Salud

11. APRENSIÓN

A pesar de que me reconozco como una persona optimista, alegre y con muchos recursos, acepto que en lo que se refiere a la salud  y la permanencia en vida de las personas que amo he sido muy miedosa, insegura, aprensiva y, hasta si se quiere, fatalista.

 

No hay cuestiones de salud poco atendibles o carentes de preocupación para mí.

Tengo la incómoda tendencia a pensar siempre lo peor. 

 

Vengo trabajando este ideario perturbador desde el primer día de mí terapia.

Lo he llevado a talleres, entrenamientos y formación de coaching. 

En la actualidad lo estoy tratando en biodecodificación.

Al parecer mi rama femenina viene con este miedo desde tiempos ancestrales. 

 

El hecho es que al día de hoy, toda mi fortaleza, alegría y optimismo han sido puestos a prueba por cualquier síntoma de enfermedad por ínfimo que pueda parecer para criterio de cualquiera.

Es más, a veces yo misma cuando logro armonizarme me doy cuenta de que he sobrevalorado cada indicio dándole monstruosas connotaciones.

 

Lo mismo me pasa con cada situación que me resulte amenazante para la vida y la integridad física de cada uno de mis amores. 

 

Me la he pasado buscando sostener a toda costa la vida de mis padres amenazados por patologías cardiológicas por más de treinta años hasta que ambos se fueron de este plano a los ochenta y nueve años. 

He llegado a involucrarme tanto con sus cuestiones de salud que muchos de los facultativos tratantes me creían su colega. 

 

Esta obsesión ha limitado la plenitud de mis días y los de la familia que he formado con mi marido y mis hijos. 

Las vacaciones siempre han tenido que ser con mis padres o cerca de ellos para no dejar de controlar por si aparecía alguna crisis.

En ocasiones hasta se han malogrado salidas a causa de mis temores. 

 

Cuando a mis hijos les efectuaron sus respectivos aptos físicos, les encontraron alguna variante cardiológica transitoria, extrasístoles a la nena y un soplo funcional al varón, sentí que la tierra se abría a mis pies y fue dramático porque me llené de culpas por haberlos desatendido polarizando mi energía en las patologías de mis padres.

Afortunadamente el tiempo favoreció la teoría de los médicos de que eran manifestaciones benignas propias de la edad.

 

Igualmente me quedó la duda con la evolución de mi hijo cuya válvula mitral presentaba cierta dilatación. Mientras dependió de mi controlar ese punto lo hice, pero al hacerse él mayor de edad, la cuestión salud pasó a la órbita de sus responsabilidades y en ella no puedo inmiscuirme demasiado.

 

Con la nena mi susto grande lo tuve hace un par de años por un quiste que debieron extraerle de las parótidas y cada tanto debe controlar la zona. 

Yo de vez en cuando le sugiero hacerse algún control, pero tampoco tengo mucha injerencia. 

 

De cualquier for,ma la situación que me mantiene en vilo es el síndrome de origen y nombre desconocido que afecta a mi nietita más pequeña desde los dos meses de edad hasta el día de hoy.

Al parecer estaría encuadrado entre las afecciones de autoinmunidad, lo han relacionan de alguna forma con un Síndrome Urémico Hemolítico Atípico pero hay dudas. 

Toma medicación oncológica además de corticoides y un protector gástrico todos los días 

Con seis años de edad, ha recibido nueve transfusiones y aunque su médula funciona perfectamente no genera elevada cantidad de glóbulos rojos, cuya característica es que algunos se destruyen antes de llegar de la manera  normal al torrente sanguíneo. . Los glóbulos blancos están  bien pero tiene muy bajos los neutrófilos  

Por otra parte, en ocasiones ha presentado tendencia a mermar la cantidad de plaquetas.  

Con respecto a esta situación mi hija y su pareja no me han habilitado para hablar con los médicos ni pata que intervenga, cosa que no termino de aceptar aunque reconozco que los papis son ellos y lo quieren manejar a su manera.

 

Cada jornada despierto pensando en la salud y la integridad de mi nieta pequeñita.

Por supuesto que también en la de cada uno de mis amores, pero la preocupación por la m´´as gurrumina me obsesiona. 

Es el último pensamiento que me acompaña cada noche hasta alcanzar el sueño.

