40. CARTA A MIS HERMANOS
A ustedes, mis hermanos:
Escribirles esta carta no me resulta nada fácil, será porque nunca hablamos de cosas profundas o porque tengo miedo de desnudar mi alma, pero es un buen ejercicio para decir lo que uno suele callar.
Cuando pienso en ustedes, se entrecruzan infinitos sentimientos. Por un lado, el deseo de lo imposible, de volver el tiempo atrás y rescatar cosas buenas, porque me niego a creer que todo fue malo o no tan sincero. Por otro, poder hablar con los adultos de hoy que a veces se me hacen tan lejanos y extraños.
No voy a mendigar lo que no existe, no hay que correr detrás de la zanahoria, pero pienso que esa sangre que nos une tendría que ser un lazo de cariño. Ciertamente la familia no se elige, es lo que toca, con sus virtudes y defectos, sus uniones y desuniones, sus elecciones a veces mal tomadas y, por supuesto, con los malos entendidos de lo no dicho.
Ahora que ya el tiempo corre más rápido, me gustaría poder disfrutarlos, abrazarlos y sentir que ustedes me envuelven con sus abrazos. Alguien una vez me dijo que Galeano había escrito “El libro de los abrazos” para mí, porque si me preguntan qué necesito siempre siento lo mismo: un abrazo muy fuerte que me levante del dolor que a veces me dobla y no me deje caer, pero bueno, esas cosas no se piden, nacen de cada uno, o no.
En estos tiempos, cuando veo a mamá me siento enojada y, dada mi personalidad, también culpable porque no quiero sentir eso hacia ella, pero me surge porque creo que de esa raíz nace este árbol de seis ramas que están tan separadas una de otra,
Nunca hicieron nada por no hacerme sentir la oveja negra de la familia, eso lo padecí, pero una buena, hoy estoy orgullosa de serlo porque eso es lo que me distingue de ustedes, lo que me señala lo que no quiero ser.
En el grupo de whatsapp que tenemos, ya no participo, porque en él tratamos de ponernos de acuerdo en cuestiones sobre la vieja, y antes sobre papá. Dejé de dar mi parecer el día que me cansé de que cada una de mis opiniones fueran ninguneadas, sobre todo por vos, Alberto, y ver que luego me tuvieran que dar la razón por consejos de los médicos o por lo que iba aconteciendo. Como no soy tonta, decidí guardarme al silencio y dejar que los opinólogos que siempre tuvieron el don de la sabiduría, arreglasen las cosas; después los hechos mostraban quiénes se golpeaban la cabeza contra la pared, pero mientras tanto, el menosprecio hacia mis intervenciones dolía, así que dije basta y a otra cosa.
No voy a mentir si les digo que me encantaría estar escribiendo otras cosas, hablar de amor, complicidad y esas cuestiones que deberían existir entre hermanos.
Cuando los necesité, muy pocas veces me sentí acompañada, más bien me dejaron sola. Tal vez ustedes dos, Mirta y Graciela, estuvieron un poquito, y eso se lo agradezco, pero fueron apoyos muy dosificados, como quien los brinda con un gotero.
A vos, Nora, te entiendo, y más allá de que yo padecí muchas cosas porque los viejos me quitaban a mí para darle a vos, que eras la que más dificultades manifestaba y a mí me creían la fuerte y la que salía sola de los problemas, sé que pasaste por algo muy feo y no juzgo que te haya alejado de la familia, no lo hiciste del mejor modo, pero cada uno tiene sus elecciones.
Quien más dolor me causa sos vos, Diego, porque siempre fue¿iste mi niño del alma; tu indiferencia me quema. Sin embargo, no se puede forzar lo que no se siente, vos sabrás lo que te pasa.
Alberto, sos una historia que me hizo gastar un montón de sesiones de terapia, nunca voy a entenderte y ya no trato de hacerlo. Sos como un convidado de piedra en un entorno que creo que ante tus ojos, te queda chico.
En fin, tendría para decir millones de cosas, pero no quiero porque no voy a permitir que todo lo que pasa entre nosotros me siga lastimando, lo voy a guardar en un baúl y cerrar con mil candados. Pero sepan algo, a pesar de los pesares, aunque a veces me parezcan unos perfectos desconocidos, yo los quiero mucho y no deseo para ustedes otra cosa que la felicidad plena. Me encantaría saber que cada mañana se despiertan con una sonrisa y salen a vivir la vida de la mano de todo lo lindo que puedan querer, porque, en definitiva, son mis hermanos y nunca dejaran de serlo. Ahhh, otra cosa, nunca olviden que si alguna vez me necesitan siempre voy a estar, porque jamás les daría la espalda y porque en el fondo sé que los seis somos víctimas de una historia mal escrita.
Los quiero de corazón, aun a años luz de distancia.
Abrazo necesario para cada uno de ustedes.
Silvia Peralta (CABA)
39. DISTANCIA
No habían pasado muchos meses de la muerte de papá cuando Graciela sugirió un encuentro de los seis hermanos en un bar, aprovechando que ya se estaban levantando algunas restricciones impuestas por la pandemia.
La reunión era para reencontrarnos dado que ,
supuestamente , no estábamos todos juntos desde lo
que había pasado. Me puse a hacer memoria y caí en cuenta de que ni durante la
agonía ni la muerte de nuestro padre, habíamos estado todos juntos.
No sé qué expectativas tenía yo al respecto, pero cuando me senté a la mesa,
los miré a cada uno y no sabía qué decir.
Algunos empezaron a hablar de recuerdos de nuestra infancia, era evidente que la conversación no iba a girar en torno a nuestros padres.
Llegaron a nuestra memorias cosas lindas, llenas de nostalgia;,
yo las sentía muy lejanas, casi imperceptibles, afirmaba ante algunas preguntas
pero no podía hablar mucho, sentía una contradicción muy grande;,
por un lado veía que estaba sentada ante cinco desconocidos y por otro, me
atravesaba un deseo enorme de abrazarlos y de volver el tiempo atrás, a tiempos
de recuerdos lindos, algunos que habían revivido en esa charla y otros que
quería recuperar, algo así como despertar de una amnesia voluntaria.
Graciela siempre fue la más cercana, entonces hablar con ella no se me hacía difícil; Mirta con su timidez ingenua me causaba una ternura proteccionista, porque aunque ella es diez años mayor que yo, cada vez que tiene alguna duda o problema recurre a mí para hallar una solución. Nora siempre risueña, con una risa que tapa muchos dolores y distanciamientos, supongo que por eso se metió en una religión donde se supone que ningún problema es grave porque tiene a un Jehová que le va a dar el paraíso, que la llenó de hermanos de religión, pero la separó de sus hermanos de sangre.
Y los varones, los irrefutables dueños del saber, los que parecería que al
ser concebidos, habían recibidoeron
todos los dones mágicos para ser los regentes de esta familia que parecía una
fortaleza y terminó siendo un castillo de arena desmoronado por una tormenta
originada a través de los años por dos personas, mamá y papá.
Alberto siempre hablando con su discurso políticamente correcto, queriendo
traer recuerdos de cuando sí era mi hermano, cuando caminábamos por la calle y arrancábamos
flores para mi maestra o cuando se agarró a trompadas con unos chicos que
molestaban a su hermana más pequeña. Pero por más que esos recuerdos me hacían acordar
rememorar que entre nosotros
existieron tiempos buenos, mirarlo era como me pasa ahora, mirar a un
desconocido con el cual tengo algún trato ocasional y obligatorio.
Diego, él es otro tema, también se convirtió en un ser más lejano por las distancias impuestas por él y su mujer, pero mi amor hacia él lo perdona todo, más allá que a veces me gustaría sacudirlo de los hombros y decirle que reaccione, que aquí estoy, esperando recuperar a mi hermano del alma y para hacerlo entrar en razón de que la familia se desmoronó cuando tuvimos que cederle la casa. Más allá de ser un deseo de mis padres, ese hecho nos distanció a todos, a partir de ahí se empezaron a terminar las mesas largas de los domingos y los juegos de mesa interminables entre nosotros y nuestros hijos en cada encuentro en casa de los viejos.
Él no es culpable de lo que pasó, pero sí es culpable de hacernos sentir que ya no entrábamos a la casa de nuestra infancia, a la casa de nuestros padres, empezamos a sentirnos ajenos y ellos se encargaron de mostrar que nuestra presencia era molesta.
En fin, pasó mucha agua bajo el puente, el día del encuentro, yo me volví
con un sabor agridulce en la boca, por el pasado y por el presente, por darme
cuenta de cuánto habíamos perdido.,
Ees
sabido que ante el tiempo todos perdemos, pero si los lazos son fuertes,
podemos ganarle un poco la pulseada. Cuando llegué a casa, me hice mil
preguntas, porque yo no pude hablar ni explicar qué era lo que buscaba, tal vez
ni lo sabía. Indiscutiblemente había sido una charla de bar que no había dejado
nada cercano a la esperanza, a la esperanza de volver a tenerlos en mi vida, o
mejor dicho de empezar a tenerlos en ella.
Silvia Peralta (CABA)
38. RECUERDOS AMBIGUOS
Somos seis hermanos, como con todo en la vida, con algunos hay más uniones y desencuentros que con otros y el tiempo se encargó de agudizar estas cuestiones.
La adolescencia tal vez tendría que haber sido una etapa en la que la complicidad y las confidencias estuviesen más a flor de piel, pero en mi caso no lo fue, ni en ese momento ni ahora.
Mis tres hermanas mujeres y yo, compartíamos pocas cosas, no recuerdo charlas profundas ni confidencias íntimas, creo que todo se trataba “de eso no se habla”. Yo estaba más apegada a Graciela, la segunda de la familia, pero era por una cuestión de tal vez sentirme más protegida ante su seguridad, a pesar de que no le contaba nada de mi vida; ella se casó muy jovencita y yo lloré mucho ante su partida de casa.
El mayor de mis hermanos varones, Alberto, era el sucesor del cetro familiar. Él siempre fue considerado el dueño de la palabra justa y las decisiones correctas. Me acerqué a él y empecé a contarle un poco mis cosas, a ir a buscarlo al trabajo para tomar un café. Me hacía bien, hablábamos de cualquier cosa, pero ese era mi momento con alguien de la familia, No sé por qué, con el tiempo Alberto se fue alejando y hoy es casi un desconocido, nos hablamos muy poco y perdimos ese vínculo que nos unía.
El más importante para mí, sin lugar a dudas, fue Diego, mi hermano menor. Nos llevamos once años y yo actué un poco como mamá y otro como hermana.
El día que comencé a trabajar le dije a él que todo lo que yo ganase sería para los dos, y metódicamente, al cobrar cada sueldo, lo primero que hacía era ir a comprar un juguete para mi pequeño gran tesoro.
Por él yo soportaba quedarme en casa, jugábamos, salíamos a pasear, le leía por las noches y sentía que mi mundo era feliz en el entorno de dos personas, él y mi abuela.
No es fácil escribir sobre mi adolescencia, es una etapa que dentro del entorno familiar, está medio desdibujada, creo que fue una opción de resistencia.
Mis otras dos hermanas, Mirta y Nora, tuvieron su papel en mi vida desde distintos aspectos. Mirta, la mayor, era muy apocada de carácter, pero tenía cuestiones que yo siempre desaprobé en la gente, era egoísta y su egoísmo me llevaba a tener más de un problema con mis viejos ya que si yo le usaba alguna de sus ropas o maquillajes, ella se enojaba y ahí venía el castigo.
Nora es otro tema, es tres años mayor que yo, por lo tanto compartimos amigos del barrio y algunas salidas, pero ella se metía en algunos problemas propios de la adolescencia rebelde. En casa se armaban caos insostenibles, pero luego la amparaban porque decían que ella era proclive a meterse en dificultades; si yo reclamaba atención y echaba en cara que siempre estuviesen detrás de ella, me contestaban que yo no llevaba dramas y que si los tenía, salía sola de ellos. Este tema me costó caro. a A mis dieciocho años, un tío me quiso llevar a vivir por un tiempo con él y su familia a Nueva York pero mis padres le pidieron que llevasen a Nora, que a ella le vendría mejor, y allí marchó ella.
Por eso, todo lo bueno que puedo escribir acerca de mis hermanos durante mi adolescencia, tiene un nombre, Diego. Mi chiquito hermoso que me llenaba de amor, que siendo bebé me sirvió de escudo para zafar de situaciones horrorosas, el que lloraba si yo me iba porque quería estar conmigo. Tal vez ese sea el recuerdo más fuerte y cercano a lo que se llama amor que puedo tener de una adolescencia marcada al día de hoy por los baches del olvido.
Silvia Peralta (CABA)
| 37. HIJA ÚNICA |
Cuando era chica tenía muchas ganas de tener un hermano, como ya saben, hasta a los Reyes Magos se lo pedía. En un par de ocasiones mi mamá me hizo el comentario de que podía estar embarazada y yo estaba re ilusionada, cosa que con el correr de los días mis momentitos de “felicidad“ se esfumaban.
Cuando nací, ella había tenido muchos problemas para tenerme y yo tuve que estar en incubadora varios días por mala praxis, corrimos peligro de vida ambas y no quedo bien, por eso la dificultad que tuvo luego para quedar embarazada nuevamente.
Me hubiera gustado tener uno mayor, pero si hubiera sido menor también habría estado bueno, para compartir, para jugar, para tener un compañero, un apoyo.
