Punto de vista de Mamá

8. NO CAER EN LA TENTACIÓN

   Mamá siempre tuvo problemas con su peso e imagen corporal, en consecuencia, pasó largas temporadas de su vida haciendo todo tipo de dietas. Casi sin darse cuenta, tiene algo con la gordura que no puede evitar sentir y mucho menos emitir algún comentario desafortunado, es algo que va más allá de su razonamiento. Ve a una chica muy gorda por la calle y dice: “Mirá, pobrecita”. O si hay una obesa en la playa luciendo su bikini no le puede sacar la vista de encima y hace un comentario que cree imperceptible, pero hasta las sombrillas lo notan. Cuando ocurre esto me da vergüenza, me pasaba antes, así que ahora, con el cambio de mentalidad de nuestra sociedad en estas cuestiones, es mucho más molesto y embarazoso. Contradictoriamente, ella no fue una mujer delgada, excepto ahora, que con su edad avanzada parece consumida, puesto que ha bajado muchos kilos. Es paradójico, quien más quien menos, las mujeres de mi familia estamos bastante excedidas de peso; llevo más de diez años persiguiendo la zanahoria con altibajos y fluctuaciones no logro la talla deseada.

   Cualquiera podría juzgarla mal, sin embargo, la conozco y sé que no hay maldad, ni siquiera se plantea eso de discriminar y proferir ciertos comentarios, como si no se diese por enterada de las imágenes corporales que mostramos.

   Debo admitir, que cuando alguna de nosotras hace autocrítica y comenta algo sobre la necesidad de bajar, ella se suma y obviamente da sus consejos y opiniones. “Sí, no te quise decir, pero tenés mucha panza”, “Para mí tendrías que dejar el vino y los dulces” u otro enunciado por el estilo.

   Entonces, y a aquí va la nueva paradoja: basta que alguna de nosotras manifieste haberse puesto a dieta, para que ella, a quien le encanta cocinar, haga exquisiteces al horno para convidarnos. Es inentendible y sé que no lo hace a propósito, aunque cualquiera diría lo contrario. De verdad cuesta mucho negarse ante tamaña incitación. De todos modos, cuando la determinación está y recibe el rechazo, deja de insistir admitiendo la necesidad de hacer un plan e incluso, felicitándonos por la firmeza.

Hace poco ofreció galletas con chips de chocolate y muffins y me negué, dado que había iniciado recientemente un plan alimenticio con una nutricionista bastante estricta. Estaba entonces y estoy aún hoy decidida a adelgazar, lento sin prisa y sin pausa, sé que el camino es largo y arduo. No conforme con mi rechazo, vino a visitarme y trajo dichas confituras, mas las volví a rechazar y no quise probarlas (me conozco); por suerte estaban otros familiares que aceptaron gustosamente. En el término de dos semanas volvieron los convites de pancito casero y rosca de pascua, esta última para mi beneficio, la tuvo que tirar porque le salió mal. Bueno, sé que es difícil y que volverá a tener estas conductas. Está en mí seguir firme para no caer en la tentación. 

 Bertha 2003 ( CABA)

 

7. SU MANERA DE DAR

     La soledad la estaba afectando desde que su nieta y su bisnieta habían dejado la casa donde habían residido siete años. Extrañaba a la nena, su compañerita permanente en el año de cuarentena. Habían compartido juegos, cultivos en la terraza y masas de pan o galletitas que luego disfrutaban juntas.  Así que no sabía cómo llenar sus tardes. Las mañanas eran distintas,  dormía siempre hasta el mediodía. Ella, tan fanática de los programas de cocina, desde joven cocinaba muy bien. Por eso, esa tarde, apenas terminó Cocineros Argentinos, decidió aprovechar los chips que guardaba para las exquisiteces que le preparaba a su bisnieta, al menor no le gustaba tanto lo dulce. Se dispuso con celeridad y entusiasmo a hornear galletitas y magdalenas. Se las llevaría a Patri y cuando fuera Romina a buscar al nene seguramente podría convidarles. En ningún momento registró que Patricia había empezado un tratamiento más seriamente. En realidad, siempre comenzaba y dejaba a los pocos días. Y jamás se negaba a la tentación por las confituras: eran su perdición, decía su hija.

   Contenta, con el paquete lleno de productos elaborados con sus manos, llegó a la hora del mate. Pero esta vez

-Mamá, te dije que me estaba cuidando.