 

En cuanto a mi salud puedo decir, sin temor a equivocarme, que me importa porque en la medida de que si logro valerme por mí misma eso liberaría a mis hijos y sus familias de cargar con mis asuntos de salud

 

Confío en que siempre estén libres de hacerse cargo de dolencias de mi marido o mías.

 

Para ellos decreto que son sanos y saludables y con una larga y dichosa vida.

 

                                                                                                                              Melinna Trigo (CABA)

 

 

10. DEJARSE MORIR

Morir de tristeza es terrible, lo imagino.  Pero peor es estar petrificada, anulada y no hacer nada para salir de ella. Durante mucho tiempo viví culposa,  muchas veces todavía lo estoy, por haberte alejado de lo que, según vos, era tu razón de vivir: mi hija, tu nieta. La culpa se transformó luego en bronca. Bronca porque no merecías sufrir tanto. Bronca porque podrías haber puesto más de vos y salir adelante. Vivirlo de otra manera, por ejemplo, pegarte más a tus otros nietos. Venir a pasar temporadas con nosotros, hacer cosas por vos y para vos. Salir con amigas, no perder a las pocas que tenías, arreglarte, ir a misa. Recuerdo una vez que papi te lo echó en cara, “querías venir al pueblo para salir, ir a misa y ahora que podés, estás acá encerrada”. Y era verdad. Superaste poco a poco el ACV y la quebradura de cadera, lo cual fue muy doloroso y lo sé. Siendo una mujer joven aún, tan solo cincuenta y ocho años. Encima fue cuando ibas a viajar a Neuquén porque yo iba a tener a Julián. De vuelta la tristeza, la depresión y a la cama. Pasaron dos años y tu otra nieta se suicida. De vuelta la depresión, la tristeza y a la cama. Esta vez, para nunca más salir de ella hasta el final. ¡De vuelta mi bronca! ¿Por qué?, ¿por qué todo tenía que ser así? De vuelta el dolor y la culpa, por no poder haber hecho algo, por no poder ayudarte.

Muchas veces, en mi vida, cuando las preocupaciones fueron abundantes, cuando las pérdidas (de todo tipo) fueron muchas, cuando el trabajo me sobrepasaba y la angustia se apoderaba de mí, llorando en la ducha para que nadie me viera, le pedía a Dios que no quería terminar como mi madre, ni como mi hermana, que a los cuarenta y cuatro años falleció de un ACV. Le pedía que me diera fortaleza para seguir, para salir de esa situación. El tiempo pasó y la vida me acomodó en un camino certero y llevadero. Pero hoy el cuerpo me pasa factura, la hipertensión, seguramente heredada, la miopía también. La glucemia alta…y me pregunto, ¿por qué a mí?.,  ¿será mi karma?

                                                                                                                         Mari (Neuquén, Neuquén)

 

9. MI NIÑA HOY CUMPLE CUARENTA

Necesitamos de nuestro cuerpo para llevar a cabo las responsabilidades y obligaciones que la sociedad impone. Ante la falla de algún engranaje de nuestro perfecto organismo comenzamos una frenética carrera de recuperación.

Es en ese momento que el padeciente y su entorno cercano dan guerra a la enfermedad, la enfrentan, cuando en realidad esta llega para dejarnos una enseñanza. No es fácil tomar esta postura, pero tampoco es imposible.

Cuenta el ser humano con un sinfín de posibilidades de prevención y restauración de la salud corpórea.

Resulta ser que el quebranto de la tan preciada buena salud es tomada como la peor de las calamidades, cuando en realidad resulta fácil de afrontar y comprender: nos curamos total o parcialmente o nos morimos. Una ecuación sencilla.

Todos temen a algunas enfermedades a tal punto de no nombrarlas, aunque pocos se detienen en la falta de salud mental; significando en muchos casos la pérdida del alma, pasar a ser materia hueca, sin recuerdos, sin emociones ni deseos, sin posibilidad de comunicación .La muerte en vida.

Existen situaciones donde el alma desea abandonar su envase, pero este no lo permite dándole una guerra sin cuartel, dolorosa, brutal, donde (los otros?, no me quedó claro si te referís al que padece la batalla o a quienes lo acompañan)solo podemos acompañar estando presentes en el sufrimiento, sabiendo que no somos responsables de la salida, honrando el hilo de vida con el espíritu y no con la inteligencia, escuchando el corazón y no la cabeza. Acompañar  su batalla, dar testimonio sin juzgar ni dirigir, caminar a su lado en silencio sin llenar de palabras los momentos. Quedarse quieto en el llanto, respirar suavecito en el abrazo…

Feliz cumpleaños, hija mía.

