Construcción de nuestro personaje


39. EL HILO ROJO

Me enamoré de Ernesto a los diecisiete, sabiendo que en él se encontraba mi salvador, aquel que encontraría el modo de sacarme de esos estados oscuros que me tenían ya devastada. Él era muy inteligente, ocurrente, rápido, gracioso; él sabría cómo desenterrarme, yo, la verdad, me estaba ahogando, hundida en ese pozo ciego, y él tenía que ser el Vicentico que me sacara de allí.   Mi novio tenía un encanto especial que me seducía, sentía la vida de una forma optimista, vivía en el presente y le ponía humor a todo lo que decía; era agradable estar con él, me hacía reír como nadie, yo le contaba mis historias de amor con sus amigos que habían sido mis ex y así nos íbamos conociendo; a él le gustaba escucharme, por eso me sentía querida y segura cuando estábamos juntos.  Empezamos a construir nuestra historia de amor que ni el tiempo ni la distancia ni ninguna persona en el mundo jamás logró desunir.

¿Un recuerdo gracioso? Cuando le hice creer en la plaza que el Alikal (que había metido en una bolsita para engañarlo) era cocaína, y que yo consumía.

 

Magui Solda (La Plata, Buenos Aires)

38. MI ABUELA

Mis abuelos vivían en una casa que alquilaban, a unas veinte cuadras de la mía. Mis tíos vivían enfrente de mis abuelos. Yo tenía diez años cuando mi abuelo murió y mi abuela quedó sola.

Mis papás decidieron reformar parte de la construcción antigua de la casa de adelante que papá usaba para depósito, en un departamento para mi abuela , así ella podría venir a vivir con nosotros.

Nunca entendí por qué mis tíos, que tenían un alto poder económico y mucho espacio en su casa, no hicieron lo que sí hicieron mi mamá y papá, con muchas menos posibilidades y más esfuerzo.

Le hicieron una cocina grande, un baño y un dormitorio. Pegadita a su habitación, construyeron una para mí que, hasta ese momento, dormía con mis hermanos.

Yo estaba feliz de tener mi espacio propio, aunque no era muy cómoda. Era muy chiquita y encima tenía dos puertas.  Una daba a la habitación de mi abuela y la otra al comedor de mi casa. Así que a todos les quedaba más cómodo pasar por ahí para ver a mi abuela y también para salir a la calle.

Nunca tuve mucha intimidad y eso me molestaba un poco, pero era mejor que seguir durmiendo con mis hermanos.

Por los agujeritos de la persiana de mi ventana veía la galería que cubría parte del pasillo que iba desde el galpón de papá hasta la calle. Durante muchos años, mientras trataba de dormirme, creía ver la galería del cementerio de la Chacarita, en donde descansaba mi abuelo. Si bien sentía que él no estaba ahí, no podía dejar de impresionarme cuando iba con mamá a llevarle flores en esa galería llena de nichos.

Por más esfuerzo que hacía para no pensar en eso, me llevó muchos años dejar de hacerlo. Me costó mucho tiempo aceptar la partida de mi abuelo. Los viejitos eran los que se morían y él era muy joven. Solo tenía sesenta y tres años.

Mi abuela estaba muy triste, no solo porque era su compañero sino porque su partida fue repentina e inesperada.

A la noche, me gustaba dejar la puerta abierta y charlar con ella, cada una desde su cama. Pero cuando yo quería, la cerraba. Cuando veía las novelas de Migré hasta muy tarde o leía las novelitas de Corin Tellado, la cerraba para no molestarla con la luz o la tele. Y, especialmente, cuando venían mis amigas a dormir y, en el pasillo que quedaba entre ambas puertas, poníamos un colchón en el piso. Ahí nadie venía a molestarnos. Sí o sí, todos tenían que pasar por afuera.

Eso ocurría muy seguido. Casi todos los fines de semana y a veces durante la semana también. En otras ocasiones era yo la que me quedaba en casa de ellas.

Mi abuela y yo fuimos “vecinas" durante quince años, hasta que yo me casé y me fui de casa. En esos años compartimos muchas cosas, además de las charlas nocturnas. Tomábamos el té juntas, mientras ella tejía.

Siempre le gustaron las manualidades Desde el momento en que me puse de novia con César comenzó a bordar cosas para mi futura casa y tejer para cuando tuviera un hijo. Un ajuar completo.

 También nos gustaba mirar juntas alguna novela en la tele. Cuando se puso más viejita, de vez en cuando, de noche, empezó a caerse de la cama y, como yo era la que estaba más cerca, era siempre la primera en socorrerla, mientras mamá bajaba desde su dormitorio. Así fue que perdí mi sueño pesado, atenta a cualquier ruido que escuchaba. También me sobresaltaba cuando ella se despertaba porque creía ver bichos en su habitación o a un hombre que salía de su placard. Al principio yo trataba de explicarle que era su imaginación, pero ella se enojaba. Por eso empecé a seguirle la corriente, pidiéndole al señor del placard que se fuera o matando sus arañas imaginarias. Así(otro así encabezando), ella volvía a dormirse tranquila.

Con el tiempo, comenzó a ser peligroso que se quedara sola, porque dejaba la llave del gas abierta o se caía y no podía levantarse hasta que nosotros volviéramos. Mi tía y mi mamá contrataron a una señora para que la cuidara pero llegó un momento en que eso no pudo sostenerse más desde lo económico y decidieron buscar un lugar que pudieran pagar, en que la cuidaran las veinticuatro horas. No era un geriátrico, sino un hogar para pocas señoras. Eran seis las que vivían allí con dos mujeres que las atendían y un médico que las controlaba.

Me costó mucho entender la decisión de mi mamá. Al principio no se lo perdonaba. Pero sé que hizo lo mejor para ella.

Yo  iba varias veces a la semana a verla. Por suerte quedaba cerca de casa.

A veces no me reconocía y me confundía con mi mamá o mi tía. Yo nunca le llevé la contraria. Pero cuando sí me reconocía, me contaba todo lo que me había tejido para cuando yo tuviera un hijo, como si yo no lo supiera.

Cuando por fin llegó ese momento, lo primero que hice cuando salí de la clínica con Flor en brazos, fue ir a presentársela. Filmé ese momento y lo tengo entre mis  recuerdos más preciados. Veinte días después, su cuerpo se cansó y dijo “basta”. Le agradecí a la vida haber desoído todas las voces que me desalentaban a ir a  verla el día del alta de la clínica. Se fue feliz, habiendo conocido, como tanto deseaba,  a la hija de Gladys.

Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)

 

37. DÍA DE LA BANDERA

La señorita Araceli el lunes se me acercó y me dijo al oído que el día 20, para la fiesta de la bandera, llevara al colegio guantes blancos. ¡Voy a ser escolta de la bandera!

En primero y segundo grado tuve a la señorita María Luján, y yo sabía que ella nunca me iba a elegir como escolta porque decía que yo charlaba mucho con mis compañeras y las distraía. Era muy aburrido, estábamos todo el día dibujando. Mamá decía que hubiese sido mejor que no supiera leer y escribir. A mí no me gustaba dibujar, y menos pintar. Por suerte, Inés pintaba todos los dibujos que yo tenía en el cuaderno.

La señorita Araceli es la más linda de las maestras. Tiene el pelo largo y se pone vinchas de colores. No tiene los ojos pintados como María Luján, que me daba miedo con las pestañas tan duras.  Araceli todos los viernes le ata en el brazo una cinta azul a la nena que mejor se portó y una cinta amarilla a la que se portó bien, pero no tanto. Desde que empezó el año no me dio nunca una cinta. Siempre que nos llevan a la capilla a rezar yo pido no hablar en clase, pero en algún momento del día me retan. Araceli no me grita para que me calle, solo golpea mi banco con un lápiz, pero cariñosamente.

Yo le pregunté a mamá por qué iba a ser escolta si nunca había tenido la cinta y ella me dijo que soy muy buena alumna, aunque charlatana. Y que ahora que Araceli fue tan buena conmigo, yo debería tratar de estar callada y no distraer a mi compañera de banco. Mi compañera se llama Gabriela, mi mejor amiga. Nos reímos mucho. Vamos juntas a inglés también. Como vivimos enfrente papá nos lleva a la escuela a Inés, a Gabriela y a mí.

Hoy es el día del acto. Estoy con el uniforme de gala y los guantes blancos. Mamá me hizo las colitas tan ajustadas que casi lloré cuando me peinó. Me duele cuando me ata el pelo con las gomitas. Apenas termina la fiesta me sacaré todo. La señorita que nos puso las bandas nos dijo que cuando el piano comience a sonar, tenemos que entrar al salón de actos. Estoy muy nerviosa.  Vinieron mamá, papá y la abuela. Primero entró la abanderada y casi al final, delante de las de primero y segundo grado, entro yo. Voy caminando muy seria, todos aplauden. Después nos quedamos paradas mirando al público mientras cantamos el himno. Lo veo a papá un poco más atrás de mamá y la abuela, que se sentaron en el primer banco. Yo sigo muy seria, mamá me sonríe pero yo sigo estando muy seria. La señorita dijo que tenemos que estar derechitas como granaderos.

Ya nos entregaron la  foto, Salí tan seria que todos en  casa se ríen  y no me gusta. Me da un poco de rabia, pero fue un día tan lindo que no lo voy a olvidar nunca.

Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)

 

36. PAPELÓN

 

Ayer me regalaron mi primera caja de pinturitas, no son de marca, pero es una lata de doce colores. Ya tengo nueve años para diez, pero es la primera vez que las tengo y puedo traerlas al colegio. 

Estoy saliendo del aula de cuarto grado, la señorita Zunilda es muy seria y no quiere que nos quedemos ni en la puerta. Todos debemos bajar al patio grande. 

Hoy me atrasé porque guardo mi lata como un tesoro, para cuidar los lápices y que no me los roben. 

Salgo apurada, estoy roja como un tomate. 

Ahora bajo las escaleras que dan al departamento de la madre superiora, está tan oscuro que siento miedo cada vez que bajo por acá.

Tengo la caja de pinturitas escondida en el bolsillo. ¡Ay, no! Vuela por el aire. ¡No sé cómo pasa!

Siento las lágrimas que me corren, me desespero, ruedan los doce por la escalera, me falta el aire, llego abajo juntándolos, pero aparece la encargada. Me pregunta si me ayuda y se ríe. Lloro, lloro y lloro, porque me descubrió y no sé qué decir. Me limpio los mocos y le digo con la cara sucia: “Los llevaba al recreo para mostrarlos…”

  • Florencia Zaldívar (CABA)   

     

     

35. MARÍA ELENA

 

Es diciembre de 1968, tengo doce años y estoy terminando séptimo grado. Nuestras maestras, la señora Marta en Ciencias  y Matemáticas y la Hermana Maria Elena en Sociales y Lengua, son las dos muy buenas. 

Maria Elena con sus enormes ojos negros, vivaces, piel muy pálida, alta y delgada.Tan bonita con sus veintitrés años que nos preguntamos  ¿cómo puede querer ser monja?

Es alegre, compañera y confidente nuestra.  Nos reímos tanto cuando se sube a la bici, juega al quemado, corre y chifla. ¿Alguien se imagina una monja chiflando?

Yo nunca quise a nadie como a ella, es la única que me entiende sin palabras, porque yo soy muy callada y tímida. Cuando la veo tan activa, yo no puedo creer que a mi no me salga hacer el “rol”, que no sepa jugar a la pelota porque me paralizo, que siempre salga última en las carreras y me burlen, y que nadie me quiera en su equipo de educación física. Soy rígida, dura, acomplejada, me veo fea porque siento que así me ven todas; menos ella, que no le da importancia,  me deja ser y apunta a que leo muy bien, escribo con fluidez y soy inteligente. 

Hoy nos dio la mejor noticia. Antes de salir nos dijo poniendo un cara muy seria. 

-Chicas , tengo la obligación de decirles que el año próximo seré su profesora de Educación Democrática. 

Estallaron aplausos, hubo gritos, besos, abrazos, silbidos, saltos, corridas de bancos y lágrimas de emoción. Yo participo poco y observo. Salimos a la calle cantando No se va, Maria Elena, no se va.

 Ya pasaron tres meses, está empezando marzo y el calor sigue apretando, pero después de un verano interminable, me consuela la idea de la vuelta a la escuela. Porque ya soy “una chica de secundaria”. 

(empezaste en presente, sigo en presente, me parece más emotivo aún)

Son las diez de la noche, suena el teléfono. Mi tía Chiquita atiende en  su cocina y me llama:

 -Es Viviana Raffo, para vos. 

Cuando atiendo, con voz está entrecortada me cuenta: 

-La Hermana Maria Elena murió hoy. 

La angustia me anuda la garganta, no sé si lloro, porque estoy clavada al piso como una estaca. Pienso  Ella no se puede morir.

Mamá me dice:  

Con razón todo el día tuve ganas de llevarle rosas rojas 

 Florencia Zaldívar (CABA)  

  •  

34. LLORO POR MIS PRIMOS

 

Hoy vinieron de visita mis primos, Mirta y Jorgito. 

Ella tiene siete, él seis y yo cinco. Tenemos una o dos muñecas que yo traje, las canicas de Jorge y un osito. 

Mamá y tía Titina vienen a vernos. ¿Qué hacen jugando en el baño? nos retan.

Nuestro secreto es que jugamos con el agua, tapamos y destapamos la pileta y nos salpicamos de agua cada vez más, riéndonos. También mojamos las muñecas y al osito que yo traje.

Mi primo con sus canicas juega en el zaguán y nosotras lo hacemos pasar al baño cuando tiene que hacer de papá o de doctor de las muñecas que apoyamos en la tapa del inodoro. 

Jorge extraña a mi otro primo, Fernando, que tiene diez porque con él juegan a “cigarrillo cuarenta y tres”, al fulbito con la pulpo en el patio y se recitan todos los nombres de los jugadores de San Lorenzo,  son fanáticos, Mirta también. Yo soy de Boca, pero a mí no me cargan. Me quieren mucho como yo a ellos y me cuidan. 

Todavía medio mojados, aunque nos secamos, vamos a comer. Hay pizza, comemos mientras los tíos hablan de Boca, San Lorenzo, Perón y los radicales. 

Y vamos a jugar otra vez, mi primo, ya cansado de “las nenas” busca que mis tíos le jueguen al Tinenti o la Payana.