Gra (CABA)
36. ROMPIENDO ESTRUCTURAS
Solían decirme que llegué a la familia para romper estructuras, muchas veces no entendí a que se referían. ¿Qué estructuras hay acá? Los veía a ustedes seis y los sentía libres, no creía que fuera de otra manera, yo aprendía de esas libertades. Pasaron los años y en mi adolescencia los vi criticarme, querer restringirme; ahí entendí las estructuras, eran diferentes hasta entre ustedes, pero no podían aceptar cuando la libertad del otro superaba la propia. Nos criticamos, pero no nos limitamos. Por más terror que nos dé el paso que alguno vaya a tomar, confiamos en su intuición y deseamos su bienestar. A hoy todo es evidente: Vine a romper las estructuras, esas que nunca sentí tener. Recuerdo cada reto, cada enojo por mis actos. ¿Por qué tanto? Lo entiendo como una mesa redonda donde estamos los siete, no hablamos, pero nos criticamos o nos sentimos criticados con las miradas del resto. Siento que dos me miran con amor y confianza, uno con la chispa de eternos compinches, otros dos con envidia y enojo, el último, el último no me mira, no se anima, pero sé que no miraría a ninguno. A veces sueño que me hablan, que me apoyan o retan, que se animan a encararme sin ningún rodeo. Me dicen que mis comentarios los hacen sentir incómodos o heridos, que mi mirada les da energía y felicidad, que mi forma de caminar por la vida los inspira o exaspera. Me charlan, me charlan de estabilidad y títulos... No saben qué hacer ante mi negativa de tenerlos, o me abrazan por la valentía de enfrentar una vida así. Son raros ustedes, hermanos. Los que apoyan no tienen pudor de demostrar su amor y admiración, y los que rechazan mi andar no dejan de expresar la envidia de no tener valor. Nos miramos diferente, yo no juzgo sus decisiones, los acompaño. Algunos hacen un juicio por necesidad de expresar que, si no tuvieron la libertad en su momento de hacer lo que yo, yo no lo merezco a hoy. No me caben dudas de que en su interior desperté rebeldía, las ganas de no callar más lo que duele, lo que dolió. Ganas de cumplir un sueño, una meta, destruir un miedo, vivir más livianos. Sé que vine a explotar estructuras, sé que mi explosión a veces los aturde, que los hace sentir débiles e inestables, que me querrían borrar de a ratitos del lazo familiar que nos une y sentir que lo que hago no les afecta, que dicho sea de paso es verdad no lo hace, pero saca a la luz las represiones con las que crecieron, los modelos impuestos que se creyeron y los valores que les obligaron a cumplir. Algún día espero escuchar de sus bocas la aceptación de que la envidia entre hermanos existe para enseñar y no para destruir. Que cada critica o pelea que tuvimos fue por que necesitaban entrar en mi terquedad y hacerme dar cuenta del miedo que tenían por mí, porque me quieren. Que a veces las peleas son por aburrimiento, por fastidio o por confianza, porque bien saben que el perdón es la base de nuestra relación. Disculparnos la distancia que decidimos ponernos a veces, para hacer más sano este vínculo. Disculpar no saber acompañar en ciertos momentos, no coincidir en otros y no entender las señales desesperadas que a veces nos damos por vergüenza a pedir ayuda. Hermanos, somos todo lo que nos queda de fidelidad en un mundo que da para desconfiar, no dejemos que los egos y los malos tragos nos alejen en este camino arduo.
Mara (CABA)
35. RECUERDO DE MI HERMANA
Hoy quiero recordarte así, (de repente y de golpe)y se aparecieron de golpe todas las imágenes. Tanto, tanto para recordar toda una vida juntas.
En la cocina pintada de rosa con azulejos celestes comíamos con mamá y papá, aunque era tan chica que casi no cabíamos. Los primeros días del mes comíamos (fijate si encontrás como reemplazar este comíamos repetido) jamón crudo, me parece ver como te reías, Llevando cada rebanada a la boca decías: “mmm, que recién(recién?), estoy comiendo monja”, porque sabías que a mi no me gustaba.
Cuando me contabas la anécdota de la muñeca de goma a la que le dabas de comer y guardabas en el ropero hasta que mamá empezó a sentir un olor muy feo, investigó y se dio cuenta de que le dabas de comer de verdad, la tuvo que tirar y lloraste tanto cuando la tía Amparo, la soltera de la familia, vivía en casa y venía de ir a bailar los sábados a la noche y vos ya dormida en tu sofá te sentabas y le seguías la conversación atenta hasta que ,mamá le explicó a la tía que no te hablara porque eras sonámbula.
Hablando de Totín, el chico más alto y más flaco del barrio que te gustaba tanto.
volviendo del normal por la vereda del sol con Chorbajian y Alarcón, así por el apellido las nombraba mamá, con tu saco azul de paño que habías heredado de Haydeé.
La casa de la modista con cinco ventanas donde te probaban el vestido de novia y tu cara de ilusión.
Cuando me odiaste el día del casamiento, porque mamá llevó al zapatero remendón los únicos zapatos que yo tenía para ponerme y al dárselos envueltos en papel de diario los guardó en el horno de la cocina que ya no funcionaba, yo lloraba porque no tenía zapatos y vos porque decías que no te ibas a poder casar por mi culpa.
Ya grandes, en las fiestas, le hacías exclusivamente a Mariana la ensalada rusa , que la empezó a comer por vos.
Nos reíamos tanto, cuando nos íbamos de tu casa y nos dabas la plata para el remis, y como yo no te la quería aceptar, me seguías y la guardabas en mi cartera o en mi corpiño, pero siempre te salías con la tuya. ¡Eras tan generosa!
Tu perdición cuando venias a casa eran las tostaditas de Delicity, podías llegar a comer la bolsita y le dabas a mi perra de ese entonces, sandwichitos de miga enteros por debajo de la mesa.
Acunabas a tus nietas, las melli, y le contabas a Milena, la mayor, el cuento de tu propia invención “del perrito viejo”os habías inventado como mamá nos había inventado el cuento de las foquitas. A mi me producía ternura ver cuánto las querías.
Por eso hoy no hay tristezas, te recuerdo con una sonrisa de ojos vidriosos y a vos riéndote a carcajadas con las ocurrencias con que yo después de escucharte contar algo, les daba un cierre.
Florencia Zaldívar (CABA)
34. UN LUGAR VACÍO
Me resulta difícil, contar una anécdota compartida con mi hermana.
Es tan complicado recordar momentos juntas. Los años de diferencia son muchos. Todo lo bueno que hoy viene a mi mente tiene que ver con plazas, la calesita a donde me llevaban cuando yo tenía seis años y ella dieciséis, recuerdo el color violeta de los jacarandaes en flor. Cuando íbamos a la casa de la Coca, su amiga, que vivía al lado. Recuerdo pasar tardes enteras en un hermoso cuartito donde Coca cosía, el tejido y la costura eran lo suyo, hacía obras de arte con las manos.
Me parece estar viendo el costurero de mimbre con tela rosa a cuadros y puntillas, la radio de madera, las cortinas también a cuadros con agarraderas y la mesa con hule que hacían juego, las sillas de paja y un banco más bajito pintado con ositos que me daban a mi y me encantaba. Tomábamos “la leche” porque en esa época casi nadie que yo conociera hablaba de merienda. Cómo disfrutaba yo de esas tardes, mi hermana y ella hablaban de “sus cosas”, chicos, novios, amigas en común, vecinas, cumples de quince y maquillaje.
Yo escuchaba, pero estaba en mi mundo, soñaba que ese cuartito era una cabaña en la montaña, era de madera pintada de verde y tenía todos esos detalles: cortinas, con agarraderas, mimbre, sillas de paja. Y siempre hacía calor en invierno, con una hermosa estufa. En esa casa Coca me hizo los dos pijamas de friza que me acompañaron toda la infancia, uno rosa y uno celeste, los dos ¡con ositos! y voladitos.
Esos fueron momentos hermosos para mí, y estos recuerdos junto a cuando íbamos a la biblioteca del barrio que aún existe, la famosa Sociedad Luz de Barracas, o a misa en Santa Lucia, forman parte de mi feliz infancia.
También los recuerdos tristes están asomando para llenarme los ojos de lágrimas, pero esos prefiero guardarlos para otro relato. Solo hoy, los lindos, los que van en recuerdo de mi hermana. En unos días hará dos años que se fue a dormir y ya no despertó, dejando un lugar vacío que nunca nadie va a poder ocupar.
Florencia Zaldívar (CABA)
33. SUEÑO
Me cuesta mucho escribir y me costó toda la semana. El martes 15 hicieron dos años que mi hermana murió y el jueves, diecisiete años de mamá . . .
¡Qué cosa!, siempre tan ligadas la una con la otra.
¡Eran tan parecidas!
Ahora cuando me siento frente al cuaderno, me aparece este recuerdo, es mágico lo que produce la hoja de papel en blanco.
Ese día del niño, el último en el que te vi en tu casa, ya no te noté bien. Estabas inapetente, decaída, demacrada, no eras la de siempre pero pero me contaste un sueño que habías tenido con la magia que me los contabas siempre.
Sentada en el sillón me dijiste Yo estaba asomada a mi ventana, era una hermosa noche de primavera, corría una brisa fresca, había muchas estrellas y estaba la luna. Oía la voz de Aldo, que me invitaba a dar una vuelta y yo quería irme porque iba a estar con él caminando y aprovechando esa linda noche.Pero también escuchaba la voz de mamá que me decía “no vayas”. Terminaste tu relato y te quedaste pensativa, esperando mi respuesta que no llegó.
La extraña sensación con que ese día me fui de tu casa, me recuerda con un escalofrío que pensé que era el último día que te vería.
Florencia Zaldívar (CABA)
32. HERMANOS
Cuando mi hermano Dani y yo éramos muy chiquitos mi mamá le dijo a la Tía Tita: Tía, pobrecita Alejandra, no va a tener sobrinos, a lo que ella contesta: ¡Ay!, ¡por favor!, ¡a lo mejor tu hija se casa con alguien que tenga diez hermanos! Bueno, me casé con un hombre que tiene un solo hermano que tuvo una hija con la que no tengo relación.
Por aquella época mis padres se habían alejado de nuestra familia paterna: eran siete hermanos bondadosos, trabajadores y muy cariñosos, teníamos como veinticuatro primos y no sé cuántos primos segundos, nunca se supo muy bien por qué se distanciaron, si por vergüenza o por la necesidad de demostrar que ellos lo podían todo solos. De grande me di cuenta de la hermosa familia que teníamos y que no pudimos disfrutar.
En mi adolescencia mi mamá empezó a contarme secretos familiares, me justificó el motivo del alejamiento, me dio una versión confusa y yo no entendía muy bien, ella repetía siempre que la familia no aceptaba a Dani. Pero después me fui dando cuenta de cuántas cosas me habían privado por sus prejuicios y egoísmo porque cuando los veíamos en algún velorio o los encontrábamos en la calle, la mayoría de ellos estaba al tanto de nuestras vidas y eran muy amorosos con nosotros.
Yo tendría veinte años cuando mi mamá me contó el secreto más grande de su vida: se había hecho un aborto. Había sido unos meses después de mi nacimiento y sus palabras fueron: No podía tener otro hijo, vos eras una bebé y Dani todavía no caminaba bien. En el momento en que me lo contó asentí con la cabeza y dije: Lógico, cómo ibas a hacer. Pero con el correr del tiempo la bronca y la impotencia se apoderaron de mí, llevé por años una rabia contenida de la que no pude desprenderme. ¡Ella me había privado de otro hermano o hermana! ¡Fue tan egoísta!, sentí por mucho tiempo que podía haber compartido con otra persona. a mi hermano discapacitado Me imaginaba una y otra vez cómo podía haber sido él o ella, cómo se hubiera llamado o cómo hubiera sido físicamente. No podía perdonarla.
Dani fue para mí un tormento durante bastante tiempo porque no me sentía capaz de poder cuidarlo cuando envejeciéramos. Mis padres me habían desvalorizado tanto en todos los aspectos de mi vida que todo lo relacionado con mi hermano estaba reprobado para mí.
Con el tiempo fui comprendiendo por qué no quisieron tener aquel hijo. De grande me sentí más segura con respecto a Dani, fui incorporándolo a mi vida de adulta y hoy sé que no es una “mochila pesada”, es un ser al que puedo proteger y contener, alguien con quien compartir los recuerdos más remotos e íntimos, que solo él y yo conocemos.
Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)
31. SORPRESAS DEL DESTINO
Mi amigo Diego de la secundaria, era un chico muy acomplejado, había sido gordo toda su infancia y a los catorce años le detectaron diabetes, entonces adelgazó y se convirtió en un muchacho flaco y alto. Encontraba en todos nuestros compañeros, incluida yo, los defectos más destacados, los recalcaba una y otra vez y todo lo que fuera diferente era motivo de burla, pero era el pibe más divertido y comprador de todos.
Tendríamos quince años cuando nos hicimos muy amigos y con algunas chicas y chicos íbamos a todos lados juntos, incluso ellos arreglaban para venir a mi casa, cosa que me hacía sentir halagada y querida y porque, además, eran los “populares” de la clase. Pero había algo que me impedía disfrutar de esas visitas: mi hermano. A veces decía que no, otras veces me encontraba con ellos en la esquina o simplemente, algún que otro domingo, los recibía en el parque inventando que mi familia dormía la siesta porque, en realidad, me daba vergüenza mostrarlo. Siempre oculté y separé a mi hermano de mis compañeros de colegio. Nunca hablé de él y nadie me preguntaba. Inocentemente pensaba que nadie sabía de su existencia.
Por suerte mi papá estaba en otra y nunca iba a mi colegio y creo que mi mamá, en el fondo, sabía lo que yo sentía porque a ella le pasaba lo mismo. Era una tortura preparar salidas y reuniones, recuerdo que siempre le daba vueltas y vueltas a la situación y me las arreglaba para que mi hermano nunca se cruzara con mis amigos…-que ni se le ocurriera acompañarlo a mi papá en el auto o saliera a saludar-. Mi culpa era enorme. Me sentía una porquería porque él era el ser más amable y amigable del mundo y le encantaba que viniera gente a casa. No festejé los quince por vergüenza. Pero cuando llegaron mis dieciocho hice dos fiestas: una para la gente que lo conocía y otra para mis amigos del colegio. Recuerdo que le supliqué a mis padres que no estuvieran esa noche y que Dani se fuera a lo de mi abuela. Con el tiempo, y no muy lejano de la secundaria, se me fue pasando y superé ese tormento y me perdoné por lo que había sentido.
A mi amigo Diego no lo vi más y unos años más tarde, mirá vos esas cuestiones del destino, me enteré de que tuvo un hijo con Síndrome de Down. Cuando volvimos a contactarnos no pude hablar del tema con él.
Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)
30. DOS MUJERES
ADOLESCENTES EN CASA
- ¿Qué te vas a poner?
- No sé…, no tengo ropa. ¿Me prestás tu pollera larga?, ¿ la vas a usar?
- Dale. ¿Vos me prestás el sweater negro?
Otro viernes más que el cuarto queda revuelto, lleno de ropa por todos lados, maquillajes, perfumes. Si coincidimos en el horario de regreso, charlas en susurro para que los demás no se despierten en plena madrugada. Secretos, aunque no los más íntimos. Como toda hermana mayor sos buena dando consejos.
El sábado nos queda el trabajo de acomodar todo para volver a salir. Otra vez compartir ropa, maquillajes, experiencias y risas.
- Ponete esto que te va a quedar re bien. ¡Vení que te maquillo!
- ¡Pero no mucho!
- ¡Dale! ¡Quedás re linda! ¡Confiá en mí!
Y yo confío y quedo contenta con el resultado.
En la semana la dinámica es muy distinta. Nos apuramos para despertarnos antes de que papá venga con sus gritos de “¡Vamos es tarde! ¡Salgan de la cama!”. Disfrutamos “ganarle” y sorprenderlo. El desayuno es a contra reloj.
- Faltan tres minutos, ¡apurate!
- ¿Me sacás mi tupper de la heladera?
- Vamos son 7 y 25
Subimos a las bicis y hacemos el recorrido buscando a nuestras compañeras bici-voladoras.
- ¿Hoy tienen prueba con Titi?, ¿estudiaste?
- Si, más o menos pero me quiere a mí.
A la tarde repetimos una charla parecida. Más secretos. Más risas. Más compartir.
Y otra vez viernes a la tarde. Y otra vez ropa que va y viene. Y otra vez charlas. Y otra vez risas.
Paula (Martínez, Buenos Aires)
29.¿ALGUIEN ME JUEGA A ALGO?
- Canto ventana.
- Canto la otra ventana.
- ¡No quiero ir al medio!- gritaba el que no había salido corriendo de casa.
- Te toca, no cantaste- respondía alguno de los ganadores de los asientos privilegiados del auto.
Así arrancaban los viajes. Lejos o cerca, siempre había que “cantar” el lugar. Ir a Cariló no era fácil. Ya en el Obelisco alguno gritaba:
- ¿Falta mucho?
- Veinte minutos menos que antes- respondía papá.
- ¡Tengo hambre!, ¿cuándo vamos a parar?
Muchas de las preguntas repetitivas no eran respondidas. Salir a las 6 de la mañana parecía ser la mejor opción. Cerca de La Plata todos dormían. Papá y yo éramos los únicos despiertos. El cassette de María Marta Serra Lima era un clásico. Se terminaba y volvía a arrancar. Había que esperar que algunos despertaran para poder hacer la primera parada para desayunar.
Otra vez al auto y otra vez correr y “cantar” el lugar. Discusiones y siempre uno tenía que ir al medio.
- ¿Jugamos a algo?, ¿veo- veo?
- ¡Dale!, pero no vale decir cosas de afuera.
- ¡Negro!- decía uno.
- ¡Es difícil! ¡Todo es negro! ¿La manija para abrir la ventana?
- No.
- ¿La alfombra?
- No.
Al rato alguno proponía otro juego.
- ¿Jugamos a “Ni sí, ni no, ni blanco ni negro”?
- Podría ser.
- ¡Dale!
- ¿Empezás?
- ¡Sí!
- ¡Perdiste!
- ¡No, no vale!
- ¡Sí, vale!
- ¡No juego más!
- ¡Yo tampoco!
- ¡Dale! ¿Nadie juega?
- ¿Cuánto falta?, ¡quiero llegar!
- ¡Correte!, este es mi lugar.
- ¿Dónde vamos a almorzar?
- ¿Quién quiere jugar a algo?
Segunda parada. Había que ir al baño y estirar las piernas. Una vueltita. Algún otro juego y almuerzo. Al terminar otra vez “cantar” el lugar, un clásico. Así lentamente íbamos llegando. Más discusiones, más risas, más feos olores, enojos, empujones, risas, juegos y ¡casa a la vista!
Paula (Martínez, Buenos Aires)
Si estoy viviendo una situación difícil y necesito
ayuda, no dudo en llamarte y sé que no tardarás ni un minuto en empezar a
ayudarme. Sos ese hermano que está al 100% en los momentos más difíciles, pero
después volvés a tu mundo. No me queda claro si es una elección o un mecanismo
de defensa. Ojalá vos lo sepas. Te quiero así, tal cual sos, pero te extraño en
tanta lejanía.
Me gusta tu manera de ver la vida. Siempre fuiste el
“rebelde” de la familia, de chica muchas veces fantaseé con imitarte pero no me
animaba. De grande me sentí identificada cuando me salí del camino marcado y me
divorcié. En ese momento viví lo que es estar fuera de lo estipulado. Nos hemos
cruzado en algún boliche unas de esas noches de descontrol que otros miembros
de la familia jamás entenderían (claramente mucho más descontrolada tu noche
que la mía).
En dos momentos de nuestra vida de adultos fuimos
vecinos. ¡Qué tranquilidad y seguridad teníamos, mis hijos y yo, al saber que
vos estabas a metros! Tuve el honor de ser la primera de la familia en conocer
a Mechi.
Te vi destruido cuando mamá murió pero a pesar de eso
estuviste en todos los detalles, cuidando a cada uno de nosotros. Días después
te conté las tantas y tantas veces que mamá te había defendido en tus
ausencias, en tus decisiones “locas”. Nuestra broma de “Diego dijo” va a quedar
por siempre. “Si Diego dijo, así será”.
Recuerdo cuando eras muy chiquito, tendrías un mes de
vida. Era el día de mi acto de fin de año de sala de tres. Yo era La Pantera
Rosa. Practiqué la forma en que debía caminar por el escenario. Lo hacía
perfecto. Mi trajecito era perfecto. Yo estaba ansiosa. No veía el momento de
actuar. ¿Y qué paso? ¡Tuviste que comer justo
a esa hora! Seguramente en cuanto terminaste de tomar el pecho, salimos
corriendo al acto pero… era tarde, mi escena ya había pasado. ¡Qué desilusión
enorme! Desde ese día entendí que en casa las cosas se iban a hacer como y
cuando vos lo decidieras. Si de chiquita, algo me gustaba era ir a comer afuera
en familia. Cuando lo pedía la respuesta de mamá era: “Le voy a preguntar a
Diego”. Odiaba tener que escucharte decir: “No, me da fiaca”.
Disfrutaba mucho cuando querías jugar conmigo. Por
suerte existió ese Jeep amarillo y el novio de las Barbie. Nos divertíamos con
eso siempre y cuando nadie se enterara. De lo contrario tu juego eran las espadas,
pistolas y guaridas. Muy masculino para una nena que le gustaban las muñecas
con ropa rosa.
Me llevó mucho tiempo adaptarme a ser la hermana del
medio, la figurita repetida, y que el único varón tuviera una personalidad tan
fuerte y definida. Hoy agradezco tenerte y haberme permitido disfrutar de tus
travesuras desde la seguridad de lo estipulado, desde donde las cosas se hacen
como se deben hacer. Tal vez, en algún momento, me anime a seguir tus pasos con
tu firmeza y seguridad. ¡Te quiero infinitamente!
Paula (Martínez, Buenos Aires)
27. HERMANOS Y
LECTURAS
María y Julián era la dupla de los más chicos. La pelirroja y el lector. Casi cinco años de diferencia, pero la distancia se esfumaba en el compartir. Yo, la más grande, lejos de ellos, pero con ellos al lado. Me divertían.
María era la nena entre algodones, o entre aquello que cada uno pudo poner para suavizar sus días. La que mamá arropó con un amor que se mostró hasta con el cuerpo. La que embelesaba a papá. A todos en realidad. Era la pieza de porcelana que todos cuidábamos. Me encantaba verla, tan bonita, con ese pelo rojizo, igual que mi hermano Mario; siempre me gustaron las personas pelirrojas, hasta tuve un novio que lo era, el de mi adolescencia.
Yo compartía con ella paseos; orgullosa de mi hermana, la llevaba en el carrito, la ayudaba en los deberes, a quedar linda para ir a los cumpleaños, disfrutábamos los veranos de playa, las idas al campo y los juegos.
Julián era el lector. El de imágenes primero y el de letras más tarde. Nada le atraía más que un libro, una revista, cualquier cosa que estuviera escrita. Hasta recuerdo haberlo visto leer completo el menú de un restaurante, alguna vez que el presupuesto dio para ello. El kiosco de la vuelta, esa misma que tomaba papá para encontrarse en el bar de los mediodías, lo esperaba siempre con las últimas novedades, y también con el reclamo cuando se excedía en leer rápidamente alguna cosa que sabía no podía comprar. Recuerdo que una vez cambió por revistas la pelota de fútbol que le habían regalado para un cumpleaños, bajo la mirada asombrada de sus hermanos, que no lograron hacerlo desistir de la idea. Perdían ellos con ese cambio.
María también se sumaba a la lectura. Especialmente de revistas. Había una que compraron por años, y que entre comics, cuentos y otras historias, traía la sección Correo de lectores. Se llamaba Spirou ardilla. Comenzaron a escribirse con una hermana y un hermano de España, Antonia y Claudio.
Era una ceremonia ir al correo a despachar las cartas y una fiesta cada vez que llegaba alguna desde tan lejos. Fue el inicio de una amistad que, sobre palabras, construyó el camino que los llevó a que un día se conocieran. Y aún se escriben.
Es algo que recuerdo con alegría, porque a mi también me gustaba leer, y pensaba que, en esa historia, tenía algo de partícipe. Y a papá, que siempre insistía con la lectura, y no se cansaba de decirnos que la mejor herencia que podía dejarnos era la educación.
Fuimos creciendo. Hoy nos miramos, con la historia que atravesamos todos, y la forma que tomó en cada uno. Se nombra en retazos, en anécdotas, en miradas, en la convicción de saber que estamos, siempre estamos, y en el hilo que nos une, invisible pero presente, que nos dejaron mamá y papá.
Alejandra Martínez (Coronel Pringles, Buenos Aires)
26. QUÉ SON MIS HERMANOS PARA MÍ
En la lista de hermanos somos dos mujeres y tres varones. Y en la lista de lo que ellos son para mí, estas son algunas cosas:
-El ruido de una familia numerosa.
-Siempre tener alguien con quien jugar.
-La choza de troncos y ramas en el monte.
-Discutir por dormir en la cama grande cuando papá no estaba.
-El regalo de dormir en ella cuando se estaba enfermo (aunque papá
estuviera).
-La ropa heredada de uno a otro y las fotos que lo comprueban.
-La siesta de juegos en las veredas.
-Las peleas de chicos.
-El correr asustados a avisar a mamá que uno se había lastimado.
-Hacer equilibrio caminando por el paredón.
-Discutir a quién le tocaba hacer el mandado.
-Salir juntos para la escuela.
-Saber que alguno siempre te iba a defender.
-Sentir que nos cuidábamos.
-Ver cómo hemos crecido juntos.
-Buscar reunirnos los veranos.
-La alegría del encuentro.
-Palabras ya dichas y otras que esperan.
-Mamá y papá en nosotros.
-Los recuerdos de la vida compartida.
-Las marcas de los dolores comunes.
-Ojos que miran franco.
-Hijos que nos trascienden.
Alejandra Martínez (Coronel Pringles, Buenos Aires)
25. LA PASTILLITA DEL BUEN HUMOR
La pastillita del buen humor. Eso era lo que tenía que tomar, según decían papá y mis hermanos Mario y Mariano cuando aunaban esfuerzos y lograban hacerme enojar. O sea, primero encontraban con qué molestarme, que supongo no sería difícil en mi ser adolescente, para luego armar el equipo, jorobarme, y encima endilgarme mi falta de humor.
Solía ocurrir
cuando nos sentábamos a comer.
Aún me viene al
cuerpo el resabio del casi odio que me daba, que quería tenerles, que me decía
que no tenía que olvidar después, como si nada hubiera pasado. Debía “cortarles
el rostro”, porque no me importaban.
Como si fuera
poco, le tenía que sumar el enojo conmigo misma. Demostraban su ingenio para
armar relatos cómicos que me implicaban, parecían guionistas de chistes,
incluso a veces hasta a mi me hacían gracia (pero lo ocultaba, por supuesto).
Esto no hacía más que poner en evidencia mi casi nulo ingenio; por más que
pensaba y pensaba, de mi boca no salía ningún ocurrente retruque que superara
sus dichos.
Aún hoy aparece
por ahí el “te faltó tomar la pastillita del buen humor”, y nos reímos juntos.
María y Julián
se llevan cuatro años. Pero siempre andaban juntos. Eran “los chiquitos”. Pese
a que Julián es exactamente un año menor que Mariano, éste no contaba como
parte de ese grupo. Iba para “los grandes”.
Los chiquitos
eran los que me rondaban.
Cierto día, en
Necochea, yo adolescente, había quedado en encontrarme con un chico en la 83,
la peatonal. El de los ojos más lindos que vi.
Se aproximaba el
verano, la peatonal ya estaba vestida para inaugurar la temporada, confiterías
y negocios abiertos, hileras de mesas y sillas en las veredas. Todo se veía de
estreno.
Fui hasta allí
algo nerviosa, era una cita, un chico lindo con una manera de ser que me
atraía. Yo no era muy charleta como para sentir que la conversación fluiría
fácilmente desde mi parte, e intuía que él tampoco.
Ahí nos
encontramos los dos, algo inquietos. Habiendo ya superado los primeros momentos
de charla sobre cosas insignificantes que ayudaban a aliviar la tensión, todo
parecía ir bien.
Desde una
vereda, mirábamos hacia la otra, me daba un recreo cuando algo de vergüenza
aparecía.