 María Santandrea (Neuquén, Neuquén)

 

8. EN VIVO Y EN DIRECTO

Son las 17y30 horas del domingo 2 de octubre del 2022.

Recién leo en el grupo de escritura, el tema que Yima nos asignó  para el jueves próximo, nada más oportuno que tener que escribir  sobre la salud,  cuando estoy preparándome  para una cirugía que se realizará  mañana lunes.

 

Comencé con los preparativos.  No siento miedo, pero tampoco estoy muy relajada, soy consciente que soy grande y en ocasiones lo simple se complica.

 

Traté de distraerme haciendo cosas en casa, miré películas, leí,  escribí dejando que el tiempo transcurriera, evitando la ansiedad propia del motivo que la provocaba. 

 

Llegó  la noche. o me va a resultar fácil conciliar el sueño, más aún sabiendo que a las seis de la mañana debo estar en el hospital para tramitar la internación. Voy a ir con Mica, mi nieta, un rato más tarde llegarán Vane y Pato.

Creo que va ser un día tenso para ellos, no solo por mí cirugía,  sino  también porque después de muchísimo tiempo en algún momento de la mañana se volverán a encontrar los tres hermanos.

 

Por algo Dios hace las cosas, tal vez mi operación  fue el instrumento que él usó  para que de algún modo vuelvan a estar juntos, no sé,  son cosas que se me ocurren. La semana próxima continúo con la segunda parte pos operatoria.

 

Hoy es miércoles 5 de octubre, retomo el relato que dejé en suspenso.

 

Cuando me interné no estaba temerosa por la intervención quirúrgica, sí, preocupada por el efecto que provoca en mí  la anestesia, ya lo había experimentado en otras cirugías y me dejó  una sensación muy fea.

 

Esa sensación de frío que no me permite controlar el temblor de mi cuerpo, necesito hablar, estando despierta y no logro que broten las palabras de mi boca, o al menos, eso es lo que yo percibo, siento que quiero escapar y estoy atrapada. Pasada esta sensación mi cuerpo de a poco retomó la normalidad de manera satisfactoria. Pude levantarme rápido e ir al baño yo sola, sin sentirme mareada o débil.

 

Me mantuvieron a dieta líquida dos días, ya para el mediodía del día siguiente a la cirugía quería comerme las paredes. Me llamó la atención cuando la médica me dijo hoy le damos el alta, eso fue una buena señal de que mi organismo estaba bien.

 

Estoy tranquila por haber decidido operarme, posiblemente postergar en el tiempo podría haber sido complicado. Gracias a Dios ya estoy en casa, con mis cosas, no hay nada más sanador que volver al lugar que me pertenece, hacer las cosas que me gustan me fortalece y me reconforta.  Me siento agradecida

 

a todas las personas que con sus mejores augurios de pronta recuperación, me demostraron todo su afecto.

 

Seguramente tienen curiosidad por saber qué pasó con el reencuentro de mis tres hijos, debo decir que todavía no lo sé, le pregunté a Mica, pero cuando ella se retiraba del hospital rumbo a su trabajo, se cruzó con Ema que estaba llegando al mismo, por ese motivo no pudo estar presente junto a ellos.

 

Lo que sí puedo contarles, que el martes cuando volví a casa, vino Vane a la tarde a hacerme las curaciones, al rato llegó  Ema para ver como yo estaba y ahí volvieron a verse.

 

No se abrazaron, solo se saludaron con un " Hola, Vane", por parte de él  y un "hola" seco por parte de ella,  pero al menos no huyó  despavorida. Le voy a preguntar a Pato, él  sí estaba en el momento del encuentro  y la póxima semana les cuento.

Li (CABA)

 

 7. LA SALUD NO ES MI MATERIA FAVORITA

Creo que nunca me sentí tan sola e indefensa como las dos veces que entré al quirófano. Absolutamente todo fuera de mi control y sin ningún afecto cerca. Supongo que son los dos factores que más pueden desequilibrarme.

