41. TREINTA Y TRES INVIERNOS
Treinta y tres
inviernos.
Pasaron treinta y tres
inviernos desde el momento en que tapé con discreción mis anhelos y deseos,
disfrazando mis sentires, dejándome llevar y aceptando lo que la vida me iba
ofreciendo.
Adiestré mis emociones
y las guardé bajo llave. Mi imagen ya no fue una práctica diaria.
Se acercaban los
cincuenta, edad en que las Keegan dejan este plano y estaba segura de que
seguiría con ese mandato ancestral. No fue así.
De pronto mi niña
adolescente me zamarreó y me obligó a comenzar el amoroso ejercicio de
reconocimiento frente al espejo.
Me ayudó con lágrimas a
arrancar de mi piel miradas ajenas y
repetidos descréditos. El dolor se hizo por momentos casi insoportable. Tuve el
valor de liberar viejas y enquistadas creencias.
Perdí para ganar.
No tapé arrugas ni
algunas estrías que me recuerdan el nido de mis hijas. Vi en mis ojos cansados un
brillo que nunca había notado. Perdoné y me perdoné.
Mi cuerpo, tal vez por
genética, o a fuerza de natación y aqua gym, se mantenía firme y erguido. Se
había acoplado al son de los años.
Asomaban algunas
heridas de guerra, pero no reparé en ellas.
Me animé a la bikini,
al jeans gastado y roto, a los colores y los tatuajes.
Para sentirme guapa no
necesité tacones ni encajes.
He cambiado tanto que
temo a veces que no me reconozcan. Me siento más hermosa, segura y plena. Puedo
reconocer el canto del agua, el aroma de las flores, el color de la fruta, como
un ciego recién sanado.
Dichosa de amar antes
que todo, de tener la confianzade partir sin más donde todo sea posible.
Hoy me doy cuenta de que
he estado lista desde que nací , pero siempre encontré excusas para no estarlo.
María Santandrea (Neuquén, Neuquén)
40. UNA PAUSA
Una pausa.
Suspiré profundo y me
miré al espejo. Me gustaba lo que me devolvía ese nuevo amigo, con quien pasaba
horas bailando y practicando poses.
Mis piernas eran
eternas, estaban descubiertas, el mini vestido apenas tapaba mi cola. Mi piel
era casi de porcelana, nunca había logrado el tan ansiado bronceado que todas
llevaban.
Claudia, mi prima, me
había enseñado a maquillar mis pestañas claras, logrando que mis ojos
conquistaran mi cara.
Pronto, el chico más
guapo, del pueblo , alto y bello, me pasaría a buscar para llevarme a la
tertulia.
Estaba por cumplir los
quince, y él ya tenía diecinueve.
Me veía bella porque
estaba enamorada. Él ocupaba el asiento de mi eterna soledad.
Duró poco aquel idilio
con mi cuerpo y con mi alma.
Adiós adolescencia,
quedó acurrucada.
Corté mi pelo y comencé
, nuevamente a caminar mirando al suelo. Al suelo no. Fija en la sillita de
paseo, estaba mi mirada…
María Santandrea (Neuquén, Neuquén)
39. EL DOLOR DE LA MARIPOSA
El dolor de la
mariposa.
Qué etapa cruel aquella
en la que crecí con el dolor de la vergüenza de padres ausentes ante lo que
ellos consideraban insignificante, y para mí era un mundo de dolor.
Mis pelos rojos y ondulados
fueron blanco de burlas constantes, por mi altura también sufría
comentarios desafortunados por parte de los adultos. No contaba con un abrazo
que me susurrara lo bonita y especial que era.
Deseaba lo que los
demás tenían. Caminaba siempre mirando el suelo, sintiendo una desconexión
entre mi cuerpo y mi imagen.
Soportar las burlas
escolares por mis zapatilla Pepe, así era la marca sobre cuero negro, las
letras rojas, nada más humillante. El resto de mis compañeros llevaban Adidas,
Topper o Diadora.
Sentir la rabia
infinita que me provocaba el hecho de que mis primas estrenaban muda todos los
domingos para misa de diez y el lunes aguantar el sermón de la monja porque no
me había visto en misa.
Por suerte no me
invitaban a los cumpleaños, sino no hubiera tenido qué ponerme, fuera del
uniforme, mi guardarropas consistía en prendas usadas, heredadas, reformadas y
por supuesto, fuera de moda.
En aquella época
admiraba a mi prima Claudia, ella era bonita, morocha, con unos ojos negros
grandes y vivaces, pero sobre todo lo que más me gustaba de Claudia era su
ropa, moderna. A los doce ya se depilaba y maquillaba.
De aquellos años de oprobio y pudor, solo
recuerdo la niña que soñaba con despertar una mañana siendo una princesa, no las de los cuentos, sino una dama a la que
todos admiraban y volteaban a verla…
María Santandrea (Neuquén, Neuquén)
38. INSIGNIFICANTE
Había
dos maneras de mirar mi rostro.
En
el espejo, al que pocas veces recurría, o en alguna foto esporádica donde
quedé pintada para siempre.
¿Qué veía?
Una
nena delgadísima, de estatura mediana, piernas y brazos que parecían fideos
alargados.
Una
nena de ojos comunes, pequeños, de insignificantes pestañas, ojerosos, que siempre me hicieron sentir tan
fea y de madre los vi en mi hija viéndola a ella tan linda.
Pelo
largo, casi siempre con media cola y flequillo, castaño claro lavado con el
champú más económico y sin embargo
brillando al sol su natural combinación de marrones y rojizos.
Mirada
reflejando tristeza, no sé por qué si fui tan feliz, mis cachetes no supieron
expresarlo.
Me
sentí fea aunque mi alrededor se esmeró en decirme lo contrario destacando:
“Que lindo cuerpito”, “Que dulce”, “Que hábil”…
Ahora
miro mi rostro de niña en esas mismas fotos y me digo que fue cierto, fui
linda, dulce, hábil.
Hace
unos días mi hija me dijo: ” ¡Ay, mami!!!! En el mayorista vi una nena
chiquita con una mano como la tuya, no sabes quée ternurita, sentí tanto amor, nunca
lo había visto en una nena.”
Y
yo que tratée de esconder mi mano en la escuela,
en el súper, en el cine, en el club; sé que eso es exactamente lo que han visto
en mí, algo especial y diferente que aunque yo no pude verlo, me hizo una nena
linda.
Edith Martini (jáuregui, Buenos Aires)
37. FRAGMENTADA
(…)Voy hacia el fuego como la mariposa
y no hay rima que rime con vivir,
no te pares, no te mates,
solo es una forma más de demorarte.
En las tardes tranquilas
cuando extraño todo
pienso que todo no es lo que perdí
una rosa de feria
y aún a costa de perder
se pierde pero se gana
la lucha es de igual a igual
contra uno mismo
y eso es ganarla(… )
El TémpanoJ.C.Baglieto
Es muy
difícil escribir aquí las sensaciones y confrontaciones que viví con mi cuerpo y mi imagen.