En ese mirar
hacia el frente, de pronto me pareció ver algo que asomaba detrás de una mesa,
y que se escondía rápidamente cada vez que yo miraba. Al principio no me di
cuenta, pero en pocos instantes, entre los huecos que dejaban las patas de las
sillas, divisé colores que no eran de esos muebles, y cuerpitos que se movían,
pero no sus caras. Ya no podía prestar atención al motivo de mi cita.
Hasta que en un
descuido, al ras de la mesa alcancé a ver parte de una cabeza colorada que conocía
muy bien. Entonces me di cuenta, eran mis hermanitos.
Intenté ocultar
la sorpresa, pero empecé a ver tan graciosa la situación, que mi risa no tardó
en estallar. Mi chico de la cita me preguntó si era porque estaba nerviosa, y
entonces ya estaba tan tentada que no podía explicarle lo que pasaba. Tuve que
señalarle a mis hermanos espiando desde la trinchera de la confitería de
enfrente.
Fue un desastre.
Los chicos huyeron corriendo. Yo intentaba no reír, pero la imagen de los
espías volvía a mi mente y me tentaba otra vez.
No recuerdo cómo
terminó todo, pero sí que en poco tiempo ya estaba en casa. Me esperaban
escondidos, sabía que lo estarían. Mamá se reía cómplice. Los encontré adentro
de un placard. Y nos reímos mucho. Seguramente ese día había tomado la
pastillita del buen humor.
Mi cita terminó
ahí.
Alejandra Martínez (Coronel Pringles, Buenos Aires)
24, CARTA A INÉS
Querida Inés:
Recuerdo aquella mañana en que salimos
del juzgado donde firmé como administradora de la sucesión. Parecía que estábamos
de acuerdo en todo hasta que me dijiste que querías vender el departamento de
Mar del Plata. Papá el día que murió me había dicho que no lo vendiera si no
necesitábamos ese dinero. No sé por qué se le ocurrió en aquel momento decirme eso.
Te lo expliqué de mil maneras, quise que entendieras que para mí era muy pronto
y que necesitaba un tiempo para cerrar temas allá. Pero estabas furiosa y
comenzaste a decirme cosas de las cuales no te hubiera podido perdonar si no
fueras mi hermana. Preferí dejarte ahí parada en la calle hablando sola. Tuve
miedo de decirte cosas de las que seguro me arrepentiría luego, porque yo no
soy como vos, lo que digo no lo puedo borrar tan fácilmente.Me fui con mucho
dolor, pero convencida de que vos no pensabas nada de lo que me gritaste. Y al
día siguiente me llamaste para preguntarme sobre una receta, algo trivial, una
excusa, que significaba que tu deseo era que me olvidara de todo. Y así fue.
Somos tan distintas que nunca nos hubiéramos
elegido como amigas. Pero en algún lugar antes de nacer decidimos caminar este
viaje juntas. Aprendimos mucho, sobre todo la tolerancia. Papá nos escuchó
discutir una vez y me dijo: ” No pretendas que entienda lo que le decís. Vos
ves el bosque, ella solo ve el árbol. Aceptala así y no discutas más.”. Y le hice caso.Y ambas decidimos querernos
tal cual somos.
Cuando nos reunimos con Nati (pelo
azul, tatuajes en el brazo) me recordás a mamá. Veo en tu mirada el “cómo le
permitís" de ella. No podés comprender que mi hija es grande y decide sobre
su vida y su cuerpo. Es que la libertad te asusta, Inés obediente. Pero también
creo que no la necesitás.
Quiero decirte que es bueno tenerte como
hermana. Sabiendo que estás, nunca me siento sola. Gracias.
Laura
Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)
23. CONEXIÓN
Era
una jornada normal de oficina para Laura. Su día había empezado temprano preparando,
como siempre, a los chicos para dejarlos
en la guardería. Justo antes de salir le dio la teta a Natalia. Ya tenía nueve
meses, pero nunca había tomado mamadera, así que mientras pudiera, le iba a
seguir amamantando. A media mañana la secretaria le avisó que tenía una llamada
urgente. Corrió al teléfono pensando que era de la guardería, pero no, era
Inés. Con vos agitada le dijo:”Rompí bolsa, Jorge está en el hospital en una
cirugía y encima mamá de viaje, ¿podrás venir?”. Casi sin contestar, Laura
llamó a la guardería para que se comunicaran con el papá de los chicos y le
avisaran que ella no iba a poder buscarlos al mediodía, tomó un taxi con el
corazón latiendo fuerte Tenía miedo porque el embarazo era de menos de seis
meses. Llegó a lo de Inés, le pidió al taxista que las esperara y bajó. Por
suerte tenía la llave. Entró y la encontró acostada en el sillón, lista para
salir.
Cuando
llegaron a la Clínica, el médico les explicó que iban a intentar retener al
bebé un poco dentro de la panza para darle una medicación que le permitiera
madurar los pulmones. Sin ese tiempo, el bebé no tenía muchas posibilidades de
vida.
El
médico salió, Laura miró a Inés, sus ojos estaban más grandes y negros que
nunca. La boca temblorosa, la cara sudada, el pecho agitado. Laura se sintió impotente,
no había palabras en su boca para
tranquilizar a su hermana. Segundos después se sentó en la cama, frente a ella,
la tomó de las manos, firme, bien cerca, le pidió que la mirara a los ojos y
que respirara a su ritmo. Inés, como una niña, le hizo caso, primero con
esfuerzo, pero poco a poco fue entregándose a lo que su hermana menor le pedía.
Las dos mirándose, tomadas de la mano, frente a frente. A medida que la
respiración de Inés tomaba el ritmo de la de Laura y se calmaba, comenzó a
circular en la habitación una energía diferente. Ya no se distinguía dónde
terminaba una mirada y dónde empezaba la otra. Ya no se distinguían los latidos
de dos corazones, se escuchaba solo uno. Ya no se veía dónde terminaban los
brazos de una para comenzar los de la otra. Ambas hermanas intentando darle más
vida a Gastón.
Nunca
supieron cuánto tiempo pasó, pero las contracciones fueron cediendo, la
medicación pudo hacer efecto y así el primer día del año 1995 comenzó con los gritos de otro ser, uno más que
decidió vivir, a pesar de todo.
Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)
22. CARTAS
Mar del Plata, 10 de octubre de 1971
Querida
abuela:
Te
escribo esta carta para avisarte que ya nos mudamos. El departamento es mucho
más grande que el anterior. Tenemos tres piezas y dos baños. Una de las piezas
es para vos. Mamá me dijo que cuando vengas te vas a quedar un mes entero y que
cuando vos nos estés Inés o yo podremos dormir en ese cuarto. Pero Inés dijo
que ella no se quiere cambiar, y yo tampoco. A mí me gusta dormir con ella.
Estamos
preparando tu pieza. Compramos la cama, una mesita de luz, un velador y un
silloncito para que vos te sientes a tejer o a leer mirando el mar. Vemos el
mar desde el living y desde la ventana de tu pieza. Ayer iba a llover y el mar
estaba muy negro. Papá nos dijo que mirando el mar todos los días podremos
saber si va a llover o no.
Inés
no está tan contenta de que te quedes un mes entero porque dice que vos me
querés más a mí. Le dije que es una tonta que vos nos querés a todos igual, lo
que pasa es que yo soy la más chica y cuando están los primos, siempre me hacen
llorar y ella me defiende.
A
la tarde mamá nos llevó a elegir tu acolchado aunque no pudimos comprarlo
porque Inés y yo nos peleamos mucho en la tienda. Yo quería el rosa fuerte, por
supuesto, y ella el celeste. Al final mamá se enojó con nosotras y decidió no
comprarlo. También recordó que a vos no te gusta ni el rosa ni el celeste, que
tu color preferido es el violeta. Así que vamos a esperarte para que vos
decidas. Ojalá te guste el rosa, porque era el más lindo.
Te
voy a contar un secreto: desde que nos mudamos Inés me despierta todas las
noches cuando quiere ir al baño. Dice que le da miedo ese pasillo tan largo y
oscuro. Entonces, me avisa, yo me levanto y la acompaño al baño. La primera vez
que fuimos también me pareció largo, yo iba a delante e Inés atrás agarrada de
mí. Siempre prendo la luz yo y ella la apaga, Siempre va atrás mío, porque yo no tengo
miedo. El otro día nos reímos mucho porque descubrí las pinturas de mamá y nos
pintamos los labios y los ojos. Fue divertido, pero espero que cuando vengas la
acompañes vos porque yo tengo sueño.
Ahora
vamos al correo a dejar esta carta. Mamá no me deja ir sola, entonces le pedí
que se quede afuera así yo compro la estampilla y tiro la carta en el buzón.
Un
beso grandote, te quiero mucho
Laura
………………………………………………………………………….
3
años más tarde…
Querido
diario:
Hoy
fue un día raro, mejor dicho, triste.
Gabriela
llamó a Inés para que fuera a la casa a jugar a la tarde. Mientras se preparaba
para ir yo también me cambié rápido porque siempre vamos juntas. Me puse las
zapatillas y metí en el bolso mi disfraz y los zapatos. Siempre hacemos obras
de teatro en lo de Gabriela y ella no tiene disfraces para mí. Papá nos iba a
llevar. Cuando vi que iban a salir sin mí les grité que me esperaran, e Inés me
miró muy seria y me dijo: “Vos no vas”. Lo miré a papá y él no dijo nada. Ella
lo miró y le dijo: “-Ella hoy no, pa”. Yo podría haber llorado para convencerla
o convencer a papá, pero sentí que mi hermana no quería realmente que fuera y
decidí no decir nada, me guardé todo aquí en la garganta, como si me hubiera
tragado una pelota dura. Finalmente, papá me dijo que lo acompañara a unos negocios,
la dejamos en la casa de Gabriela y me fui con él. Quiero llorar, pero no voy a
hacer nada. Es algo mío y te lo cuento a
vos, querido diario. Mamá me dijo que me veía triste, papá le contó lo que
pasó, pero yo prefiero no hablar de esto.
Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)
21. INÉS
No existe un solo recuerdo de mi infancia donde no esté Inés, mi hermana, dos años mayor que yo. Me atrevo a decir también que no existen momentos importantes de nuestras vidas que no hayamos compartido. En todas las fotografías de los grandes eventos familiares estamos las dos. Nuestra hermandad está teñida de mandato familiar, como fue el de mi mamá con sus hermanas, y el de mi abuela con las suyas. La abuela nos había enseñado, y lo sabíamos de memoria, el verso del Martín Fierro “los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera…”. Y así crecimos hasta hoy sabiendo que nos tenemos siempre, que nos perdonamos todo y aceptamos todo, porque somos hermanas.
Podría
contar mil situaciones, pero elijo volver a mi niñez, a mis cuatro o cinco años y
verme paradita mientras ella me ataba los cordones. Me explicaba suavemente,
con sus deditos delgados, como pasar el cordón de un lado hacia otro. Ella
estaba arrodillada, y yo le ponía primero un pie y luego el otro sobre sus
piernas. Hacía un ruidito con la boca cuando se concentraba y yo la imitaba. Para
mí, ella todo lo hacía bien. Era tan prolija que aunque yo me esforzaba no
lograba ser como ella. Inés ordenaba los lápices de colores de una manera que nunca
logré entender y siempre descubría, riéndose, cuando yo los usaba a escondidas,Sus
muñecas estaban siempre como nuevas y bien vestidas, las mías con el pelo duro
y despeinado porque me gustaba bañarlas y lavarles la cabeza. En realidad, nos
gustaba a las dos, pero ella no quería bañar las suyas porque tenían frío. Como
las mías no tenían frío, yo permitía que se divierta bañándolas conmigo
Todos
los años nuestro colegio organizaba para el día del niño un festejo y las
maestras nos pedían que lleváramos una muñeco o un juguete para la recreación. Mamá
decidió ayudarnos a preparar las muñecas y sus vestidos. Ella trataba de peinar
a las mías, pero los cabellos se habían transformado en una masa informe
amarillenta y dura de tanto shampoo y crema de enjuague, sin posibilidades de
hacerles, aunque fuera, una trenza. Ambas se reían de mi desdicha, y yo por
dentro estaba enojadísima y aguantando el llanto.Al final, elegí un bebé
pelado, para diversión de mi hermana y mi mamá. Al ver mi congoja, mamá me dijo
que las mías estaban así porque yo jugaba mucho, y que eso estaba bien, que las
muñecas eran para jugar y no de adorno, pero ya era tarde, yo estaba realmente
enojada. Finalmente, las dos salieron del cuarto y dejaron sobre la cama de mi
hermana la muñeca ya preparada, hermosa y perfumada, para la fiesta del día
siguiente. Parecía que miraba a las mías burlándose porque ella iba a la
fiesta, y las mías, por feas, no. Entonces yo, dominada por mi rabia, tomé esa
muñeca, y otras dos más, fui al baño y las metí cabeza abajo en el inodoro.
Ellas seguían con la misma cara sonriente, con sus ojos azules abiertos y los
labios rosas, aunque yo sentí que me miraban con desesperación. Pero ya era
tarde, el hecho estaba consumado. Con un fuerte tirón de mi brazo, mamá me sacó
del baño y mientras trataba de callar los gritos y el llanto de mi hermana
liberó a esas pobres inocentes que ya nunca más tendrían el cabello brillante.
Finalmente, mamá les hizo dos trenzas, les cambió el vestido, y al otro día mi
hermana pudo llevar su muñeca.
Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)
20. EL VIAJE
La idea del viaje surgió ese día en que mi hermana me llamó por teléfono para comentarme que, como se iban a inaugurar los vuelos a Perú desde Tucumán, había una promoción bastante favorable, y quería saber si yo estaba dispuesta a acompañarla. En realidad para mí, que estaba viviendo al sur de Bahía Blanca, me resultaba bastante dificultoso trasladarme hacia esa ciudad norteña donde ella residía. Le respondí que lo iba a pensar, a lo que ella replicó que yo no disponía casi de tiempo para decidirme, si es que pretendíamos acceder a esa oferta. Más tarde recapacité que esa era una oportunidad para visitar a mi mamá, quien hacía dos años estaba viviendo allá con Carla, así que me comuniqué con ella para manifestarle que sí, que hiciera la reserva. Además calculé que, por la edad de mi madre y la distancia que nos separaba, tendría muy pocas oportunidades de verla nuevamente con vida.