La primera fue la cesárea para que naciera Flor. Tuve mucho miedo, pero la ansiedad por conocerla era más fuerte y fue el antídoto para que en poco tiempo, esa operación fuera sólo un recuerdo fugaz.  Si rememoro ese momento me veo desnuda en medio de una gran sala rodeada de gente desconocida y allá a lo lejos mi obstetra enfundándose en su bata celeste y colocándose el barbijo. Aparentemente, a pesar de la anestesia peridural, no dejé de moverme sin siquiera percatarme de eso. Por eso tuvieron que sedarme y del momento del nacimiento sólo recuerdo el vacío en mi panza, las luces blancas que enceguecían y las voces distorsionadas como si fueran salidas de una película.

La segunda vez fue cuando tuve que operarme de vesícula a raíz de unos cálculos que me provocaron un tremendo dolor en un par de ocasiones. No dudé en decidir la cirugía ya que los episodios fueron realmente terribles. Recuerdo llegar a ese día muy asustada hasta el momento en que me trasladaban en la camilla por el pasillo. Allí, además de César estaban mis papás. Mi mamá se acercó a darme un beso y mi papá me acarició la cabeza con sus manos toscas mientras me decía: No tengas miedo. Fue instantánea la paz que esas palabras me trajeron.

De chica tampoco era de enfermarme. Sí recuerdo como algo traumático un episodio en que tuvieron que llevarme de urgencia a la guardia. Corría por el pasillo con mi amiga Sandra y pateé un sifón que estaba en el piso. Explotó lastimando a su mamá en la rodilla y cortándome en la ingle a mí. Aún recuerdo la sangre caliente que corrió por mi pierna y la locura general para atenderme y trasladarme al hospital. Pudiendo ser muy grave, por suerte sólo quedó una cicatriz con forma de araña que se fue estirando a medida que fui creciendo.

Por lo demás, en general no he tenido serios problemas de salud. No soy de enfermarme demasiado, alguna que otra descompostura cuando como algo pesado y ya sin vesícula que filtre las grasas, alguna lumbalgia y no mucho más. Por eso, si me resfrío, por ejemplo, me pongo muy fastidiosa porque no es algo habitual en mí y me molesta mucho. Cuando alguna situación emocional me atraviesa, es mi laringe la que paga las consecuencias, pero, de a poco, voy aprendiendo a controlarla.

Acudo al médico cuando me siento realmente mal o para el control anual de rutina, pero suelo automedicarme para males menores. No es recomendable, sin embargo, me funciona dado que reconozco las causas de mis síntomas y de hecho también las estoy trabajando a través de la biodecodificación. La salud no es mi materia favorita ni la que apruebo con mayor destreza aunque trato año tras año de dedicarle más atención y compromiso. 

Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)

 

6. LO IMPORTANTE ES LA SALUD

La enfermedad de Pablo no terminó con su muerte.

Me llené de temores e incertidumbres.

Al concientizarla no podía traer al mundo hijos para sufrir.

Mi marido y yo hicimos los estudios genéticos correspondientes y eso determinó nuestros deseos de ser padres: él, era sano.

De igual manera la adopción estaba calculada.

Sin embargo, el fantasma no me daba tregua mental. Nunca.

Tenía terror de que los chicos desarrollarán la enfermedad y mucho más aterrada cuando se aproximaban sus diecisiete, dieciocho años. Para mí todo terminaba ahí.

Con ayuda terapéutica ataqué a los fantasmas que me quitaban literalmente el sueño dos, tres noches seguidas…

Mariano es portador; Santiago, no.

Y así seguirá la cadena de información y cuidado para que la Talasemia no vuelva a nuestras vidas.

Mi cuerpo no fue el mismo

Somatizar cualquier cosa era mi deporte predilecto.

Yo funcionaba a la perfección con el afuera pero había un micrófono personal que vivía en alerta permanente en mi cabeza que me indicaba lo que podía suceder y no estaba sucediendo, los medicamentos que debería usar más allá de una indicación médica…pero no tomaba…a veces los compraba y nunca los abría porque bastaba que estuvieran en el botiquín..

Desde una alergia pasando por un problema estomacal hasta controles propios de la edad… agotador y solitario, era yo conmigo misma.

Fui cambiando estrategias, logré acomodar algunas locuras y me calmé bastante. Me llevó mucho tiempo vencer mi hipocondría.