Ya no damos más, se hizo muy tarde, pasó el día volando y tenemos sueño. 

Mi tío Aníbal, se prepara, busca las llaves del coche. La tía Titina ya lavó las fuentes, las guardó y les pone los sacos a los chicos.

Empiezan las despedidas y mis lágrimas, mamá se enoja porque no le gusta que llore cada vez que se van. Todos me dicen que pronto vuelven, que nos vamos a ver, que vamos a jugar otra vez, pero para mi, no es cierto, sé que a lo mejor tengo que esperar hasta navidad. 

Mirta y Jorge me dicen “chau” desde el vidrio del auto y yo lloro cada vez más, pero en silencio, no con berrinche, hasta que me duermo esperando la próxima visita.    

Florencia Zaldívar (CABA) 



33. LA TRISTEZA

No encuentro la tristeza. Mejor dicho, no encuentro el origen de mi tristeza. Al menos en la infancia. La busco. Porque la habito, y me habita. No siempre, a intervalos. A veces mar de fondo, escondida en una profundidad oscura. Se la lleva una corriente. Desaparece. Otras veces es línea de superficie, se instala a flor de piel, moja. Tiñe, todo. Me moldea.

Aunque no sé si es tristeza. Quizás melancolía. O ambas. No sé tampoco qué me aclararía saber si es una u otra. Las palabras correctas que las definen dicen que son dos cosas diferentes. Yo las cargo, pero como ya dije, no siempre.

Del otro lado, de ese en que no soy ninguna de las dos, siento lo opuesto.  O diferente. Ahí me convierto en motor que no cesa, en brisa de contento que me incita a hacer. Todo es posible. Una energía se impone a las cosas, las colorea y me siento brillo.

¿Qué lado es más yo? ¿Cuál me define?

Ochenta kilómetros separaron mi infancia de lo que vino después, y apenas una hora. Ir de Juan N Fernández a Necochea. Y cuarenta y ocho años después me pregunto si ese camino no fue mi puerta de Jano, que cerró un pasado y abrió un futuro, aunque no lo supiera entonces, un inicio y un final, la vida en dos caras.

 Alejandra Mártinez Vázquez (Coronel Pringles, Buenos Aires)


32. INFANCIA Y PRESAGIOS

Nos vamos al campo, el que está lejos. ¡Me encanta! María Marta, Ana y yo. Mamá me armó el bolso, pero yo puse algo más. Es que allá ensuciamos mucha ropa, la tía Lilia tiene que lavar y no hay lavarropas. La guardo y cuando vuelva a Fernández la lava mamá.

Me tengo que dormir rápido, me van a pasar a buscar temprano. Me acuesto, miro el bolso que quedó en la otra cama, y de pronto me acuerdo que no guardé la bolsa con los sugus, las chicas me matan si me olvido. Porque si no llegamos a ir a ese pueblo que queda cerca, que se llama Pringles, nos quedamos sin caramelos muchos días. Pero estoy contenta, me levanto, los guardo, y listo.

Ya vamos en el auto, las tres sentadas atrás. Jugamos a las patentes, pero andan tan pocos coches, que lo dejamos. El Negro Gandoy nos da el mapa, estamos aburridas. Nos dice que recién cruzamos el Quequén grande, que lo busquemos y veamos qué viene después. Ya jugamos una vez a eso, pero igual lo hacemos, porque si vamos cortando el camino en pedacitos, parece que se hiciera más corto. Juárez y el arco de la entrada, la rotonda y la estación de servicio La rueda, y así seguimos. Ahí están las primeras lomas, eso ya es que estamos cerca y festejamos. En un ratito vemos las arboledas, me encanta cuando empiezan a darnos sombra y vamos por el pasillo de árboles. Al fondo la tranquera, nos bajamos gritando, le sacamos la cadena, la empujamos y nos subimos para que nos lleve hasta que se abra del todo. Después la cerramos bien, ya sabemos que si abrimos una, tenemos que cerrarla para que no se vaya ninguna vaca a otro potrero.

El primer día es acomodar las cosas, saludar a todos, comer algo rico con lo que siempre nos esperan, andar cerquita, temprano a la cama porque viajamos y los grandes están cansados. Y cada noche, como quiere la tía Lilia, lavarnos los pies antes de acostarnos.

Siempre salimos a recorrer, nos llevamos una bolsa con galleta, queso, agua y caramelos. Por si tardamos.

Hoy vamos por el camino entre el bosque grande, a juntar huevitos de los pájaros para armar una colección. Ana lleva la caja con algodón, para ponerlos y que no se rompan. María Marta y yo nos vamos subiendo a los árboles cuando vemos algún nido no muy alto. A mí me gusta subirme alto, pero me van a retar.

 No es un día muy lindo, hay bastante viento, nos dijo la tía Lilia.

Vamos tan entretenidas, mirando cada rama, que casi no nos damos cuenta que el viento se hace más fuerte. Es que hay tantos árboles que abajo no se nota mucho. Sí siento que se fue todo el sol porque está más fresco y no traje el pullover. Me divierte ver cómo nos caen hojas de los eucaliptus y de los álamos. Y corro y les digo que me sigan cuando veo que más adelante se cayó una rama con un nido. Tiene huevos, pero están rotos. Pienso que no nos sirve que se caigan las ramas. Tenemos que subir. ¿No tendríamos que irnos?- pregunta Ana.

Veo un nido enorme, seguro que encuentro muchos huevitos. Lo vi yo, así que me toca. El último, les digo. Está un poco alto, pero tiene muchas ramas que parecen fuertes. En un salto me cuelgo de la más cerca, y con los pies trepando por el tronco llego a sentarme arriba. Me faltan dos más para llegar. La segunda rama es ancha y yo soy flaquita, subo. Tanteo con la mirada la tercera, no es muy gorda, pero si pongo un pié en ese nudo que sale del tronco no va a pasar nada, si me estiro bien llego al nido. Algo sale mal, el pié se resbala, alcanzo a agarrarme con las dos manos de la rama, y siento que cruje. Quebrarse y caer fue tan rápido que ni pude pensar.

Las chicas llegan corriendo asustadas, pero me levanto enseguida. No me gusta haberme caído, como si no supiera treparme a los árboles. Los raspones no importan.

En el apuro, la caja quedó en el pasto, y vemos que una ráfaga muy fuerte la levanta y todo se desparrama. Vamos corriendo a salvar lo que se pueda, y empezamos a sentir un ruido que nos asusta. Se cae, se cae, corran!, grita María Marta casi llorando. En unos segundos, con tiempo sólo para darnos vuelta, un enorme álamo cae al lado. Nos miramos las tres cuando termina el estruendo, duras como estatuas, y empezamos a gritar. No podemos decir nada. Siento que todo es un peligro, que el temporal tirará más árboles y que estamos ahí, sin movernos.

Entonces les grito que tenemos que salir. Empiezo a correr para atravesar la arboleda, veo al fondo la seguridad de un lote sembrado. Ahí no hay peligro, pienso. Corro y corro, me raspo, trastasbillo, pero llego al claro. Y las chicas detrás. El aire es tierra, rastrojos que vuelan, la tormenta comienza a descargar relámpagos, lluvia, y nos abrazamos. Nos tapamos los ojos con los brazos. Sabemos que tenemos que llegar a la casa, no estamos cerca. Le tengo miedo a los rayos, y el trigo no nos protegerá. Si hay tormenta eléctrica, no pueden ir al campo, siempre nos dicen.

Pero la casa quedó del otro lado de los árboles. ¿Y ahora?

Sentimos una bocina y unos gritos a lo lejos. Dos peones que se bajan de una camioneta, saltan alambrados y corren hacia nosotras. En unos segundos, no sé cómo, se cargan en andas nuestros flacos 12 años y nos llevan. Veo venir también el auto del Negro, por el camino viejo. Nos dice que subamos, y a los peones que vayan a avisar a Lilia que anda con el capataz por el arroyo.

¿No se dieron cuenta de la tormenta? Estamos todos buscándolas- dice enojado.

¿Me retaran más a mi cuando lleguemos a la casa? Yo se que piensan que soy la que hago más lío. Me quedo callada en el asiento de atrás. Me gustaría estar en mi casa. Pero qué aventura fue, me gustó. Esto no lo voy a decir. Ni que me duele bastante uno de los raspones.

Llegamos, nos sacamos la ropa sucia y mojada, entre risas. Nos callamos cuando oímos llegar a la Tía Lilia. No quiero mirarla. Pero entra al cuarto, nos toca como queriendo ver si estamos enteras, y solo nos dice: Yo sabía que no era un día lindo para salir. 

 Alejandra Martínez Vázquez (Coronel Pringles, Buenos Aires)

 

 31. CAMPO Y VESTIDOS

UNO.

No recuerdo el día, ni siquiera sé exactamente en qué año pasó. Sí que eran tiempo difíciles.

Estábamos en el campo de la abuela.

Era uno de los últimos días en esa tierra, antes de que la inevitable venta diera lugar al no volver a pisarla. Historias de familia, conflictos y secretos que en parte escapaban a nosotros, los chicos.

Almorzamos, éramos varias madres y muchos primos. Al terminar, como la costumbre y la orden de la abuela determinaban, las mujeres a la gran cocina, a dejar todo limpio. Hoy, desde otra mirada, igual recuerdo esos momentos como de mucho placer, de charlas, de risas, de nosotras, mujeres, sin edad. Pero ese no era un día más, y los dichos tenían que disimular la dura despedida que sentía cada una. 

Pasado un rato, noté que no estabas. Miré por los ventanales de adelante, pensé que tal vez habías salido buscando la compañía de ese cigarrillo que a mí no me gustaba. No te vi. Salí, rodeé la casa, y ahí sí estabas, alejada, sentada en una silla colorida, con la mirada perdida que solías tener (“como vaca mirando el tren”, decía la tía Margarita). Al acercarme,  a esos ojos le caían lágrimas, que al verme, esta vez no las dejaste solo para vos.

-Es que fui tan feliz acá…

Esas fueron tus únicas palabras. Y no necesité más. Porque me dijeron que estabas mal, que sufrías, que en este lugar las alegrías habían sido mucho más que las penas, que lo sentías por la abuela, por vos, por esa familia postiza a la que te habías aferrado con tanto amor, por las fiestas y veraneos que ya no serían ahí, por el futuro incierto.

Nos quedamos un rato juntas, compartiendo la tristeza. Seguramente también escondiste otros motivos que entonces no pude ver. Y que hoy, ya mujer adulta, intuyo, desde esa casi universal forma que tenemos de preservarnos mediante algunos silencios.

DOS.

Cargábamos tu máquina de coser, las Burdas, las telas, y nos íbamos a la hora de la siesta a la casa de Lilia (que no era tía, pero a veces yo le decía así). Mamá cosía mucho y bien, pero ante un vestido para fiesta, o alguna confección más complicada, el conocimiento de Lilia era lo indicado.

Recuerdo las charlas, las risas, las veces que me probaban algo e iban cambiando y ajustando alfileres, los mates, los consejos sobre plantas y sacar alguna que iba para casa, el intercambio de recetas de cocina, la sensación de estar en un lugar donde todo se hacía bien.

Mi vestido tenía que quedar perfecto, esculpían una obra para que me luciera con algo único, que según ellas yo llevaría como nadie y provocaría admiración. Siempre lo  sentí así cuando estrené cada uno, como si en esas costuras, también hubiesen ido hilvanando la seguridad en mí, la alegría, la distinción y la promesa de lo inolvidable.

 Alejandra Martínez Vázquez (Coronel Pringles, Buenos Aires)



30. MI DÍA MÁS TRISTE

Mi abuelo es lo más. Tiene una camioneta Estanciera y siempre me lleva a la casa de mis amigas, cuando mi papá no puede por el trabajo. Lo llamo por teléfono y él viene enseguida. Vive cerquita. Más o menos a veinte cuadras.

Me encanta compartir tiempo con él. En su casa, me presta su escritorio para jugar a la peluquera y no tiene miedo de que le haga lío. A veces viene a sentarse él también y me pide que le corte el pelo. Yo le corto poquito porque no soy peluquera de verdad pero él dice que lo hago muy bien.

Después pone los sillones grandes del patio en fila y jugamos a que él es el chofer y me lleva adonde yo quiero ir. Siempre le digo lugares lejos, así el juego dura más.

Lástima que mis primos no pueden cruzar a jugar con nosotros. Nuestros papás están peleados y nosotros no entendemos por qué.

Si es domingo, el abuelo prepara asado y, a veces, vienen mamá y papá también. Él escucha por la radio el partido de Racing y le roba higos de la higuera al vecino para mí porque me encantan. Katy ladra fuerte porque nos escucha jugar y quiere venir con nosotros. Yo me quedo a dormir muchas veces en su casa. La abuela, para la merienda, me prepara té con galletitas “Tunitas”, que son las que más me gustan.

El domingo fue 19 de junio y era el día del padre. Lo pasamos todos juntos, como siempre, con mis papás, mi hermano Hernán, Diego, mi hermanito bebé y mis abuelos. Comimos asado y nos divertimos. Siempre que nos encontramos con mis abuelos me divierto mucho. Me encanta ir a su casa.

Nos quedamos hasta tarde porque el lunes fue feriado y no había escuela y nadie trabajaba, porque era el día de la bandera.

Ayer a la mañana, mientras nos preparábamos para empezar el día, sonó el teléfono. Yo presté atención, porque nunca suena el teléfono tan temprano.

Me acerqué a la cocina y escuché que mi mamá lloraba fuerte.

-¡¡¡No puede ser, si estaba lo más bien!!!- repitió llorando. Cortó rápido, se fue a vestir y, cuando volvió a la cocina, me encontró parada en el mismo lugar. No me podía mover. Nunca había visto a mi mamá así.

Volvió y, tratando de no llorar, me dijo:¨El abuelo se siente mal. Yo me voy a ir a su casa a ayudar a la abuela.¨

Y yo seguí parada ahí sin decir nada. Mi papá me dio la mano y, acariciándome la cabeza, agarró a upa a Hernán y nos llevó a nuestro cuarto. Meavisóque no íbamos a ir a la escuela, que podíamosacostarnosotro ratito. Diego dormía en su cuna y Hernán se durmió otra vez. Yo no podía cerrar los ojos.