Si bien ese no
era el “viaje de mis sueños”, sí tenía su atractivo. Como mi hermana, junto con
su hijo menor, posee una agencia de turismo, armó todo el paquete del
itinerario. La verdad es que ni se me ocurrió preguntarle sobre ello, ya que
consideraba que era ella la que tenía el conocimiento y la experiencia sobre
esas actividades.
Mi trayecto
personal comenzó cuando partí desde Pedro Luro, en auto con mi marido, hacia
Córdoba, como lo hacía habitualmente, a visitar la casa de las sierras y a
festejar cumpleaños familiares.
Luego de que
Enrique, mi pareja, se hubo marchado de regreso al pueblo donde vivíamos, yo
partí en avión hacia la ciudad de Tucumán. Allí permanecí unos pocos días con
mi hermana y con mi mamá, y el 4 de Noviembre a la madrugada, tomamos el vuelo
hacia Lima, y de allí a Cuzco, ciudad a la que arribamos después de mediodía.
El viaje se me hizo algo cansador porque casi no había dormido la noche
anterior y esa localidad andina estaba a 3.400 metros de altura sobre el nivel
del mar. Cuando llegamos al hotel, nos hicieron esperar en el hall de entrada y
enseguida empecé a sentir cierto malestar general. Llegó entonces una empleada
de la agencia de turismo local para darnos las indicaciones de los itinerarios
de todos los días que duraría el tour por la zona andina. Como yo no me sentía
en condiciones de atenderla, mi hermana se molestó conmigo, lo cual tuvo como
resultado que mi estado de salud
empeorara. En consecuencia, tuvimos que llamar al seguro, quienes enviaron a
una joven médica que nos atendió amablemente. Mi presión arterial se había
elevado y me faltaba algo de oxígeno, que es lo que ellos llaman “soroche” y en
Argentina, “apunamiento”. Mi hermana también estaba sufriendo algunas
consecuencias de esto, aunque en forma más leve.
Luego de tomar
la medicación adecuada, recibir oxígeno y descansar un rato, salimos ambas a
cenar y a caminar por esa ciudad tan particular. Su estilo colonial andino la
hace muy pintoresca y hacia el fondo de las calles que corren en un sentido y suben
y bajan continuamente, se divisan los majestuosos montes cordilleranos.
Regresamos cansadas a la habitación del hotel a preparar el equipaje para el traslado
al día siguiente a la localidad de Puno, situada sobre el Lago Titicaca, y nos acostamos,
extenuadas, ya que nos esperaba un largo viaje en bus.
Los días que
estuvimos en esa zona tan bella de Perú visitamos unos lugares maravillosos, el
Valle Sagrado de los Incas y por supuesto, el famoso santuario de Machu Pichu,
entre otros tan particulares y bellos. Como nos trasladábamos de un sitio a
otro, había que preparar valijas o bolsos a la noche y nos quedaba poco tiempo
para descansar.
Ese viaje tan
ajetreado quedó en mis recuerdos como una experiencia única e inolvidable. Yo,
que me sentía tan agradecida con mi hermana por haberse llevado a mamá a vivir
con ella, en todos esos días compartidos, también descubrí algo para mí nuevo
en su carácter, algo intolerante, y lo asocié a lo que mi madre había comentado
previamente, quejándose de algo
así. Durante el resto del tiempo que
estuvimos en Perú, no volvimos a tener otro altercado y disfrutamos del viaje a
pleno, pero más tarde volvimos a discutir, ya estando en su casa en Tucumán,
con respecto a los cuidados de mamá. Por algún motivo, unos años atrás, cuando
nos percatamos de que ella ya no estaba en condiciones de seguir viviendo sola,
mi hermano supuso que él no tenía ninguna obligación y se desentendió del
asunto. Yo en ese momento residía aún en el sur, sitio que no era de su agrado,
ya que ella siempre decía que era “frío y ventoso”. Además no había hospitales
cerca del pueblo apropiados adonde recurrir en caso de emergencia. Como la otra opción era que se la internara en una
residencia o “geriátrico”, mi hermana propuso llevarla a vivir con ella. Luego
del terrible accidente que se llevó la vida de mi cuñado, y del posterior
casamiento de Aníbal, su hijo menor, ella se había quedado sola, así que había
lugar suficiente en su vivienda. Supongo que los cuidados y la atención de
mamá, conjuntamente con un carácter algo complicado y demandante de su parte,
superaron los límites de tolerancia de Carla. Además ya no estaba José, su
marido quien, según creo, disponía de casi todo en la pareja y todos esos
cambios bruscos la deben haber afectado demasiado.
Cuando le
comuniqué a mi madre que había decidido volverme antes de lo previsto a
Córdoba, por primera vez ella me suplicó, y no a modo de queja como era
habitual, que me quedara allí, al menos esa semana como habíamos acordado. De
este modo, me decidí a entablar una nueva conversación con mi hermana, la cual
fue derivando en diferentes situaciones vividas y descubrimos cuan solas nos
habíamos sentido ambas en ciertos momentos, y de ese modo terminamos llorando
abrazadas.
Luego de este
momento tan conmovedor, resolví quedarme esos días en Tucumán. Más tarde
agradecí haber tomado esa decisión, ya que fue la última vez que pude compartir
con mi madre, estando ella consciente. Falleció poco más de un mes después.
En la
actualidad, con mi hermano, debido a algunas contrariedades que hemos pasado y
que sería muy largo relatar aquí, nos mantenemos algo alejados, si bien de vez
en cuando nos llamamos por teléfono, nos saludamos para los cumpleaños y a
veces, hasta nos hacemos alguna que otra visita. Con mi hermana no volví a
discutir luego de aquel día en Tucumán. Después de la muerte de mi cuñado
ocurrida hace nueve años, mis hermanos se volvieron a comunicar entre ellos
(estuvieron mucho tiempo sin hablarse), si bien lo hacen con cierta frialdad.
Carla y yo nos seguimos llamando y enviando mensajes por celular, y mantenemos
una relación amena y cordial. En este momento ella está esperando a que se
levanten las restricciones por la pandemia, para poder viajar a Córdoba y a las
sierras, donde yo resido actualmente. Por mi parte, espero con ansias poder
verla y volver a compartir conversaciones y momentos con ella.
Susy Espeche (Los Aromos, Córdoba)
19. LA DESPEDIDA
Quién hubiese sabido que esa era la última navidad, la última vez que mirábamos juntos el mar.
Ese año te quedaste pocos días.
En febrero me llamaste por teléfono, y me dijiste Tengo cáncer.
Yo no lo podía creer. Silencio, mi garganta se apretó, corté enseguida.
Con Pablo, por ese entonces mi pareja, las cosas no andaban bien, me
comuniqué con Mónica, no sabía nada, de la enfermedad de papá, eso me
dijo...
El fin de semana viajo le avisé.
Llegué a la estación. Ahí estabas, delgado, esperándome como siempre. Ya
leí todas las últimas investigaciones le dije. Vos, ya
cansado, no decías nada mientras manejabas.
Al otro día me quedé a la noche en la casa de Mónica, esperamos que
Eduardo, su pareja, se fuera adormir, fuimos al balcón y nos prendimos un
cigarrillo.
Papá no está bien le dije. Ya lo había visto caído me
contestó y continuó no pensé que era para tanto. Hablá con
Angélica le respondí. Sí me contestó voy
a hablar. Luego de conversar un rato, nos comenzamos a reír
a carcajadas no sé de qué. Ya sabíamos que se nos venían tiempos
difíciles.
Estaba en Mar del Plata y recibí un llamado. Viaja urgente, a
tu papá lo internaron tienen que operarlo de urgencia, quedó
parapléjico me avisó Angélica.
Llegué a casa de papá, me recibió Angélica y me comunicó A tu papá
lo operan mañana, tiene metástasis en los huesos, no da más del dolor. Ante mi silencio continuó tu
hermana y yo nos organizamos así: luego de la operación, irá tu hermana, a la
tarde iré yo y vos tendrás que ir por la noche. Está bien le
contesté
Papá pasó casi dos meses internado, por la noche era cuando más despierto
estaba, no quería dormirse, tuvo varios compañeros de habitación a varios
asistí y los ayudé con la cena.
Hay gente que aunque tenga familia en un momento así está sola, pero papá
tenía todo.
En una de esas noches apareció el médico clínico, habló con papá del
alta, yo estaba entusiasmada, comencé a contarle todos los arreglos que
teníamos previstos para hacer en casa; sutilmente, el médico me pidió hablar a
solas. Me dijo duramente Tu papá no es un lesionado medular, tu papá es
un enfermo terminal tiene cáncer; le quedan tres meses de vida...
Lloré un rato, me limpié la cara y entré a la habitación. Me senté al
lado de mi padre, le tomé la mano y le pregunté ¿Querés que llame a
alguien? Él no me respondió. ¿Querés que los llame a Rubén y a
mamá? Como no respondía insistí. Finalmente, asintió.
Al otro día cité a Angélica y a Mónica y les conté lo que me había
dicho el médico. Mónica lloró desconsoladamente. Angélica
se paró. Hablé con papá les dije le pregunté
si quería ver a Rubén y a mamá y el aceptó. Ante lo dicho, Mónica
fue determinante Si lo llamas olvídate de mí. Angélica dijo me
parece que tu papa necesita tranquilidad y sabemos que si avisamos, la familia
de tu mamá vendrá a meterse.
Papá murió exactamente a los tres meses. Llamé por teléfono a mamá y
le avisé.
Desconcertada y enojada me dijo Rubén también es su hijo, y
no se pudo despedir
No había argumento que me justificara.
Amorina Márquez (Mar del Plata, Buenos Aires)
18. HERMANOS
A mi hermano
José, lo 'odie'.De chica me obligaba a que lavara su
ropa, bromista, y burlón solo conmigo, cuando me veía con mis
amigas, yo moría de miedo, me obligaba a que me fuera a casa.
Yo le comentaba a mi papá lo que él me hacéa, Pero papá no le decía nada
porque si le decía que no me molestara, José se enojaba, se
iba a casa de mi abuelo y no venía por semanas, yo contenta de no verlo.
Fue el que me enseñó a nadar. Largó un tronco de árbol al agua, íbamos
los dos, yo me agarré de él con mucha fuerza del miedo que tenía, él
se enojó, me obligó a que lo soltara y me dejó sola, llorando del miedo. Yo
le pedía que me ayudara y se reía a carcajadas. Fuimos distantes hasta la
adultez.
Mari y yo fuimos compañeras de chicas, no me gustaba que no me
prestara su muñeca de pelo hermoso, pero cuando se descuidaba
jugaba con ella. Mi mami me mandaba los días festivos del
niño a la municipalidad del pueblo a buscar un juguete. Recibía un
canasto diminuto con una muñeca de cuatro caras que no me gustaba. Me
enojaba, peleaba con mi mami,. Le preguntaba por qué no me comprara
una muñeca, grande, linda como la de Mari. Me decía que Mari se la merecía
porqu le ayudaba mucho, les hacía vestidos hermosos. ¿Me he preguntado de
chica por qué me hacían diferencia? ¿Será como lo pensé?
Quedará para otro encuentro con mis hermanos.
Gladys Yapura (CABA)
17. CONFLICTO
Estamos en el año 1970.
Marzo. Luego de las vacaciones en Mar del Plata en enero, y Uruguay en febrero.
Alejandro, mi hermano, vino con papá a Atlántida, lugar a donde vamos en el
país vecino, toda la familia.
Estoy muy feliz de
haber estado un mes con Alex de vacaciones.
Ya estamos más grandes
los dos. Yo lo admiro muchísimo. Es mi referente en casi todo para imitar su
razonamiento. Lo quiero mucho también.
Él, creo que me quiere.
Ya voy a cumplir quince años y él ventidós; está en la Facultad de Agronomía,
en los últimos años. Es muy inteligente.
Papá y mamá me dicen
que esta noche, vendrá Alex al departamento, porque necesitan hablar un tema
familiar con nosotros dos. No entiendo nada porque el tema de que es mi medio
hermano, ya lo sé.¿Qué tendrán que decirnos?
Al estar todos juntos
cenando, papá comienza a contarnos que le propusieron un trabajo muy importante
en Tucumán. Que piensa renunciar a todo lo que tiene en Buenos Aires y aceptar,
siempre y cuando estemos de acuerdo en vivir los dos solitos en el departamento,
hasta el final del año académico.
Alejandro está contento
y de una dice que sí. Que él me cuidaría y me despertaría cuando él vaya a
clase en la Facultad y yo al colegio en
Belgrano.
Vino a vivir con
nosotros unos días. Organizó con mis padres todo y algo conmigo. Yo debo
respetarlo como hermano mayor. Papá deja el auto para cuando quiera usarlo.
Ya estamos solos los
dos. Todas las mañanas me despierta antes de ir a sus clases. Comemos juntos
siempre que podemos, y nos llevamos muy bien. Por las noches, en vez de ir a la
casa de sus compañeros a estudiar, los chicos vienen a casa y se quedan hasta
muy tarde para prepararse para rendir las materias.
Anoche estaba en mi
cuarto durmiendo y el grupo estudiando. Como yo roncaba mucho, no los dejaba
concentrar y Alex decidió golpear la pared que nos separaba, para que dejara de
hacer ruido… Me desperté sobresaltada con las risas de todos y no dije nada.
Pero tampoco me volví a dormir.
Esta mañana, parece que
me venció el sueño y Alejandro antes de irse no me podía despertar. No se le
ocurrió mejor cosa que tirarme un baldecito con agua fría en la cara para que despertara,
mientras protestaba… ¡Dale, levántate!, ¡ya me voy a rendir!
El salto que pegué de
la cama y el susto que me llevé, hizo que me enojara mucho. Y él se matara de
risa.
Ahora tenía que secar
todo, cambiar sábanas hasta el colchón tenía que secarse. Le grité: “eso no se
hace” y él se fue rápido para no llegar tarde.