Ahora, en mi maravillosa tercera nueva edad como la llaman, acepto lo que venga y convivo en buenos términos con mi artrosis, mis patologías varias, mis ovarios ausentes, el botiquín cada vez tiene menos cosas y  si empiezan mis ahogos a la siete de la tarde me preparo un Campari.

Todos, enfermedades, medicamentos y yo  nos sentamos a la misma mesa.  

Sigo teniendo algunos resabios insoslayables por ejemplo,desesperarme cuando creo que tomé dos veces la levotiroxina y empiezo a prepararme para las palpitaciones y la internación que no existirá nunca…

Escribo y me río.¡Qué pérdida de tiempo!

Es verdad lo que decían las abuelas lo importante es que nazca sanito, lo importante es la salud (inclusive la mental).

 Gabriela Potenza (CABA)


5. VIVIR SIN PIEDRAS EN EL CAMINO

A las diez de la noche llegué a mi departamento y envié el mensaje correspondiente al grupo: “chicas ya estoy en casa, todo bien por suerte”.

Dejé el bolso y la cartera arriba de la mesa y entré rápidamente al baño para hacer pis, me empecé a marear, las cosas giraban a mi alrededor, me sentía rara.

Me recosté después en mi sillón preferido y me serví un vaso de agua fresca con azúcar.

Todo se iba a complicar, pero yo todavía no lo sabía….

Me bajó la presión, algo habitual en mí en días de mucho calor, pero a eso le siguió una descompostura que yo no sabía a qué asociarla, no había comido nada que pudiera hacerme mal, carne asada con dos tipos distintos de ensaladas, tarta de ricota y agua.

Una hora después empezarían los vómitos, creo que vomité más de diez veces. En lugar de sentirme aliviada, cada vez me sentía peor.

El dolor era insoportable, no había posición que me calmara, me acosté con las piernas flexionadas al pecho en posición fetal, todo me daba vuelta, me senté al borde de la cama y aguanté en esa posición solo unos minutos. Me levanté y empecé a caminar despacio tratando de respirar lentamente para relajarme.

Conozco muy bien mi cuerpo, pero era tan intenso el dolor que no podía dilucidar el origen, sabía que no era algo grave, digamos algo cardíaco, era de hígado porque solo despedía bilis. Considerando que ya eran más de las tres de la madrugada, había decidido esperar para llamar a mi hija menor y pedirle que me acompañara al sanatorio, no había otra solución posible, allí me darían seguramente una buscapina inyectable o algo más fuerte y todo volvería a la normalidad.

A las seis de la mañana llamé a Laura, ya no soportaba más. Como estaba durmiendo, me respondió al instante: ¿qué pasa, ma? Después de escucharme me dijo, “salgo para allá ahora, quedate tranquila”

Yo no estaba nerviosa, estaba sola y muy asustada.

Había perdido totalmente el control de la situación.

En la guardia me atendió una doctora que apenas me tocó y me hizo gritar. Ante esa respuesta y sin dudarlo me pidió un laboratorio y una ecografía abdominal

Los resultados fueron contundentes, el triple de glóbulos blancos indicaba una infección importante y la ecografía mostró una piedra en la vesícula de cuatro centímetros.

Con esos estudios me derivaron a cirugía de guardia donde los médicos, extrañados de que no tuviera una línea de fiebre, nunca se cuestionaron la intervención.

Aunque parezca increíble yo me resistía a la operación, el médico que me atendió me tuvo que convencer porque yo pretendía programarla para dentro de un par de meses.

Lo veo al doctor dibujando un aparato digestivo ante mi atenta mirada y la de mi hija que además me hacía cara de: “aflojá, mamá “. Pobre hombre, dibujaba algo que yo conocía a la perfección, pero bueno, mis resistencias seguían siendo tan duras y pesadas como la piedra que tenía adentro.

Obviamente se realizó la cirugía.

Será difícil para mí olvidar las caras de susto y de preocupación de mis dos hijas cuando me llevaban al quirófano, sus tibias sonrisas no lograban disimular nada.

Pero todo resultó bien, se tomó muy a tiempo y no hubo ninguna complicación     

Como en las películas …esta historia tuvo un final feliz.

A las cuarenta ocho horas me daban el alta y volvía a mi casa.