Más tarde volvió mamá. Yo miré por la puerta que estaba un poquito abierta. No me había podido dormir. Estaba muy blanca y temblaba. Se abrazó llorando a papá y después vino para nuestra habitación.

Respiró fuerte y nos dijo a Hernán y a mí: ¨El abuelito se fue al cielo.¨

Hernán hizo unas preguntas tontas y yo me largué a llorar.

No iba a ver nunca más a mi abuelito del alma y eso me dolía un montón.

Después, Hernán y yo nos fuimos a quedar en la casa de Sandra con Nelly y Aldo que nos iban a cuidar. Esa noche íbamos a dormir con ellos y al día siguiente nos iban a ir a buscar. Mamá dijo que lo mejor era recordarlo vivo y feliz.

-          Quiero pedirles algo- nos dijo- Cuando vean a la abuela no le pregunten por el abuelo porque ella está muy triste.

Dijimos que sí con la cabeza, agarramos la ropa y nos fuimos con Nelly. Yo me reí mucho y muy fuerte toda la tarde. No sé por qué, si yoestabatantriste. Hernán no hablaba nada.

A la mañana, papá nos fue a buscar para ir a casa. Tampoco fuimos al colegio. Cuando llegamos, mi abuela estaba parada en el comedor toda vestida de negro. Yo le di un abrazo fuerte y no le pregunté nada, como nos pidió mamá. Pero Hernán, lo primero que le dijo fue: -¨¿Y el abuelo dónde está?¨ Y ella se largó a llorar. Yo me fui corriendo a mi habitación, me tiré sobre la cama y lloré hasta quedarme dormida.

Gla (Ituzaingó, Buenos Ares)

 

29. INSEPARABLES

Me encanta ir a dormir a la casa de Sandra y que ella venga a la mía. Somos inseparables. Sus papás y los míos eran vecinos hace muchos años y, después que todos nos mudamos, se hicieron amigos. Yo era muy chiquita cuando empecé a quedarme a la noche en su casa. Yo duermo como un tronco y a veces me caigo al piso y no me entero. Entonces Aldo, su papá, me levanta y me vuelve a poner en la cama. Pero yo no me despierto nunca. Sandra me lo cuenta a la mañana y se muere de risa.

Ella tiene una hermana que se llama Danielaque Ella tiene la misma edad que Hernán. A veces jugamos los cuatro juntos, pero a nosotras nos gusta más jugar solas. La maestra es nuestro juego preferido y cada una hace su tarea de la escuela mientras jugamos. Yo siempre la hago sola, sin ayuda de mamá. Ella se queja porque soy muy desprolija pero siempre está bien. La seño también me dice que tengo que ser más prolija pero me felicita porque trabajo rápido y bien.

A Sandra y a mí, también nos gusta mucho jugar a la mamá.

Mis muñecas son nuestras hijas. Las bañamos, les lavamos la cabeza, les cambiamos la ropa y el peinado. Pasamos mucho tiempo en el baño y mamá nos reta porque no hay es el único baño en la casa.

En verano jugamos en el patio. Hacemos comiditas cortando las plantas de mamá sin que nos vea, También con las ciruelas que se caen al piso del árbol grande del patio.

Tengo una cocinita de chapa blanca, una heladera y un lavarropas que lava de verdad, pero no se enchufa. Son igualitos a los de casa, pero chiquitos. Me los regaló mi abuelo. Mamá me da los repasadores de la cocina y jabón en polvo y yo se los lavo en el lavarropas.

Cuando nos cansamos y hace mucho calor, nos metemos a la pileta y jugamos carreras por debajo del agua. Después merendamos en nuestra casa que es el quincho de paja del patio. Ahí papá nos corre la mesa y ponemos todos los muebles nuestros. Con los almohadones de los sillones les armamos las camas a nuestras hijas.

Cuando estamos en la casa de Sandra me divierto menos porque su casa es muy chiquita y a su mamá le molesta todo. No le gusta que desordenemos, entonces jugamos a cosas más aburridas: a juegos de mesa y leemos libros. A mí me encanta leer, pero cuando estoy sola y tranquila. También escribo mucho. Tengo un diario íntimo que tiene candadito. Me lo regaló mamá y le escribo todos los días. Le hablo como si fuera un amigo. También escribo cartas a mis amigas. Tengo un montón de papeles de carta y de sobres súper lindos, con dibujitos y perfumes.

En la escuela también tengo amigas, pero con la que mejor me llevo es con Sandra. Además pasamos mucho tiempo las dos familias juntas y cuando terminan las cenas, casi todos los fines de semana  una se queda a dormir en la casa de la otra. Cuando mamá me dice que no puede venir a casa porque ella está cansada, me enojo mucho y le grito cosas feas. Si nosotras no le damos trabajo…Entonces mamá me pone penitencias y aunque sé que no me conviene contestarle, lo hago igual. La penitencia es más grande pero no me importa.

No es justo y no me callo.

Gla (Ituzaingó, Buenos Ares)

 

28. LUCECITA 

Me encanta ir a la escuela.

Estoy en primer grado y mi maestra se llama Belcha. En realidad, le dicen así, no sé cuál es su nombre verdadero. Creo que nunca lo dijo.

Es muy alegre y siempre está atenta a todos sus alumnos.

Si bien soy muy tímida, en clase me gusta participar. Cuando ella pregunta algo, yo siempre sé qué contestar. Tengo una amiga un año más grande que yo, con la que juego siempre, porque sus papás son amigos de los míos y nos juntamos seguido. Se llama Sandra. El año pasado, cuando yo estaba haciendo el preescolar, ella ya estaba en primero y le encantaba hacer de maestra y que yo fuera su alumna. Así aprendí a leer y a escribir antes de empezar la primaria.

Debe ser por eso que hacer las cosas de la escuela me resulta fácil, aunque en realidad Belcha me dice que soy muy inteligente.

Cuando contesto sin parar, siempre riéndose me dice: "Gladys, apagá la lucecita un ratito así dejás pensar a los demás". Y yo me quedo callada. Mamá, que también es maestra, me explica que todos los chicos tienen que poder participar. Que yo puedo hacerlo también, pero de vez en cuando.

Lo que pasa es que sino me aburro, porque lo que la señorita enseña, yo ya lo sé.

Entonces me dedico a mirar con qué paciencia le explica a los que no entienden algo y muchas veces me llama para que sea yo la que ayude a mis compañeros. A mí me encanta jugar a la maestra y encima ella me deja hacerlo en la escuela.

Cuando vuelvo a casa, después de almorzar, hago la tarea y, cuando papá termina de trabajar, me voy al galpón en el que él tiene las sillas que fabrica, todas apiladas. Me encantan las sillitas, los silloncitos y las mesas chiquitas que hace para chicos. Son estampados con flores y muy coloridos. Yo tengo un juego de esos en mi habitación, pero me encanta armar el aula con las sillitas y las mesitas que él tiene para vender. Papá me deja escribir con tiza en las paredes, que se parecen mucho al pizarrón de la escuela. Puedo pasar horas jugando así. Mis muñecas son mis alumnas y cuando viene Sandra jugamos a que las dos somos maestras.

A veces, Hernán se engancha y forma parte de mis alumnos. Él no sabe escribir pero le doy hojas y lápices de colores y se queda un montón de tiempo dibujando.

Cuando llega la hora de salida, formamos a nuestros alumnos imaginarios en el pasillo y caminamos entre ellos pidiendo silencio para arriar la bandera en el mástil que papá me construyó con hierro. Antes la bandera era un repasador, pero ahora tengo una bandera de verdad que me compró mamá.

La doblo y vuelvo a guardarla en su lugar.

Agarro los cuadernos imaginarios que me llevo para corregir y entro a la cocina.

-          Seño, ya está la leche sobre la mesa. Lleve las galletitas. ¿Cómo se portaron los chicos hoy?- pregunta mi mamá divertida al verme con su enorme guardapolvo puesto.

-          Muy bien- le respondo convencida, mientras mojo la vainilla en el Nesquik.

Gla (Ituzaingó, Buenos Ares)

 

27. SÁBADOS

Es viernes. Marcela y Patricia ya se están pasando papelitos en clase, de Patricia el papelito pasa a Verónica. Las miro y veo el entusiasmo, la ansiedad y, como cada viernes, no las entiendo.

Salimos al recreo de las diez de la mañana, el que dura quince minutos. En la galería estamos todas las chicas del secundario pero nosotras somos las de quinto año, somos las que lucimos nuestra corbata de egresadas ’82, somos las dueñas del único banco que hay en toda la galería. Nos abrimos paso, las chicas de primer año nos miran como si fuésemos gigantes. Ellas usan la falda del uniforme por debajo de la rodilla como dice el reglamento, nosotras la subimos ajustándola con el cinturón y la usamos por arriba de la rodilla, muy por arriba. Ellas usan la camisa prolijamente abrochada en la muñeca con un botón, nosotras la arremangamos hasta el codo y nunca, jamás, nos verán con el botón del cuello dentro de su ojal.

Ya sentadas en el banco y, cada una con su gaseosa, empieza el debate.

-¿Que se van a poner mañana?- pregunta Patricia.

(¡Que le importa! ¡¿Que tiene que ver mi ropa con la suya?!- la miro y me digo pero no hablo.)

 -¿Adónde quieren ir?, ¿al baile del La Salle o a la City?- se inquieta Verónica.

(Ni a uno ni a otro, ¡qué aburrido!)

-Ya usé varias veces la pollera floreada con el top blanco, ¡no se que ponerme!- insiste Patricia.

(¡Pero qué pesada!, si igual todo le queda mal)

-Quiero ver a los chicos del baile del mes pasado. Vayamos al La Salle- dice Marcela

(¿Para qué?, ¿para verlos de lejos? ¿Es o se hace?) Ya casi termino mi gaseosa, ellas no, hablan mucho y no toman.

-Si están todas de acuerdo vamos a ese baile, mi hermano nos puede llevar. Voto por las polleras floreadas con algo blanco arriba- dice Verónica levantando una mano.

(El hermano va a odiar ese momento. Pobre pibe ¡qué cruz!)

-Genial- dice Marcela- ¿Mañana nos juntamos en tu casa como siempre Gaby?

-No más tarde de las ocho, traigan lo que quieran comer que yo pongo las bebidas. Vero, decile a tu hermano que pase a buscarlas antes de las once, quiero ver una película- les digo y descarto mi botella en  la basura.

 Gabriela Moreira (CABA)

 

 26. LOS CHICOS DE LA SOPA DEL NIÑO

Salgo al recreo. Siempre estoy sola en un rincón de un inmenso patio, mis compañeras suelen juntarse en una ronda, me miran, se ríen, sé que de mí; me quedo sentada y pienso, será un dibujo que tienen, nadie se detiene hablar conmigo y yo tampoco lo intento. 

Me siento triste, no sé qué les causa gracia, ¿será que tengo problemas en los pies? Sigo sentada en el recreo, es eterno. Mamá me dijo que tenía que venir a esta escuela hasta que sacara el documento a los ocho años, y que después me iba a pasar a una más linda. Una vez, cuando me vino a buscar a la salida de la Escuela, me mostró una nena con uniforme, y me dijo Ves, ese es el que vas a usar. 

Otro día en la escuela.  Ya sé que voy a estar sentada en el recreo, mientras mis compañeras se ríen de mí. Mamá me dijo no te juntes con los chicos de la sopa del niño, ellos son huérfanos y viven todos juntos en una casa cerca de la escuela. 

Me siento y veo que ellos juegan en otro lado, se visten diferente, con ropa de grande y tienen el pelo corto. Me acerco a una nena que está jugando a la rayuela, ella me invita y yo acepto. Tiene puestos unos zapatos parecidos a los de mamá, pero igual puede saltar y agarrar la piedrita. Juego todo el recreo, ellos son como hermanos. 

Cuando mamá me viene a buscar, la nena con quien jugué me saluda y yo a ella. Mamá me pregunta ¿No te habrás juntado con los chicos de la sopa del niño? ¡No! le miento. 

Los chicos de la sopa del niño me invitaron a jugar, no se ríen de nadie, me gusta como son los chicos de la sopa del niño. 

Amorina Márquez (Mar del Plata, Buenos Aires)

 

 25. LA MAESTRA DE PIANO

 Me gusta la música, pienso, será mi santa que me inspire.¡Insistí tanto en ir a la Escuela de Bellas Artes para estudiar piano!

Al final mamá aceptó, la tía Delia me apoyó, porque a ella también le gusta.

En casa me dijeron que iba a ir, pero que no podían comprarme un piano, porque era muy caro.

Para practicar las lecciones mamá tiene que contratar una profesora cerca de casa.

Voy todas las mañanas, con mis libros de piano, ella me abre la puerta de su casa, y me recibe con una sonrisa, junto con una dulce fragancia de vainilla y limón, me sirve unos scones, yo me como uno y voy rápido al piano, ella me observa sentada en un sillón.

Practico mi lección varias veces, me corrige, y vuelvo muchas veces más, tiene que salir perfecta, porque todas las semanas en la escuela me toman la partitura.

Ella se acerca y me muestra una pieza que se puede tocar a cuatro manos, me la aprendí rápido y juntas comenzamos a tocar.

Ella está feliz, y yo también, veo mis dedos alargándose como alas, tocando como una caricia las teclas del piano, tan fino, tan delicado, como cuando abro mi cajita musical y comienza la bailarina a danzar en puntas de pie.

Amorina Márquez (Mar del Plata, Buenos Aires)

 

24. JARDÍN DE INFANTES

Es de mañana, me desperté, hoy voy al jardín, mamá me peina, yo me quejo porque tengo el pelo largo y me tira con el peine.

Durante el camino, miro las casas , me gusta mirar las casas, tengo puesto un poncho igual que el de mis amigas, llevo mi bolsita hecha por mamá, ahí tengo un vasito color rosa, una jabonera y una toallita.

Llego y la seño me recibe , me da un beso, miro lo grande que es el escenario.

Me gusta cantar y ya está la seño que canta repartiendo toc-toc y chin chin, yo elijo chin chin.

Escucho la seño como toca el piano, es muy lindo ,comienzo a cantar y a tocar los chin chines.

Después vamos a nuestra salita, la celeste, ahí tomo la leche junto a mis amigos. Hablo mucho y me río, el pelo ya se me está despeinando.