-Bueno, igual traje para otro que quiera.

Y dio por terminada la conversación.

   Por supuesto, Romina y luego su marido pudieron disfrutar de los panificados. El bebé probó algo en menor medida.

-Te dejo alguna por si después tenés ganas.

-No, mamá, no me dejes nada porque no puedo comer, gracias.

   Ella no se enojó. Le ofreció a su nieta que llevara varias a su casa para el desayuno del día posterior. Y guardó otras, para cuando recibiera la visita de su otra bisnieta, tan golosa que las disfrutaría mucho.

   Volvió a su casa pensando en que esta vez Patricia se había mantenido firme como nunca antes lo había hecho.  “Qué lástima, porque me salieron muy suaves y esponjosas, el chocolate es del bueno, se nota por el gusto”.

   No reflexionó en lo difícil que era para su hija cuidarse, la veía gorda sí, mucho más el último tiempo. Si dejara de tomar vino, seguro que adelgazaría. No le hacía caso cuando se lo repetía una y otra vez.

   Pasó una semana, tendría que utilizar la levadura fresca para hornear unos pancitos cuya receta enseñaron en la tele. Tal como lo esperaba, qué bien lograda la masa y el tamaño ideal, como para sándwiches pequeños.

   Patri pasó un rato, estaba paseando a su nieto.

-Ah, mirá, ¿no querés llevarte unos pancitos que hice?

-No, mamá, no puedo. ¿Te acordás que estoy con el plan de la nutri?

- Bueno, llevate uno para el nene.

- Dame solo uno.

-¿Romina no querrá?

-Mamá, Romina también debiera evitar tantas harinas. Mejor no.

   Gladis necesita brindar amor como sabe hacerlo, con lo que prepara disfrutando. Ella no sospecha el esfuerzo que le implica al otro negarse. 

Bertha 2003 ( CABA)

 

6. CARTA DOBLE

Hoy el tiempo nos da la posibilidad de poder trazar suavemente estas letras en el papel. Decidí con tu papá hacer esta carta a medias, doble. Tendrá voz plural y singular. Empiezo yo porque a tu papá las palabras le quedan atrapadas ahí, entre los dedos deformes por el trabajo y las cicatrices de los días.

Mi Caia, como te decía la abuela Marquina. Eres una mujer que se ha fortalecido, ha logrado sus metas. Sé que no estuve para acompañarte como tú lo hubieras querido, como yo lo hubiera querido. Presente en los actos de la escuela, escuchando tus pensamientos y sentimientos sobre tus amigas, tus hermanos y el amor.

Creía que la dureza era mejor para que no fueras floja, débil. La vida no es para los débiles y nosotras, como mujeres, tenemos esa doble lucha. Las marcas de esas batallas rompieron  mi carne, llegaron al hueso haciendo callos. No, no quiero hablar de mí, sino dejarte aquí un mensaje que puedas atesorar. Estoy contenta de que en estos últimos años hayamos podido encontrar un puente que nos unió. Tú, como yo,no dejas ver tus emociones, y ocultas en montones de obligaciones y trabajo lo que te pasa. Y eso que parece colarse por esos resquicios de los días, vuelve como un búmeran enfermando el cuerpo y el alma. Claudia, mira más a tu alrededor, disfruta de cada cosa pequeña, valora lo que eres. Has sido mi mano derecha en el cuidado de la casa y de tus hermanos, tal vez hasta más que eso, como una madre para ellos. No he podido ver a tiempo la difícil carga que tus hombros pequeños han llevado.

Has sobrellevado sin mi comprensión tus decisiones: ir a trabajar sola a otra provincia, crecer como profesional, casarte y formar una familia en una zona desolada, buscar un hijo con diferentes métodos sin mi apoyo y compañía. En lo que tu corazón pueda te pido logres mirarme, entenderme. No quería lastimar o no acompañar, no sabía cómo llegar, ya la distancia era tan grande que el océano se levantaba en tempestades.

Me has enseñado más de lo que yo pude dar. Eres una luchadora, pero muchas veces me preocupa tu soledad. Estoy en los últimos días de mi vida, dichosa por esta posibilidad de escribirte, dichosa por haber cuidado y abrazado tu cuerpo enfermo, por suspirar en tus suspiros y volver a rezar.

