Festividades

15. AQUELLAS FIESTAS

La mesa redonda de madera, un mueble que generaba envidia por el amor que mis padres le tenían, se desplegaba para dar lugar a más personas en una mesa que ya era ocupada diariamente por nueve. Costaba entender cómo entraban en nuestra casa tantas personas, sumado el perro, la pecera y el árbol navideño que llegaba con la estrella hasta el techo. Mis padres tenían varias obsesiones pero la más recordada era que cada 8 de diciembre cuando se bajaba el árbol del placard había que distribuir las pelotitas de tal manera que no quedasen cerca ni las del mismo color ni las del mismo diseño. Decorar toda la casa y mirar como papá armaba su ciudad de porcelana, ciudad que NO se podía tocar, y eso le hacíamos creer que hacíamos.

La cantidad de comida, las entradas, los platos principales, la cerveza, el vino, las mezclas riquísimas que mis hermanos preparaban y me dejaban probar un poquito. El brindis, la copa obligatoria en la mano de cada uno, lo único que nos diferenciaba por edad era lo lleno de esa copa, porque podías elegir si fresita, champagne o sidra; ahí alimenté mi odio al champagne.

Nuestras fiestas familiares ya no son esas, rara vez nos encontramos todos juntos en navidad o año nuevo y se perdieron hasta las lágrimas en los ojos viendo fuegos artificiales, un momento que desde que tengo memoria emocionaba mucho al hombre duro que era papá y mamá lo acompañaba, creando una cadena de abrazo y contención de la que hoy nos privamos. Uno espera con ansias las fiestas, esperando que luego de ellas todo lo que estaba mal se vaya, mute… Y estaría bueno que entendiéramos que esa lógica no es válida, que los problemas van a seguir existiendo y que en realidad el alivio que sentimos post festejos es el cuerpo lleno del amor que recibimos esos días, días que son simplemente para mover el cariño que nos une o nos separa de los nuestros y reafirmarlo.

Mara (CABA)


14. BACALAO  

 Villa del Parque, 1966 

La mesa era digna de un banquete.  

Aquella  noche vieja como solía suceder ya que mis padres italianos no tenían familia directa en Argentina, la pasaríamos los cuatro solos, aunque la cantidad de comida hubiera cubierto las necesidades de una docena de invitados. 

En ella se habían dispuesto quince manjares diferentes según lo indicaba la tradición familiar de mi rama materna.   

En su gran mayoría eran recetas de origen italiano y algunas habían demandado mucho tiempo de elaboración. 

Tal era el caso del  bacalao Noruego cuyo precio prohibitivo hacía que su consumo se remitiera exclusivamente a las Pascuas y fiestas de fin de año. 

Un par de meses antes a la fecha mi padre se encargaba de comprar en algún lugar muy recomendable las blancas láminas de pescado disecado para luego dedicarse personalmente a ejecutar el proceso de desalado que consistía en trozarlo en piezas y remojarlo en agua fría por varios días hasta obtener textura deseada. 

Mi madre era la encargada de cambiarle a diario el agua maloliente.

Luego de tres o cuatro días, tras indicación del marido, lo lavaba a conciencia y lo cocinaba en una deliciosa salsa portuguesa cuyo aroma era la confirmación odorifera de que estábamos en tiempos de festejo. 

Claro que los resultados de la preparación debían ser evaluados por mi padre, quien no siempre quedaba satisfecho pues era muy exigente en cuestiones de paladar. 

Los cuatro únicos comensales impecablemente ataviados, estrenando indumentaria de pies a cabeza, ocupamos nuestros respectivos lugares a la mesa dispuestos a devorar aquellos tentadores platos, porque para nosotros, comer era la fiesta. 

De repente un estruendo alteró nuestros sentidos hasta ese momento enfocados en la comida. 

Mí padre había descargado su puño sobre la mesa desagradado por el sabor del bacalao. 

Furibundo se acercó a mi madre que lo miraba tan aterrorizada como mi hermano Ricardito y yo, para increparla en italiano. 

Claramente la culpaba por el fracaso del plato y sin reparar un instante en lo que estaba provocando en nosotros se dejó llevar de manera desproporcionada por la ira.  

Salió del comedor dando un portazo y nos dejó a los tres temblando, mortificados, conmocionados por el impacto. 

A los pocos minutos papá salió, cruzó la calle y se acercó a las vías del ferrocarril que pasaban frente a nuestra casa como quien ha tomado la peor determinación.

Nosotros lo mirábamos desde la ventana gimiendo desesperadamente. 

Mi madre pidiéndonos una calma que ella misma no tenía nos dejó abrazados y fue a hablar con mi papá pero él la rechazó. 

Mami volvió a la casa y segundos después también entró él, se dirigió directo a su dormitorio. 

Mi hermanito se había quedado dormido, le puse una almohada bajo la cabecita y lo acomodé allí mismo sobre el piso de madera. 

Yo me puse a ayudar a mamá a guardar las cosas del fallido festejo. 

Ambas llorábamos en silencio.  

Cuando terminamos de asear y acomodar Ricardito se despertó y mamá nos hizo sentar a la mesa. 

Cortó un trozo de pan dulce para cada uno y nos sirvió un poquito de sidra en vasos.

Brindamos los tres y el nene se fue a dormir nuevamente. 

Entonces ella se acostó conmigo para contarme  recuerdos de las fiestas en su pueblo hasta que a mi también me alcanzó el sueño.