Mientras tanto estaban las seños armando los rincones, rincón mamá, rincón carpintería, rincón cuentos. Voy a todos pero me quedo en el rincón mamá. Jugamos a que vamos al cine, armamos con las sillas las butacas y las ponemos enfrente de la pared como si hubiera una pantalla, entonces nos sentamos y hacemos como que vemos una película.

La seño está contenta . Se terminó el juego dice, se da vuelta y cuenta hasta diez. Nos ponemos a ordenar todo muy rápido así cuando llega a diez ya estamos sentados. Termina de contar, se da vuelta y saca del bolsillo una caja de muñequitos de los chocolates Jack , va elegir a quien le da uno, mira para un lado y mira para el otro y me mira a mí y me regala un muñequito. La seño me quiere.

Amorina Márquez (Mar del Plata, Buenos Aires)

 

23. PISA PISUELA

 -“Pisa pisuela color de ciruela vía vía, este pie…” -dice Vero frente a nosotras que estamos paradas una al lado de la otra con los pies juntos.

-¿Pisa qué?- pregunto saliéndome de la fila

-Pisuela. ¡Quedáte ahí y meté el pie!- me grita Verónica

- Quiero saber que es pisuela- insisto.

-¡Otra vez lo mismo!  Ayer con el Terrome hoy con la pisuela ¡no sabés jugar a nada! ¿Qué es terrome? ¿Qué es pisuela?- Verónica me está burlando.- ¡Vos no jugás más!

A mí no me importa. Subo corriendo las escaleras a buscar a las chicas del secundario, ellas saben de todo.

-¿Qué hacés acá “pioja”?- me dice una señora que tiene un rodete.-¿de qué grado sos?

-Tercero. Quiero preguntarle a alguna de las chicas que quiere decir pisuela- le contesto.

Ella se ríe fuerte y me da la mano. La tengo que mirar para arriba es una señora muy alta, vamos caminando por la galería.

-¿Y terrome?- le pregunto pero ella no dice nada, solo se ríe.

Entramos a una salita, yo no conozco este lugar, hay un mesa con muchas sillas, tazas, una maquina de café y servilletas. Por suerte se sienta, ahora la veo más de cerca, tiene los ojos azules. Agarra una hoja y un lápiz, escribe una palabra y me pide que la deletree.

-¿Te animás?

-Sí, eso me sale- pronuncio cada letra pensando muy bien, me apuro porque ya va a terminar el recreo.

-Pisuela y Terrome, son jitanjáforas. Te voy a presentar a un amigo que lo sabe todo, él puede decirte que quiere decir cada palabra y lo mejor de todo, es que te lo podés llevar a tu casa; cuidalo y nunca lo pierdas- me dice levantándose de la silla.

Va hacia un armario, lo abre y saca un libro muy gordo de color naranja que dice “Pequeño Larousse”, mi primer diccionario.

 Gabriela Moreira (CABA)

 

 22. EL NÍSPERO Y LA MENTIRA

Marcela y yo salimos corriendo del comedor del colegio. De fondo escuchamos la voz que cada tarde nos grita “¡¡no corran!!”,  se hace cada vez más lejana. Nunca le hacemos caso.

Otra vez le gano la carrera hasta el patio viejo pero a Marcela no le importa. Como tampoco nos importa tirarnos al suelo y que se nos ensucie el uniforme. Siempre hacemos lo mismo, nos recostamos boca arriba para mirar el cielo. Tenemos media hora antes de que toque el timbre que pone fin al recreo.

- ¿Vas a invitar a Silvia a tu cumpleaños?- le pregunto tomando aire, agitada.

-Y sí, no me queda otra, mamá dice que tengo que invitar a todas, el año que viene, cuando cumpla diez, no la invito más, me tiene podrida- me responde Marcela mientras se sienta.

-¡Tu cumpleaños!, ¡es verdad!, ¡ya es abril!, los nísperos!- digo levantándome de un salto.

Mi amiga me sigue. Lo mismo que hago yo cuando a ella se le ocurre ir a pasar este rato de libertad a la cripta. Lo divertido de eso es ir a espiar a las monjas de clausura que rezan allí, las que no nos hablan ni nos miran. Son raras, les decimos “hola” y miran para abajo, algunas sonríen.

Del patio viejo al “jardín de las hermanas” no hay mucho camino, el patio está en el medio de la manzana y el jardín sobre la calle Pringles. Marcela adivina, ya sabe hacia dónde vamos cuando cruzamos casi en punta de pies la galería de aulas. Al fondo está la puerta de chapa negra que nos va a dar el paso hasta otro mundo, el que más me gusta de todo el colegio.

-Que esté abierta, que esté abierta, que esté abierta- camino y voy rezando.

Marcela se empieza a reír con ganas mientras abro despacito la puerta. Yo la miro y ya con eso le digo todo, se tapa la boca con las manos pero veo que los ojos se le siguen riendo.

-Callate nena, la hermana Oda nos va a escuchar- le ordeno en voz baja, casi al oído.

Una fila de ventanas de la enorme cocina da a ese jardín. Allí, a esta hora, la hermana cocinera sigue trabajando.

El jardín de las hermanas tiene olores que descubrí cuando estaba en preescolar. Un día que nos llevaron a conocer la huerta. Hay olor a azahar, al vapor que sale de las grandes ollas, a menta, a lavanda y a tierra mojada. Hay árboles muy altos enredados en sus copas, rosales, tomates, limoneros, lechugas, laurel.

Tiene un caminito de piedras gastadas por el tiempo y todo lo demás es pasto. El camino acompaña el recorrido de las ventanas hasta una puerta pequeña, es la que tenemos que vigilar. Por allí puede aparecer alguna monja que nos arruine la aventura.

Nos metemos entre los árboles y llegamos al árbol de nísperos. Marcela junta sus manos para hacerme un escalón donde pisar y trepar a la primera rama. Subo sin miedo, ya casi los alcanzo.  Aprendí hace tiempo que en abril madura la fruta y cae sin esfuerzo. Mi amiga levanta su falda improvisando una bandeja mientras estira el cuello para no perder de vista la puerta.

Sigo tirando fruta con una mano y con la otra me sostengo de la rama en la que estoy sentada. Siento calor en esa mano, algo me pellizca. Me miro y veo que una araña redonda, gorda y de patas cortas, ya se aleja de mí. Me callo un grito y bajo raspándome las piernas, nada se compara al dolor de mi mano.

-¿Qué te pasó?- grita Marcela. Corremos hacia la salida sin dejar caer un solo níspero.

Atravesamos la galería hasta el patio viejo de vuelta pero ahora nos sentamos en un banco. Ya casi es la hora del timbre, tenemos que repartir el botín.

-Creo que la araña me picó pero no digas nada- le digo mostrándole mi mano.

Marcela no se queda a hacer la tarea en el colegio, ella se va a la portería para esperar a su mamá, yo entro al aula de la parte antigua para hacer mis deberes con la mano escondida. El ardor es insoportable.

Pienso que si hoy me quedo quieta nadie me va a mirar. Abro mi cuaderno de matemáticas y pongo la mano debajo de la tapa. Por suerte tengo muchas cuentas para hacer y ni se me ocurre pedir ayuda, hoy las voy a hacer yo sola.

Mi hermana que está sentada en otra fila de bancos me mira de reojo mientras dibuja con su amiga. Así pasa el tiempo hasta las cinco. Es la tarde más larga de toda mi vida. Hasta que por fin suena el timbre de salida, me pongo el abrigo y meto la mano en el bolsillo, casi no entra, está hinchada y roja.

Es el único momento en que mi hermana y yo nos juntamos desde las siete y media de la mañana, caminamos hasta la portería. Ni la miro ni me mira. Mamá ya está esperándonos, es un alivio, siempre la esperamos nosotras.

-¿Cómo les fue hoy?, ¿se portaron bien?- pregunta mi madre besándonos la frente

Adriana asiente con la cabeza.

-¡Súper bien! La hermana Oda nos regaló nísperos- contesto enterrando aún más la mano en mi bolsillo.

Gabriela Moreira (CABA)

   

21. ADOLESCER

Empezaste a escribir poemas de amor como si fuera un diario donde volcar, con historias ajenas, pinceladas de tu vida. Horas de tu adolescencia frente a hojas de cuaderno de tapas blandas, mientras los años pasaban. Ese cotidiano te despejaba la timidez en cuerpos que se amaban, sueños que se cumplían. Eras vos en mil versiones: fuerte, amada, visceral, decidida, emprendedora, sutil o valiente. La chica detrás de la ventana que no accedía al mundo, la enamorada de lo imposible, la codiciada, la eterna…

Pero la realidad aparecía después, tu mirada profunda traducía las palabras que de tu boca no salían. Estabas ahí para atemperar las discusiones como una guerrera sin tregua, para encauzar la familia que no se terminaba de definir como tal. Decidiste muchas cosas, casi todas a través de los versos que a borbotones se anclabanen el papel. Ahí residía tu mundo, el que no podías dejar que ruede en ese tiempo, donde tu realidad no hubiese sido escuchada ni acompañada. Eras la madre de tu madre y la confesora de tu padre. Discípula de tu hermano y también su oponente.

La única salida frente a tanta desidia era armar tu propia historia, pero no sabías que las huellas te encontrarían una y otra vez hasta que te aceptaras con las tormentas de tu alma

                                                                                                     GEN (CABA)


20. CORAZÓN

Volvía de la escuela con mi amigo Marcelo, estábamos finalizando séptimo grado. Noviembre del 83. Recuerdo que llegando a casa, me recliné sobre un árbol, simulando sentirme mareada, me llevé las manos a la nariz y le dije a Marcelo "Ay, ¡ mareé!" Mi personaje se inspiraba en la actuación de Andrea del Boca, en la que ella tenía un tumor en la cabeza. Yo recitaba poemas de Gabriela Mistral que se remitían a la muerte: "y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando"... "quiero vivir, vivir mi tiempo, todo el tiempo.".. Doce casi trece años. En aquel tiempo mi mamá me había dado la noticia de que me iban a operar del corazón, me dijo que no me preocupara porque era una cirugía muy sencilla, que iba a estar todo bien. El lugar que tomé fue el de pensar que tal vez moriría, o tal vez viviría, era muy raro todo porque ella me dijo que lo mejor era que no lo supiera nadie, entonces opté por pensar que lo bueno de todo eso era que viajaría a Buenos Aires, Yo amaba ir al departamento de mis tíos en Palermo, lo del miedo estaba ...y sí, no podía negarlo. En ese momento, con mis doce años, no me daba cuenta por qué la quería tanto a Andrea del Boca. Hoy puedo entenderlo, ella ponía en palabras lo que yo tanto temía.

Magui Solda (La Plata, Buenos Aires)


19. DÍA FENOMENAL

Tengo doce años. Me levanto del sillón sin hacer ruido, me dirijo a la oficina de papá, es una tarde tranquila, silenciosa, se escucha el canto del benteveo que me acompaña en las siestas cuando todos duermen, no me dan las piernas, ¡¡estoy apurada, ansiosa, contenta!! Tranquila, Cari, tranquila pienso respirá, caminá despacito, a ver si encima te tropezás y te caes, me digo a mí misma, como queriendo darle palabras de aliento a mi intranquilidad por hacer lo que quiero rápidamente. Ya estás, Cari, ¡llegaste! Me dirijo a  la mesita de la máquina de escribir de papá, me siento, tomo una hoja oficio, la ubico prolijamente sobre el carrete, corro la parrilla del rodillo y empiezo a escribir.  Estoy inspirada, sé que a Mariana y a Laura les va a encantar mi canción, no quiero que se me vayan las palabras, desde la mañana que estoy con la idea. Cuando salimos de compras con mamá observé dos situaciones y sentí cosas por dos situaciones que me conmovieron tanto que quiero escribirlas:

Hoy es un día fenomenal,

Sin rencor

Tengo muchas cosas que contar,

Sin temor

Salí un rato a pasear

Y pude observar

Cuantas cosas trae el amor

el amor

Vi una pareja

Muy enamorada

Y llegue a pensar

que el amor

los alcanzaba

también vi una niña

muy desamparada

y me atreví a preguntarle

qué le pasaba

ella me contestó

“no me pasa nada”

Y se fue corriendo como alguien

Desesperada

Así es la vida

triste y a la vez divina

y los tristes pueden ser felices

solo tienen que decir

hay que ser alegres

querer a la gente

ser buenos compañeros

ser amigos a cada momento

Hoy es un día fenomenal

Sin rencor…

Magui Solda (La Plata, Buenos Aires)


18. TERCER AÑO

Era la hora de geografía, la profesora hizo una pregunta del tema que estaba explicando,  inmediatamente mi cerebro encontró la respuesta y de manera automática levanté la mano – ¡A ver, usted, Castro! Me paré  y contesté,  me miró a los ojos y dijo: ¡Bien!... ¡se nota que el cambio le ha favorecido! ¡Tome asiento!

Me sentí satisfecha,  una llamita de mi espíritu se insinuaba, hacía un par de años que no lo hacía,  las paredes de mi nueva escuela comenzaban a hacerme sentir segura. Estaba en tercer año del secundario. Los dos primeros los había transcurrido en un colegio religioso, después que  llegué de mi pueblo natal.

Esos dos primeros años en una ciudad extraña, habían resultado toda una prueba.

Mis padres habían decidido mandarme a ese colegio recomendado por las maestras de la escuela primaria de mi pueblo (el boletín de ese último año resaltaba mi carácter cuasi ejemplar y todas mis dotes cognitivas)  adonde asistía una prima. Mi vida hasta ese momento había sido al aire libre, me gustaba la libertad. Cuando vi  las paredes amuralladas, los largos pasillos, los patios sin tierra, mi pecho se encogió. No  entendía el  lenguaje de aquel lugar, ya no había saludos fraternales, ni juegos con figuritas y rondas, las exclamaciones estaban restringidas al buen humor del día de la profesora de turno, los adultos con ceños adustos exigían disciplina y el cumplimiento de las normas.