Te amo, hija, deseo que seas lo más feliz que puedas, mamá.

Hola, Claudia, soy papá. Sabes que muchas veces ando por el patio y me atrapan unas lágrimas. Los recuerdos son como los brotes de las plantas, van saliendo despacio, y al verlos se me hace un nudo en la garganta. Valoro lo que has hecho. Te pido que al recordarme sean más los días de cielo azul que los grises. Cómo no decirte que tú eres mi orgullo, que viví cada uno de tus logros; yo, un simple obrero analfabeto, con una hija universitaria que viajó al extranjero para exponer sus trabajos, algo inimaginable. Ninguna gitana lo hubiera podido leer en las cartas, porque lo superaste todo.

El cuerpo me duele, me duele la vida. Ese dolor del cuerpo gastado nunca podrá robarme la alegría de haberte visto crecer y ser. Sigue siendo según tus convicciones y lo que tu corazón te susurre.

Sabes que te quiero y me gustaría que pudiéramos vernos otra vez, te extraño, los extraño a vos y a mi nieto.

Un beso en la frente, papá.

PD: la autodeterminación y la independencia marcan tu vida, eres valiosa. Pero también vulnerable, mortal. Es importante que te detengas a sanar las heridas, dejarlas atrás. Cambiar es una decisión que abrirá tus alas para amar y ser amada. Vive.

Tus padres.

CAV (La Paz, Entre Ríos)

  

5. EL CORAZÓN SE ME ESTRUJA

Me duele el cuerpo, las piernas están edematizadas. Anoche llegaron varios casos de urgencia por un accidente. El turno de noche es muy pesado, yo no lo tengo por elección. Ya vendrán tiempos mejores.

La mañana se me pasa volando entre lavar, ordenar a los chicos con las tareas de la escuela, la comida. Me enoja que él se vaya tantos días con eso de los viáticos, si bien es para ganar más dinero me parece algo contradictorio ya que debo pagar a cuidadoras para que estén con los chicos cuando me voy a trabajar. Hoy vendrá Graciela a darme una mano, Ester me ha robado dinero, ropa y algunos comestibles. Qué difícil, por momentos parece que el carro se me viene encima con todo el peso de la responsabilidad. 

El día esta bellísimo, la primavera trae el aroma de las flores. En la radio un bolero. La más pequeña duerme, en un rato querrá su mamadera.

Claudia, ¿dónde estás?, ¿qué estás haciendo? Me dice: Terminando la tarea de la escuela. Es una gran colaboradora, sin quejas, ni llantos, no pide nada. Siento que le exijo mucho, pero tiene que ser fuerte, la preparo para que pueda defenderse. Que sepa hacer las cosas de la casa, no se sabe qué pueda pasar.

Veni cuando termines, rápido que te necesito en la cocina. Si quieres podes traer el libro para seguir leyendo. Ahí está parada con sus medias blancas tres cuartas, el jumper a cuadros y una remera de mangas largas rosada. Con el libro.

Arremángate, pela las papas, ponete el delantal para no ensuciarte. Después te hago la cola, ¿trajiste la cinta?Me dice: No, mamá, después la busco.

Cuando termines con las papas, busca a tus hermanos que están en la casa de la Señorita Clara.

Con torpeza se tira encima el recipiente con el agua sucia de las papas.¡Qué inútil, eso porque estás pensando en pavadas! Con la lata de dulce que tengo en la mano, casi sin darme cuenta, le pego con fuerza en la cabeza. Grito: Anda a buscar a tus hermanos rápido y después te cambias. Me mira sin entender, sus ojos inexpresivos no derraman lágrimas, seca sus manos y sale en busca de sus hermanos.

Siento que el corazón se me estruja, lloro. Lloro por el dolor que le causé, porque en su mirada de incredulidad y enigma veo reflejada mi imagen de violencia, ira, grito. Lloro porque necesito desahogar el pecho para continuar, para dejar salir. Limpiar este dolor antes de que lleguen, antes de que me vean. La chiquita me llama por su mamadera. Entibio la leche y voy a su cuna.

En la radio el bolero terminó dando paso a una síntesis informativa con las condiciones del tiempo. El día continúa.

CAV (La Paz, Entre Ríos)

 

4. MI SUEÑO Y MIS HIJOS

No puedo seguir viviendo en esta casa. Los padres de él, dos italianos cerrados, no me aceptan. Limpio la casa y hago la comida para todos, pero ellos no comieron. La comida se tiró a la basura.