Mucho más cuando, para los demás,no era
importante porque veían,en mí,la energía, el buen humor, a alguien a quieén acercarse y con quien sentirse a gusto sin esperar nada a
cambio.
Por eso
siempre tuve la espantosa percepción de un desdoblamiento que me acompañó casi siempre.
Llegué a
pesar más de noventa kilos. No podía cruzar
los brazos ni las piernas, se agudizó mi insomnio hasta llegar a tres días sin dormir lo que
debía, apareció la hipertensión, me
ahogaba siempre a las siete de la tarde, las piernas se dormían, no las sentía,
lloraba con la boca tapada en contra la almohada y comer era un desquicio.
No podía vomitar
y eso que lo intentaba. Olía siempre a azufre y un sudor frío me
inundaba cuando encontraba mechones de pelo por todos lados.
Después de
mucho andar logré incorporar hábitos alimenticios con la ayuda de
profesionales y pude hacer un descenso saludable de veintiún kilos dejando atrás, en parte, lo patético, asqueroso y fangoso que es el tema de la
gordura.
Tarde unos
cuantos años…terapéuticos también.
Fue la joven
adultez la que me encontró criando, trabajando a más no poder, sosteniendo y…ahogándome en
la voracidad..
Triste.
Duele. No soy muy consciente si alguna vez también quise
morir…igual, yo, no podía darme ese lujo.
El tiempo
fue pasando y pude logré manejar mi sobrepeso bastante bien.
Hacer profilaxis alimenticia tan supervisada y con muchas recaíidas, hizo que, de a poco, saliera de ese desdoblabiento interior y
empezara a focalizar solo una persona: a
mí.
La otra
Gabriela no desapareció totalmente. Tampoco la obesidad pero todo empezó a ser más
manejable.
Los rulos y
la miopía de la niñez adolescencia ya no tenían relevancia. De los monstruos
interiores uno fue el más letal y había que darle batalla.
Fui dejando
capas en el camino, así como las catáfilas de la cebolla que
se demuestran frágiles,quebradizas , desteñidas de falso oro pero
imprescindibles para descubrir la belleza voluminosa blanca, entera, brillante y única que da sabor a pesar de las lágrimas.
La lucha fue
conmigo misma. Las pérdidas fueron necesarias. Todo tipo de
pérdida fue necesario.
Ahora, con
mi madurez a cuestas, me gusto.
Soy lo que
ofrezco de verdad y no encubro nada. Los alimentos me siguen desafiando… a
veces puedo, a veces no.Bastó un solo instante no me pregunten cuál ni cuáando en medio de la cruzada empecé a rescatarme.
Mi mundo
paralelo se fue diluyendo y veo desde lejos una de todas las vidas observándome
como un espectro irreconocible que acecha. Sin embargo no se acerca
porque sabe que perdería esta vez.
El espejo no
es tan frío ahora, me susurra, inunda mis ojos de
nostalgia, de ganas de abrazarme y, en ocasiones, vibra un lamento muy delgado que sale de mi reflejo cuestionando el no haberme dado cuenta antes de todo lo que podía
hacer siendo más joven.
Ya está. Mi
vida es un premio.
Me acepto. Me quiero. Me acompaño. Me permito. Todo el tiempo que sea necesario.
Gabriela Potenza (CABA)
36. ESPEJITO, ESPEJITO...
Con el tiempo mi cuerpo y yo establecimos
acuerdos.
Si el sobrepeso no impedía que me
relacionara con otros, entonces yo no le exigía que se fuera.
Mamá empezó a llevarme al club.
Si mis ojos se adaptaban a las lentes de contacto con
la miopía altísima en el derecho y yo no me quejaba al sentarme siempre en las
primeras filas del aula o levantarme antes de las siete para hacer el ritual para
colocármelos.
Usaba lentes duras en ese entonces.
Si mis rulos se alisaban inmediatamente
con “la toca” de rulero gigante sin piquitos que me habían enseñado a hacer mis
tías, yo me aguantaba las hebillitas a los costados.
Horribles.
En fin, acuerdos tácitos.
De por sí, era alegre y realmente era
aceptada en cualquier grupo… bueno...en el de las más lindas y deportistas no
tanto. Aunque no lo hacían evidente, solía estar siempre afuera. Nunca me
incomodó. En la actualidad sigo viendo a mis companeras y nos encanta recordar.
Cierta vez tomé conciencia de todo junto
y de la edad. Casi quince.
Mi abuelo era libanés y tenía códigos
muy arraigados, costumbres y tradiciones inquebrantables, con proverbios
determinantes. Aunque había cedido bastante con alguno de ellos, otros, todavía
las llevaba muy dentro.
(No puedo pasar por alto que se casó con
mi sette por carta.)
En esos días había llegado su primo del Líbano, Louis, y revolucionó todo.
Como yo sabía francés participaba de diálogos,
traducciones y expresiones que facilitaban el ida y vuelta, en la mesa, un
paseo, en lo cotidiano.
Al turquito le gusté. Y sin mediar ninguna
conversación con mis viejos ni tampoco importale los más de veinte años arriba de
los mios, le pidió al abuelo llevarme al Líbano con él.
Mis ojos rasgados, mis caderas, el francés
exquisito, el pelo rizado y largo… Se plantó y lo pidió.
No entendí nada.
Mi tía Ester, sí.
Buscó a mamá desesperada además de
sacarme de un tirón de la habitación.
Mira vos, la nenita, ahí estaba otra vez.
Si la respuesta hubiese sido un sí, ¡ahora
estaría en un harém y paseando en camello o grabando una novela turca! No
quiero pensar cosas peores.
Llevo esta anécdota conmigo desde aquella vez
y me río mucho con las tías al recordarla. Fue un tiempo inolvidable y
disparatado.
Que me impulsó para escribir mi primera
carta de amor a Carlos, mi vecino, mi primer amor, a aceptar llamados telefónicos
después de cenar, a ir a bailar, al primer beso… Ese hombre, que ni siquiera
tiene cara en mi memoria, despabiló mi femineidad sin haberme rozado siquiera.
Un tiempo que también me hizo comprender
más tarde, que la mirada de los otros se acomoda a la propia individualidad y
que ninguno de nosotros ve lo mismo, jamás. Ni siquiera yo tenía la verdadera
imagen de mí misma porque todavía me envolvía el pudor, la baja autoestima y la
falta de valor.
Todo estaba en camino sin saberlo. Y
cada situación adolescente ayudaría a
desarrollar lo que sería el propio, casi definitivo, reflejo.
Mi viejo no se enteró de lo que había
pasado. Las mujeres de la casa se habían encargado de que así fuera. Mujeres
hermosas, sabias, agrupadas en señal de protección y bravura. Mujeres de
Oriente que no son tan silenciosas detrás de la puerta de
la casa.