Empezaba a comunicarles a mis amigas lo sucedido, había estado desaparecida durante casi tres días y eran muy pocos los que sabían el por qué.

Debía estar en casa haciendo dieta, reposo y tomando un antibiótico del tamaño de una cápsula espacial, pero eso no era lo más grave.

Sé que soy muy obediente como paciente, aunque he tenido muy pocas oportunidades de demostrarlo. Como kinesióloga he tratado con personas recién operadas a las que debía asistir y darle indicaciones, así que sé la importancia del postoperatorio; pero después de cuatro días de tener a mi hija pegada a mi como un sticker haciendo home office desde mi casa, quería volver a la normalidad, quería estar sola, sentía que podía hacerlo; aunque estaba cosida como un matambre, podía hacerlo.

Lo que no podía hacer era tender mi cama por los próximos quince días hasta que me sacaran los puntos. No podía tomar sol. No podía manejar el auto durante un mes. No podía reunirme con nadie por temor a contagiarme Covid, y solo podía brindar con té o agua mineral si alguien decidía visitarme sorpresivamente.

Aun así decidí estar agradecida a lo que estaba viviendo, lo tomé como un aviso donde el cuerpo me había hablado: “mirá lo que te pasó por haber vivido este año un proyecto tan oscuro, espúreo, casi delictivo, por haber olvidado tus verdaderos valores; fue una lucha tan encarnizada que te llenaste de ira y por algún lado tenía que salir”.

Tengo en mi biblioteca un libro muy interesante “La enfermedad como camino”, cuando me dieron el alta lo primero que hice fue buscar la explicación, el motivo que me llevó a esa operación. Yo ya sabía la respuesta, en realidad quería confirmarlo.

Transcribo textual un pequeño párrafo. “…no es de extrañar la gran incidencia de los cálculos biliares en las madres de familia. Estas mujeres sienten su familia como una estructura que le impide dar libre curso a su energía y agresividad. Las situaciones familiares se viven como una coerción de la que la mujer no se atreve a librarse, entonces las energías se coagulan y petrifican. Con el cólico, el paciente es obligado a hacer todo aquello que hasta ahora no se atrevió hacer: con las convulsiones y los gritos se libera mucha energía reprimida. ¡La enfermedad da sinceridad! “.

Después de leer detenidamente el capítulo destinado a hígado y vesícula biliar, que por supuesto es bastante más extenso, ya no me quedaron dudas, supe perfectamente que esas piedras tenían nombre y apellido y estaba en mí buscar la solución.

Estoy haciendo reposo, pero el reposo no debe ser sólo físico, no alcanza con no levantar peso ni hacer fuerza hasta cicatrizar las heridas de los músculos afectados, eso te cura por fuera, más importante aún es el reposo mental. Mi cerebro debe descansar, debo limpiarlo para poder pensar proyectos acordes con la nueva vida que quiero empezar.

Después de un año tan duro, esta cirugía es el mejor regalo de Navidad que me pude haber hecho; un final anunciado que no supe ver y que hoy me sirve para poder reflexionar con más claridad.

No quiero volver a gritar de dolor. No quiero volver a enfermarme.  

Tengo que dejar de lado todas mis broncas y enterrarlas en este 2021.

Tengo que aprender a vivir sin utopías.

Tengo que aprender a vivir sin piedras en el camino…

Mágico Abril (CABA)

 

4. MI SALUD

Llegué a la médica y me preguntó ¿qué te trae por acá?, a lo que le respondí que mi cuerpo no me llevaba, que yo lo llevaba a él. También expresé lo agotada que estaba porque no aguantaba más los dolores que sentía.

Me hizo varias preguntas, la revisación clínica y me indicó análisis de sangre para descartar enfermedades reumatoideas. También me dijo que casi con certeza me podía afirmar que yo padecía fibromialgia.

Así inicié el camino hacia la aceptación del diagnóstico de una enfermedad que no tiene cura. Lo primero que hice fue comenzar una alimentación anti inflamatoria y tomar la medicación que me había indicado. Luego fui sumando actividades como caminatas, gimnasia y yoga.

Debo decir que no es fácil de transitar, es muy costoso para el ánimo sentir dolores y cansancio en forma permanente. Y encima padecer insomnio. Todas las condiciones que reúne esta enfermedad hacen que tenga que ponerle muchísima voluntad al día a día y las más de las veces sobreponerme a las dolencias físicas y la tristeza que arremeten, así como si nada, sin pedir permiso ni dar una explicación.