Me siento asfixiada. Sus hermanos influencian en sus padres, cosas que tejen entre ellos. No puedo seguir acá. Le escribiré a mi madre para que me ayude. Claudia es muy pequeña, nació prematura y con muy bajo peso, necesita de cuidados. Yo con el trabajo y esta familia no puedo cuidarla.

Le dije  que se quede, son sus padres, yo me voy. Hable para alquilar una casilla con la familia Bugliolo, no tienen problemas. Estoy embarazada y debo cuidar de este pequeño también.

Cuando nos casamos acordamos comprar un terreno e ir haciendo la casa. Él es un buen hombre, trabajador, pero esto ya no lo soporto. No soporto los desplantes de su familia, me miran con desprecio y hablan en italiano para que no los entienda, pero sí los entiendo bien. Sé que podemos estar mejor. Espero que mamá pueda cuidar de Claudia hasta que nos instalemos.

Camino quince cuadras para llegar a la parada del colectivo y llegar al hospital, la panza pesa pero ni el trabajo, ni mis hijos me pesan como vivir en un lugar donde el clima se enrarece. Entiendo a la familia y sus costumbres, pero sé que no quiero ser parte de ello. Me casé con él, no con ellos. El que siempre tiene un gesto de bondad es Don Esteban. Persona culta, educada, con el que puedo hablar y escuchar no con gestos o palabras entre dos lenguas (medio españolas medio italianas).

El lunes empezaré a llevar las cosas a la casa alquilada, esperaré respuesta de mamá. Me preocupa Claudia, no sube de peso, es un bebe movedizo, inquieto, pero tiene ataques de llanto como si le doliera algo. El médico no encuentra nada. Espero que cuando esté con mamá se recupere. Empezaron a crecer unos pequeños rulos rubios en su cabecita.

Muchas veces me pregunto si quería realmente casarme y me digo que sí, quería formar una familia y tener hijos. De la casa de mi madre, de la infancia, tengo la marca del dolor. Sé que por mi padre, alguien a quien no conocí como tal, la familia se desparramó. Mi hermana melliza murió al año por meningitis, mis hermanos varones de chicos se fueron a trabajar a otros campos como peones. Yo quedé con mamá en la casa de la abuela. La abuelita, una mujer de carácter fuerte, que no dudaba en cachetear a un hijo varón mayor si así lo consideraba, recibía el respeto no solo de la familia, sino también de todo el pueblo. Ella daba de comer y ofrecía refugio a primos que habían quedado sin padres, a madres que habían quedado sin maridos.Cuando fui a la escuela primaria, todo se modificó, ya que antes mis días se desarrollaban entre juegos y tareas del campo. Cuando terminé la primaria tenía doce años, le pedí a mi madre ir a Santa Fe. Mis motivos eran más que superiores, no soportaba las palizas recibidas de su nuevo marido y quería estudiar enfermería, hacer mi vida.

Mamá hablo con primas de San Javier y me fui, primero a una casa con una familia a cuidar de sus niños y tareas domésticas. Luego a otra casa en Santa Fe, donde de noche terminé la secundaria y pude ingresar a la Cruz Roja, mi gran sueño.

CAV (La Paz, Entre Ríos)

 

  3. REFLEXIONES

Me presento:

                        Soy la madre de María Alicia, de Mary como le decimos nosotros.  Les quiero contar que yo sé que teníamos diferencias, también sé lo que ella sintió durante el período de los cinco años hasta los doce cuando estuvo viviendo con su abuela, pero sobre todo cuando fue adolescente y luego adulta.

Al principio, cuando era pequeña, la llevamos a vivir con mi madre porque yo pensaba que era lo mejor para ella, dado que la escuela más cercana no era buena en cuanto a la enseñanza.  Lo hicimos mi marido y yo sabiendo el carácter adusto y autoritario que tenía mamá, pero suponiendo  que con ella sería más tierna y bondadosa ya que era su nieta. Bueno, creo que no lo fue, más tarde me di cuenta de que mi hija sufría.  Tuve algunas discusiones con ella pero de a poco me fue quitando derechos sobre Mary y cuando quise recuperarlos ya ella era una adolescente, se mostraba rebelde y enojada con ambas;  a medida que pasaba el tiempo se alejaba de mí cada vez más y yo no sabía qué hacer  para recuperarla, ya no quería dialogar con nadie.  Cuando pudimos, compramos una casa en el pueblo y la trajimos a vivir con nosotros; yo sentía que ella en algunos momentos quería acercarse a mí,  pero ya me encontraba afectada anímica y mentalmente por lo que sufría con el alcoholismo de mi esposo y el trato con mi madre, así que, en lugar de acercarnos, nos fuimos alejando cada vez más.