Pienso que no me quiere
tanto como yo a él. Porque fue muy feo lo que hizo. Yo no se lo haría.
No pude ir al colegio
porque me quedé llorando de rabia. Fue peor. Él salió de rendir y me fue a
buscar al colegio con el auto. Yo no aparecía porque me había quedado en casa.
Llegó hace un rato y me retó. Que no debo ser irresponsable, y bla, bla, bla.
Creo que ya se le pasó
el enojo. Se me ríe en la cara. Esta noche vendrán a estudiar sus amigos otra
vez y yo trataré de tener la mejor cara, cenar e ir a dormir y
no roncar, si puedo… No se me fue el enojo. Sigo triste.
Gloria Lotti (San Miguel de Tucumán)
16. HERMANITO INOPORTUNO
27 de marzo de 1989- 21
hs aproximadamente
César, mi mejor amigo y
yo, en el patio charlando, tratando de desentrañar cierta “confusión” que nos
rondaba. Algo nos hacía ruido en esa amistad, que, a esa altura, ya nos parecía
algo más que eso.
De hecho lo era. Para
mí, más claro que para él.
Para todos lo demás no había ninguna
confusión. Todo el mundo se había dado cuenta, hacía rato, de lo que nos pasaba,
menos nosotros dos.
Mientras esa
conversación se desarrollaba, mi hermano Diego, de doce años, estaba a mi
cargo, dado que mamá y papá habían ido a una reunión de padres en su escuela.
Solían hacerlas de noche para que concurriera la mayor cantidad posible de
familias.
La criatura, ajena al
tema trascendental que se desarrollaba en el patio, mientras miraba la tele en
la cocina, no hacía más que gritar reclamando la cena. Estábamos los tres solos
en casa. No recuerdo dónde estaba Hernán.
Cada diez minutos Diego
gritaba:
-Glaaaaaaaa…..¡¡Tengo
hambre!!
-Ya voy- era la respuesta
recurrente.
Así, una y otra vez,
durante un largo ratoPor ahí, cambiaba el grito:
-¿Qué vamos a comer?
-Churrasco con ensalada,
ya voy- gritaba yo desde el patio, mientras César se divertía con la situación.
Después de un tiempo
considerable, ya resuelta la supuesta confusión, fuimos los dos a la cocina a
calmar el apetito de mi hermanito inoportuno. Así cenamos los tres juntos en la
primera noche de mi noviazgo. Obvio que a él no le dijimos ni una palabra al
respecto.
Es el día de hoy, en
que todavía, cuando se alude a esa situación, como si fuera el niño de esa
época, Diego repite: "Y bueno, yo qué sabía… ¡Hubieran avisado y no
molestaba!".
Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)
15. LA REGATA
¡Preparados, listos,
ya!
Así comenzaba la
regata. Un barco azul y uno rojo. Siempre los mismos. Todos los días, cada
tanto, la misma ceremonia.
- Mirá tu barco, parece
que lo agarra la tormenta-le decía yo a Hernán con convicción.
-No nena, es sólo
viento- me respondía entusiasmado- Para mí que va a ganar la carrera.
-No, esta vez seguro
que gana el mío. Mirá, viene tomando impulso.
-Dejame asomar un
ratito, tengo calor.
-Nooo, el que sale del
escondite pierde., ya sabés las reglas,e stá prohibido abandonar la orilla del
lago- le avisaba mientras nuestras caras transpiraban a causa del vapor
caliente.
-Ufa, pero no aguanto.
-No seas flojo, respirá
hondo y soplá así le das impulso a tu velero.
Y él, con resignación,
inhalaba profundo y después soplaba fuerte. De repente le agarraba tos y salía
para poder despedir la flema de su garganta. Nunca olvidaré esa tos
desesperante.
Volvía apurado al
escondite formado por el toallón y mi cabeza, sobre la palangana de agua
caliente, que servía de humidificador, para pelearle una nueva batalla al falso
crup.
-Hiciste trampa-
gritaba- Mi barco iba ganando y ahora va ganando el tuyo.
-Y bueno…volvé a
respirar profundo y soplalo con ganas para que avance más rápido.
Con inocencia, volvía a
llenar sus pulmones de ese vapor húmedo y asfixiante y soplaba con todas sus
fuerzas, hasta que lograba que la tapita de gaseosa azul, por fin, llegara a
destino.
Salíamos los dos
empapados de sudor, él contento por su victoria en la regata y yo, orgullosa
por haber cumplido el objetivo de veinte minutos de sesión de vapor, para que
sus bronquios mejoraran.
Mi mamá preguntaba: - ¿Quién
ganó?
Y Hernán respondía
triunfante: - ¡Yo, como siempre!
Ella sonreía y,
mientras me guiñaba un ojo, decía: - ¡Felicitaciones!
-A ver campeón y
subcampeona si vienen a tomar la leche que se enfría.
-Dale, que te gano de
nuevo. Preparados, listos, ya….
Esta vez no lo iba a
dejar ganar.Y llegaba yo primero a la mesa.
-No importa, pero a la
regata te gano siempre yo. Mañana te juego de nuevo- decía ofendido.
Mamá y yo nos mirábamos,
riendo divertidas. ¡Misión cumplida!
Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)
14. HERMANOS
Mis hermanos y
yo nos llevamos cinco años entre uno y otro.
Hernán nació
cuando yo tenía cinco y a los cinco años justos llegó Diego.
Entre Hernán y
yo, mi mamá perdió un embarazo. No sé si fue por eso o por ser varón que, mi
papá especialmente, se volcó siempre más a él. Al día de hoy, para mis padres,
su palabra quizá, sea la más escuchada de las tres.
De chicos, él y
yo no nos llevábamos muy bien, peleábamos mucho. Recuerdo que corríamos como
locos alrededor de la mesa, tratando de alcanzarnos para pegarle al otro,
cuando algo nos enojaba. Él siempre fue
muy callado y me hostigaba por lo bajo y yo, pura espuma, siempre ligaba los
retos de mis padres. Eso hacía que la competencia se acentuara supongo. Yo
tampoco era muy tranquila, siempre fui de pocas pulgas, no voy a echarle todas
las culpas a él.
Con Diego, la
relación era distinta. Al llevarle diez años y también debido a su problema de
salud, siempre fui más maternal, incluso al día de hoy. Su discapacidad visual
es muy grande y se debe a que mi mamá contrajo toxoplasmosis durante el
embarazo. Eso lo heredó también él, por lo que cuando los índices de la
enfermedad crecían, su dificultad visual aumentaba y también variaba mucho su
carácter.
Recuerdo algunas
anécdotas divertidas, que aún hoy recordamos a las carcajadas.
Diego era muy
llorón, todos se lo atribuían a la enfermedad. Todos los 31 de diciembre, el
chiste familiar era"A ver quién es el primero en encapricharse". Y
obvio que no llegábamos a la una de la madrugada sin que Diego sacara el primer
premio.
Otras anécdotas
que recuerdo con mucho placer, tienen que ver con los juegos en la fábrica de
sillas que mi papá tenía en el galpón del fondo de casa. Trasladaba las sillas
en un carro largo, desde el galpón hasta la vereda, por todo el pasillo. Mis
hermanos y yo viajábamos sobre las sillas a la ida y en el carro vacío a la
vuelta. El carro lo empujaba mi papá a veces y otras veces, Pedro, que fue su
ayudante durante muchos años. Cuando nos cansábamos decíamos “Parada”, el carro
se detenía y nos bajábamos en la puerta del patio de casa. Otra parada obligada
era en la “pieza de las gomas”. Era una habitación de las antiguas, de techo muy
alto, que daba al garage, en la que apilaban grandes placas de gomaespuma que
oficiaba de pelotero para mis hermanos, nuestros amigos y para mí. No nos
cansábamos nunca de saltar, escondernos y jugar a una especie de guerra de
almohadas con esas gomas. A veces ni respirar podíamos, pero nos divertíamos a
lo grande.
Recuerdo también
que, para un cumpleaños mío, no sé bien cuál, yo ya adolescente, me regalaron
una cámara de fotos, de esas que llevaban rollo tipo casette. Me la pasaba
retratando pavadas, especialmente las que me parecían divertidas y obviamente
los cumpleaños.
Así coleccioné
secuencias de fotos que, juntándolas podían formar tranquilamente una película.
Las que más
recuerdo son:
Una vez que
Hernán tuvo que hacerse un tratamiento por aftas en la boca. Mientras él
gritaba haciendo escándalo, porque mi mamá con un hisopo mi mamá le ponía un
líquido espantoso, yo le sacaba mil fotos. Sus caras eran geniales.
En un cumpleaños
de Diego, creo que para los cuatro, después de haber insistido con tener
payasos en el festejo, finalmente mi prima y una amiga se disfrazaron delante
de los chicos para que no se asustaran y así animar la fiestita, él se dedicó a
llorar todo el cumpleaños a upa mío, muerto de miedo y Hernán a sacarle fotos.
Otra vez fue
cuando Diego, con ocho años, se empacó en pleno Centro Cívico de Bariloche, Hernán
y yo lo retratábamos desde la vereda de enfrente. Había una foto por cada
cambio de postura suya y de mis papás. Él nos veía y más se enojaba.
Esas cosas nos
daban mucha gracia. A mi mamá no tanta, cuando tenía que pagar el revelado.
Y una genial que
recordamos todos fue cuando yo, con catorce años, me encargué de preparar las
tarjetitas de invitación al cumpleaños de Hernán. Cuando llegó el sábado fue
muy frustrante ver que llegarban solo la mitad de sus amigos. A la noche vino
la familia, pero él quedó bastante triste creyendo que sus compañeros no lo
querían. Cuando terminó la fiesta, mamá y yo guardamos toda la comida y la
torta que había sobrado. Al día siguiente, con el objetivo de levantarle el
ánimo, mi papá lo llevó a una cancha de fútbol para que se distrajera.
Yo me quedé en
la puerta de casa con una amiga. De repente, empezaron a llegar chicos bien
vestidos con regalitos en la mano. Para resumir: yo me había equivocado al
confeccionar las invitaciones: a la mitad les había puesto fecha del sábado y a
la otra mitad, del domingo. La desperté a mi mamá que estaba durmiendo la siesta.
Casi se infarta. No le alcanzaban las manos para atender a los recién llegados
y reciclar lo que había quedado del día anterior.
Yo fui hasta la
cancha a buscar a Hernán. con la mamá de uno de sus amigos, que manejaba,
divertidísima con la situación.
Hernán volvió,
embarrado y sudoroso pero feliz. Festejó dos veces sus nueve años.
Creí que no iban
a surgir recuerdos pero fue muy gratificante revivir esos momentos mientras
escribía.
Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)
13. MI HERMANO DANI
Viví veinticinco años con mi hermano Dani y los momentos más hermosos que
tuvimos fueron los juegos en la niñez y la adolescencia.
Mi familia y yo casi nunca íbamos de vacaciones pero éramos socios del club
del Ferrocarril Mitre en la localidad de General San Martín. Era bellísimo y
tenía una cancha de golf muy amplia llena de árboles. Cuando era muy chiquita,
mi mamá y mi tía Pirucha pagaron clases de natación a mis primas y a mí y
aprendimos a nadar muy bien. A Dani, no. Creo que mamá no le tenía confianza
porque era bastante inquieto y revoltoso y supongo que pensó que no iba a poder
sostener su atención. Pero él aprendió solo, de mirarnos a nosotras, hacía todo
lo que el profesor nos indicaba, nadie le enseñó ni a tirarse de cabeza. Más
tarde, a sus dieciséis años, fue medalla de oro en las Olimpíadas Especiales de
1979 que se realizaron en Buenos Aires.
En el club no había edad, el tiempo se detenía en aquellos veranos de sol y
cielo, las instalaciones eran todas para nosotros, de lunes a sábado, porque
íbamos temprano en la mañana y no había nadie, entonces nuestro ritual comenzaba
en lo profundo de aquella pileta azul y limpia: Dani me perseguía primero y nos
encantaba nadar por debajo del agua hasta la otra orilla, luego corríamos con
las piernas por la parte más baja hacia la escalera, de ahí al trampolín bajo,
después el alto y la vuelta comenzaba una y otra vez; después lo perseguía yo y
él era “El hombre nuclear”, se enojaba un poco cuando lo alcanzaba pero en
cámara lenta me derribaba - tal vez yo lo dejaba ganar-. Seguidamente éramos
gimnastas en el agua: la vuelta carnero para atrás y para adelante, tirarse de
cabeza, parados, bomba, hacíamos un puente con las piernas hacia arriba,
tiburones, piratas, equilibristas, una y otra vez; la parte más tranquila era
cuando jugábamos a tirar una piedrita y la íbamos a buscar al fondo. No existía
nada ni nadie alrededor, horas y horas disfrutando la transparencia del agua
que se mezclaba con los rayos del sol por debajo y el aire fresco y celestial
mezclado con el verde de las mañanas. Pero eso sí, teníamos que volver
puntuales al mediodía para ver nuestras series favoritas.
Me enseñaron que Dani no era un enfermo, que había tenido un problema al
nacer y que todo lo iba a aprender como un nene normal pero un poco más tarde.
Crecí con este hermano mayor con el que compartía programas de televisión,
algunas canciones de Palito Ortega, vueltas en bicicleta e historias de
superhéroes -él siempre era Batman o El Zorro-.
Tuvo su época de agresividad, mi espalda retumbaba después de un puñetazo
suyo, y es el día de hoy en que se arrepiente y me dice: ¡Y bueno!, ¡éramos chicos!; yo también tuve mis momentos de odio
hacia él pero no concibo otro hermano, sé que lo busqué y lo encontré y a pesar de los obstáculos, fue guiando mi camino para ser
una mejor persona.
Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)
12. OLGUÍN, GALVÁN
Mi hermano, mi “todo” de niña, mi compañero, cómo me salvabas de esas tardes aburridas…
Doce vos y seis yo, me preguntabas “¿Olguín Galván”? mirándome con picardía, y cómo se iluminaba mi cara cuando me convocabas a jugar. Y, toda tu enseñanza absorbida por mí, empezábamos:
-¿Este?