Melinna Trigo (CABA)

 

13. EN LAS BOTAS DE PAPÁ NOEL.

La primera vez que vi a Papá Noel fue en la casa de mi abuela Lola. Yo tendría tres años y me asusté mucho. El señor de rojo era parecido a mi papá pero tenía barba y bigotes blancos. Me acercó una muñeca muy linda. Yo la tomé rápido y me aparté.

Mi primo lloraba del susto y mi hermanita se contagió.

Por suerte fue breve la visita del señor navideño.

Abrazada a mi muñeca, recuerdo haberle dicho a mi mamá: "ese señor se parece a papá" pero ahí quedó.

La familia de papá era pequeña: mi abuela Lola -mi abuelo Antonio había muerto cuando yo tenía dos años- mi tía Celia, casada con Juan, y mis dos primos, Celita y Juan Carlos.

En cambio la familia de mi mamá era muy numerosa. Eran ocho hermanos, todos casados y  con hijos. O sea que, a medida que fuimos creciendo, las fiestas eran mucho más divertidas en esa multitud de familia con una extensa pandilla de primos.

Los Demartini bailaban, cantaban y eran muy ruidosos, se reían fuerte y hablaban fuerte.

Y si bien después del divorcio desaparecieron todos, mientras pertenecimos al clan, mi hermana y yo éramos felices y preferíamos pasar las fiestas con ellos antes que con los Gándaras, donde nos aburríamos porque eran pocos y discutían mucho.

No sabíamos lo afortunadas que éramos de poder celebrar las fiestas con nuestros padres sin que importara dónde.

Después sobrevino el caos, las traiciones, la violencia, las amenazas, los miedos y finalmente una profunda pero solapada tristeza.

Porque a los Demartini se los tragó la tierra, o el tsunami, y ya no nos consideraron familia. Muy probablemente porque la hija o hermana pródiga había cambiado las reglas con su embarazo y la compañía de su príncipe consorte.

Así que de ahí en más las fiestas fueron en lo de la abuela Lola o la tía Celia. Y terminaban cuando papá no se mantenía en pie y teníamos que tirar colchones en el piso y quedarnos a dormir donde estuviéramos.

Después papá se volvió a casar y regresó el espíritu festivo. Inés cocinaba muy rico y adornábamos la casa e invitábamos nosotros.

Los años pasaron. Las niñas tuvieron sus propios hijos y el abuelo Julio, no importa cuánto vino tuviera encima, se calzaba el disfraz de Papá Noel -le costaba embocar los pies en las botas a esas alturas de la noche y yo lo ayudaba.

Pero después bajaba la escalera con la bolsa de regalos y se producía la magia. Hasta que los nietos mayores empezaron a sospechar y hubo que ir cambiando a los actores.

Y cuando don Julio no estuvo más, lo reemplacé en su labor navideña cada vez que había niños en nuestras reuniones.

Hoy mi nieta tiene un año,  nada sabe de las fiestas. Hace dos años el mundo nos tiene en puntitas de pie.

Muchas cosas cambiaron.

Pero estamos todos.

 No sé si seguiremos con la tradición del gordo de traje colorado.

Lo que sí sé que hoy la alegría más grande es poder compartir cualquier encuentro, no necesariamente una Navidad o un Año Nuevo, con Lucio, mis hijos y la pequeña Catarina, porque eso solo y solo eso, de por sí, es la mejor fiesta.

Noemí (CABA)


12. LOS TRES REYES MAGOS

“Los tres reyes magos vienen calladitos,
 a poner juguetes en los zapatitos.
Uno es alto y flaco, el otro un gordinflón,
el otro es un negrito lo más picaron”
 
Mamá siempre tenía una canción.
Mamá siempre cantaba villancicos y preparaba la Navidad un mes antes.
Sacaba las cajas que guardaba en el sótano y se ponía en acción los 8 de diciembre.
La casa de la abuela se llenaba de de guirnaldas, cintas y luces de colores, un papá Noel muy familiar que bajaba del techo del galpón porque hacía un calor terrible y no usaba nunca la imaginaria chimenea de los chicos que hacían muñecos de nieve en otros países y …que en realidad no había en la casa. Con los ojos bien abiertos mirábamos esa figura impactante para nuestra altura, con un traje muy rojo y la barba tupida detrás de la que se escondía aunque nos hacía dudar, por momentos, pensando que lo habíamos visto alguna vez por la casa igual que a su bolsa enorme de tela igualita a una sábana vieja de la abuela. Así desparramaba ilusión para mis hermanos, mis primos y para mí,
mezclada de sorpresa y temor, impregnada de emoción y alegría. Diciembre y Enero eran los mejores meses del calendario: fiesta y rituales.
Todos venían antes o después de medianoche. Nadie se iba sin un abrazo o una copita de anís o higos turcos.
De la misma manera , pasando por Año Nuevo con el concurso MEG de la tía Ester que sorteaba cosas muy graciosas, disparatadas, el “¡JAPINUIER!” a los gritos de la tía Susy que nos hacía tirar al suelo de la risa, esperábamos a los Reyes Magos, personajes que nunca vi, aunque papá nos señalaba el cielo estrellado diciendo miren, miren, allá lejos, allá están, mientras nuestra ciega inocencia decía ¡siiii!
Pasto y agua para los camellos que vaya uno a saber cómo se las ingeniaban para pasar por el gallinero, la bomba de agua, abrir la puerta  y llegar cerca de los cuartos sin hacer ruido, absolutamente silenciosos y dejar los paquetitos primorosamente envueltos con papel del kiosco y cinta Scocht, sin una arruga, sobre los zapatos impecables por única vez.
¡Pero tenían que comer para seguir viaje! ¡Y comían! Porque a la mañana siguiente los platos estaban vacíos.
Maravillosa etapa en la que no sabíamos nada de nada que todo era una oferta espontánea de los mayores que nos hermanaba aún más y que hacía, de ellos, héroes una vez al año.
No importaba cuántos juguetes, importaba estremecerse en cualquiera de esas esperas, arriba de la falda de alguna tía o a upa los más chiquitos y abriendo los paquetes para dormir o despertar felices, muy felices.
Me acuerdo del Pata- pata, del Cinegraf, el Cerebro Mágico, la bici, los Silvapen en la cajita transparente,… También recuerdo las competencias del viejo y el tío Luis que después de los brindis se venían preparados para competir tirando cañitas al aire y los demás decidíamos cuál había llegado más alto ¡Increíble cómo se enojaba el que perdía!!
También viene a mi memoria, ahora me doy cuenta, esas fiestas en las que mamá ya tenía sonrisapena y no soltaba a Pablo que ya caminaba  y lo besaba por demás.
La vida era liviana en ese entonces y olía a jazmines.
Se confunden en la memoria las escenas, descompaginadas me envuelven; por eso agradezco esta forma de recrearme, de aceptar, sin pesar, una reconstrucción casi obligada donde asoman miles de fragmentos de mi vida. Hubo un tiempo que me esforzaba por recordar, que solo el vacío de la mente calculada en rojos y negros stendhalianos.
Y todo ya paso.
Se me ocurre solo agradecer.
Con los ojos entornados, se mezclan como en un bailecito los abuelos, los viejos, mis hermanos, mis tíos, las costumbres, las comidas, los perfumes, Figueroa Reyes cantando que se vengan los chicos, los locum de rosas y azahar … todo, en esos fragmentos como cristales multicolores y creo estar allí frente al pino que fue creciendo conmigo desde muy chiquita.
Pero no, estoy con el mate en la mano, mirando por la ventana, rescatando las mejores hojas de mi vida.