Cuando llegaron mis nietos, los hijos de Mary, me sentí feliz, creo que hacía tiempo no lo estaba, pero mi salud no se recuperaba y no me permitía disfrutarlos como hubiera querido a pesar de los intentos de ella.

Sé que no fui  como mi hija hubiera deseado, pero lo intenté y les aseguro que no pude hacerlo mejor.  Fui educada de manera que debía importarme la opinión de la gente, sentía que todo el tiempo tenía que demostrar que las cosas iban bien, que estaba feliz, que mis hijos eran buenos, lindos e inteligentes; todo eso contribuyó a que como madre no me ocupara de los sentimientos de mis hijos y no fuera comprensiva o quizás más humana con ellos y conmigo misma.

En el último tramo de mi vida, aún siendo joven, alejada de mi hija mayor, perdí las ganas de vivir, de disfrutar, quedé sumergida en la soledad y el abandono de mi familia. Siempre fui muy orgullosa y pensaba que yo no tenía que hacer nada, que ellos debían venir a mí sin pedirlo y no me di cuenta de que ya lo habían hecho,  en reiteradas ocasiones y yo no los había registrado; entonces me quise ir de este mundo,   no tuve el coraje para pedirles que regresaran y tampoco para decirles que los amaba, no me sentía capaz de seguir y dejé de cuidarme para que la muerte viniera a buscarme.

Solo espero que me recuerden, que me perdonen y piensen en mí  con ternura y compasión.

Alicia Schwindt (González Moreno, Buenos Aires)


2. LO QUE QUISE SER Y NO FUI

Yo sé que soy linda, mi cabello azabache, mi cuerpo exuberante, mis ojos grandes y oscuros.

Yo sé que soy atractiva porque todos los hombres me miran, me adulan y se tientan conmigo. Hasta alguno me roza cuando pasa cerca. No sé si me gusta, aunque no me avergüenzan sus piropos.

Yo sé que soy elegante, porque asisto a fiestas de familias de alto rango social y en ellas me halagan y reconocen.

Yo sé que mi título de maestra me permitirá alcanzar una posición superior a la de mi mamá,  ama de casa correntina, o mi padre, empleado e inmigrante. Fuimos los pobres de la familia materna. Me hicieron sentir siempre inferior durante la infancia y adolescencia: propietarios, dueños de empresas, profesionales prestigiosos, en sus lujosas fiestas de fin de año.

Yo sé que mis intereses culturales, sociales y, sobre todo, económicos serán el impulso para cumplir con mis ambiciones. Tal vez podré casarme con un profesional o con un amigo de fortuna.

Pero yo sé también lo que en verdad pasó.

El 20 de noviembre de 1947 me casé con vos, Raúl, el más querido y el único médico del colegio: nuestro profesor de Higiene y Puericultura. Me sentaba en la primera fila del aula de quinto año, para que me distinguieras entre todas mis compañeras y ceñía mi delantal al máximo para que te fijaras en mi cuerpo. Entre dibujo y dibujo en el pizarrón, me mirabas y yo te sostenía la miraba. Siempre fui algo tímida, pero no tanto a la hora de la conquista. Y lo logré, bailaste solo conmigo en la fiesta de egresadas. Las chicas estaban indignadas. Profesor, nosotras también queremos bailar con usted. No me abandonaste en toda la noche, fui la princesa de ese fin de año. Usted tiene anillo y me compromete, Dr. Pirán, es lo de menos, señorita Parodi, dijiste, como si ese anillo no significara nada. Y así fue, porque a los pocos días terminaste el compromiso con tu novia, la que te acompañó toda la carrera en la facultad; y nos pusimos de novios. Vos profesor, yo alumna; vos médico, yo maestra. El romance del año.