-Tarantini -respondía yo.
-Bien -me confirmabas
Y seguíamos:
- Barberón, Olguín,
Galván, Zuñé, Mouzzo
Y qué emoción la mía
cuando me mostrabas la foto de Zanabria, cuánto amor le tenía yo a él. Tanto
como vos a Boca.
Magui Solda (La Plata)
11. TOCAR EL CIELO
Es fin de semana, después de almorzar salió el sol, ya le pedimos permiso a
mamá para ir a la plaza, que queda a unas cuadras de casa.
Corrimos hacia allí, son cuadras hermosas. Y ahí está, con sus
árboles, sus juegos, su pasto verde y chicos con quien jugar.
Mi hermano Rubén va directo a ver al dueño de la calesita, junto con otros
chicos le ayudan al viejo a sacar el toldo que la cubre y a cambio consiguen
varias vueltas gratis.
Mientras tanto mi hermana y yo nos hacemos dueñas de las hamacas, nos
pendulamos con mucha fuerza, nos reímos, sentimos el viento, el sol y el cielo
cerca, queremos volar. Nos paramos en la hamaca y seguimos con todas las
fuerzas, sostenidas por una madera y dos hilos, llegamos a lo más alto y al
grito de ahora, soltamos las manos y nos arrojamos a volar, cayendo al pasto de
la plaza.
10. EL GRAN CASTIGO
A la tarde llegamos de la escuela, nos sacamos el uniforme, tomamos la
leche, y comenzamos a hacer la tarea.
Mamá regresó recién de trabajar, trajo caramelos Sugus para la
tarea de la escuela. Estamos contentos, comienza con Mónica, todo bien,
luego se acerca a mi cuaderno, no me acuerdo las tablas de memoria y tengo que
resolver una cuenta de multiplicación. Entonces mamá me pregunta siete por
uno. Contesto siete. Bien, un caramelo dice
mamá y ahora pregunta siete por dos. Catorce respondo. Bien repite
mamá, otro caramelo. Siete por tres, pregunta y yo no
contesto. Vuelve a preguntarme con un tono más alto siete por tres. No
sé le contesto con temor. Mamá levanta la mano y me pega un cachetazo,
así lo sigue haciendo con toda la tabla, luego agarra una caja y como no sé
tragar pastillas, me diluye una en una cuchara, dice que es para la memoria, me
agarra del pelo y me la hace tragar, yo la escupo inmediatamente. Mamá se enoja
me pega otra vez, me deja con las tablas y sigue con Rubén. Ya está muy
enojada, revisa su tarea y ve una mala nota, comienza a elevar la voz, le dice
de todo, le pega cachetazos, luego agarra la chancleta y le pega en el cuerpo,
lo tira al piso y le sigue pegando hasta acorralarlo contra la pared, le golpea
la cabeza, la cara, la espalda Los caramelos Sugus quedan tirados en el
suelo.
Mónica y yo calladas, sabemos que no tenemos que contar nada .
Hoy le toca a Rubén sentir el cuerpo molido a palos.
Amorina Márquez (Mar del Plata)
9. CHICHONES
Estábamos solos
en la casa de Playa Serena. Mamá había salido a no sé dónde, como siempre.
Alejandro y yo
teníamos entre ocho y diez años. Vicky doce. María no estaba en casa.
Alejandro
siempre imponía las reglas.Quería que jugáramos a los autitos según sus
códigos. Yo no quería jugar con él, siempre me pegaba. Me amenazó diciéndome “Si
no jugás conmigo, te re cago a palos”.
Vicky me
defendió y yo corrí con ella y nos encerramos en la habitación de mamá, con
llave.
Estábamos muy
asustadas. Alejandro nos gritaba todo el tiempo: “Salgan o las voy a cagar a
palos”. Como no salíamos del cuarto cambió su estrategia y nos dijo: “ Si salen
de la habitación las re cago a palos”.
Yo estaba
aterrada, Vicky me decía que teníamos que esperar a que llegara mamá.
Alejandro empezó
a golpear la puerta con un palo de escoba hasta que le hizo un agujero. Cada
golpe me ponía la piel de gallina.”Pum, pum”.
Después de un rato prometimos que
saldríamos de la habitación a cambio de
que no nos pegara.
Él dijo que no
nos pegaría pero debíamos abrir la puerta.
Todas esas palabras eran una tortura.
Salimos. Él
intentó pegarme y Vicky lo agarró de los pelos. Él la agarró a ella. Yo me
asusté y le agarré de los pelos a él. Él
de los pelos a mí. Me dolía la cabeza, el cuero cabelludo. Nos habíamos
transformado en un nudo de pelos, carne, huesos y dolor. Nadie soltaba. Yo
lloraba, ellos se amenazaban. Yo traspiraba y me dolían los tirones.
Gritos y llanto
sin fin. Para terminar le dije: “Soltala a Vicky. Yo juego con vos.”
Así fue. La soltó,
me soltó y lo solté. Jugamos a los autitos como él quería repitiéndome una y
otra vez que era una “torpe” y que me iba a “cagar a palos”.
La cabeza me dolía, tenía chichones de los tirones de pelo. Me sangró la
nariz y me manché la remera. Llegó mamá y nadie contó nada. A él se lo veía
contento.
Ella ni se
enteró de nuestra pelea. Yo me quedé con la sensación de que él tenía el poder,
la fuerza y la impunidad, como siempre.
Clara (Junín de los Andes, Neuquén)
8. LA MAYOR
Mis hermanos y
yo vivíamos con papá en un lindo departamento en el centro de Mar del Plata.
Tal vez era un poco chico. Íbamos a un colegio privado. María iba y volvía siempre
a la casa de su novio en taxi, trabajaba en una financiera y usaba muy buena
ropa de marca y de moda. Su novio vivía en Playa Grande, muy buen barrio. Papá
viajaba siempre al exterior, trabajaba en una empresa que le pagaba todo, él
era ingeniero.
Esas eran las
pocas cosas de las que podía hablar en la escuela, fingiendo una vida mejor. Si
me preguntaban por mi mamá, decía que vivía en otro barrio de Mar del Plata
comentando como al pasar que estaban separados. Solo hablaba con cierta
confianza con Iona.
Lo cierto es que
al llegar a aquel departamento la soledad era tremenda y María, cinco años
mayor, era para mí como algo suave. Me compraba ropa, útiles para el colegio,
me ayudaba con la tarea, me peinaba.
Un día me vio
rascándome la cabeza y me revisó. Tenía piojos. Escandalizada estuvo toda la
tarde pasándome un peine y limpiándome. Toda una tarde ocupándose de mí. Yo
estaba contenta porque me había sacado piojos. Tenía once, ella dieciséis.
Cuando papá
viajaba le dejaba plata para gastos. Sin embargo comenzaban las peleas con
Alejandro por la disputa de poderes, sobre quien debía administrar el dinero.
Las discusiones subían de tono hasta agarrarse
a las piñas. Un día la pelea fue más terrible. María corrió a encerrase en su
habitación y al cerrar la puerta le apretó los dedos a Alejandro. Él se
enfureció más todavía, abrió la puerta y le pegó tanto que María quedó con la
cara hinchada y llena de derrames en su cara, de golpes y de llorar. Vicky
intentó intervenir, no pudo. Yo estaba tiesa, inmóvil y aterrada escuchando los
gritos. Me tapé los oídos pero escuchaba igual. Lloraba diciendo “¡basta, basta!”
pero obviamente nadie escuchaba. Cuando se cansó de pegarle el silencio fue
total, yo no quería ni mirarlo, ni moverme. María se quedó un rato tirada en el
piso de su habitación llorando. Después se levantó y se lavó la cara.
Se fue a la casa
del novio hasta que papá volvió. Vicky y
yo más solas aun. Yo con una culpa tremenda por no haber hecho nada para ayudar
a María. Ella siempre trataba de ocuparse de mí y se había ido.
No sé qué
comíamos, supongo que lo que Alejandro decidiera hacer con la plata. Ninguno le
contó a mamá. La veíamos poco y no tenía teléfono. Tampoco teníamos iniciativa
de buscar alguna ayuda. Yo sentía que nuestra vida “era así” y no había
opciones.
Vicky podía
dialogar mejor con Alejandro. Creo que porque no le tenía miedo.
Cuando papá
volvió después de tres meses, estaba contento, había comprado muchas cosas para
nosotros. No tenía idea de cómo habíamos estado pero tampoco preguntaba.
María vino con el novio y relataron todo lo
sucedido. Papá se mortificó. Lo retó y hubo otra fuerte discusión entre ellos
durante la cual Alejandro abrió una ventana y con un pie en el umbral amenazó con saltar, estábamos en el sexto piso. No tenía límites.
Papá le pedía por favor que no saltara. Me dolía la garganta y el estómago.
Después de
aquella escena nada cambió. Solo algunas formas. Cuando papá viajaba María se
iba a la casa de su novio. Vicky a la casa del suyo. Yo después de otra pelea
con Alejandro aun estando papá, me fui a casa de mi mamá.
Clara (Junín de los Andes, Neuquén)
7. ¿LA HIJA PREDILECTA?
Leyendo el cuento de Soledad Puertas, “La hija predilecta”, en todo el relato, pero especialmente ante algunas palabras de su final, no pude evitar comparar.
No sé si fui la hija predilecta, o la hermana predilecta de alguno. Y no es una duda o una intriga que me haya importado, pues nunca me lo planteé. Lo pienso ahora, y no me siento encerrada en una etiqueta así. ¿Y mis hermanos? No lo sé, pero me inclino a creer que les pasa algo parecido. Algo más para conversar.
Trato de imaginar a mis hermanos y a mi. De situarlos en una forma y un contenido, de listar las características que nos diferencian y las comunes. Y encuentro en cada uno una imagen que lo define, que salta casi a simple vista, que contornea una personalidad, que lo hace ser así, con lo visible y lo que se intuye. Y nos veo seguros, firmes. Siendo hermanos.
Me pregunto por mamá y papá, por la infancia que nos dieron. Y entonces veo mucho.
Veo que nos dejaron ser sin comparar, que nos dieron un lugar desde el cual crecer con la impronta que íbamos mostrando, con la distancia necesaria para desplegarnos, pero también con la fuerza del estar juntos y la mirada recíproca.
¿Hay tristeza? Si, la hay. Aparece por momentos, y pesa. Pero tenemos todo lo otro.
Es por ello que, si bien nuestros padres han muerto, no han callado para siempre. Hablan en nosotros. Y la infancia está en ese diálogo, no hay vínculo roto con ella.
Pese a los caminos que anduvimos, a la cadena de silencios, a lo que la inevitable muerte se llevó, aún veo nuestras infancias mostrándose alegremente, apareciéndose en risas, tiñendo ese ser adulto que antes tanto me intrigaba y que hoy despoja de cronología la mirada.
Sigo siendo la hermana mayor, que sabe que envejece porque el cuerpo se lo dice y porque la muerte es la mayor certeza. Pero que lleva consigo la infancia. Como la lleva cada uno de mis hermanos. Esa infancia que vivimos juntos, la de hace tanto, la que llega hasta hoy, la que aún se asoma para que el juego nos siga encontrando.
Alejandra Martínez (Coronel Pringles, Buenos Aires)
6. RITUALES
Como todos los 19 de marzo, día de San José, nos preparamos para participar
de la procesión del patrono de nuestro pueblo.
A las tres de la tarde iniciamos
los preparativos. Mamá deja toda la ropa, prolijamente planchada sobre la cama
de cada uno de nosotros. Desde el menor al mayor entramos de a uno a bañarnos.
Tenemos el tiempo justo para la higiene y salir a cambiarnos en la habitación.
Ella se cerciora de que todos quedemos impecables y sentados hasta que termine.
Mi padre, sentado junto a nosotros, empieza con adivinanzas mientras miramos
por el ventanal del comedor.
Mi madre luce hermosa, su
vestido bordado pronunciando su diminuta cintura, sus zapatos de taco alto, un
collar rosa con aros haciendo juego y sus labios pintados rojo carmesí. La
miramos todos muy felices porque cuando ella sale luce radiante. Lleva su
cartera negra con muchos pañuelos, uno para cada uno.Antes de salir nos hace
mil recomendaciones.
Ella del brazo de mi padre y yo con mi hermano menor, de cinco anos, a su
lado. Mi hermana Any se queda en casa porque dice que no le gustan esos ritos
paganos. Ella no cree en eso. Mi hermano Chuno nos acompaña hasta la plaza y
luego se va con sus amigos. Nosotros felices, miramos todo lo que sucede a
nuestro alrededor. Mis padres rezan, pero nosotros charlamos de lo que vamos a
pedir cuando todo termine.
No escuchamos al cura, estamos atentos a los vendedores ambulantes.
Realizamos la procesión por algunas calles del pueblo, saludamos a la gente
conocida y charlamos con algunos amigos.
Mi hermano ya tenía en visto un globo brillante y yo quiero todas las
golosinas.
Cuando todo termina nos dirigimos al centro de la plaza para comprar. Cada
uno pide lo que quiere, pero mi madre no acepta comprar el globo dice que mejor
algo para comer, que el globo se va a romper y que no durará mucho. Mi hermano
se pone triste, baja la cabeza y no quiere hablar. Yo pido muchas golosinas,
manzana confitada y un cucurucho de unos caramelos de todos colores, miro a mi
hermano y sigue con su carita gacha. Mi madre no entiende razones. Cuando mi
padre termina de hablar con un amigo aprovecho para contarle, solo quiere el globo no quiere comer nada.
Nos preparamos para regresar, mi padre compra muchas masas para llevar a
casa y se dirige hacia el puesto de los globos, le compra el globo azul
brillante. Nosotros brincamos de alegría. Miramos a mi madre y le pasa su mano
por el pelo a Mariano sin decir nada, pero con cara de aprobación, le ata el globo
a la muñeca y regresamos caminando atrás de mis padres, yo por el cordón de la
vereda y mi hermano jugando con su globo.
En la casa todos comemos todo. Mis
padres preparan el mate y salen a la galería con mi hermana.