Gabriela Potenza (CABA)
35. AHÍ VA LA NENITA
Ahí va la nenita.
A
los ocho años con pollera tableada y suéter al tono, con zapatos de gamuza y
vincha de terciopelo… Pero no ve nada, nada de nada.
Ahí va la nenita.
Primer día de clases a los nueve,
estrenando anteojos lupa con una nueva vincha azul y colita de caballo para
domar los rulos. No quiso mirarse en el espejo antes de salir de su casa.
Rulos indomables, lentes gruesos, mas
gordita…
Ahí va la nenita a los trece.
Tapándose la cola con el buzo de
gimnasia y encorvando la espalda para que las lolas no den vuelta la esquina
antes que todo el resto.
-Buen día, corazón…- le dice el quiosquero
de revistas con tonadita y esa mirada.
-¿De paseo? =le dice la abuela de los
chicos de al lado que no se pierde ningún acontecimiento porque parece pegada al marco de la puerta de
calle.
-Hola, Gaby. ¿Qué te pidió mama?.-le pregunta
don Tito, el almacenero, con cara de enojado pero no con ella.
La nena sonríe, la quieren todos pero
ella todavía no sabe si se quiere, especialmente cuando esta sola.
Como en otras ocasiones Gaby se desdobla.
Para el resto, simpática, divertida, sin conflictos.
Pero en soledad… a pesar de los cuidados
de mamá, a esta Gaby siempre la envuelve el ovillo de su sombra cuando está
sola.
Gabriela Potenza (CABA)
34. CELULITIS
“No te preocupes, no te voy a
pegar nunca más, porque ese cuerpo lleno de celulitis me da asco, no lo toco ni
con un palo”.
Esa fue la forma que tuvo de
llamarme y darme “la tranquilidad”de que nunca más iba a irrumpir en mi casa
para pegarme como lo había hecho un mes atrás, una calurosa tarde de enero.
Rompió el portón de entrada de
una patada y aprovechando que las ventanas de mi casa estaban abiertas saltó
por una de ellas y apareció en el medio del living, donde mis hijas miraban la
tele, mientras yo hacía la limpieza.
Esas palabras marcaron mi
autopercepción durante años. No podía ver en mi cuerpo más que la celulitis de
mis glúteos y piernas. Ni siquiera me molestaban las estrías de mis senos, ni
mis caderas anchas, ni mis rodillas prominentes o mi papada. Todo lo que veía
era mi celulitis. Y todo lo que sentía que los demás veían de mí, eran esos
horrendos pozos en mi piel.
Me llevó tiempo verme toda y
aceptarme. Pasé mucho tiempo sin querer comprarme ropa, argumentando que no me
gustaba entrar en los probadores pequeños e incómodos, que todo lo que me
ofrecían era de colores oscuros con hechuras dignas de una bolsa de papas o que
las vendedoras me miraban con desprecio cuando les hacía una consulta.
Mucho de todo eso era verdad,
pero lo que más me manejaba era esa voz, que sonaba más fuerte que la mía
propia, esa que del otro lado del teléfono expresó tanto odio y asco hacia mi
cuerpo.
El tiempo fue pasando y se
curaron esa, como otras heridas de mi separación. Casi sin darme cuenta empecé
a gustar de nuevo de mí, a sentirme cómoda con los vestidores y a encontrar
colores y formas que hice míos para siempre.
Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)
33. DE ESO NO SE HABLA
¿Cómo hacés para estar siempre
feliz?
Me sorprendió la pregunta de mi
compañero del secundario. No pude darle una respuesta concreta. ¿Acaso no era
un estado natural?
Transcurrí una adolescencia
rodeada de amigos y amigas y creo que mi libido estaba puesta en todo lo que
eso me generaba, pero también creo que era una buena forma de no mirarme.
En mi familia no se
acostumbraba a hacer referencia al aspecto físico de los integrantes ni de los
de afuera. Realmente ese tema no era algo que a mí me tuviera pendiente.Aunque pasados
los años sentí que me hubiese gustado que me dijeran “qué linda estás”, “eso te
queda muy bien”, o algo por el estilo.
No me sentía disconforme con mi
cuerpo ni con mi aspecto, a pesar de no encajar en los cánones de belleza
esperados, debido a mi tamaño físico y mi nariz demasiado grande. Pero creo que
en verdad era porque no reparaba en mí, pienso que en cierta forma, esa falta
de alabanzas de mi familia me habían hecho sentir que si le prestaba atención a
mi cuerpo era vanidosa y eso no estaba bien. Sin embargo, había algo que me
gustaba mucho de mí era mi pelo. Lo tenía lacio y largo y me encantaba llevarlo
suelto o con una cola bien alta.
Tampoco entre mis amigas se
hacía mención si alguna estaba más gorda o más flaca, no había problemas de
alimentación o traumas visibles con el aspecto físico de ninguna. No
competíamos por la ropa o las marcas, creo que la ventaja de criarnos en una
ciudad chica hacía que nos mantuviéramos bastante al margen del consumo.
Solamente Marcela sabía de marcas y cosas de las que nosotras estábamos ajenas,
ella siempre se diferenció del resto por eso, pero lejos de querer imitarla tomábamos
como un aspecto de su personalidad que esas fueran cosas importantes para ella.
Había situaciones que sí me
dejaban con sabor amargo, como por ejemplo que el chico que me gustaba no me
sacara a bailar o que todas mis amigas estuviesen bailando y yo quedar sola en
la mesa. Ahí sentía que realmente a los chicos yo no les gustaba, pero por
negación o por superación, no lo sé, el tema no pasaba del momento.
Mi primera menstruación tardó
en llegar, así que empecé con estudios médicos debido a que, a pesar de tener
mi cuerpo desarrollado, recién a los dieciséis tuve mi primer período. Quince
años me lo pasé de médico en médico, porque menstruaba cada cuatro o seis
meses. Nadie me encontraba la vuelta y la verdad el tema empezó a ser
angustiante y agotador con el paso de los años.
Cuando ingresé en la facultad y
ya viviendo en La Plata, cambié mi forma de vestirme, por una más bohemia, con
polainas de lana rústica, jeans gastados o bombachas de campo, botas de gamuza,
pullovers de lana hilada y morrales.
Tuve que hacer una dieta por mi
bendita tiroides y bajé unos cuantos kilos, creo que por primera vez le presté
atención a mi cuerpo y empecé a sentirme más linda y a gustarme mi nuevo
aspecto.
Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)
32. CORTE DE CABELLO
Mi mamá me llevó a cortar el
pelo. Yo tendría unos cinco años, en unos días nos íbamos de vacaciones a Mar
del Plata.
No sé por qué razón, si por
indicación de mi madre o por propio criterio de la peluquera, mi cabello quedó demasiado
corto.