Cuando se abrieron las puertas de Santo Domingo, todo el Normal estaba presente y me vieron entrar radiante, con el velo nupcial que cubría mi rostro y el vestido magnífico de larga cola, regalado por mi tío después de largas conversaciones familiares. Una ceremonia fastuosa para mi posición, encabezada por un cortejo de seis parejas, especialmente elegidas entre los más distinguidos amigos. El esfuerzo económico y social tras la presentación oficial del Dr. Pirán a la familia política en la estancia de Goya había dado sus frutos. Significó también la posibilidad de quela fiesta de casamiento se realizara en el Salón del Centro Naval con cuatrocientos invitados. Había alcanzado mi sueño.

Diez años de diferencia no significarían nada. Me ibas a proteger y yo, convertida en la señora de Pirán, iba a obtener lo que siempre había deseado: una posición social y económica privilegiada. Con el agregado de que tu madre, me pudiera beneficiar con un cargo; la exótica viuda y profesora Estela Gómez Leanza de Pirán, poseedora de dos sueldos -uno de docente y otro de tu padre, capitán de navío-; a la que yo tanto admiraba por sus extravagancias como vivir en el Savoy Hotel o tener cocinera y chofer. Así fue que ella me ofreció horas de cátedra en el Nacional de varones. Pero no, ese fue el primer gran disgusto, no me dejaste ejercer; fuiste firme y determinante. Vos te dedicás a la casa y a nuestros hijos, querida, dictaminaste; después veremos si te sobra tiempo. Cuanta humillación sentí. Pero no tuve la valentía de oponerme a la exigencia planteada concierto rigor. Había que ser solo la señora del Dr. Pirán, no había otro papel para mí. Ese fue mi destino, cuidar de los dos retoños, primero Laura, y al año y medio, Diego, saludables y perfectos. Estaba condenada a ser esposa consagrada y madre ejemplar.

Decidí por esos años representar el rol asignado. Mis únicos permisos para escapar de casaeran participar en la Asociación Cooperadora del colegio de la nena y en la Asociación de ex Alumnas del Normal. Adiós a los deseos de contar con algún dinero de mi propia cosecha. En esos dos ámbitos desarrollé un simulado papel de maestra, exigiéndole, además, a la pobre Laura ser una alumna perfecta; y acompañando día a día con los deberes a Diego, polo opuesto a su hermana, al que ayudé a estudiar hasta que inició la facultad. Pero, sin embargo, y pese a mis denodados esfuerzos, nunca pude pertenecer al ambiente encumbrado del Colegio Champagnat, al que concurrió Diego; era demasiado para mí ante el nivel de familias como los Otero, los Bustamante o los Quiroga, a cuyos hijos apenas podía invitar a almorzar a casa para que luego jugaran con mi hijo. Quizás Diego tuviera mayores posibilidades en su futuro, con tamaña inversión en su educación.

Te acompañé siempre, Raúl, a los cócteles, el sanatorio, las conferencias y los conciertos. En cambio, no te importaban mis superficiales actividades sociales. No tenía salida alguna sin posibilidades económicas, se había frustrado mi carrera docente; entonces me recluí en una vida trivial de reuniones, salidas, fiestas, cocinar para los amigos y cuidar a los chicos. Las conversaciones con mis amigas se limitaban a los temas del colegio de los chicos, la moda o las habladurías cotidianas, que nada tenían que ver con tu mundo selecto de música clásica, alta literatura, presentaciones en congresos, discursos en asociaciones médicas y demás eventos a los que solo accedí como dama de compañía. Fue entonces cuando empecé a ocultarme tras el maquillaje y a salir de compras con Perlita. Coleccionaba porcelanas y otros adornos para el living, a la par que envidiaba a mi amiga porque las entradas de su esposo le permitían comprar más que yo. Me dejabas el dinero diario en la mesita de luz: ¿qué podía hacer yo con esos miserables veinte pesos, más que comprar la comida del día y guardar centavos, acumulándolos para alguna compra furtiva? Sin embargo, me las arreglé para, con esos mínimos ahorros, vestirme siempre bien y mantener mi statu quo en el colegio Normal. Me resigné en definitiva a un papel secundario. Pero además de todas esas disconformidades y degradaciones, hubo una humillación adicional: cuántas veces te esperé mortificada, tras la ventana del departamento de la calle Solís, cuando llegabas tarde, a sabiendas de tus engaños con alguna enfermera o secretaria del consultorio. Había decidido soportarlos estoicamente porque no me quedaba otro recurso, pero nunca te perdoné.