Nosotros nos ponemos a jugar en
la habitación para que no se escape el globo, después Mariano lo ata en el
espaldar de la cama y mientras mira como se mueve comemos todas las golosinas
que me compraron acordándonos de lo que
vimos.
Callejera (General Roca, Río Negro)
5. ACCIDENTE
Hoy estoy muy ansiosa y feliz. Vino mi hermano con nosotros desde Buenos Aires a casa, en Crespo, Entre Ríos. Yo cumpliré cinco años el 9 de mayo y él ya cumplió sus doce, el 28 de abril. Mamá y papá están preparando invitaciones para amiguitos y amiguitas mías con sus padres. Harán una linda fiesta, con proyector de películas que lo manejará papá y ¡un mago!
Estoy muy contenta con Alex, y lo
llevo al cuartel, para que conozca las caballerizas y veamos los lindos
caballos que llegaron en camión esta mañana desde Buenos Aires. Tres alazanes y
uno blanco, hermoso.
Nos quedamos jugando un rato
entre plantaciones de mandarinas y quinotos, comiendo de las plantas sus frutos
maduros y nos vamos a almorzar, pues ya está lista la comida.
A él, que es un chico de ciudad, le fascina esta experiencia. Yo, me siento una princesa anfitriona.
Comemos y mis padres como si
fuesen norteños, se van a dormir la siesta, como todos los días. No me importa.
Estoy con mi hermano y él conmigo.
De repente me dice, pícaro: ¿Y si
vamos al cuartel y le pido al soldado que me ensille el caballo blanco?, vos me
esperás acá y te vengo a buscar en un ratito, no vas a decir nada, ¿eh? Como
soy una nena obediente, me siento calladita en la puerta de casa, sin hacer
ruido y espero que él dé la vueltita y me venga a buscar.
La espera se me hace largapero sé
que lo tengo que esperar. De repente, para una camioneta y bajan dos señores y
me preguntan por papá y mamá. Les digo que están acostados y me insisten que
los llame urgente. Les aviso, se levantan y vienen a la puerta. Mientras tanto bajan
de la caja de la camioneta a Alejandro, desmayado. Me muero de impresión.
Están contando que el hermoso
caballo blanco se desbocó y al ir a meterse en una arboleda, Alex se tiró.
Ellos lo veían desde el camino de tierra, por eso lo auxiliaron. Yo tiemblo.
Mis padres no entienden nada.
Buscan urgente al doctor que
cuando viene dice que Alex tiene conmoción cerebral. Que no hay que moverlo por
dos días y esperar…
Lloro. No quiero que se muera.
Hago silencio y no me muevo de su lado.
Solo rezo por él, para que se
cure, al angelito de la guarda que está colgado sobre mi cama.
Vinieron las preguntas…y tengo
que contar lo que pasó y por qué me quedé callada,¡yo le había prometido no
decir nada! Pero tengo que decir la verdad.
Papá se queda día y noche sentado
en el sillón de nuestro cuarto, esperando alguna reacción.
Ya pasaron dos días, tristes
todos. Es el mediodía, y de golpe, bosteza fuerte Alex, se despereza y dice: ¡Qué hambre que tengo!, ¿qué pasa?
Y todos contentos. Alex está
bien, recién vino el doctor y dijo que sí podíamos hacer la fiesta de
cumpleaños mañana.
Por supuesto, que la alegría de
su mejoría, no priva a papá y mamá de su sermón… ¡Nunca más debemos hacer eso!
Son cosas peligrosas, ya ven…nos dicen.
Y tendremos nuestra fiesta
inolvidable y seremos muy felices, sin mandarnos más esas travesuras,
prometimos.
Están enojados (Casi nos dejan
sin fiesta…)
Gloria Lotti (San Miguel de Tucumán)
4. CARTA A MI HERMANO
Mauro:
Entre vos y yo
siempre hubo hielo. Siempre tuve la sensación de que te molestaba ¿Por qué nos
habrán criado así, tan distantes? Acercarse a vos nunca fue espontáneo, por el
contrario era bien pensado.
Es raro ser tu
hermana. Es raro nuestro vínculo. Somos raros. Nos criaron raro. Raro, pero no
malo. Repaso momentos mentalmente. Charlas compartidas. Últimamente tenemos
más, producto de tu separación de Julia. Me duele, me molesta lo que te pasa.
Que te hayan hecho sentir mal, que haya gente que hable mal de vos, me parece
injusto. Me surge naturalmente defenderte. Me cuesta escribirte, sé que te
quiero, también sé que no comparto tu forma de ver ciertas cosas de la vida.
Por momentos soy muy crítica, crítica de tu paternidad, porque pienso en
Martina, en que dirá cuando crezca. No puedo escribir con fluidez, tal como es
nuestra relación, poco fluida producto del cariño y la obligación, ¿me querrás? Si pudieras volver
el tiempo atrás, ¿me elegirías como hermana? Se disparan distintas puntas en mi
cabeza, pero no sé bien por cual optar, es difícil describir nuestro vínculo.
De chicos te
tuve envidia, me molestaba que vos fueras el lindo y yo la gordita simpática.
Había un hermano de la abuela Matilde, el tío Nicolás que siempre te llamaba el
“galán de América” o algo así. A mí me ignoraba.
Ahora que soy
mamá y pienso en Fernando, lo comparo con vos porque la llegada de Facundo me
provoca dejarlo un poco de lado. Ya no es el único hijo y hay que compartirnos,
y sé que en la repartija Fer sale desfavorecido. ¿Cómo habrás vivido vos ese
momento cuando llegué yo? Supongo que habrás sufrido, papá y mamá no lo
supieron ver, tal vez por eso hoy nuestra relación es así.
Leona (CABA)
3. HERMANOS
Tengo un hermano siete
años mayor que yo, pero que no vive con nosotros. Pasa vacaciones, viajamos con
él, pero mis padres dicen que no puede vivir en nuestra casa por el colegio. Nosotros
viajamos mucho. Por el trabajo de papá, por el control de mis ojos, etc. Él vive
con mi abuela Clementina, la mamá de papá, me dicen. Es muy bueno conmigo; yo
lo adoro. Lo admiro. Es inteligente como papá y muy lindo. Noto que a veces
cuando estamos juntos, me mira de una manera, como con lástima. No sé; claro,
él también querría vivir con nosotros como las familias que conocemos. Eso me
digo y me conformo. No le pregunto.
Cuando llegamos a
Buenos Aires con mis padres desde el interior, siempre lo vamos a buscar a una
casa que no es la de mi abuela, la de Belgrano R. Es una casa de Recoleta, con
verjas negras y escalera grande hasta la puerta de entrada. A mí me parece
raro, ya tengo ocho años y comienzo a preguntar….Mamá en el acto me cuenta una
y otra vez, historias para que entienda el por qué lo buscamos y llevamos a esa
otra casa. Baja solito, nos despedimos; yo jamás conocí esa casa por dentro.
Empiezo a sospecharque
pasa algo. Me parece todo raro lo que me dicen mis padres. La familia de mi
madre, que lo quiere mucho a Alex, mi abuela, le dice siempre que es un rey.
Muy bien educado, con modales como los de papá, que yo no tengo…creo. Quiero
ser como él.
Ya no puedo con mis
dudas y la enfrento a mamá a solas en el colectivo volviendo de la casa de mi abuela
materna y le pregunto de sopetón: mamá, ¿yo soy hermana de Alex?, ¿soy
adoptada?
Mamá casi se desmaya en
el colectivo y me contesta que cómo voy a pensar que soy adoptada. ¿Estás loca? me dice. Y ahí no más me
cuenta, la verdad. Ya tengo catorce años, la realidad que yo no entendía, la
entendí, pero nunca pude discernir por qué lo ocultaron. Más quiero a mi
hermano, ahora. Comprendo por qué mamá hace tantas diferencias conmigo, a mi
favor. Y mi pobre papá, traga acíbar calladito para no discutir…
Le cuento a Alex que ya
sé la verdad y él me dice ¡qué alivio!
¡Tanta estupidez junta! Nos unimos más aún.
Tiene razón. No hay que
ocultar verdades. Son realidades familiares!
Lo defiendo a muerte,
en todo. A capa y espada cuando mamá lo critica o le dice a papá: Claro él es tu Hijo varón….¿y Gloria qué?
Yo tengo todo el amor
de papá; él, Alex, no tiene su presencia ni su contención como yo. Siempre.
Hoy, con al pasar los
años, ya no nos vemos ni nos tratamos… Muy triste…
Al mes de fallecer
papá, por temas de sucesión, me dejó de hablar e hizo un juicio, que lo perdió
contra mí.
Si supiera cuánto lo
quise, admiré y defendí toda la vida, no actuaría así. Como actuó. Creo que
nunca me quiso como yo creía. Entiendo las cosas que le habrán dicho en su
crecimiento, pero él me conocía bien. ¡Muy bien!
Ojalá podamos
encontrarnos algún día y abrazarnos como hermanos, hijos del mismo papá, que se
quieren y aceptan esa errónea historia mal llevada y contada. Por mí, está
perdonado por el dolor inmenso que me causó.
Lo seguiré queriendo
hasta mi muerte y más. Para mí, es mi hermano, y lo admiré siempre. Hasta que
hizo lo que no debía. Pero jamás lo culparé.
Gloria Lotti (San Miguel de Tucumásn)
2. EL JUSTICIERO
El parque del complejo de departamentos donde vivíamos con mi familia era muy grande, de calles de tierra, lleno de plantas y árboles, un hermoso lugar para jugar. Alrededor era casi todo campo y a dos cuadras había un grupo de casas muy humildes. Enfrente estaba el Liceo Militar, una chacra donde hoy está el Supermercado Jumbo, en la localidad de General San Martín y alguna que otra casa de esa piedra amarilla con una arcada de ladrillos, construcción de los años sesenta.
Dani, mi hermano, que tiene dos años más que yo, con Síndrome de Down, era
un nene muy travieso, con su pelo lacio y el flequillo a lo Carlitos Balá.
Siempre muy independiente: hacía compras, iba a la casa de mi abuela que vivía
cerca y salía mucho solo: le gustaba andar en bicicleta, tirar piedritas a la
zanja o subirse a los árboles. Con mis amigos jugaba en ese amplio parque, donde
también había juegos, pero los pibes más grandes habían ocupado un espacio como
potrero, donde jugaban al futbol y venían de todas partes – la recuerdo a mi
mamá gritándoles que se fueran, a la hora de la siesta-Entre ese grupo de
grandulones había dos hermanos, uno mucho mayor que nosotros y el otro, un pibe
malo, roñoso, peleador, que era como de nuestra edad: Carlitos. Este Carlitos
venía de aquellas casas humildes y cada vez que pasaba a mi lado me decía “Ahí
va la hermana del mongo”, a toda hora que me encontrara y en cualquier momento
del día, entonces yo volvía a casa llorando y le contaba a mi mamá.“Ahí va la
hermana del mongo”, repetía este pibe que además era bizco, su padre estaba en
la cárcel y su madre era una mujer gritona, desgreñada y también sucia. Me
tenía cansada, esa palabra me dolía, una espantosa costumbre que aún hoy la
escucho y me sigue golpeando las entrañas.
Un día, Dani salió a andar en bicicleta y se ve que se fue a dar “la vuelta
grande”, como le decíamos nosotros, porque tardó más de lo normal, bastante.
Entonces a su regreso nos contó: Lo ví a
Carlitos, que también estaba andando en bici, y lo seguí, lo seguí por todo el
barrio, y después lo alcancé, me bajé de la bici y le dí una piña muy fuerte.
Lo aplaudimos, nos reímos, lo felicitamos. Carlitos no me molestó nunca más.
Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)
1. ADRIANA
El
escritorio de mi padre era mi lugar favorito de la casa. Era una habitación pequeña,
la única que estaba en penumbras debido al inmenso jazmín que se refugiaba en
la ventana que daba al balcón.
En
la primavera el aire empujaba las cortinas blancas y livianas que mezclaban el
olor a madera oscura y añosa, el del tabaco afrutado de la pipa de mi padre y el
almizcle de su perfume. Él encendía su pipa cuando pensaba.
El
mueble escritorio tenía un vidrio grueso que una vez pinté con acuarelas, nadie
lo supo porque no dejé rastro de aquel placer. Papá siempre fue muy ordenado así
que no me costó nada sacar sus papeles y carpetas para, luego de limpiar con un
trapito, poner todo en su lugar.
Era
una habitación mágica para mí. La
primera vez que lo supe fue cuando descubrí la máquina de escribir que reinaba
en una mesita auxiliar, una Remington verde. Conocí las letras tocándola con
obsesión todos los días, la miraba fijo, embelesada.
Cuando
entraba con sigilo, mi padre interrumpía su tarea para sentarme en sus
rodillas, tomar mi mano y llevar mi dedo índice por el abecedario. A los cuatro
años escribía palabras sueltas y aún no sabía que aquello también podía ser el
fruto de un lápiz y un papel.
La
biblioteca que iba de pared a pared por detrás del sillón, antes de revelarme
el mundo de Julietas y Romeos, de Faustos y Quijotes, de penas, suspensos, romances,
venenos, de Dorian y de Hamlet, de túneles y de árboles que mueren de pie, fue
para mí el irresistible desafío de treparla hasta el techo.
Con
el paso del tiempo mi único muñeco dormía allí, mis libros de cuentos se mezclaban
con Shakespeare y Cervantes y guardaba las acuarelas en el pequeño cajón de la
mesa auxiliar.
Me
adueñé de ese lugar cada día, entre las cinco y las siete de la tarde.
En
la habitación contigua había voces de una maestra, de una cocinera, de la dueña
del almacén y a veces la voz de una madre. Muchas veces intenté pasar a ese
escenario cuya atracción no me duraba y regresaba sin decir nada a mi lugar
favorito.
A
las siete, cuando llegaba mi padre, las voces del otro cuarto callaban de
golpe, yo cerraba la puerta del escritorio y me encontraba en el pasillo con mi
hermana.
Gabriela Moreira (CABA)
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