No recuerdo si ese día me
molesté, enojé o angustié por el corte. Pero a los pocos días acompañé a mi
papá y a mi hermano a cortarse el pelo y cuando terminó con ellos, el peluquero
me señaló y le dijo a mi padre “¿al otro nene no le cortamos?”. A lo que mi
papá contestó apresuradamente “no, no, es nena”.
¡Sentí una vergüenza terrible!
Salimos de ahí y nadie dijo nada.
Nos fuimos de vacaciones. A los
pocos días de haber llegado, estaba yo en el hall del edificio donde parábamos
y unas adolescentes me miraron y me dijeron “qué lindo nene, ¿cómo te llamás?”.
Sin contestar, di media vuelta
y salí corriendo para el departamento. Tampoco le conté nada a nadie acerca de ese
suceso.
Visto a la distancia me doy
cuenta de que no me sentía con la libertad para expresar cosas como el
desagrado del corte o lo que me lastimaban los comentarios que recibía, aunque
los mismos fueran sin la más mínima mala intención.
Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)
31. MI HISTORIA CON ALEJANDRA ADULTA
Me enteré de que iba a tener un bebé en agosto de
1985, yo tenía veinte años y fue el regalo más asombroso que me dio la vida. Como
cambiaba mi cuerpo era lo que menos me importaba, me centré con dedicación en
la maternidad. Un sol nació de mí y me sentía afortunada y realizada después de
luchar contra las descalificaciones de mi madre. Durante dos años mi bella hija
Dalilafuelo único que me importaba. Empecé a tener muchos problemas con
su padre, yo apostaba a la familia y la pareja, pero era muy difícil
sostenerlo. Esos problemas me hicieron adelgazar más de diez kilos, no había
quedado tan gorda del embarazo y comencé a tener el cuerpo soñado. Pero me
sentía grande a pesar de que siempre parecí diez años menor. Estaba tan herida
emocionalmente por los desprecios de Daniel, mi esposo, que no podía disfrutar de
mi figura, me vestía mal, me abandonaba. A veces hacía el esfuerzo de
arreglarme y sentirme linda pero no lograba levantar mi autoestima. A los dos
años y medio tuve a mi segundo hijo, Abel, el bebé más bueno de la tierra y
aunque mi dedicación era total hacia la casa y la familia, me puse la meta de
bajar varios kilos hasta que me entrara esa pollera corta que me moldeaba el
cuerpo.Me sentía con más ánimo para maquillarme y mi vestimenta era más
agradable y ajustada. Luego vino un período de tranquilidad. Por un tiempo me
olvidé un poco de mí y engordé algunos kilos pero seguía siendo flaca a pesar
de no verlo en el espejo.
Desde que tuve a mi hija me sentí una persona de
treinta y cinco, veía a esas hermosas modelos y actrices flacas que vestían
polleritas muy cortas y pantalones ajustados y creía que yo les llevaba como
diez años, resulta que tenían mi edad. Cuando llegué a mis cuarenta, después de
haber ido mucho al gimnasio, comer comida sana y hacer mucha música, mi cuerpo
estaba bien formado y podía ponerme la ropa que quería, pero tampoco logré sentirme bella porque estaba emocionalmente quebrada por mis
relaciones amorosas. No podía valorarme, estaba pendiente de la mirada de mis
parejas.
Me costó bastante aceptar que me estaba poniendo
vieja. Eso comenzó exactamente el 6 de agosto de 2011 cuando cumplí los
cuarenta y seis años, que fue el día en que me entregaron mis primeros lentes.
A los cincuenta las canas; a los cincuenta y dos las arrugas y un día mi cuerpo
se transformó en el de una mujer muy mayor y ya no me trataban de “vos” o de
“chica”, todo el mundo comenzó a decirme “señora”.Hoy a mis casi cincuenta y
seis pude aceptar el paso del tiempo.
Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)
30. DE ROPA SUELTA
Mi vida cambió para siempre cuando entré a un vestíbulo a probarme un
pantalón, por supuesto era el talle más grande, y no me entró. Salí de allí
furiosa y le dije a mi mamá: ¡Por qué me
diste tanto de comer! Tenía casi quince años y debía comprarme ropa “de
moda” para ir a bailar con mis compañeras del colegio. Ellas eran hermosas,
flacas, modernas, con ojos claros y pelos brillantes. Yo me sentía
espantosamente gorda (las fotos muestran que no era para tanto), tenía caspa,
mi cuero cabelludo era grasoso, tenía cejas gruesas y cachetes regordetes y muy
colorados. La ropa que me compraba era horrible. No me hallaba. Por eso el día
que fui a mi primer recital me rompió la cabeza: la gente era despreocupada,
buscaba la libertad.Yo quedé fascinada con los pelos revueltos y la ropa que
usaban, suelta y colorida
A pesar de que mi grupo de amigos hippies me decían gorda, me hice un tiempo la liberada y comía todo el chocolate que
no me habían dado durante mi infancia y las facturas con dulce de leche que no
compraban en casa. Pero cuando me veía en el espejo tan redonda y culona no me sentía nada
bien, entonces cada vez me vestía con más trapos y me ponía zapatillas rotas y
desteñidas. Nunca me pintaba, usaba vestidos y polleras enormes creyendo que
así iba a disimular la gordura.Por suerte mis amores de la adolescencia eran
más relajados con la apariencia y la dimensión de mi cuerpo, que insisto, no
era para tanto.
Después de haber entrado a mi primer Coro y tener otro tipo de amigos, empecé a cambiar de a poco mi aspecto: hice una dieta, usaba ropa un poco más ajustada y me cuidaba el pelo.A los dieciocho años mi ropa era rococó y angelical. Fue en ese año que me puse de novia con el que fue mi marido y la relación con mi cuerpo dio un giro total.
Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)
29. JUGAR Y VOLVER A JUGAR
Me gustaba tener el pelo muy largo, sobre todo a los ocho o nueve años. y Mi
mamá me hacía todo tipo de peinados: trenzas, colas de caballo, dos colitas, un
rodete, pero a mí lo que más cómodo me resultaba era la vincha. Tenía unas
pestañas enormes y eso me agradaba. Era muy flaquita, mi mamá nos crió con comida
saludable, sin Coca cola ni chocolates, pero al terminar los ravioles de los
domingos mi satisfacción más grande era comerme una flauta de pan blanco.
Tenía brazos finitos y manos muy delicadas,cualquier cosa me lastimaba, es
más, me anotaron para hacer básquet porque era alta pero cuando le pegaba a la
pelota me dolían los dedos y eso me daba mucha bronca. Mi juego preferido era
cantar frente al espejo y era agradable mirar mi cara y oír mi voz; a pesar de
ser una niñita muy tímida no tenía problemas para bailar frente a los demás,
además jugaba mucho a ser modelo caminando por las pasarelas imaginarias y
cambiándome de ropa todo el tiempo.