Siento profundamente la inutilidad de mis dones y valores: de nada ha valido ser bella y elegante; casarme con un profesional culto que, si bien no ha alcanzado éxito económico, es reconocido por su ilustración y capacidad; dedicarme a los hijos durante años y años y a mi sencillo pero adornado departamento alquilado. Soy la eterna maestra sin cargo y vos el universitario respetado; siempre mis hijos me superarán y mis amigas tendrán más dinero o la casa propia, ambición que nunca logramos.

No hay amor en común que supere la frustración de no haber sido lo que quise ser y no haber tenido lo que quise tener.

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Hoy, 15 de mayo de 1987, te diviso desde la antesala, de lejos, ni siquiera me acerco. Están todos, familiares, amigos, colegas, allegados. Los que siempre te admiraron, los que no me conocen. Durante todo el día se aproximan a mí solemnemente, con respeto y consideración. Los saludo uno por uno y converso animadamente con todos, aunque no los distinga. Luego pasan a la otra sala. No hay duda: yo soy la reina del velorio, con mi cabello rubio, mi cuerpo todavía sano, mis ojos siempre grandes y oscuros, arreglada, maquillada y vestida elegantemente como siempre. La viuda de Pirán.

 Alexis de la Fuente (Buenos Aires)

 

1. DESDE LA PERSPECTIVA DE MAMÁ

Estoy nublada… quiero decir, veo todo nublado delante de mí. Me tiemblan las piernas, y una energía oscura me empieza a subir por todo el cuerpo: me resisto profundamente. Mi alma me dice ¡No! Pero sé que voy a tener que hacer todo lo contrario. Me duró poco el gustito de la libertad, del riesgo que late en lo que está por venir… Casi ni pude acostumbrarme a decidir por mí misma, casi no disfruté de tener que amoldarme a los horarios y a las idas y venidas… casi… Todo esto es un destello fugaz en mi mente, hasta que logro enfocar la vista. Frente a mí está María, inmóvil. Me mira, a la vez que me pregunta sin decir nada, con una expresión desorbitada como la que debo tener yo ahora… Ella sabe, lo entendió todo. No la he visto llorar como a Delfina. Pero casi siempre está dando vueltas por la casa y nunca la encuentro cuando la llamo. Anda como un fantasma, como si buscara vaya a saber qué o a quién. Pero ahora, justo ahora, está frente a mí.

¿Qué voy a hacer? ¿A dónde me voy a esconder? Tengo atragantada la impotencia, la rabia. Todavía sigo escuchando lo que me cuentan, y el relato de lo qué pasó en la cancha de polo. Intento hilvanar esas frases deshilachadas, y no puedo. María me mira, sigue ahí parada, y su desconcierto me pesa en el estómago.

Rápidamente intento procesar lo que significa este accidente, uno de tantos por cierto, un amague más, intento de religarse con lo que se ha perdido, un intento de dar vuelta lo que cayó al vacío… Y dejo de pensar en mis piernas, en la pequeña libertad recién estrenada. María es María, y es Delfina, y es Mimy y es Gonza. En ella se resumen los cuatro. Los cuatro esperan, los cuatro necesitan una solución, una respuesta.

Quisiera echarme a llorar de impotencia, quisiera correr lejos, a otra historia, a otra ciudad, ser otra, empezar de vuelta, corregir mis errores, darme permiso para ser, pero María me reclama, no es ella, es lo que ella representa en sus ojos, en su pregunta ansiosa.

Doblo vertiginosamente y con rabia la tela de mi libertad y ya ni siquiera lo pienso. Lo sé, volveremos a empezar, haremos un nuevo intento.

- Está bien, digo con una voz sin sangre, - voy para allá.

Le doy un beso y un abrazo a María, le explico lo que ella ya adivinó y me voy al sanatorio en el auto. Ahí voy a poder llorar.

-Cuidá a tus hermanos mientras voy a ver a papá. No me voy a tardar mucho.

Paz Ibazeta (CABA)

 

 

 

2 comentarios:

  1. Divinamente relatado Paz. Cuánta delicadeza para expresar los sentimientos encontrados de tu mamá. Me emocionó mucho leerlo.

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  2. Muy bien por inaugurar los comentarios, Elaine!

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