Gabriela Potenza (CABA)


11. FESTIVIDADES EN MI INFANCIA

Nos juntábamos después de la Misa de Gallo en lo de Elena. Como la iglesia quedaba a la vuelta, el punto de encuentro para los confites y la sidra era su casa. Mis tres hermanos y yo éramos los únicos niños en medio de un vejestorio impresionante. Mi papá era el único hombre en esas reuniones y cuando llegaban las cinco primas de mi abuela con su mamá, él decía “ahí llegan las Alegría”. Y así les decíamos entre nosotros, ese apodo era una complicidad que nos divertía a mis padres, mis hermanos y a mí. Desde mis ojos de niña cada una contaba con más de cien años. Se sentaban en ronda y empezaban a repasar todos los muertos y enfermos del año. Y cuando terminaban con esos, recorrían el listado de los años anteriores. Eran como un informativo, sin consternación, sin dolor, solo repasando datos, que era el primo de tal y el vecino de tal otro, casado con la hija de Fulano o la cuñada de Mengano. Todas serias y cada una aportando el dato necesario para la crónica.

No existía Papá Noel. El Niño Jesús nos dejaba un angelito de chocolate de Bonafide en el arbolito de Elena. Como tenían unos confites adentro, la emoción empezaba cuando Elena agarraba uno y lo hacía sonar. Era la señal de que ya podíamos ir a desenvolverlos y comerlos. Nunca nos preguntamos cómo el niñito siendo un bebé repartía angelitos de chocolate. Solo nos ganaba la emoción de saber que cada uno tenía el suyo y podía comerlo entero.

La reunión se iba alternando entre el interior de la casa y la vereda, donde salían todos los vecinos a saludarse y mirar el movimiento del centro que se llenaba de gente, ya que estábamos a treinta metros de la calle principal.

Para el año nuevo nos juntábamos en casa. La semana previa la limpiábamos a fondo. Era la gran limpieza del año. Mamá nos daba trapos y nos asignaba muebles, objetos o zonas a la que debíamos dedicarnos. Era el único momento del año que lo hacíamos con alegría. Porque sabíamos que era para recibir a todos nuestros primos y tíos que viajaban especialmente para la ocasión.

La casa se llenaba de colchones en las habitaciones. Una de chicas y otra de chicos. Cómo me gustaba verlos llegar. Unos desde Río Gallegos viajaban un día entero y los otros desde 25 de Mayo. Éramos once primos en total. Todos jugábamos juntos, Nos íbamos al canal a meternos al agua. Corríamos, hacíamos renegar a los adultos, a pesar de que nos mandábamos más de una que no se enteraban porque ellos también disfrutaban de la reunión. Pocas veces veía a mis viejos tan felices como en esas reuniones. Mi abuela y Elena también formaban parte del conjunto. Éramos veinte en total y pasábamos los mejores tres días del año para mí.

Mi mamá cocinaba durante semanas para que hubiera comida para todos. Los hombres hacían asado. Los chicos nos atragantábamos con Mantecol, turrones y confites.

Los petardos eran un tema. Mi tío se los compraba a mis primos de a montones y mi papá nos daba para unos pocos, pero a pesar de darnos cuenta de la diferencia disfrutábamos mucho de la diversión de los estruendos, alguno que otro de mis primos nos regalaban alguno cuando los nuestros se terminaban.

Un día iba yo a comprar el asado, mi tío me frenó en la vereda y me dio la plata para que lo pagara. Me resultó extraño, siempre anotábamos en la carnicería, pero obedecí. Cuando mi papá se enteró me propinó un reto que me hizo temblar, ¡estaba tan enojado!.Yo no entendía las razones, al fin y al cabo había obedecido a mi tío que era un adulto y me había dicho que lo pagara. Ese hecho, el de los petardos y algunos otros hoy me hacen ver lo difícil que era para mis viejos la situación económica, pero que así y todo querían ser ellos quienes recibieran a la familia y le brindaran todo en esos tres días.