Recuerdo que en el primer año que transcurrí en  aquel colegio,  delante de mí se sentaba una chica, tenía el pelo oscuro  largo hasta la cintura, atado con una hebilla, sus ojos de manera insistente  se clavaban en el suelo. Una mañana la profesora de zoología le hizo una pregunta que ella no supo contestar,  su mirada no se movió de las hojas que estaban sobre el pupitre, en ese momento todas  escuchamos: ¡Usted, Oros, no le hace ningún mérito a su apellido! Durante otra mañana, esa misma docente me entregó la nota de una evaluación, no era tan buena como esperaba. Cuando salimos al recreo al ver mis ojos llenos de lágrimas, me dijo: ¡Bueno, si llora por la nota es porque le importa, seguro la va a mejorar! ¡No era una paradoja que el nombre que había elegido esa mujer para que la llamaran fuera Dolores! Los recreos los vivía en soledad. Había una barrera que me impedía encontrarme en las miradas de mis compañeras para dar lugar a la amistad.

La negra Soules ya había sido mi profesora de geografía en segundo año en el colegio anterior, la conocía, sabía que le gustaba que los alumnos fueran participativos, algo que el año anterior no pude permitirme, había estado demasiado triste y me sentía desvalorizada.

El nuevo colegio me brindó otra manera de conectarme con mis pares. El riguroso uniforme fue reemplazado por mi querido guardapolvo. Las discusiones y debates eran materia corriente, cada cual expresaba sus ideas. Aunque a veces el profesor o la profesora nos hacían callar, siempre encontrábamos el momento para que nuestras voces pudieran ser escuchadas.

 El lugar fue tierra fértil para mis inquietudes. Pronto surgió la amistad, las salidas los fines de semana. El primer cigarrillo fumado a  escondidas después de las horas escolares. Mirar a los ojos a un chico. Asistir a los asaltos, escuchar la música de moda. Los cumpleaños de quince. El primer beso junto a un árbol, sintiendo como el calor subía por mis mejillas. Usar mis primeras prendas de adolescente, ¡los hot pants! Las charlas interminables con mis amigas los domingos en el parque.

Mi rendimiento escolar durante ese año no fue el mejor.  Sin embargo esos tiempos fueron  el momento preciado  donde comenzó a abrirse una puerta para dar mis primeros pasos  en la insinuante independencia, en la toma de mis primeras decisiones, en la escucha de mi voz. Donde encontré las amistades que me siguieron acompañando  a lo largo de la vida, que estuvieron cuando el camino de la adultez me enfrentó con cada uno de sus retos.  

Galu Juin (Junín de los Andes, Neiquén)

 

 

 

 

17. NOCHE INOLVIDABLE

Mi mamá está gritando desde la carpa, ¿qué habrá pasado?.¡Ay!, ¡qué bien que la pasé anoche!, ¡me encanta estar de campamento en Entre Ríos, a la orilla del Paraná! Mamá sigue gritando… Las ranitas que se escuchaban y los bichitos de luz en todo ese silencio, ¡qué hermosa noche!, ¡estoy tan contenta de estar acá!... Los chicos se fueron a dormir temprano y los padres también, pero yo me quedé con los profes, Federico y Sergio. ¡Qué lindo es Federico!, creo que me enamoré de él, anoche me dijo que tengo unos ojos hermosos. Mmmm pero yo tengo nueve y él diecisiete… Qué lindo grupo de profes que tienen los Scouts para discapacitados, me divierto mucho con todos ellos. Uf, ni puedo pensar tranquila, voy a ver por qué grita mamá... Se está quejando porque los profes volvieron muy tarde, estuvieron con un grupo de chicas lindas. Qué triste que me pone que mamá hable mal de ellos y les grite, ¡fueron tan buenos conmigo!, me dan ganas de llorar. ¿Por qué siempre arruinará todo? Ahora está peleando con uno de los profes, con Daniel. ¡Uh, ya no es lo mismo! Todos tienen cara de enojados, casi no hablan, los padres se ponen de parte de ella, está gritando mientras ordena la carpa, a mamá no le gustan los campamentos. Mejor me voy a tirar piedritas al río y después voy a ayudar a lavar las tazas del desayuno…

 Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)


16. MÚSICA Y SOLEDAD

Estoy rodeada de soledad. Ya no quiero acompañar a mamá y papá a ningún lado. Me va mal en el colegio, siento la garganta cerrada de angustia todo el tiempo. Lo que más me gusta es estar encerrada en mi pieza escuchando a Charly y a Spinetta, con mis posters coloridos, escribiendo poesía, leyendo a Nietzsche y a Khalil Gibran, o simplemente mirando el techo soñando con ser una cantante de rock famosa o una maravillosa escritora.

En el colegio me río muchísimo y lo paso muy bien, pero no quiero estudiar, mi mente se dispersa todo el tiempo. Mañana me vienen a buscar mis amigos de Lugano para ir al recital de Los Jaivas, los chilenos, ¡es tan hermosa esa música! Mamá no quiere para nada a mis amigos, dice que son unos negros villeros, ella no sabe que Juancho, mi novio, me trae todos esos libros, escuchamos la mejor música, hablamos de la vida, del amor y somos pacifistas, es un año mayor que yo, tiene diecisiete. Cuando me junto con los chicos y se arma una charla, no me salen las palabras, no hablo, soy silenciosa, insegura, tímida, no puedo expresar mis sentimientos pero con Juancho sí, con él puedo hablar de todo.

Mi mamá me bloquea, todo el tiempo está enojada conmigo, ¡qué derecho tiene si no le interesa absolutamente nada de mí, solamente mis notas! ¿Sabés lo que hace cuando salgo de noche para un recital? Se hace la muerta, se tira al piso y mi papá le sigue el teatro… Yo me voy igual. Mi casa es un infierno, a mi hermano lo odio, todo gira en torno a él y mi papá a veces se hace el que pone límites. Cuando me bloqueo no sé qué dirección tomar, nadie me muestra un camino pero por suerte tengo al tío Oscar, él es mi guía, con él hablo del Universo y el Cosmos (quisiera que fuera mi papá).

Llego del colegio y la casa está vacía, nadie me espera con un plato caliente; me voy a acostar a dormir una siesta, espero que mamá no venga y me vea sin hacer nada. Después todos llegan de trabajar y empiezan las quejas, los gritos, la invasión; quisiera tomarme un colectivo y escaparme a la India, como me propuso Juancho, pero no me animo a irme de casa, aunque no soporto más vivir así, no me animo…

 Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)

15. LIBRE

Voy caminando al costado de las vías, frente a mi casa. Veo tesoros maravillosos, flores silvestres,  mechones de pasto,  piedritas de colores y pedacitos de porcelana, tapizando el camino solitario, lleno de sol, y me encanta.   Adentro de casa, todo es aburrido, agobiante y oscuro, pero en la vereda de enfrente la vida es simple  y relajada, libre y soleada, con el tren pasando ahí mismo, al otro lado del alambrado. Cruzo. El zaguán me gusta porque es fresco y silencioso, me quedaría un rato mas, pero el olor de la sopa de papas con semillitas de kumel, que está haciendo la abuela me hace querer entrar, pero me quedo en el umbral, disfrutando no hacer nada, un rato más.    Cierro los ojos al sol, los parpados están rojos de sangre, es mi color intimo porque nadie lo ve y no saben que estoy acá viendo mi película de luz y color en este momento de mi ser niña.   Estoy bien, ahora voy a entrar, pero no puedo, me retengo fuera de ellos. Vuelve a pasar un tren, es de carga, largo, cuanto más largo mejor. Me adormezco en el tatan tatan, que desde siempre lo llevo en el fondo de mis oídos, cotidiano, tranquilizador, me arrulla como un abrazo, me protege. Sueño que un día me subo al estribo, me siento en la escalerita del vagón, me voy así sin pensar demasiado, viendo los durmientes pasar, ellos ya quedaron lejos. Que sensación rara de libertad. Pero todavía falta, debo esperar un poco más, entre cataplasmas de lino que me queman el pecho y cucharas de madera que golpean mis piernas, hay como ocho años de distancia, para que me porte mal, me escape y vuelva de mañana con olor a semen. Me encanta alocar a mi mama, igual ella no me entiende. Usa unos anteojos muy gruesos porque es miope, pero igual no quiere ver nada, ¡ja! ,  solo sabe pegar. ¿Y a mí nadie me ve?

Metal (CABA)

 14. EL VECINO

Cuando todavía vivíamos en Córdoba, todos los veranos  pasábamos las vacaciones en la casa de  Mar del Plata, estaba en un barrio tranquilo cerca de la costa. Don Jorge y Doña Aida, eran un matrimonio de vecinos, dueños de  un almacén donde mis hermanos y yo íbamos  a comprar  todos los días. Mamá y mis abuelos los habían conocido hacía muchos años, los apreciaban  y se trataban con bastante confianza. Charlaban mucho, se saludaban para las fiestas y compartían algún brindis, se regalaban e intercambiaban plantas de sus jardines y si necesitábamos nos fiaban mercadería. Además alquilaban habitaciones y en ellas se hospedaban nuestros parientessi venían y ya no quedaba lugar en  casa.

A cada ratito nos mandaban a comprar pan, leche, fruta y cualquier otra cosa  que se olvidaran. A veces, varias veces por día. Yo siempre quería hacer esos mandados porque de paso me compraba alguna golosina o un helado. Generalmente nos atendía Don Jorge ysi el negocio estaba cerrado  y necesitábamos algo, golpeábamos la puerta de su casa y nos abrían.

Eran muy sencillos, amables y parecían “buena gente”.

Un día fui a comprar como siempre, no había nadie más en el almacén.Don Jorge me atendió, le pedí solo una manteca. La trajo, me cobró y para darme el vuelto salió de atrás del mostrador,se paró a mi lado y me miró.

Eso me incomodaba pero no sabía por qué, él estaba muy cerca, escuchaba su respiración y sentíasu olor, era desagradable.

Yo tenía puesta una camisita rosa que me habían regalado para el cumpleaños, tenía ocho años, él era grandote y tenía bigotes negros, se agachóy me dijo –“Qué linda Clarita”- Se puso atrás de mí, me abrazó pasando sus brazos debajo de los míos y comenzó a tocar mis tetillasde nena frotándomelas con sus dedos inmundos.  Yo no sabía exactamente qué estaba pasando ni por qué me estaba tocando pero sí sabía que no era bueno, que me sentía mal y me daba asco.Contuve la respiración, sentí un calor intenso en la cara y el corazón  a mil. Miré sus manos asquerosas y enormes moviéndose sobre mi blusa, sentí su aliento en mi nuca. Asustada, tiesa, parada en medio del almacén, miraba hacia la puerta deseandoque entrara Doña Aida o algún cliente, alguien.No sé cuánto tiempo pasó. Él no decía nada.

Cuando pude zafar  manoteé la manteca y salí corriendo. Entre a casa, la dejé en la cocina, y me fui a jugar haciendo “como si” no hubiera pasado nada. Mamá me preguntó por el vuelto y le dije que no me habían dado, rogaba que no me mandara de vuelta a buscarlo. Mamá parecía no darse cuenta nunca de nada, se quedó protestando.

Sentía vergüenza y culpa, pensaba que si contaba lo ocurrido no me  creerían o me retarían por hablar mal del tipo. También pensaba que tal vez me había parecido y que quizá no había sido tan graveaquella situación como yo había sentido, o hasta podría ser que me hubiera imaginado todo.

A partir de ese momento me negaba a ir a comprar, si mamá me mandaba igual; yo le pedía a alguno de mis hermanos que me acompañara y si ninguno quería, caminaba cinco cuadras más hasta otro negocio. A veces mamá me reclamaba porque tardaba mucho y yo inventaba alguna excusa, que había mucha gente, o algo así.Nunca  supo lo que pasó.

Las imágenes y sensaciones de aquel día pasaron miles de veces por mi mente infantil, de a poco el susto se me pasó y el asco se transformó en rabia.

Mucho tiempo sentí que era mi culpa hasta que entendí que no, que era toda de él.

Unos años después, siendo yo una adolescente, durante una cena, mamá nos contó con gran pesar que Don Jorge había muerto. Yo sin pensar exclamé: “¡Que se cague!,¡viejo de mierda!” Mamá se sorprendió, me preguntó por qué decía eso, entonces le conté lo sucedido. Me escuchó atentamente y dijo:-Ay mira…Cuántas cosas pasan y uno no se da cuenta.

                                                                                      Clara (Junín de los Andes, Neuquén)

13. LA RATA

En Río Ceballos los cuatro hermanos íbamos a una escuela en la base del cerro Ñu Porá. Para llegar  caminábamos dos kilómetros por un camino de tierra que rodeaba aquel cerro. Vivíamos en una casita muy linda con un gran jardín en un barrio muy tranquilocon pocos vecinos. Todos los días hacíamos ese recorrido ida y vuelta al colegio, algunas  veces jugando, otras peleando. Había algunas casas en el camino, mucha vegetación y un arroyo. Hacía mucho calor en verano y las mañanas de invierno eran muy frías.

María cursaba séptimo grado, Vicky sexto, Alejandro cuarto y yo segundo. No faltábamos nunca, no nos enfermábamos y nos gustaba ir a la escuela. Mamá nos despertaba todas las mañanas, desayunábamos y salíamos. Pocas veces nos llevó en auto, solo si llovía o estaba de muy buen humor.

Una noche  estábamos solos, mamá había salido no sé a dónde, papá estaba en Santa Fe,  trabajaba allá de lunes a viernes y venía los fines de semana. Esa noche cenamos, miramos tele, nos fuimos a dormir y mamá todavía no volvía. Sabíamos que a la mañana siguiente nos despertaría para ir a la escuela.

A las nueve de la mañana escuchamos los gritos de mamá: “¡Levántense que es tarde, me quedé dormida, son las nueve!” Creo que fue María la que preguntó si teníamos que ir o podíamos faltar. Era muy tarde ya que entrábamos a las ocho y caminando llegaríamos a las diez, seguro. Creo que no hubo respuesta.

Nos levantamos de un salto, nos vestimos rápido, supongo que alguien me peino porque no lo recuerdo. Sin desayunar, agarramos nuestras cosas y salimos. No sé porque no nos llevó en el auto.

 En el camino, apurados, fuimos conversando y fantaseando la vergüenza que pasaríamos al llegar a la escuela tan tarde. Los chicos se burlarían de nosotros, las maestras nos retarían, no entenderíamos nada de la tarea, llegaríamos para el recreo, tal vez la directora no nos dejaría entrar, todo tipo de catástrofes podrían ocurrir. Yo estaba aterrada pero peor era pensar en volvernos a casa sin ir a la escuela. Mamá se pondría furiosa y vaya a saber qué podría pasarnos.