Tengo épocas en que mi ánimo no me acompaña para la cantidad de cosas que debo o tengo programadas hacer. Es muy difícil que los demás tengan real dimensión de mi estado. Yo, que he acostumbrado a mi entorno a ser una solucionadora serial, tuve que empezar a decir “no, no puedo” o lo que es más grave aún, “no, no quiero hacerlo”. Y a veces pienso y me digo: “bueno, no quisiste entenderlo de otra forma, no quedaba otra”. Y así ando, con un cuerpo nuevo, tratando de modificar mi omnipotencia. Escuchándolo y priorizándolo, para que después no me pase factura con dolores que me inmovilizan y me tiran a la cama.

Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)

 

3. LOS ESCALOFRÍOS DE MI HERMANO

Corría el año 1983 y yo estaba en situación de estudio dado que debía rendir el examen de ingreso a Filosofía y Letras en la UBA. Venía todo el año anterior estudiando lo indecible para que llegase febrero y entender que todavía me faltaba mucho. Mucho más.  Los exámenes fueron en marzo. Cuatro preguntas a desarrollar. Filosofía e Historia. Mucho material para leer, entender, aprehender, interiorizar, captar, memorizar. Para el examen de Historia, mi hermano de once años estaba enfermo y por ende en casa. Cursaba, cual era su costumbre, una afección respiratoria: mocos, fiebre, tos, malestar general, ojeras. Mamá lo había llevado a la guardia y le habían indicado una serie de medicamentos y un jarabe para la tos. Tenía horarios estrictos de toma de las pastillas. Se lo habían aclarado a má y ella luego a mí. Porque si yo me quedaba a estudiar, podía perfectamente hacerme cargo de la salud del señor hermano. Error. Se llama empome.

Ricardo me llamaba a cada momento, no quería estar solo, tosía y el cuarto se llenaba de un olor característico a remedio. El horario del jarabe era cerca del mediodía. Después de organizarle un baño para mejorar su estado general -todos sabemos lo sanador del agua caliente-, le di una cucharada de jarabe. Fue tragar el menjunje de color rosado y empezar a convulsionar. ¿Qué hago? Se me ocurrió tirarme con él al piso y desde allí seguir a su lado y rogar a los santos innombrables que se le pasara pronto. No había teléfono para consultar. Mis padres en sus laburos inhallables. Pocas herramientas para tomar al voluminoso del muchacho y llevarlo al hospital. Sí, se le pasó. Y yo temblaba de pies a cabeza. No se me ocurrió mirar el prospecto del elixir espantoso. Leer eso que a mí todavía me complica más la razón. A la tarde, durmió tranquilo y me pude concentrar en mi tarea. Por la noche, conté lo sucedido y se decidió no darle más el jarabe cuestionado. Al día siguiente, él ya tenía ganas de andar rompiendo los quinotos -señal de salud en una criatura. Juro que había pasado del temor/temblor al odio total.

Una vez más de mamá putativa. 

Edith Oxilia ( CABA)

 

2. EL CORAZÓN DUELE

Mi salud había sido siempre motivo de agradecimiento. Cuando se es pequeño, incluso adolescente, la mayoría de nosotros lo consideramos como un derecho natural, adquirido. A medida que pasan los años, por lo menos yo, me di cuenta de que la salud tiene su propio albedrío y toma sus propias decisiones en nuestro cuerpo.

Me consideraba fuerte, no solo en lo anímico sino también en lo físico. Sobrevivía a decepciones y amarguras, y cuando hablo de amargos momentos o dolorosas situaciones, me refiero a esos hechos que nos lastiman profundamente, y cuyas cicatrices nunca cierran.

Cierto día, estaba en casa de una amiga. Luego de compartir la tarde, decidí que era hora de irme. En esos momentos, llegó la pareja de María de los Ángeles, Raúl. Recuerdo que yo estaba sentada, con mi brazo apoyado en la mesa. Al incorporarme sentí el brazo dormido, lo tomé con mi otra mano y era como si un trapo me colgara del hombro. Mi amiga me preguntó qué me pasaba, intenté explicarle que debía tener el brazo dormido y no pude, salían palabras ininteligibles de mi boca.