Fuimos creciendo y esas reuniones se dejaron de hacer, pero me han marcado para toda la vida. Siempre son reuniones que me gustan, seamos muchos o pocos. Si hay chicos mejor, la magia de Papá Noel le hemos disfrutado tanto con mis hijas y sobrinos que hicieron que los adultos nos volviésemos un poco niños, con nervios y emoción compartidos.

Lo he pasado con amigos, con familia más grande o más chica. Las fiestas me alegran, me gustan, me llevan a esa infancia de montones de tíos, primos, hermanos, vecinos. Mezclados, burbujeantes de sidra y confites de colores.

Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)

 

10. NAVIDAD

 Tenía siete años cuando vivíamos con mis abuelos. Recuerdo que la fiesta de navidad se preparaba un mes antes, mi abuela anotaba en un papel el menú: pollo en escabeche, lengua a la vinagreta, vitel toné, matambre, variedad de ensaladas.

Éramos muchos en la cena de nochebuena, aproximadamente veinte personas entre tíos, primos y sobrinos, mamá era la menor de seis hermanos, mis primos, algunos eran casi de la edad de mis padres y otros adolescentes, así que yo me entretenía con los hijos de mis primos que eran de mi edad.

La abuela varios días antes sacaba la vajilla y las copas, lustraba los cubiertos y planchaba con mucho esmero su mantel de hilo, herencia de su madre. Me gustaba ayudarla, mientras lo hacía me enseñaba como se colocaban los cubiertos que se usaban para cada comida, cuales eran las copas para el vino tinto, el blanco y el agua, aprendí de que lado iba el platito para el pan y como se ponían las servilletas que hacían juego con el mantel.

El veinticuatro de diciembre nos levantamos temprano, luego del desayuno, el abuelo agrandaba la mesa del comedor con la trampa, la abuela daba los últimos detalles a las comidas que había preparado el día anterior. Mientras mamá hacia la mayonesa casera, papá se dedicaba a las bebidas y mi abuelo, sentado en su silla mecedora, escuchaba radio Colonia además de dar indicaciones.

Ese día había que bañarse temprano, pues a las diecinueve horas traían las barras de hielo, envueltas en tela de arpillera que se colocaban dentro de la bañera, el congelador de la heladera Siam no daba abasto.

Mamá planchaba los vestidos que usaríamos mi hermana y yo, que generalmente eran iguales y nos calzábamos los clásicos Guillermina color blanco.

 Oti y yo poníamos la mesa con sumo cuidado para no romper ningún plato o copa.

Los invitados iban llegando a partir de las veinte horas, traían el postre; ensalada de frutas, pan dulce y confituras navideñas.

La orden del abuelo era que a las veintidós horas se cenaba, así que todos trataban de llegar antes.

Las sillas no alcanzaban para tantos, nos sentábamos de a dos.

El tío Ricardo y la tía Beatriz eran lo más peleadores, pero el abuelo pegaba un grito y se callaban.

Cuando se acercaba la hora de llegada de Papá Noel, a los niños no mandaban al cuarto a jugar y acompañados por los adolescentes, debíamos esperar a las doce.

Los más chicos nos acercábamos al balcón para ver la llegada de los trineos, en ese momento que estábamos en la habitación, el tío Emilio se iba al patio y se disfrazaba de Santa escondiéndose en el otro balcón que daba al comedor. Escuchábamos la voz del abuelo diciendo que Papá Noel había llegado con una bolsa, salíamos del dormitorio empujándonos para ver los regalos.

El Santa nos entregaba los juguetes y tal era nuestra emoción que no percibíamos la delgadez del Papá Noel, pues el tío Emilio era muy flaco.

La nochebuena llegaba a su fin con hermosos villancicos cantados por mi padre y la tía Ester.

El tío Emilio aparecía en el comedor vestido con su traje gris.

La fiesta seguía al día siguiente, yendo a la misa de las doce y terminaba con el almuerzo con la comida que había sobrado del día anterior.

María Laura Finochietto (CABA)

 

 9. EN TODOS LOS RELOJES

Soy adolescente. Lo sé por la soltura y el descuido con que subo los dos pisos por escalera hasta llegar a la terraza. Llevo copas y pan dulce. Federico me sigue con botellas de bebida sin alcohol. Detrás, mamá advierte: cuidado con el gato, ese bicho nos va a matar a todos. Es que Suertudo, tan negro como esta misma noche vieja, baja a los saltos por los escalones, huyendo de los fuegos artificiales que todos subimos a ver.

¡Qué ruido!, se queja la abuela, ensordecida por las bombas de estruendo. Allá hay luces, le señala mamá. Están muy bajas, retruca la abuela. Las de allá son altas, insiste mamá. ¡Qué peligro, deberían estar prohibidas!, sentencia la abuela que tampoco esta noche piensa dejarse conformar.

Eugenia nos sigue atenta. A las doce vamos a brindar. Faltan pocos segundos: cinco, cuatro, tres, dos, uno, ¡Feliz Año Nuevo! Se duplican las cañitas y el estruendo. Chocamos copas, intercambiamos besos y buenos deseos. ¿Dónde está Eugenia?, pregunta mamá. Fue a ver los relojes, explica Federico con naturalidad, y si pisa al gato, se va a matar.

