sola muchos años. No lograba conectar con mi casa. Mi tía Amanda me dijo una vez: Vos tenés que ir armando tu propio hogar, tu lugar, hacerlo para vos. Entonces empecé de a poco a cambiar ese departamento: arreglé el lavadero, la cocina, pinté las paredes coloridas, como a mí me gustaba, y adorné la casa a mi gusto. Lo que aprendí en todos esos años fue a cocinar con amor. Empecé a preparar especialmente los platos que le gustaba a cada uno de mi familia, sobre todo cuando se quedaba mi hermano o mi hijo con mi nieto. Aprendí a hacer platos exquisitos.
Hoy vivo en el departamento de mi infancia. Mi mamá, de noventa años, tiene todo limpio y ordenado. No hago casi nada. Pero sigo preparando ricas comidas, sobre todo cuando viene toda mi familia: mi ex, mis hijos y mis cuatro nietos.
Alejandra Busconi (San Martín, Buenos Aires)
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