Tenía unas primitas que me acomplejaban bastante, eran hijas de un sobrino
de mi papá, primo hermano mío, que tenían un par de años menos que yo y cada
vez que me veían me decían ¡Qué cara
alargada que tenés!, las veía dos o tres veces al año y nunca dejaban de
repetirme lo alargada que era mi cara, una de ellas arrugaba la nariz con mucho
desagrado y la otra me preguntaba por qué tenía
el mentón tan largo. En las reuniones familiares huía de ellas, no había muchos
chicos para jugar, entonces me acercaba a mi mamá con mucha rabia y me quedaba
a su lado, cuando nos íbamos no me daban ganas de no volver nunca más ¡Eran
insoportables! Pero más allá de todo eso, durante mi infancia no tuve problemas
con mi cuerpo, a pesar de que mi abuela era bastante gordita y mi mamá vivía
haciendo dietas aunque no las necesitara. No me preocupaba
mi figura, lo único que me importaba todo el tiempo era jugar, jugar y volver a
jugar.
Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)
28. ¡ERA TAN LINDA!
Me gustaba levantarme y
saber que me esperaba un día lleno de aventuras. Ser consciente de que era
chica y que faltaba mucho para que fuera grande. Yo tenía mi propio espejo
interior, que no reflejaba lo mismo que los otros espejos.
En mi espejo yo era una
nena re linda, en especial porque era bajita y menuda para mi edad y eso me
hacía parecer más chiquita.
Además de linda era
simpática, graciosa y ocurrente.
Amaba vestirme de
varón, con los vaqueros y una camisa a cuadritos o una remera rayada.
Las zapatillas siempre
FLECHA, de lona, como las de Timmy, el nene de Lassie.
Me identificaba con los
chicos de las series, Mark, el de "Mi oso y yo", el nene de
"Flipper", tal vez una Heidi, porque era amiga de Pedro y corría todo
el día por las montañas o Annie, la del orfanato, porque eran nenas aguerridas.
Recuerdo que tenía unas
zapatillas Flecha multicolores, que usaba en verano, cuando no iba al colegio.
Me las ponía a la mañana y las miraba con devoción, me parecían hermosas y mis
piecitos en ellas más. Mis pies, mis rodillas, mis piernas. Era chica y eso era
lo mejor que me podía estar pasando.
No entendía por qué mi
hermana, mis primas o algunas compañeras querían ser grandes, usar medias de
nylon, zapatos de suela con taquito, vestidos vaporosos.... ¡con lo lindos que
quedaban los zoquetes en las zapatillas Flecha multicolor!
En época de clases,
amaba mirar mis zapatos abotinados, también pequeños, mis medias siempre
caídas, mi uniforme del colegio con la camisa desabrochada en el cuello y la
corbata desorientada.
Me hacía dos colitas, o
dos trenzas. Me gustaba mi pelo y mis manos de uñas cortitas y sin pintar.
Estaba muy conforme con
mi aspecto y pensaba que todos me veían así.
Amén de lo que
estuviera sucediendo a mi alrededor yo era una nena linda y valiente, como los
muchachitos de mis series.
La otra chica, la que
salía en las fotos o se paraba frente al espejo, no era como yo me veía. A esa
otra chica le estaba creciendo mucho la nariz y encima, torcida. Cuando estaba
por dormir, , antes de apagar el velador, más de una vez vi de refilón en la
sombra de la pared a un perfil que no era el mío, que podía ser del indio
Gerónimo o del indio que estaba en la lata de los tomates Inca, pero apagaba la
luz y se acababa el problema.
Fui una obrera
entusiasta, constructora permanente de mi autoestima.
Hasta que se me empezó
a redondear el pecho y la primera menstruación me sorprendió a los diez años
sin ningún tipo de información, por supuesto.
Mi madre estaba
maquillándose frente al espejo del baño, pasándole rímel a sus pestañas.
Yo estaba haciendo pis
cuando descubrí la sangre y le dije muy asustada que me había lastimado.
Ella suspendió su
ritual pero sin soltar el pincelito del rímel, y me miró.
"Ah, ya sos
señorita", comentó y siguió embelleciendo sus pestañas.
Le hice varias
preguntas, que contestó frente al espejo. Lo único que me recomendó fue:
"No le digas a tu papá". Supongo que para tener la primicia ella.
Odié esa sangre, el
algodón entre las piernas, caminar como si tuviera pañales, los dolores de
panza. Todo todo todo mal.
¡Así no se irrumpe en
una infancia, señora menstruación! ¡No se le arruina la alegría a una niña de
diez años que quiere quedarse de diez años para siempre!
¡Detestable, abominable,
señora menstruación!
A partir de ese momento
tuve que trabajar el doble para verme chiquita, linda y graciosa.
Tuve que aprender a
ignorar y ocultar esos horribles días del mes, que la mayoría de mis compañeras
y primas no tenían. ¡Y ellas morían por "hacerse señoritas"!
¡Tontas, tontas,
tontas!
Las señoritas se ponen
feas, les salen granitos y tienen que usar corpiño.
Por eso me ingeniaba
muy bien para seguir pareciendo una nena. Usaba bermudas, zapatillas y me
peinaba con trencitas. Y me aplastaba el pecho todo lo que podía.
Nadie se iba a enterar de
que esa nena tan linda estaba mutando. La nena de mi espejo interior me gustaba
mucho, yo la amaba y la protegía.
Hasta que llegó la
adolescencia.
27. NO TENGO EDAD
Voy
caminando por las veredas soleadas de mi Adrogué casi primaveral y en alguna
casa medio abandonada puedo darme el lujo de hundir mis pies en las hojas aún
crocantes y doradas que dejase el lejano otoño…
Mientras
pienso en mí, siento que no tengo edad ni tiempo que me limite.
Me
siento libre de vivir, de ser y de elegir.
Recuerdo
una conversación con mi hermana que me decía, pero vos ya no tenés veinte años, cuando hablábamos de mis
condiciones para elegir pareja y realmente no puedo entenderla.
Para mí la edad es solo un número que jamás me marco ni me condicionó.
Al
llegar al centro de Adrogué me cruzo con unos casi adolescentes que me observan
y yo camino entre ellos con total naturalidad, no me siento vieja en
absoluto.
Realmente
no me importa la mirada ajena, hoy, que yo me apruebo y puedo sentirme segura
de mí.
Me
veo en las vidrieras al pasar y me devuelven una imagen que me gusta.
Hoy
estoy comprándome ropa sin detenerme a elegir un color tan solo para que mi
silueta parezca más delgada, hoy puedo elegir lo que quiero y nada
empañará esta dicha.
Es
extraño pero la armonía con mi imagen me muestra que todo parece
acomodarse a mi antojo.
Luego
de comprarme unos jeans y una remera, me siento en un barcito y me dispongo a
mirar a la gente desde la ventana.