Eugenia nunca brinda a las doce, porque debe verificar que den las doce en todos los relojes a la vez. En el de la muñeca, en el despertador, en el del living, el de la cocina, el del microondas y el de la videocasetera. A las doce y diez, la encontramos subiendo la escalera, respirando agitada, copa en mano. Quiere brindar en uno de los descansos. Con Federico le decimos que no, que el año nuevo ya terminó, que ahora ya es viejo. Desconcertada, busca a mamá con la mirada. Brinden con su hermana, que no bajamos más, nos ordena mamá. No podemos, ya es marzo, replica Federico exagerando el paso del tiempo. Mañana tenés colegio,  la empeoro aún más yo. ¿Tengo colegio mañana? se desconcierta Eugenia. Si sube el gato nos vamos a matar, se resigna mamá…

Hoy esa terraza ya no es nuestra. La abuela y el gato tampoco están. Pero Eugenia sigue brindando con demora, y aún disfrutamos como chicos  hacerla rabiar. 

MAD (CABA)


8. FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO AÑO NUEVO

Una mesa impecable en el departamento de mis abuelos, vajilla de porcelana y cristal y un pulcro mantel blanco. Cada uno tenía el lugar que la abuela Mary nos designaba. La abuela era una mujer frustrada que creía que venía de un linaje superior: Tengo sangre azul, nos decía por un lunar azul que tenía en el brazo. Se ponía extremadamente nerviosa para la navidad porque quería que todo saliera perfecto.

Un árbol gigante, casi hasta el techo, lleno de bolas de colores y guirnaldas. Tengo un vago recuerdo: mi abuela sirviendo y lavando platos, mi abuelo borracho casi todo el tiempo y peleando y puteando a sus hijos; la perra que le tenía terror a la pirotecnia enredada en el cable de las lucecitas y tirando el árbol al piso haciendo trizas la decoración y mi abuela gritándole como una loca. Cuatro hermanos y seis nenes todos seguiditos, amontonados en un comedor de cuatro por cuatro y una pequeña ventana.

Yo de muy chiquita le tenía terror a ese viejo monstruoso que le decían Papá Noel y lloraba, acalorada, en el hacinamiento de un diminuto baño porque había que encerrarse para que el viejo pusiera los regalos bajo el árbol. Un gran caos.

Pero un año mis padres pusieron fin a esas reuniones cuando mis abuelos se agarraron a los cuchillazos: mi abuela le rozó el cuchillo por la cabeza al abuelo y mientras dos de mis tíos le curaban la herida, los demás trajeron a la abuela a mi casa, la recuerdo desmayada en el sillón de nuestro comedor.

Me cuentan que para fin de año nos reuníamos con la familia de mi papá, que éramos como treinta, pero no recuerdo absolutamente nada. Dicen que las mujeres se la pasaban fregando y cocinando hasta que, a la madrugada, los hombres se iban a rapucear a la Costanera de nuestro Río de la Plata y mi Tía Aurelia, la anfitriona, se ponía a hacer ravioles caseros: Laburé como una puta, le comentaba a mamá cuando llegábamos. También mis padres le pusieron fin a ese gran caos.

Las fiestas pacíficas y alegres comenzaron cuando yo tenía siete años y mi hermano nueve: mamá escuchaba villancicos españoles, papá bailaba con nosotros con la música de nuestros discos y hacíamos toda la historia de la venida de Jesús –a pesar de no ser religiosos- y un hermoso árbol de navidad colorido, con un pesebre que le habían regalado unas monjas amigas de mi mamá cuando nació mi hermano. Después nos entregaban en la mano los regalos, brindábamos, nos dábamos un beso y la mesa se llenaba de cosas dulces. Cuando mis abuelos se separaron definitivamente, mi abuela empezó a pasar las dos fiestas con nosotros y todo fue paz y armonía, hasta que la abuela falleció y nació mi hija, quien sumó una inmensa felicidad.

Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)

 

7. MI PRIMER ARBOLITO

Festividades es una palabra que suena a alegría, a algarabía,  a música,  a risas, a invitados.

Cuando yo era niña, se compartía  la mesa navideña, por el mero hecho de que así  dictaba la tradición, pero faltaba el condimento más importante, el espíritu que inspira esa fecha. Para mis padres era una día más, como  cualquier otro.

Eran personas de poca fe, y el nacimiento del niño Jesús les representaba nada.

En mi casa nunca hubo un arbolito, ni adornos navideños, ni regalitos de Papá  Noel a las 12 de la noche Solo para reyes nos hacían regalos a mi hermano y a mí. De igual modo, la noche del 24 de diciembre la compartíamos con mis abuelos paternos, la hermana de mi papá, su esposo y su hija.

Para mí, ellos sí daban un marco especial a esa noche, ellos sí creían en el nacimiento de Jesús y en sus casas no faltaba el pesebre y el arbolito que en casa no había.

Cuando  yo  tendría once o doce años, mi tío  me regaló mi primer arbolito de navidad, con todos los adornos. Con mucha alegría  lo armé  en el jardín, cómo  para que todos lo vieran, pero mi emoción  duró poco, en la madrugada se levantó  tormenta y las bolitas que eran muy finitas, como de vidrio, se rompieron en su mayoría. De igual modo el arbolito medio pelado de adornos siguió  firme hasta el final de las fiestas.  Al año siguiente volvieron a regalarme nuevos adornos, pero ya no volví  a armarlo en el jardín.

Desde esa primera vez, hasta la actualidad no dejé  de armar mi arbolito, como tampoco  faltaron los regalos de Papá Noel, ni ese espíritu festivo que reina dentro de mí,  para recibir la llegada del Niño Dios.

Las fiestas de fin de año, las pasábamos  con la familia  de mi mamá.

Para desagrado de mi papá  debíamos  viajar a provincia. La casa de mi tío  donde nos reuníamos era grande, suficiente para albergar tantos invitados.