Alejandro dijo que él no quería ir, que podríamos hacernos “la rata”, quedarnos por el camino o en el arroyo dando vueltas hasta la hora de regreso. No teníamos noción de la hora, ni relojes, ni a quien preguntar. Los pocos vecinos que había no podían vernos porque seguro le contarían a mamá.

María dijo que no, que teníamos que llegar a la escuela a la hora que fuese. Alejandro le respondió que él se quedaría por ahí y la esperaría  a la vuelta para continuar juntos el regreso a casa, así no confundiría la hora.

Vicky y yo estábamos muy desorientadas, pudo más la vergüenza que el mandato de mamá y nos quedamos con Alejandro. María siguió sola y enojada su camino, me dio pena dejarla.

Nosotros tres nos quedamos jugando en el monte, al lado del camino, esta no era una aventura más, yo sabía que habíamos transgredido una norma importante, tenía miedode que se enterara mamá pero me estaba divirtiendo, nos reíamos y me sentía protegida con mis hermanos.Buscamos unas piedras para sentarnos a la orilla del arroyo. La noche anterior había llovido y todo estaba muy mojado. Si nos ensuciábamos mamá se daría cuenta de la rateada.

Después de un rato escuchamos voces de gente que venía caminando y nos escondimos silenciosos entre la vegetación. Una señora nos vio y nos llamó, era Doña Guevara, la vecina que se quedaba con nosotros en casa, a veces, cuando nos dejaban solos. Nos quedamos en silencio escondidos entre los yuyos. Ella dijo que ya nos había visto y que le contaría a mamá, no respondimos y se fue.

 Así comenzaron todo tipo de fantasías, los nudos en la garganta y los insultos por lo bajo hacia la vecina. Se nos terminó la diversión, nos quedamos asustados hasta que llegó María y le contamos todo. Ella nos comentó que en la escuela nadie la retó y los chicos casi ni se dieron cuenta de su retraso, fue un día normal y le preguntaron por nosotros.

Durante la caminata de vuelta hasta llegar a casa inventamos mil mentiras para decir, desdeque yo me había descompuesto y terminado en el hospital hasta que habíamos ido a la escuela y negar todo,si aquella vecina le contaba algo a mamá, argumentando que Doña Guevara estaba loca. María quería decir la verdad, nosotros teníamos miedo. Así fueron discutiendo todo el camino, yo escuchaba callada las alternativas. Al llegar, saludamos a mamá, nos preguntó cómo nos había ido y angustiados por la culpa y el miedo al castigo confesamostodo. Hablaron María y Alejandro, parecían más fuertes y eran más grandes. Ella se sorprendió,nos miró con esa mirada durísima que a veces tenía y que daba miedo,nos dijo que estaba muy mal lo que habíamos hecho pero que valoraba que le hubiéramos dicho la verdad.Despuéstodo fue silencio, nos quedamos pensando que hubiese sido más sencillo que nos dejara dormir tranquilos y faltar ese día a la escuela pero eso no se lo dijimos.

 Clara (Junín de los Andes, Neuquén)

12. VIOLENCIA

Aquella fría tarde de marzo  había sido fatal darse cuenta, en los medios gráficos no había salido nada

¡Qué raro!…parecía nuevamente un sueño que nos impactaba descomunalmente a nivel personal. En casa no se podía cuestionar nada  ni en broma . Eso significaba como perder todo lo que había aprendido en el ghetto donde tanto tiempo me había cobijado..Esto queda instalado en concepto de niño marginal, esto no es genético, es enfermarse entre discursos y práctica de lo cotidiano. Hubiera querido parar el tiempo y aguantarme la esquizofrenia que me fisuraba el estómago, me había convertido en asesina indirectamente entre la década del 70…cuando la seño desplazo a mi compañero  como un mamífero que a pocas horas de haber nacido no logra incorporarse por sí mismo, Ya vulnerable antes de pasar a la pizarra, la maestra lo tomó del pescuezo obligándolo a hacer un ejercicio,  clavándole la mirada.  Inconscientemente comenzó una lucha, habían perdido el juicio los dos, no cabía soporte que aguantara tanta maldad. Envueltos  en crisis salimos del aula  sin saber adónde ir . El alumno le había metido una patada a la maestra justo en la panza, obviamente éramos todos culpablesEl bebé se marcharía para siempre y esto no era fantasía, una vez más estábamos inseguros en la vida, de lo aprendido nada quedaba. A mí ya me costaba leer, solo quería dormir .

Cuando agarraba un libro lo leía de atrás hacia adelante, ya había perdido todo interés

No me entraba eso en la cabeza, cuando veía a mis compañeros me daba náusea. Solo quería estar sola escribiendo con mi dolor, deshaciéndome literalmente.…En tiempo libre, ya en la cancha, luchaba como mi compañero para defender mi equipo, entrenaba con más garra, corría como loca

Para desahogarme en vez de trotar corría, para sentirme más segura. Los padres ausentes y todo quedaba en la nada. 

                                                                                 Grace (Comodoro Rivadavia, Chubut)

                                                                                                                   

11. ENCIERRO

…embargada por un sentido encubierto, mamá había conseguido lograr su propósito.

Encerrarme en mi habitación, ojo que yo también así lo prefería, necesitaba escribir más que nunca.

Lo subliminal me extorsionaba de a poco y como una enferma forzada a ese comportamiento  esperaba. Ella me traía el alimento, todo un año parecía una eternidad por que el tiempo no transcurría, el tic tac del reloj era mortal.

Respiraba cuando iba al colegio, por suerte ya se habían  terminados los castigos, al fin comprendía.

Mientras tanto mis pensamientos me deformaban.

                                                                                Grace (Comodoro Rivadavia, Chubut)

 

10. MIEDO:

…ni por el olor escapábamos, esa mañana la seño abrió de par en par las ventanas.

Su cara transformada ya nos decía todo, después de gimnasia era la escena más triste, salvo aquellos que habían captados las órdenes que una semana antes ella amorosamente nos había repetido: las nenas cabellos recogidos, varones cabellos cortos. ¡La presentación, por favor!

Si no obedecen, atenerse a las consecuencias. Esa mañana estaba sin sol, nos hizo guardar la carpeta, pensé que se venía la noche.

Arriba del escritorio había un rollo de alambre y una pinza. Yo,  agazapada, esperando ese momento para disfrutarlo. Empezó a llamar de a uno, conservando la calma obviamente, se le iba ir a la yugular, supongo que ella también lo disfrutaría

Esto me movilizaba bastante y cualquiera que haya experimentado un lugar así en la tribuna lo entiende.

Te podías arrojar desde un balcón: ver pasar a tus compañeras de curso atado su cabello con alambre. Yo no estaba en esa lista, mi corte era de un soldado raso. Mis escritos serían picantes.

Como nena buena me ofrecía para traerle su desayuno cuando la portera se demoraba, ese día ya me lo había ganado.

En casa, mi viejo casi nunca estaba ni para cambiar una lámpara, y yo tenía que tomar un baño. Me fui decidida a pedirle a mamá una lamparita. Ella me contestó "espera a ver si viene alguno de tus hermanos, es peligroso". Pero a mí se me retrasaría toda la tarea. Di un par de vueltas y me acordé de que mamá a veces decía que mi viejo era inútil, "todo hay que hacerle parezco una sirvienta", Ni para hacer un asado,ella lo hacía mejor. Tomé coraje y me subí arriba del inodoro, presta a desenroscar la lámpara quemada. De pronto una fuerza me tiró abajo, caí recordando, la técnica del profe para que no doliera tanto. Mi vieja había sentido el golpe,pero no fue, solo me gritó:" sos una inútil igual que tu padre encima porfiada, ¿te dolió?"." No, estoy bien".

Al otro día, de nuevo en el baño, sentí un ligero brote de alergia. Algo presentía, Atrás de mí había una araña y mi imaginación era tan enorme que me paralicé. El miedo me había jugado una mala pasada, ese maldito miedo, era literal como los castigos de la dirección.

Para mí la lealtad hacia mis padres y la institución era fatal, nunca lo diría. Solo tomaba mi diario.

                                                                                 Grace (Comodoro Rivadavia, Chubut)

9. CASTIGOS

Ya me había resignado  a estar en un grupo para  lo que sea de alguna manera, aceptaba el castigo de rodilla sobre maíces en la dirección cerca de la directora y hacer la tarea obviamente con mis compañeras y sin recreos , sentir los nudillos del dedo de la seño de matemática sobre los hombros de todos  como una amenaza global. que no nos dejaría pasar de año si no estudiábamos su materia.

Y yo perdería la beca. Mi viejo nos había dicho que si queríamos ser alguien deberíamos conseguirlo por nuestros propios medios.

Lo que más me dolió fue el sopapo de la de plástica, era una seño histérica muy gritona. Muy pocas veces era amable. Me había visto hacerle una zancadilla a un compañero que me molestaba constantemente.

Si salíamos después del castigo yo era la encargada de pasar por la cocina a sacar el pan. Nos echábamos una panzada en nuestro refugio, un aljibe abandonado afuera.

Me había acostumbrado a no hablar porque siempre era causa de risa por la z que se me enredaba en la lengua. Poco me importaba, era mejor que estar sola. Hasta me hacía feliz  sentirme ahí, la  pertenencia al grupo porque que íbamos al frente. Nos hacíamos cargo de lo que hacíamos. En ese lugar (lugar o grupo?) había de todo, hasta enamorados.

La Vasca,  mi compañera de banco, se ponía  como tomate cuando veía llegar a un compañero de curso; de los nervios se comía las uñas.  Se renotaba que se gustaban pero su peor enemiga era Adela, Cuando se peleaban las encerrábamos en un circo para diversión nuestra. Eran las dos igual de violentas; se arrancaban los pelos, eso nos estimulaba a todos.

Si la Vasca (te referís a ella?) iba de pollera, mi pobre compañero sufría  por declararle su amor. Según él decía, se casaría con ella. Así es que cada mañana él me pedía que tirara cualquier cosa al piso, para recogerlo y así poder mirarle las piernas a la compañera, ¡ya cansaba! Cuando salíamos al recreo  lo chantajeaba. Se ponía de rodilla para rogarmeme, me sentía cruel, "¡Por favor!", me pedíaAlguna vez él se había burlado también de mí…

Hasta que decidí ayudarlo. Como mamá siempre escuchaba  la telenovela de la radio tomé un guión y posteé una mini novela.(no entiendo, escribías cosas para que él le dijera?) Después empezaron a pagarme para continuar obteniéndolas.

Tiempo difíciles, dolía crecer.                                                                                                                     1

Grace (Comodoro Rivadavia, Chubut)


8. POLLUELOS                                                    

  Una tarde de verano en el campo, durante las vacaciones del ciclo lectivo, mientras ayudábamos mi hermano y yo a nuestra madre en las tareas de cuidado de aves de corral, veíamos acercarse una amenazante tormenta de viento.  Mi madre temía a las tormentas, lo sabíamos toda la familia.  Ella criaba todo tipo de aves domésticas para consumo familiar y comercial por lo que disponía de un número importante en cuanto a cantidad de cada especie.  Los pavos eran una de ellas, estos son animales muy caminantes, recorren largas distancias durante el día buscando insectos, semillas, etc.  En esa época del año tenían polluelos pequeños y todos corrían peligro de perecer bajo la tormenta si llegaba antes de que regresen al corral.

Apurada se colocó un gran delantal de hule con un enorme bolsillo en la parte delantera y para mi sorpresa tenía guardado uno para mí y otro para mi hermano, todos confeccionados por sus manos. Nos pusimos la prenda y echamos a correr hacia donde veíamos a las aves, que se encontraban bastante lejos.  Al llegar, nuestra madre fue tomando cada pichón y colocándolo dentro del bolsillo de cada delantal, apilados o como fuere, la cosa era salvarlos.  Cuando había logrado guardar una buena cantidad,  nos pidió que mantuviéramos cerrado el bolsillo con las dos manos y a correr de regreso.

Grande fue nuestra alegría cuando vimos que detrás nuestro corrían las madres, jóvenes y adultos tratando de alcanzarnos. En un abrir y cerrar de ojos estábamos en casa soltando cada pavito en el corral y sus madres entrando para protegerlos sin necesidad de trabajo extra porque eran una familia unida. Cuando la tormenta llegó todas las aves estaban a resguardo.

Fue un gran aprendizaje y una buena experiencia compartida. Pude ver el valor de su trabajo, que no era nada fácil y con el amor y responsabilidad que lo hacía; también aprendí a querer y a respetar a todos los animales.

                                                                                 Alicia Schwindt (González Moreno, Buenos Aires)

 

 7. RECUERDO

 Acabo de despertarme, en una mañana de sábado que parece espléndida. Mientras saboreo un mate y escucho una bella canción de Serrat, me vienen a la mente algunos recuerdos cálidos y no tanto, sobre interacciones con mi madre.  No tuvimos una relación fluida, amorosa ni mucho menos de comprensión; pero guardo muchos recuerdos buenos, que me hicieron bien y me ayudaron a crecer como por ejemplo el que les voy a contar:

Mi padre nos venía a buscar a mí y a mí hermano los viernes de cada semana después de clases en nuestro transporte clásico de la época, sulky tirado por un caballo y nos llevaba al campo a pasar el fin de semana.  Recuerdo el aroma del desayuno, el sol a través de la ventana y la voz de mi madre, suave y firme diciendo:

            -Hoy te voy a enseñar a hacer algo que hace rato me pedís ; cuando sean la doce y te llame, lavate bien las manos y ponete el delantal.

Desde muy pequeñita yo quise cocinar, amaba los aromas de la cocina. A mi madre no le gustaba , pero lo hacía de  maravillas.  Así que está de más decirles que cuando dijo: “ponete el delantal”, yo sentí tal emoción y ansiedad que no podía concentrarme en otra cosa. Cuando llegó la hora, ella me llamó y creo que aparecí  volando.  Ya lista, me dio la sartén en la mano, encendió la hornalla ;tomé la botella de aceite, con las dos manos, porque era de vidrio y muy pesada para mis pequeñas manos, coloqué un chorro dentro de la sartén y esperé que tomara temperatura, luego pregunté:

- ¿Ya está mami?