Me
detengo a observar y veo tan claro cuánto se puede saber de la gente que pasa
solo al reparar en como camina. Quizá puedo ver en otros a quien fui y no me
gusta, tal vez por eso necesito aferrarme a esta Viviana que sabe quién es y lo
que quiere, y que se siente con derecho a vivir su vida con sus propias reglas
y dejando atrás complejos y limitaciones.
Clara Lucía Márquez (Adrogué, Buenos Aires)
26. ESPEJO
¿Qué es un espejo? Un objeto que refleja
la luz. Los de uso familiar son planos: tienen una superficie plana. Diferente
de los curvos que se utilizan para producir imágenes aumentadas o disminuida o
para distorsionar la imagen reflejada.
Mirarse en el espejo. Tarea compleja. Ya
conté que el espejo me servía para la destrucción masiva de mis escamas. Ver lo
que no quiero ver. O que no se vea. Hasta el día de hoy me presenta alguna
dificultad. ¿Qué veo cuando me miro al espejo? Lo primero que hago frente al
espejo es adoptar una actitud de confrontación. Pero al instante me hago amiga
de mi imagen. Me gusto. Lagañas y nidos en el pelo. Me gusta gustarme. Mucho.
Hubo un tiempo en el que me decía todas las santas mañanas: “si hay comillas no
va guión¡Qué hermosa que estás!”. Tal vez para darme ánimo cuando la tarea a
cumplir no era de mi agrado. Alguna vez llorando a mares pregunté al cosmos por
qué a mí me tocaba ser como era, tener la imagen que tenía: la mía y la de los
otros.
Cuando chica, me encantaba tomar la caja
de fotos -la que mi papá tiró al fuego-y repasarlas una y otra vez, mil veces,
millones de veces. Descubrirme muy parecida en cuerpo al de mi mamá (casi un calco).
Observar detalladamente las fotos de cuando ellos eran jóvenes. ¡Tan jóvenes!
Horas pasaba yendo y viniendo por esos pedacitos de vida en papel. ¡Qué
diferente al ahora! Imaginaba la fiesta en la que estaban. Veía sus ropas. La
malla verde de mamá en el Tigre. La casa de la abuela Úrsula.
Mi fantasía de niña pequeña unía fotos
sin sentido en historias importantes. Obvio que me daba maña para aparecer en
esos relatos como la heroína. La salvadora. La solucionadora de problemas. ¿No
hacen eso los superhéroes? Nos preservan de todo mal. ¡Gracias, superhéroes!
Interesantes: pocas superheroínas.
Con respecto a mamá, me planteaba que,
si bien su imagen no respondía a la belleza social esperada (la que yo
deseaba), me daba fuerzas para creer que algún día sería amada. Así como era.
Otro ítem era la ropa. Mamá nos cosía y
remedaba como podía vestidos y abrigos heredados de otras familias. A veces
sucedía que me creía estrella en mi vestido,
digamos nuevo, nuevo para mí y cuando iba a una reunión me daba cuenta de
que era espantoso con respecto a lo que los otros vestían. “¿Quién te compró
esa ropa?”. Mucho tiempo me llevó darme cuenta de cómo vestirme para cada ocasión.
Hasta ahora que he descubierto que la ropa acompaña a mi piel y sus
movimientos. Subrayo la comodidad por sobre el resto. Obvio que cuento con
prendas para situaciones festivas. Las que a mí me resuenan como a fiesta.
Otro tema fueron los zapatos. Con pies
grandes y anchos, siempre fue dificultoso conseguir que me gustaran/calzaran/me
fueran cómodos para todo el día fuera de casa. He roto varios cambrillones. Y
eso significó en su momento arrastrar zapatos inútiles. Ampollas, molestia,
dolores.
Cuánto recorrido para armarnos o
amarnos? en el modelo que somos.
Edith Oxilia (CABA)
25. PSORIASIS
A mí me atravesó la psoriasis. Hoy
también, con otras implicancias.
Cuentan mis padres que corrieron al
Hospital de Niños y que tuvieron suerte ya que en esa época los niños que allí
estaban morían en los brazos de sus padres debido a la poliomielitis.
Algo pasó que concurrieron con una beba
de cinco meses a una guardia médica. Dicen que estuve en carpa de oxígeno y que,
fruto de esa estadía en el hospital, me trajeron a la casa con psoriasis.
Marcas en la piel. Toda la cara. La cabeza. Las piernas. Los brazos. El torso.
Toda yo.
Una es muy pequeña para tener en claro
cómo se dieron las cosas. Funda su propia historia según la que le cuentan sus
padres, dadores de sentido.
Recuerdo sí los penosos viajes en el
tren Sarmiento a las cuatro de la madrugada. Lleno de gente. Mamá cumplía con
las visitas acordadas en el Hospital Argerich. Me pesaba el frío de la Sala de
Espera. ¡Las veces que presencié el paso de los cadáveres tapados y
malolientes!
A nuestro turno, nos hacían pasar a un
lugar donde ella me quitaba la ropa. Desnudez de niña. Vergüenza. Cara
colorada. Orejas ardientes.
Quedaba con mi bombacha más linda y en
camiseta. Mucho calor (acé empieza tu calor?!)en el consultorio gigante.
Seguidamente, mamá se iba. Soledad de estar muy sola. Llegaban los médicos con
manos frías y guardapolvos blancos. Hablaban entre ellos. ¿Así se siente el
ratón blanco de laboratorio al que le inocularon algo y quieren constatar el
desarrollo?
Volver a casa. Día de escuela perdido.
Alguna vez un docente preguntó el por qué de mis ausencias mensuales. “¿Mi mamá
no le dijo?”, repliqué genuina y
honesta. Ella me había dicho que avisaba en la escuela la imperiosa
necesidad de mis faltas. Pero no. A mí me decía una cosa: a la escuela no iba.
El tema con este trastorno, (trastorno significa una
alteración en las condiciones consideradas normales en un objeto, proceso u
organismo y deriva del latín,
compuesto por el prefijo tras-,
que significa “al
otro lado”, y el verbo tornare, que indica girar o tornear)
radica -mi caso- en que producía muchas cascarillas y escamas blandas.
Durante la tarde, con arte milenario,
procedía a desinfectar la pinza de depilar de mamá con alcohol. Me encerraba en
mi cuarto y con algún espejo arrancaba pacientemente las de mi cara. Todas. Las
que siempre se veían. Las que me hicieron ganadora del apodo “Oxilín, cara de
pescadín”
El rojo fuego de mi rostro daba cuenta
de mi tarea inútil. Por ello, me retaban: “Te hacés daño, no lo hagas más”
Daño. Más. Más daño.
La sensación de ardor continuo me duraba
hasta ir a dormir. Contenta porque se veía mi cara quemada —literal: en carne
viva- y no las escamas.