Cuando  salíamos  para el festejo, mi  papá empezaba a vociferar en contra del colectivo, de las fiestas y de los parientes, mientras que mi hermano y yo manteníamos  la boca cerrada por las dudas. Nosotros dos la pasábamos bien con los primos, mucha comida, mucho descorche, muchos cohetes, pero el tema era volver a casa. Para esa hora no pasaba un colectivo ni por casualidad, mi hermano que se dormía  y tenían que llevarlo  en brazos y como si fuera poco, escuchar a mi papá amenazando a mi mamá, con que  ese sería el último año que pasaríamos las fiestas en provincia.

Así  de simples fueron las festividades en mi niñez. 

Li (CABA)

 

6. NAVIDAD 2011

Navidad.
Al decir la palabra aparecen distintos 25 de diciembre.

Los de mi infancia, la mesa larga de la casa de mi abuela, primos de mi mamá disfrazados de señoras bailando vals, afinando la voz, tirando cuetes debajo del mantel asustando a mis bisabuelos.
Aparecen los años de Nochebuena en la casa de mi tía y , en la última década, los vividos en mi casa a la que decoro con luces y cuanto accesorio navideño encuentro.
Somos un batallón de gente, tías, primos con sus familias y a veces suegras desoladas.
Siempre los mismos rostros.
Hubo navidades con pérdidas donde las 12 horas nos encontraron mirándonos sin saber qué decir.
Hubo con bailes, música alegre, suelta de globos con mensajes, poco dinero, enfados familiares…

Y hubo una…bastante especial. Navidad 2011.
Recibí en el arbolito un libro de mi escritora preferida. La dedicatoria escrita con su letra.
Hacía tres meses que yo dormía sola, que lo había visto salir de casa con una valija y lágrimas ante mi firme decisión de poner punto final al matrimonio.
Llegó un día para borrar vacío y desamparos.
Cuando comenzamos me colmaba de alegría su presencia en las tardes de soledad.
Cumplió todos mis sueños.
No hay palabras para explicar cada uno de ellos.
Aquel 2011 yo miraba a dos adolescentes que confiaban en él y en mí más que en cualquier otro ser.
No había palabras tampoco para entender qué había pasado entonces…por qué, cuándo y cómo habíamos llegado a esos días en que me molestaba su presencia y me entristecía su actitud.
Volvía a sentir vacío y desamparo, dudas y miedos.
Los veinte años vividos juntos significaron concretar proyectos, sentirlo cerca porque siempre había estado, siempre había escuchado mis pesares, siempre de mi parte, siempre acompañando.
Extrañaba ese sostén de mis días pero no alcanzaba…
Extrañaba al compañero incondicional de charlas, comprensión, consejo, pero no alcanzaba…
Extrañaba las palabras justas que decía cuando otro me dañaba logrando disminuir cualquier dolor…
Aquel 2011, cuando llegaron las 12 lloré después del brindis.
Pasados algunos minutos llegó a casa a saludar a la familia y se quedó cuando todos ya se habían marchado. Supe que nadie era capaz de abrazar mis navidades como lo hacía el.
No volvió a irse.
Me alegra su tibieza en la noche, su risa en el día, sus manos convertidas en nido para mí. 

Edith Martini (Jáuregui, Buenos Aires)


5. AQUELLAS PASCUAS

Dos semanas antes mamá nos recordaba que pronto serían las Pascuas, entonces empezaba nuestra tarea: juntar papeles.

Reuníamos papeles de colores bonitos, brillantes: de caramelos (que no estuviesen pegoteados), restos de papeles crepé o alguno que había envuelto un regalo de la pasada navidad-porque los papeles de regalo no se tiraban, se planchaban y se volvían a usar.

 Cuando ya teníamos muchos, pasábamos a la tarea siguiente: conseguir una caja para hacerle el nido al conejo. Como siempre, mamá ya había pensado en eso y nos tenía guardadas algunas de zapatos.

 Mi hermano y yo  nos poníamos en acción, y cortábamos papeles: finitos, en tiras e íbamos llenando nuestras cajas. Mezclábamos las tiritas, para lograr mayor efecto entre las brillantes, metalizadas y las opacas. De vez en cuando, nos tirábamos papeles y jugábamos al carnaval,  luego los recogíamos y los volvíamos a guardar.

 La noche anterior al domingo de Pascuas dejábamos lista la caja. Al levantarnos lo primero que hacíamos era ir a buscarla. La encontrábamos llena de galletitas especiales: merengadas y boca de dama, y algunos caramelos. Nuestro desayuno era una fiesta, los conejitos se habían portado muy bien.

 Luego venía lo especial, salir al jardín a buscar el huevo de pascuas, que los conejos traviesos habían escondido. Era difícil, pero con un poco de ayuda el tibio tibio...¡se convertía en caliente! Y un huevo pequeño de chocolate, decorado con un cisne azucarado, se transformaba en nuestro trofeo. Aún recuerdo los confites de azúcar con su sabor anisado. Mientras me sonrío, evoco la felicidad de esos días.