-Si, si respondió, poniéndome dos ladrillos apilados bajo los pies y un huevo de gallina en la mano. Lo rompí cascándolo en el borde de la mesada y colocándolo posteriormente en la sartén ya caliente. No me quemé el rostro gracias al peldaño de ladrillos que ella había improvisado. Luego ordenó:

- Ya está listo, tienes que sacarlo.

Sin responder y atenta, tomé la espumadera, un plato que me alcanzó y como pude saqué el huevo de la sartén.

Ese hermoso día fue mi debut como cocinera aficionada; estaba feliz y muy orgullosa. Sentí en ese momento que podía hacer algo importante, algo de lo que hacía ella. Cuando somos pequeños queremos hacer cosas que los adultos hacen para sentirnos importantes y mayores.

Un huevo frito hecho por primera vez fue un logro que marcó una etapa de interacción con mi madre, aún hoy lo recuerdo con mucho cariño.

Alicia Schwindt (González Moreno, Buenos Aires)

 

 

6. EL PAN NUESTRO

Cholita tiene nueve años, yo ya tengo cinco. Es una de las hermanas de mi mamá, que a veces me quiere y me lleva a hacer los mandados. Yo la prefiero a Susana, otra hermana, que anda más limpita y tiene el pelo con rulos  Cholita agarra la única bicicleta que hay en la casa  que es grande y tiene un caño. Me dice que la siga y me da una bolsa para que yo la lleve. Ella se sube a la bicicleta y anda debajo del caño porque no llega a los pedales. Yo corro a su lado. Cuando me canso ella para y así hacemos muchas veces hasta llegar al mercadito de don Chiaro. Ella apoya la bici en la pared y me agarra de la mano. Entramos. Le dice a la señora de Chiaro si le puede dar pan, azúcar y yerba hasta el sábado, cuando la patrona le pague a su mamá  que va a venir a traerle la plata. La señora de Chiaro le dice que no le da nada y que mejor venga a pagar lo que debe que ya es mucho y que si no le va a ir a cobrar a la casa. La señora de Chiaro habla tan fuerte que grita Cholita me aprieta los dedos y se pone colorada. Hay más  personas en el mercadito. Salimos. No habla. Agarra la bici y me dice vamos hasta la panadería Aurora. Le digo que estoy cansada de caminar pero me dice que no le importa. La panadería queda a tres cuadras de lo de Chiaro. Llegamos. Nos paramos en la vereda. Cholita mira por la ventana hacia adentro y dice hay gente, esperemos a que salgan. Se siente olor rico, a pan calentito. Sale una señora con una nena. Tienen ropa linda. Cholita me dice que entre, que ahora me toca a mí y que pida pan duro o alguna factura mojada. Yo le digo que no quiero entrar sola, que venga conmigo. Cholita me zamarrea y me empuja, me dice que si no voy, ella me deja sola y que no voy a saber volver y que voy a tener que pasar por la casa de los Cabral, y que va a salir un loco y me va a perseguir, y después voy a tener que pasar por el baldío donde se hundió la casa con la familia adentro y que salen fantasmas y que está oscureciendo y que más vale que entre, porque los fantasmas me van a hundir con la casa y que  .... Me pongo a llorar y me dice que no llore, que no me haga la viva, y me empuja y ya estoy adentro de la panadería. No hay nadie entonces me quedo quieta y miro un canasto lleno de pan y una cajón con tortas negras. Se abre una puerta que hay detrás del mostrador y entra un hombre alto que me mira y me pregunta qué quiero. No le digo nada, no hablo, solo lo miro. El hombre me vuelve a preguntar qué quiero. No digo nada, miro hacia afuera a ver si la veo a Cholita. El hombre sale por la puerta marrón y vuelve con una bolsa grande. Da la vuelta al mostrador y me la da. La agarro, es grande y pesada. Salgo, camino ligerito y no la veo a Cholita, que....y ahora sí, porque se había ido a esperarme a la esquina. Le alcanzo la bolsa. La cuelga en el manubrio de la bicicleta que ahora lleva de tiro. Volvemos las dos caminando. Ella silba una canción. Ya casi está oscuro, aparecen algunos bichitos de lùz que nos alumbran. Esta noche hay pan para todos. 

María José Ureta (Vedia, Buenos Aires)

 

 5. ADOLESCENCIA

Llegó el día en que termino la escuela primaria. Con doce años y amigas muy queridas, que irán a otros colegios en la  secundaria. Lloro. Extrañaré mucho su compañía… Son mi entretenimiento, mi alegría, ¡mis amigas!

Stella, mi amiga y compañera, que vive en la provincia, me pide que vaya a su casa. A mí no me dejan salir. Solo salgo con mis padres a bailar folklore, que lo practico desde los siete años, con ellos por supuesto, a cuanta peña bailable hay, todos los fines de semana.

Les suplico y papá me lleva en el auto a la casa de mi amiga. Stella sí tiene amigos. Yo no. Hay un asalto en la casa de los abuelos de Stella. Música linda para bailar, en el patio con una parra hermosa. Su abuelo toca muy bien el violín y lo hace para mí. Los demás se ríen y no saben apreciar su música.

Yo nunca bailé esa música de Adamo y de Sandro y de rock … Me animo y salgo a bailar con cuanto chico me saca. Soy muy feliz. Y viene música lenta… Me da vergüenza hasta que me saca Jorge, el más lindo de la reunión, (con unos ojos grises enormes y pestañas negras que me encandilan,)  . Creo estar en las nubes… me enamoro… pienso ¿qué me pasa?

, Quedamos en encontrarnos todos mañana en la playa del Rio de la Plata, que se llama Saint Tropez… Rezo para que mi padres me dejen ir…

Y sí, estoy aquí con Jorge, otra vez me siento en las nubes… jugando en el agua, con mis amigos, todos felices, pues mis padres me dejaron venir y me buscarán a las seis. Creo que comienzo a vivir. Estoy muy feliz de tener contacto con chicos y chicas que nunca tuve.

Combinamos otros varios encuentros y hacemos bailes entre nosotros. Me llevan mis padres a todos. ¡Alegría y felicidad plena!

Stella y yo somos muy amigas y la quiero mucho por darme la oportunidad de conocer chicos y chicas. Son distintos a mí. Pero todos compartimos el amor por la música y el baile.

Siento que me admiran algo y no sé qué es. Son muy buenos conmigo y, de hecho, bailo con todos. Jorge se perdió un poco del grupo. No sé qué le pasó…No le pregunto porque no lo vuelvo a ver.

Pero me invita a salir al cine, un domingo a la tarde, Carlos del grupo…Mis padres me dan permiso porque vamos a la calle Corrientes a la hora de lasiesta,  a ver “Al maestro con cariño”. Soy feliz. Me toma la mano en el cine y luego de un rato me da el primer beso que jamás soñé recibir…y luego otro, y otro…

Llego a casa y en el ascensor me estoy mirando mucho en el espejo, porque creo que se darán cuenta mis padres, del beso…

Toco el timbre, paso, y ¡nadie se da cuenta!

Yo vuelvo a volar de amor… Todos los sábados Carlos viene a visitarme a casa y tenemos unos encuentros encantadores, atrás del piano de cola de papá, que haciéndose el distraído, pasa a cada rato por la abertura que da al pasillo, con carraspera, como diciendo: "aquí estoy vigilando…Ojo!"

Nosotros estamos en nuestros besos y abrazos. Claro, siempre atrás del piano y escuchando música hermosa en el Winco

Luego de diez meses de ¿noviazgo?, ¿flirteo? me voy con mis padres a Mar del Plata. Allí conozco a un chico estupendo, me hago amiga, voy con él a bailar a la siesta y todo bien. Amigos.

Llego a Buenos Aires y Carlos me presenta a su hermano mayor.

 Estoy enamorada de su hermano, ¡quien me invita a salir!

¿Cómo le digo a Gustavo que me enamoré de su hermano? Qué vergüenza me da! Pero se da cuenta solo. Esta historia, sigue, es muy larga… pero creo que por hoy está bien escribir hasta aquí.

                                                                                Gloria Lotti (San Miguel de Tucumán)

                                                                                                                       

4. DURO RECUERDO

Estamos llegando a Buenos Aires, desde San Francisco, en el auto. Vamos como todos los meses a ejercitar mis ojos operados por la ceguera en uno, que causó la Polio y el estrabismo en, el otro. Yo creo que estoy bien pero debo seguir controles y ejercicios diarios por años. Me dicen.

Papá y mamá me dejan en el departamento de mi abuela Mima, donde vive ella, mi tía Beba y, su esposo, tío Rodolfo, y mi primo hermano, Marcelo, su hijo, que tiene seis meses más que yo. Estoy muy feliz de volver a verlos. Con mi primo y sus amigos el fin de semana juego en Palermo al “mete gol entra”… Nos lleva tío Rodolfo. Yo siempre voy al arco porque los varones quieren patear y gambetear la pelota.

Soy feliz. Salvo cuando me despido de mis padres que van a dormir a un hotel, y me viene una desesperación tremenda, pensando que puedo no volver a verlos. ¿Por qué será? No lo puedo explicar y vuelvo a dormirme así, todos los días en Buenos Aires.

A la hora de la siesta, todos van a la cama. Mi abuela y tía Beba, a ver por tele, “Buenas Tardes Mucho Gusto”. Mi primo sale con su papá o duerme, y yo quedo jugando un rato sola. Como siempre. Luego voy a ver tele con ellas.

Desde el primer día que llegamos, vino a comer tío “Cholo”, hermano de mi abuela, porque tuvo un problema con su señora, pude escuchar, y no tiene donde comer.  Pasaron dos o tres días, y tío Cholo me dice"No vayas adentro, quédate conmigo y juguemos mientras duermen, Glorita"-

Como me da pena que se quede solito, me quedo en la cocina con él.

¡Él me mima y abraza mucho! Tanto que me hace doler los huesos. Me aprieta mis insipientes tetitas y hasta siento miedo. Me empieza a besar la boca, el pecho y sigue apretándome toda. Me doy vuelta. Le doy la espalda. No me gusta su fuerza. Me hace daño. Percibo que eso no es algo bueno. Porque papá nunca lo hizo, ¡y me quiere mucho!

De repente, me baja la bombacha y siento sus besos en el cuello y sus manos por todo mi cuerpo…

Estoy por llorar y me dice continuamente, tranquila chiquita, tranquila…Quiero gritar y salir corriendo. No puedo. ¡Es muy fuerte!

Siento algo duro por la cola, como piel que me empuja. Tengo mucho miedo. Nunca ví esa parte de cuerpo de un señor… ¡y menos tratando de hacer algo en mí cuerpo! Me sigue besando con desesperación, mi boca, cuello y me vuelvo a dar vuelta. ¡¡No sé qué hacer!! Parece loco, Extraño!

Salgo y me voy corriendo. Me escapo de la cocina y voy al lado de mi abuela en su cuarto y me acurruco contra ella. Me siento segura allí.

No digo nada, tengo mucho miedo. Me da vergüenza contar. No es la primera vez, pero cada día es más y más. Tengo mucho miedo. Le tengo miedo a él.

Volvimos a San Francisco, y mis padres deciden, por un trabajo para papá en la Universidad de Buenos Aires y en una empresa importante, vender todo e ir a vivir a Capital Federal. Alquilando un departamento en la calle Crámer, para luego comprar algo definitivo.

De vuelta en Buenos Aires, el departamento de mi abuela, en Belgrano, sigue siendo visitado por el “Tío Cholo”. Siento que llega y me escondo, aterrorizada, como si nadie me viera, bajo la mesa estilo francés del comedor. Salgo cuando puedo o me dicen ¿Qué haces ahí?, vení a comer, Glorita.

Y voy. Pero luego, me vuelvo a esconder lejos, muy lejos. Que piensen que estoy jugando. Y estoy dentro de un placar encerrada mientras duermen o ven la tele y él no sabe donde estoy ni me busca.

Suena una tarde, el portero eléctrico del departamento nuevo que alquilaron papá y mamá. Escucho: ¡Pasá, tío!Y un frío por todo mi cuerpo me invade. Tengo mucho miedo.

Entra, mamá le abre la puerta y le ofrece un Cinzano y picadita, así esperamos a Mario, le dice. Mario es mi papá.

A mamá se le ocurre ir al almacén a hacer unas compras y me dice: Quedate con el tío y yo así hago más rápido.  Me estoy muriendo de miedo.  No quiero estar a solas con él, ¡tengo terror! Mamá me insiste y yo con un ataque de llanto, agarrándome de sus polleras, le pido enloquecida que quiero ir con ella…

Por suerte mamá, algo intuye y me pregunta en la calle: ¿Qué te pasa, Gloria?, contame, por favor, ¡por qué estás así!

Le digo que no diga nada, que yo le prometo que le voy a contar después, cuando estemos solas y llegue papá.

 Así es. El tío Cholo, Campeón Sudamericano de boxeo, grandote, con ojos celestes enormes y uno de vidrio, se fue antes de que llegara papá. ¡Menos mal!

Y ahora mamá, al llegar papá, me comienza a hacer las preguntas esperadas…

Yo cuento todo y todas las veces que pasó eso. Mi mamá dice muchas malas palabras en contra del “Cholo”. Papá quiere salir a buscarlo y mamá no lo deja. Le está pidiendo que no haga locuras. No entiendo qué le pide. ¿Qué locuras?

Papá se queda y los dos me abrazan mucho y me dicen que siempre debo confiar en ellos. Que siempre me van a querer, y que no guarde secretos. Que ellos están para cuidarme. Estoy feliz. Se me desinfló el miedo y siento que me quieren mucho, papá y mamá, mucho, mucho.

Mañana vamos a ir a ver a mi abuela. Mamá le dice por teléfono que quiere hablar con ella y tía Beba, pero que lo llamen al Cholo, el tío y le digan que no vaya porque no van a estar… Yo escucho.

 Me quedo con papá en el living. Mi mamá entra al dormitorio y les cuenta a mi abuela y tía Beba, lo que yo le conté.

¡Mi abuela dice que eso no es verdad! Escucho y me siento mal, porque no me creen. Mi papá que está conmigo, me abraza y contiene. Mamá se enoja y sale del dormitorio y dice: ¡Vamos, por favor, mi hija no miente!