A la mañana siguiente de vuelta a
empezar. La realidad cruda frente al espejo. Las escamas que había quitado no
estaban, claro: habían tenido hijas.
Así salía de casa. Si me sentía
observada, bajaba la cabeza como si ese acto simple escondiera lo que yo veía
reflejado.
A eso hay que agregar la cantidad de
lociones viscosas y de colores con las que me untaban. Felizmente esta curación
sucedía en el adentro de la casa. Si alguien nos visitaba, gracioso, me decía
que parecía un payasito. El payaso/clown es un artista que deja ver sus lugares
más emotivos, su alma desnuda. Se caracteriza por tener una vestimenta muy
extravagante, que hace reír al público, hacer bromas y piruetas divertidas. Es
un provocador de emociones, y sobretodo y fundamentalmente de risa. El payaso
nos hace reír, sentir y reflexionar con su visión del mundo y sus intentos de
posarse por encima de sus fracasos. Nos muestra su vulnerabilidad sin tapujos,
y eso lo hace humano y nos hace sentirlo cercano.
El diminutivo en cuanto a lo apreciativo
para con el otro. Poder manejarlo. Payasito.
Crecí, creció mi piel conmigo y la
psoriasis fue achicándose.
Firmé un acuerdo con ella. Le busqué las
mil maneras para que los tratamientos (cuando lo decidiera) me sean felices.
¡Fuera pastas coloridas y de olores nauseabundos! ¡Nada de pastillas
milagrosas!
Acá estamos.
Edith Oxilia (CABA)
24. DOS CUERPOS
Cuando llegué a la
adultez, comencé a ver mi cuerpo de otra manera. Con el embarazo hubo un cambio
radical, y aparecieron claramente dos cuerpos. Uno maravilloso, que podía engendrar vida, cambiar de
formas,alimentar para que otro ser pudiera desarrollarse. Un cuerpo maleable, plástico, que podía convertirse en nido y
también recuperar sus formas curvas, y su sensualidad siendo deseable para
otros.Comencé a disfrutar de él.. Aprendí a sentir, a escuchar, los sonidos se volvieron claros, la visión se
hizo amplia, el tacto más exquisito, trayendo con ello estímulos y emociones
que muchas veces no puedo expresar en toda su dimensión.Pero también hubo otro
cuerpo. La hipertensión, que apareció con el embarazo, ha sido la vedette, la
que lleva toda mi atención, me atemoriza, me hace sentir amenazada, y me
despierta fantasías ante cada sensación desconocida. Dos formas de sentir el
cuerpo totalmente opuestas, me conectan con la vida y la muerte, sin matices
intermedios. Me siento feliz con mi cuerpo, aunque tendría que decir con la
imagen que mi cuerpo devuelve al espejo,
porque cada síntoma, se convierte en
alarma que despierta fantasías
angustiantes. Aunque los años pasan
y los rasgos se van acentuando, las
arrugas van apareciendo y las canas ya se adueñaron de mi cabello, no me siento
disconforme, el tema no es la imagen, no se trata de lo que está a la vista, de
la fachada, sino de lo que mora en su interior, de "las habas que se
cuecen " en caldos de emociones no expresadas, de broncas mal manejadas,
ahí dónde " la buenita" aun mora y las viejas heridas se transforman en síntomas.
Lili (Chacabuco, Buenos Aires)
23. CUERPO ADOLESCENTE
En la pubertad y comienzos de la adolescencia mi cuerpo fue tomando formas y características que me hacían sentir incómoda, extraña.Ya no era una niña pero tampoco era una señorita. La menstruación me causó la misma desilusión que enterarme de quines eran los reyes magos.Si bien mi mamá y mi tía(hermana de papá) me habían informado sobre el tema, no fueron claras o a mí no me interesaba.Creía que la menstruación venía por única vez, que era ese día y punto,no sabía para qué necesitaba menstruar.Cuando me enteré de que era una vez por mes lo sentí como una estafa, ya nunca más iba a poder estar tranquila, tendría que estar pendiente de una fecha.Además me comenzaron a crecer las mamas, y me sentía el blanco de todas las miradas.El vello no fue un tema menor, renegridos pelos salían como púas en mis piernas blancas y me daba vergüenza usar polleras.Mi madre me mandó a una depiladora, una precursora en esos tiempos, cuando la mayoría se afeitaba, eso me ayudó a sobrellevar el tema. No me sentía linda, me veía con una nariz grande y caminaba encorvada para disimular el prominente busto, sostenido por un corpiño para colegialas que parecía remarcarlo más. El profesor de gimnasia siempre marcaba mi postura, ¡derecha esa espalda!, me decía.
Tenía un grupo de
amigas con las cuales hablábamos sobre todo lo que nos pasaba.A una de ellas le
habían regalado un libro sobre el desarrollo sexual que para nosotras era la
mejor diversión, mirábamos las imágenes, leíamos y repetíamos nombres como:
vulva o escroto sin parar de reírnos
como locas, hacíamos afirmaciones tales como si camina con las piernas medio abiertas seguro que tuvo relaciones
anoche, o esa quedó embarazada porque
leía muchas fotonovelas, o Corin
Tellado, bibliografía prohibida para nosotras chicas que leíamos a Borges
o Galeano, escuchábamos a los Beatles y
nos reíamos de las cursilerías de Sandro
En segundo año conocí a
un varón, el fue mi amigo, mi hermano, mi compañero,un amor platónico o un alma
gemela, era una relación pura, algo nunca hablado ni aún hoy, que el tiempo ha
pasado, y tenemos la oportunidad de hacerlo.Era alguien de otro sexo, de mi edad,que pensaba como yo, y con quién
podía hablar sobre todos los temas a través de la escritura . Siempre salíamos
en la bici y encontrábamos un lugar donde leer aquello que nos salía de lo más
profundo del ser. Me hacía sentir linda, querida, inteligente, pero no me
gustaba,lo veía diferente a otros chicos, estaba demasiadoal alcance de mi
mano,y eso no me gustaba. Los fines de semanas todos íbamos a bailar, no tenía
problemas con la ropa, todo me quedaba bien y me animaba a usar unas minifaldas
bien cortas, shorts con botas y tapado largo,o suecos con grandes
plataformas. Mi mayor dificultad era la vista, no veía nada, tenía que usar
anteojos aunque salía sin ellos solo
porque me sentía mejor mostrando los ojos, paradójicamente creía en la fuerza
de mí mirada y estaba segura de que podía conquistar a alguien con solo mirarlo
detenidamente, menos al chico que me gustaba porque no iba a mi escuela y no
sabía cómo hablar con él.
En tercer año apareció
mi príncipe, fue un momento feliz, donde los planetas parecían estar alineados
y la sexualidad se despertó, aunque mi madre se encargó de reprimirla.