Esa sensación habrá durado poco más de un minuto y medio, mi brazo comenzó a reaccionar mientras yo iba recuperando mi habla. Un frío intenso me recorría el cuerpo y sin provocarlo ni conscientemente, comencé a llorar en forma compulsiva.

Sin más, María de los Ángeles y Raúl me llevaron al sanatorio que me correspondía por mi obra social, ya que estaba cerca.

Apenas llegué, mi amiga informó lo que había sucedido y me hicieron pasar inmediatamente. Tomaron mi presión: diecisiete de máxima, cuatro de mínima. Yo, que nunca sufrí de presión alta. No fumaba, no tenía colesterol ni glucosa elevados, y hacía ejercicio regularmente, todo lo que los médicos indican ¿cómo podía pasar esto?

Me dieron una pastilla. Me controlaron. Esto es producto de una isquemia cerebral, tuvo suerte que duró pocos minutos y no pasó a ser un ACV.

Esa noche quedé en observación, mi amiga ya le había avisado a mi marido, y él a su vez, a mis hijas.

Fue mi hija menor, Pamela, quien me acompañó esa noche. Al día siguiente, el médico de guardia quería que me quedara para control, pero insistí tanto que la neuróloga firmó mi alta. Yo sólo quería salir de allí.

Luego, fueron dos años de tratamiento, estudios cardiológicos y neurológicos, siendo también acompañada por una psicóloga y un psiquiatra, ya que por temor a que volviera a ocurrirme lo mismo, no podía dormir.

Mi cardiólogo, cuando comenzó a atenderme, me dijo que, por supuesto, existen factores del organismo, que influyen en nuestra salud, pero que en general, hay un disparador emocional. En mi caso, era cierto.

Con este episodio, además, se despertó también todo aquello que queda tras bambalinas, lo que uno va soportando, acarreando en su vida, pensando que lo estamos superando, que esos problemas o disgustos solo tendrán mella en el momento que ocurren.

Hoy, cada día intento cuidar mi salud de la forma que ella lo hizo esa vez, obligándome a centrarme en mis emociones No es fácil. Pero ahora entiendo más que nunca, que es verdad que el corazón duele.

                                                                                                                    Claudia  (CABA)

1. BASTA LA SALUD

Siempre tuve una salud de hierro. Los resultados de los laboratorios eran excelentes.

Creo que las veces que me enfermé fue porque somaticé. Toda la vida comí sano, inclusive cuando formé mi familia me encargaba de que los alimentos fueran orgánicos, los aceites naturales, comíamos sin pan ni coca cola. Siempre estuve alerta a que tuviéramos las vitaminas necesarias y por muchos años no padecí gripes, solo algunos resfríos. Mi vista, mi piel y mi pelo eran sanos. Iba al gimnasio, caminaba, tenía una figura casi como una modelo.

Pero mi vida empezó a cambiar el mismo día en que cumplí los cuarenta y seis años cuando me entregaron mis primeros anteojos. Al año siguiente comenzó una revolución de hormonas y fue gradual y tortuoso el camino a la Menopausia. Primero comencé con dolores de cabeza interminables y luego de piernas.

Cuando cumplí cincuenta años perdí el trabajo y tuve un período de calma, pero la situación me llevó a tener insomnio y depresión. Por supuesto que fui al psiquiatra y todo medicamento que me daban me hacían doler terriblemente la cabeza. De un día para otro dejé toda esa basura y comencé nuevamente con dolores en las piernas: una vez la derecha, otra la izquierda y cada vez fue peor. Coincidió con la enfermedad de mi papá, el estrés que me ocasionaba mi mamá,  por todo el trabajo lo que tenía a diario con él y con mi hermano.

Le atribuyo el dolor en las piernas a los eternos viajes en colectivo que hago desde hace seis años. No realizo actividad física y vivo en una constante tensión desde que me mudé con mi mamá después de la muerte de mi padre y mi hermano. La Pandemia me clavó en una silla porque todas mis actividades fueron por Zoom y lo siguen siendo. Ahora padezco un espantoso dolor en la pierna izquierda, pero los médicos me dicen que está todo vienen orden. Soy una buena paciente: hago todo bien, sigo comiendo sano. Solo me falta encontrar la actividad física que me haga feliz.

Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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