Cristina (CABA)

 

4. COMO UNA POMPA DE JABÓN

De todas las festividades de infancia, creo que mi favorita era Navidad. Año Nuevo pasaba sin pena ni gloria. Supongo que para los niños es solo la llegada de un año más. En cambio Navidad tenía otra mística, otro encanto. Se anticipaba, se preparaba, duraba y se vivía más. En casa preparábamos el arbolito entre todos, combinando adornos históricos siempre con alguno nuevo, porque daba suerte. El pesebre pasó, con el tiempo, de ser una colección de figuritas cerámicas independientes a ser un ladrillo plástico con las figuras compactas e inamovibles moldeadas en relieve. En fin, que pasamos de un “si se cae se rompe”, a un “si se cae, rebota, pero que no se te caiga igual”. De todas formas, pese a que la practicidad se llevó toda la gracia, siempre me gustaron mucho los pesebres. No era por la presencia virginal de María, ni por el ingenuo de José, y menos aún por el niño regordete que ambos custodiaban. Me gustaban los pesebres por los animalitos. Un pesebre valía por la cantidad y diversidad de animales a los que daba cobijo. No importaban ni la biología, ni los ecosistemas. Un pesebre en el desierto bien podía albergar un delfín bajo sus palmeras, justo al ladito de la jirafa.

La noche del 24 solíamos pasarla en casa de alguno de mis tíos. Ellos tenían casas grandes; nosotros, departamento. Así que viajábamos a Provincia. Podía ser Castelar, podía ser Vicente López. Lo mismo daba. Tíos y primos, todos juntos, festejábamos Navidad. Hubo, siempre, regalos cruzados para todos. No se cómo se organizaban, porque el dinero nunca sobró. A veces grandes, a veces muy pequeños, todos nos íbamos a casa con muchos paquetitos, niños y adultos. Eran fiestas hermosas, de las que atesoro grandes recuerdos.

Hay una noche de Navidad que destaca en mi memoria.

Había llegado el momento de los regalos. Las mujeres iban al arbolito y comenzaban a distribuir los paquetes entre hijos, primos y maridos. Y a descubrir también si Papá Noel había dejado algo para ellas. El reparto había terminado y a mí me faltaba un regalo. No me importaba tener menos cosas, me preocupaba que otros tuvieran más. Y mientras masticaba rencor y Mantecol por partes iguales, la vi. Del otro lado de la mesa, la tía Irene me ofrecía una bolsita que sostenía entre sus manos, como si de una pompa de jabón se tratara. Así de frágil y hermoso era su regalo. No lo podía creer. Ella sonreía y me invitaba a que lo tomara. Sostenía una bolsita llena de agua, con dos pececitos de colores que chocaban sus narices contra el plástico. Mi tío, pocos pasos más allá, entregaba a papá la pecera, las piedritas para el fondo, el aireador, el alimento, y una multitud de precisas instrucciones para poder montarlo todo. ¿Te gusta?,  preguntó mi tía. No recuerdo en mi vida haber recibido otro regalo que me hiciera tan feliz.

MAD (CABA)

 

3. MI MUNDO DE FANTASÍA

Estoy recordando momentos de fantasía que me llenaron de ansiedad o muchísima alegría en mi niñez. Por qué no decir también, de esperanza.

Eran momentos mágicos esperados por mí. ¡Cada vez que se caía un dientito de mi boca, sabía, después de haber perdido el primero, que vendría el Ratón Pérez a dejarme un billetito! Siempre fui muy inocente y creía todo lo que me decían papá y mamá. Además, lo decían mis amiguitas y yo compartía esa hermosa fantasía con ellas.

Deseaba que se me aflojaran los dientes, y hacía fuerza con mis deditos para que  pronto, se cayeran y mostrar mis “ventanitas”.

La otra fantasía hermosa, era la de Papá Noel, Santa Claus o tantas denominaciones que escuchaba, y, que se referían al mismo personaje. Gordo, bonachón, amante de los niños y gustoso de obsequiar a los mismos, el día en que nació el Niño Dios. Eso sí. Tenía que hacerle una cartita o dictarle a mis padres lo que me gustaría que él me trajera. Era muy motivador el momento y lleno de ansiedad. Me gustaban tantas cosas…

Luego, tenía que pensar bien en no excederme, porque a los pocos días llegaban los Reyes Magos. Nunca pude entender, hasta grande, en qué momento dejaban los regalitos en mis zapatos, se comían el pastito y tomaban el agua. Si yo me quedaba despierta haciéndome la dormida para no asustarlos y poder verlos…

Era toda una ceremonia preparar con mucho amor y esmero su comidita para el merecido descanso.

Hasta que como casi siempre, en el colegio hay algún estómago resfriado, que nos dice la verdad, se nos ríe y, a la miércoles, esa y otras fantasías…

Creo que es en esos instantes, que suceden las primeras desilusiones en nuestra vida y nos golpea la realidad.

Fui muy feliz en esas fechas siempre. Y pensaba en los niños que no tenían juguetes. Mis padres me llevaban siempre a dejar algunos, para que los Reyes o Papá Noel, les llevaran y nadie se quedara sin juguetes. Íbamos a Harrods en la calle Florida y siempre santa Claus me daba globos y caramelos.

 Traté de seguir con mis hijas esas tradiciones, pero cuando ya se enteraban, les sugería siempre que no les contaran a sus amiguitas o amiguitos. Que los dejaran ser felices hasta que los papás decidieran contarles. Me pareció siempre más sano proceder así.

Gloria Lotti (San Miguel de Tucumán, Tucumán)

 

2. LOS REYES, UN JUEGO CON MAGIA

De los días del año, la víspera de reyes y el mismo seis de enero tenían algo especial.

Estaban teñidos de un halo mágico, un sabor a esperanza, a sueños a punto de concretarse.

Era también la culminación de una serie de festejos que comenzaban en navidad, seguían en año nuevo concluyendo con la llegada de los reyes. Era un tiempo donde veía a mis padres bailar y a la familia reunirse.