Tía Beba sí cree lo escuchado. Viene me abraza y besa como una mamá. Yo la quiero mucho.

No volví a verlo, al Cholo. Solo sé que a los pocos meses, lo internaron de peritonitis en el Hospital Pirovano, y no hay hombres que lo cuiden.  La abuela, mi abuela, Mima, le pide a papá si puede ir él a quedarse de noche, porque se estaba muriendo de una infección. Papá va. Dos noches pasan y el Cholo, le agradece, le pide perdón y muere a los minutos. Yo no estoy triste. Murió solo con mi papá y lo enterraron sin que lo vieran su hija y su esposa. No lo querían.

Papá fue como siempre bueno. Sin rencor y ayudando aunque con bronca por lo que hizo conmigo. Pero yo estoy feliz. Ya no lo veré más y tengo yo nueve años…


                                                                                     Gloria Lotti (San Miguel de Tucumán)    

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3. LA COMUNIÓN

Bueno… Llegó el día de la mudanza a San Francisco, Córdoba. Muchas cosas que embalar y que poner en el camión que las llevará. ¡Hasta el piano de cola de mi padre!

Todo, todo, nos llevábamos. Yo miro como trabaja mi papá junto con los soldaditos, mis amigos de Crespo, mi chofer y el mucamo y cocinero de casa. Estoy contenta de ir a un nuevo lugar a vivir, porque papá tendrá un cargo “muy importante” como director de una empresa de máquinas de coser Godeco. Esta vez, como Ingeniero. Me cuentan. Pero también estoy un poco triste, porque no veré más a mis amiguitas con quienes compartí la escuela y juegos por mucho tiempo para mí. Mi mamá me dice que fueron tres años. Para mí eso es mucho!

Llegamos al lugar nuevo; ¡era una ciudad grande! Viviremos por un tiempo en una casa sobre la ruta, cerca de la fábrica donde va a trabajar papá. Es un lindo chalet, pero la ruta es peligrosa. No me dejan salir a jugar ni al jardín… Luego papá comprará una muy linda, lejos de aquíí.

Mamá me dice que iré al colegio de las hermanas de San Francisco de Asís, a primer grado superior, porque sé todo lo que aprendí como oyente en primer grado.

Otra vez conocer a nuevas compañeritas. Pero esta vez son todas nenas como yo.

Son buenas. Me da un poco de vergüenza , me acerco si se acercan. Si no, me quedo mirando. Mi maestra es una monjita. Sor Concepción. Siempre se acerca a mí y me hace compañía si estoy sola. Yo la quiero. Tiene una linda sonrisa y me mima.

Pasé muy bien de grado y ahora ¡iré a segundo!. Hay que prepararse para la primera Comunión. Yo sé algo de qué se trata, porque en Crespo, para que me entretuviera, mamá me llevaba a la Acción Católica. Pero igual es diferente. Hasta habla distinto la maestra de religión. A veces me da miedo cuando dice que el diablo nos llevará si nos portamos mal, si mentimos, si no queremos a Dios por sobre toda las cosas.  ¡Me da miedo! Porque yo quiero a papá y mamá sobre todas las cosas… No entiendo.

Todo el grado se prepara para la primera comunión. Yo sufro bastante. Primero porque el cura que nos dará la comunión vendrá a casa a tomarme el examen. Yo tiemblo. Aunque siempre viene a casa, esto es distinto. No hablará con mis papás, sino que ¡me tomará las oraciones a mí para ver si me las sé! Digo todo bien a pesar del miedo. Él es muy bueno, pero yo no sabía. Nunca estoy en las reuniones de grandes, o lo hago callada, con mis juguetes.

Cuando se acerca el día de la ceremonia religiosa, todas mis compañeras de grado hablan de sus vestidos maravillosos y yo me ilusiono con ir vestida ese día como princesa. Pues así, por lo que escucho, van a ir todas.

Yo no voy a ir así. Me dice mamá. “Serás tal vez la única que tomará su primera Comunión, con la humildad que corresponde en ese acto y prestando atención”…

“Irás con delantal blanco, y te realizaremos el sábado, una fiesta inolvidable y hermosa, donde tendrás tu vestido soñado en ese momento”.  Yo no quiero eso. Pero no hay vuelta atrás.

Voy con mis padres al Cotolengo Don Orione, donde nos dan la primera Comunión y paso una vergüenza muy grande. Soy la única con delantal blanco y mis compañeras, hermosas, con vestidos que parecen pavos reales, ¡preciosos!

Pasamos en fila a comulgar y escucho: “Pobre la hija de Lotti, con delantal,¿no tendrán plata los padres?” Y otros muy parecidos. “Son tacaños, ¡pobre chiquita!”, dice alguien. Yo tiemblo de vergüenza…

Nos dan un rico chocolate después. Las chicas me preguntan por qué no tengo vestido. Yo les contesto que no sé.

Llega el fin de semana y veo que mis familiares de Buenos Aires y amigos de mis papás del país, llegan a casa. A la tarde vienen mis compañeras. Una me trae de regalo ¡una caja musical que es una calesita! En el alboroto de felicidad que armo, se me vienen todas encima para agarrarla y zas! Se cae y se rompe toda…¡Qué triste me pongo!

Bueno, pero empieza la fiesta y me olvido un poco. Mi familia de Buenos Aires y amigos de otros lugares, de mis padres, contentos pues vinieron Los Chalchaleros y cantaron mucho. Igual que otros conjuntos y cantores solos.

Pero me parece una fiesta de grandes. No mía. Me saca fotos un fotógrafo y no me  gusta posar; pero mamá me obliga para que queden de recuerdo. Ya tengo mucho sueño. Todos cantan, comen y brindan.

Mis amigas se fueron y yo me quiero ir a dormir, ya. Mamá me dice que me saque el vestido hermoso, me pongo el pijama y como tengo miedo de ir adentro sola a dormir, me acuestan entre ellos en dos sillas, me tapa papá con su ponchito de vicuña y me duermo, parece, porque ya no pienso en nada…

                                                                               Gloria Lotti (San Miguel de Tucumán)                                                                                     


2. ALGUNAS ANÉCDOTAS DE MI INFANCIA

Estamos viviendo en la Ciudad de Crespo, Entre Ríos, por el trabajo de papá. Vinimos desde Buenos Aires a vivir a una casa muy linda en medio de jardines muy cuidados donde hay un árbol cuya flor me encanta. Es un árbol de granadas, la fruta preferida de mamá. Tengo un dormitorio que uso como cuarto de juguetes, donde siento a todas mis muñecas en sillitas junto a la mesa diminuta y les sirvo el té mientras mis padres duermen la siesta. Odio que duerman la siesta. Me aburro. Entonces converso con mis muñecas para entretenerme un poco y matar el tiempo.

Escuché los otros días que como ya cumplo en mayo mis cinco años, me anotarán en una escuela para que vaya de oyente. Me cuenta mamá que aquí no existe el jardín de infantes como en Capital Federal y como seguramente volveremos a viajar en poco tiempo a otro lugar, yo tengo que saber cositas para estar a la altura de nuevos compañeritos del lugar donde nos mudemos.

Yo estoy muy feliz. Voy al colegio impecable. Delantal blanco, portafolio de cuero marrón con mis iniciales repujadas. Un soldado al que quiero mucho y asiste en mi casa como chofer, me lleva y me busca todos los días. No conozco a ningún niño ni niña. Pero me doy cuenta de que todos sí sabían quién era yo, porque me recibieron con alegría pronunciando mi nombre y dándome la bienvenida con aplausos. (Claro, yo era la hija del Jefe del Arsenal, que junto con el Intendente ,el Párroco y el jefe de policía eran las autoridades máximas del pueblo, hoy ciudad). La maestra de primer grado es la señora de Bertoa. Pronto comienzo a jugar con las nenas en los recreos y aprendo a tomar distancia, pararme al lado del banco cuando entra la maestra y me enseñan todas las costumbres que debo respetar en la escuela.

Estoy muy feliz y me siento más grande yendo a clases. Ya no me aburro tanto en casa solita.

Un día, la maestra nos cuenta que murió el papá de una compañerita y que vamos a ir a saludarla a su casa todos los compañeros del grado, con ella.

Yo no sé lo que significa saludar al muerto…y no sé qué hacer cuando llegamos…Pero resulta que mucha gente llora con calas en las manos mientras entran al comedor, donde hay una caja grandota y me alzan para que mire adentro… Ahí está el señor muerto, el papá de mi compañera.

 Estoy con mucho miedo. ¡Nunca vi un muerto! Todas mis compañeras lo tocan y algunas lo besan. Ellas saben de qué se trata. Yo no.

Prefiero bajarme, no tocar, no mirar y quedo muy calladita temblando Luego regresamos a la escuela.  Alli espero a Paun, el soldadito que siempre me retira y le cuento llorando, lo que pasó. Llegamos a casa y mamá me ve mal. Estoy mal. Me pregunta qué me pasa y le cuento a donde me llevaron y que me hicieron upa para que tocara al señor muerto y yo no quise, porque me daba miedo…Mamá le cuenta a papá en medio de enojos y gritos y se viste para ir volando a hablar con la maestra. ¡¿Cómo va a hacer eso con criaturas tan chiquitas?!, gritaba con rabia. Soné. Se me acaba el mundo, pienso, me va a dar vergüenza entrar al grado mañana. No quiero ir a la escuela. Pero tengo vergüenza y tengo miedo de que me rete la maestra, que siempre es muy buena conmigo.

¡¡Mamá pierde rápido los estribos, como escucho que dicen, y se enoja fuerte!!! Por suerte papá viene y me tranquiliza. Me dice que no pasará nada y que mamá solo va a conversar y contarle que yo en Buenos Aires nunca fui a un lugar así, porque no se acostumbra a llevar niños a esas despedidas. Ya perdí el miedo. Creo que sí iré a la escuelita mañana.

 Gloria Lotti (San Miguel de Tucumán)

 1. EL MAPA

La  escuela de Río Ceballos era hermosa, antigua, toda  hecha de piedra. Al frente había un inmenso jardín donde estaba el mástil de la bandera; tenía un patio interno en la parte de atrás desde donde se veían todas las aulas. También había una cancha donde hacíamos educación física y los actos, con gradas para sentarse.

Yo amaba esa escuela y a mis maestras. Mi eterna compañera desde primer grado era Alicia, le decíamos Lichy. Estábamos todos los días juntas. Yo la admiraba, era una rubiecita linda y prolija, yo fantaseaba que su vida era ideal y que tenía una familia feliz. Ya estábamos en segundo, ella nunca había conocido mi casa. Yo sí la de ella, algunas pocas veces había ido. Éramos las amigas de la escuela.

Nuestra maestra ese año fue la señorita Elba, muy buena, una morocha con rodete, suave para hablar. Me gustaban sus clases porque me hacía leer y yo amaba la lectura. Lichy y yo nos sentábamos en el segundo pupitre, esos hechos de madera, la mesa de uno era el respaldo y asiento del de adelante; eran muy incómodos. Estábamos cerca de la puerta y una ventana. Era divertido porque desde ahí veíamos las aulas de algunos de los otros grados.

Un día la señorita Elba me pidió que fuera al aula de cuarto a pedirle un mapa a la maestra. Yo fui orgullosa interpretando en mi pequeña mente que su pedido significaba un cariño especial por mí.

Salí, recorrí la galería que techaba todas las entradas de las aulas, golpeé y entré. Me dio un poco de vergüenza ver a todos los chicos. Pedí el mapa pero no estaba allí. Le dije a la maestra que la señorita Elba me había mandado a cuarto a buscar el mapa. La maestra me respondió. “Pero esto es sexto grado, cuarto es al lado”. Todos estallaron en una carcajada sonora que yo interpreté como una burla feroz. Salí de ahí roja, casi llorando. La puerta de cuarto estaba cerrada, me quede inmóvil, aterrada, sintiéndome la más estúpida. Escuchaba las voces de los chicos desde afuera y no me animé a entrar. No sabía qué hacer. Volví a mi aula y le dije a mi maestra que la de cuarto no tenía el mapa. Ella se extrañó, estaba segura de que estaba ahí el ansiado mapa porque se lo había prestado más temprano.

 En ese momento, mi amiga, mi mejor amiga desde primero, Lichy, Alicia, la que tanto admiraba y la que creía incondicional dijo: “Es que ella no fue, no entró, se quedó en la puerta de cuarto y después volvió, yo la vi de acá, está mintiendo.” Me sorprendió que me hubiera visto, pero más que me delata ra.Las piernas me empezaron a temblar, roja otra vez. Sostuve mi mentira hasta el final, la vergüenza de sentirme descubierta era mayor que la de haberme equivocado de aula. La señorita Elba llamó a la de cuarto y le preguntó si yo había estado en su aula. La de cuarto no entendía nada de lo sucedido y respondió que no. Yo seguía diciendo que sí había ido, que ella no se acordaba y que Lichy mentía. Resignadas las dos maestras siguieron con sus tareas, el mapa apareció y el caso quedó sin resolver. Nunca confesé, tal vez ellas se dieron cuenta de mi mentira, se compadecieron de mí y no insistieron más.

Cuando me senté Lichy me dijo que era una mentirosa, yo me quedé callada porque en eso tenía razón. Me sentí traicionada, mi decepción fue enorme pero no se lo dije. Yo hubiera esperado que me protegiera, tal vez hasta que me hubiera retado en privado, pero no que me delatara frente a todos, como si fuera mi enemiga.

Después de ese episodio seguimos siendo amigas, éramos unas niñitas y seguramente continuamos jugando como todos los días, no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que sentí un dolor y una bronca disfrazada de pena muy grandes. No volvimos a hablar de lo sucedido. En tercero nos fuimos de Río Ceballos y nunca más tuve contacto con ella.

Clara (Junín de los Andes, Neuquén)

3 comentarios:

  1. Gloria Lotti, tus historias son divinas!
    Muy fuerte el relato del abuso de tu tío, y con cuanto amor te protegieron tus padres.
    No nos dejes con la intriga y contanos como terminó el romance de Gustavo y su hermano...porfi.. jaja =)

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    1. Muchas gracias Elaine! Sí! ya les contaré...prontito...Jajaja

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  2. Alicia Schwindt, qué ternura tus anécdotas! hermosas enseñanzas de tu mami =)

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