Creí en los reyes magos hasta mis once años, cuando mi tía me dijo :"No puedo entender que una chica grande no sepa que los reyes son los padres". Esas palabras me rompieron el corazón, yo no sabía que ya era una chica grande y menos la verdadera identidad de los reyes, o quizá sí lo sabía, porque era inteligente e intuitiva, pero no quería enterarme, pues iba a perder aquella ilusión, de encontrar una mañana sobre mis zapatitos, la muñeca que caminaba, o la tan ansiada bicicleta

Aunque la escena era casi la misma: una muñeca de plástico duro con botas blancas y capelina, unos jueguitos de cocina o de té, y, cuando los reyes se ponían más creativos, unos muñecos bebé en su cunita y la infaltable carta que decía que yo era una buena niña, que siguiera así, que quizás el próximo año podrían traer la bici. Esa era solo una pequeña desilusión porque podía más la magia de creer que ellos habían rozado aquel papel de celofán transparente con un hermoso moño, ellos habían estado ahí , y yo tocaba y olía las cosas tratando de adivinar cuál de los reyes había sido. Luego corría al patio para ver el pasto y el agua, que estaban desparramados como si alguien hubiera hurgado en ellos, pensaba en lo sediento que deberían estar los camellos con tanta travesía y buscaba sus pisadas hasta encontrarlas como sellos en la tierra, llegaban hasta la calle y se perdían junto a otras huellas.

Años más tarde me enteré de que mi mamá presionando una lata en el suelo dibujaba las famosas pisadas de camellos y supe que ese juego era más importante que el regalo.

¿Cómo podían entrar a mi dormitorio si la puerta de la calle estaba cerrada? Porque eran magos

¿Cómo podían recorrer tantos lugares en una sola noche? Porque eran magos.

Y luego me pregunté ¿cómo una niña podía sentir esa ilusión ? Y la respuesta fue porque los adultos alimentan esa magia.

Ya mujer pude ver cómo mis padres disfrutaban jugando a ser los reyes de mis hijos. Y para mis niños llegaron las más lindas bici, las mejores muñecas, el órgano que sacaba las mejores melodías, las carpas para ir de campamento, y mi marido y yo también nos convertimos en creadores de magia de hijos y sobrinos .

Un día cuando estaba sola con mi sobrino él me preguntó ¿Verdad, tía, que los reyes no existen?, ¿verdad que son los padres?

No dude en contestarle Sí, existen en el corazón de cada hombre o mujer que quiere jugar a la magia de hacer feliz a un niño y jugar con él a cumplir un deseo.

Se entendió bien el juego, porque mis hijos y mis sobrinos se disfrazan cada 6 de enero y cada 24 de diciembre alimentando la magia en el corazón de los más chiquitos de la familia.Y, a decir verdad, también en el de los mayores.

Lili (Chacabuco, Buenos Aires)

 

1. ¿SABRÁN DÓNDE ESTAMOS?

Durante mi infancia, el 6 de enero era una fecha muy esperada, pero a la vez muchas veces me tomaba por sorpresa. A fines de diciembre o principios de enero solíamos irnos de vacaciones a la playa. El mar, salidas, amigos y familia hacían que no llevara el registro del paso de los días.
- ¿Vendrán los Reyes mañana? - preguntaba papá dirigiéndose a mi mamá pero asegurándose de que los menores escucháramos.
- Si no dejan los zapatos, pasto y agua no creo- respondía mamá.
- ¡¿Mañana vienen los Reyes?! ¿Hoy después de dormir? - preguntaba yo para asegurarme haber entendido correctamente.
- ¡Sí! Preparen todo y ¡a dormir tempranito!. Nunca sabemos a qué hora pueden llegar y si ven gente despierta no dejan nada.
- ¿Y van a saber a dónde estamos? - preguntaba yo temiendo que los reyes no supieran que mi familia y yo estábamos en una casa alquilada lejos de la nuestra.
- ¡Sí! Ellos saben.
Corríamos a buscar pasto y agua. Nunca sabíamos si sería suficiente, si lo verían, si se darían cuenta a quién pertenecía cada par de zapatos, si poner los zapatos de mis papás… Eran muchas las dudas y dormir esa noche era muy difícil.
Diego y yo nos quedábamos mirando por la ventana, en una de esas los veríamos llegar pero…. ¿y si nos veían despiertos? Mamá había dicho que en ese caso no dejarían nada…. Entonces optábamos por acostarnos y con los ojos cerrados escuchar atentamente. De ese modo no se darían cuenta de que estábamos despiertos. Igualmente, a mí el sueño me vencía enseguida. Mamá también decía que había que dormir hasta tarde porque tal vez llegaban tempranito por la mañana. ¡Qué difícil! ¿Hasta qué hora tendríamos que dormir?
En cuanto Diego y yo nos despertábamos íbamos, en silencio, al arbolito donde habíamos dejado el alimento para los camellos con la esperanza de encontrar nuestros regalos. Por suerte siempre encontramos las sorpresas.
Durante el desayuno cada uno contaba si había visto a alguno de los reyes, si había escuchado algún sonido o si le había parecido oler a camello. Según Diego él siempre los veía porque se escondía bajo las sábanas haciéndose el dormido cuando en realidad espiaba. A mí me daba un poquito de miedo hacer esa “trampa” ¿y si me descubrían y no me dejaban el regalo? Bueno, ahora que soy grande puedo confesar que algunas veces durante el desayuno mentí para intentar “superar” a Diego en alguna de sus historias. ¿Alguna vez lo habré logrado?
Como sea, recuerdo esos días como muy especiales. Créase o no hasta mucho más allá de mi infancia los Reyes dejaron un regalito para mí cada 6 de enero. 

Paula (Martínez, Buenos Aires)


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