Mi cuerpo siempre fue
caja de resonancia de mis emociones y por aquel entonces comencé a transformar
la angustia en dolor de panza, la ansiedad en alergia, y la vergüenza en
rosácea. El sentir era exclusividad de la palabra oral o escrita, el cuerpo solo
podía hacerlo a través síntomas.
Lili (Chacabuco, Buenos Aires)
22. CUERPO DE NIÑA
Frágil, etérea, podía
pasar desapercibida o al menos eso creía.Tenía un gesto vergonzoso, no miraba a
los ojos, más bien miraba hacia abajo.Mi cabello era castaño, largo, desprolijo;
la mayoría de las veces lo llevaba sujeto con una vincha que siempre se
resbalaba y dejaba algún mechón tapando parte de mi rostro."No es linda,
pero es tan buena…" eso decía gran parte de la familia, o también "es
tan dulce'' .Era una niña sana y a pesar de mi deseo de tener esas enfermedades
propias de la infancia para no ir a la escuela, mi organismo nunca tuvo ni un
simple sarampión.Veía cómo mis amigas y hermanas se pasaban una semana en la
cama, recibían mimos y regalos, mientras yo seguía con la rutina.Eso sí, en septiembre siempre tenía anginas, creo que
esa fue la única enfermedad que conocí por mucho tiempo, entonces, me llevaban
al médico y ya sabía que la solución era unas inyecciones dolorosas.Al entrar a
esos consultorios que olían a remedios me erizaban la piel, sentía un inmenso
miedo que aún hoy conservo, como si algo muy grave fuera a pasarme.
El cuerpo no era un
gran problema para mi o al menos en ese momento no me daba cuenta, solo cuando
me ponía roja de vergüenza y quería que la tierra me tragara o cuando tenía que
leer en voz alta delante de todos, aunque lo peor era el ensayo de los desfiles
de veinticinco de mayo o nueve de Julio con el profesor de educación física que
nos hacía marcar el paso, haciendo
pública mi dificultad con la lateralidad."Izquierdo, derecho ,
izquierdo,izquierdo, Sierro, dije izquierdo " y me dejaba en evidencia delante de todos sin
que yo pudiera recuperar la marcha nunca más.
En invierno se me
ponían las manos muy frías, pero mucho más la nariz y mi papá me decía "a
verese hociquito de perro" en un tono cariñoso, refiriéndose a mi nariz roja y húmeda.
No tenía habilidades
corporales, y alguna vez me sentí avergonzada cuando me encontraron bailando e
hicieron comentarios cómo "ah ¡mírenla a ella!".
Ya adulta pude ver que
mi cuerpo recuerda que en él se fueron grabando emociones y palabras,situaciones
que no pude expresar, broncas que no pudieron salir, miedos, y otros afectos,
esos, "los innombrables"de vez
en cuando aparecen como síntomas para
recordarme que están ahí y que aún pueden salir de su escondite si me lo
propongo.
Lili (Chacabuco, Buenos Aires)
21. LA QUE FUI Y LA QUE SOY
Con
el tiempo fui cargando mis kilos con resignación podría decirse. Primero había
sido el miedo a la violencia en mi familia, luego a la sociedad y sus acechos,
posteriormente a las erupciones del volcán Copahue en cuya base yo vivía y
padecí tres de sus grandes manifestaciones siendo la primera al cuarto mes del
embarazo de mi único hijo, finalmente el terror a quedarme sola cuando
avizoraba el final de mi matrimonio desgastado con los años.
En
un lugar en donde hace tanto frío, como es Caviahue, se come abundante y se
visten enormes abrigos. La gordura es habitual y no excluyente como me ocurría
en los boliches.
Con
el tiempo la obesidad pasó a ser un problema. En el invierno, cuando en medio
de tanta nieve, era necesario caminar en fila india por una única huella. En
tanto que lo que los demás tomaban como gracia cuando yo decía que por donde
otros pasaban yo me hundía, para mí era un miedo enorme a que me pasara algo
grave andando sola y sin poder pedir auxilio. En verano el dicho cambiaba y
decía entonces que todas las piedras redondas eran mías. Cada vez que pisaba
mal una piedra, que por cierto abundaban en todas las calles del pueblo,
terminaba en el piso con un esguince y enyesada. Pero seguía sin hacerme cargo
y continuaba comiendo lo que quería y cuanto quería.
Fui
naturalizando lo que ocurría tanto en invierno como en verano y creía
defenderme de mi misma creyendo que lo valioso que yo tenía era la profesión y
la familia.
Solo
había una que otra ocasión durante el año en que ameritaba pretender arreglarme
un poco y para ello buscaba ropa de talles grandes que la mayor parte de las
veces conformaban un estilo varonil o me daban aspecto de señora muy mayor.
Hacía lo mejor que podía para los actos de la escuela, los de egresados
principalmente, ya que solía tener los séptimos grados, para alguna cena en
restaurantes de la localidad o para las fiestas de fin de año.
Después
de separada arremetí la vida con otras convicciones y en elaboración del duelo
por el fin de la relación de tantos años, reacomodar mi vida y equilibrarme económicamente
conocí al verdadero y más grande amor de pareja que podría haber imaginado, un
compañero inigualable, un ser maravilloso que acepta de mí todo lo que soy. Fue mi mayor
sostén cuando una hernia de disco no me permitía caminar sin ayuda y arrastraba
mi pierna derecha, durante el tiempo de reposo obligado.Me juntaba con unas
amigas siempre en casa a tomar mates y ellas nos entusiasmaron a casarnos, ya
que la propuesta había sido realizada como en las películas, él arrodillado, en
el río y sacando un anillo del bolsillo del short mirando el atardecer en la
orilla opuesta a la que estábamos. Pasaron los días y llegó
el momento, y ahora era su cadera la que nos jugó una mala pasada, así que
cerramos el sueño más bello en una fiesta increíble.
Hoy
sigo siendo obesa, vivo en una ciudad en la que los talles especiales y los
maquillajes me reencuentran con mi femineidad, haciendo de mí una mujer acorde
a mi edad y a mis ganas de vivir, sanando heridas y espantando miedos de a uno
por vez, pero, por sobre todo, rodeada de amor pleno.
Sonia Nievas (Plotiers, Neuquén)
Al transitar el séptimo grado y gracias a la genia de
la maestra, empezamos a prepara clases especiales en grupitos o parejas,
podíamos recurrir a láminas, proyectores caseros y todo lo que se nos ocurriera
para hacer más atractiva la exposición. Se preguntarán que tiene que ver esto
con que el cuerpo se libere. Es que, a raíz de las investigaciones para las
clases, fui por primera vez con mi amiga a la biblioteca municipal. Toda una
aventura salir solas del barrio en colectivo. Ahí comenzó una larga lista de
excusas para encontrar la forma de estar menos tiempo en la casa y para
sentirme libre de hacer diferentes cosas.
Una de las experiencias iniciáticas de libertad fue
también una salida al cine en capital federal. A lo que le siguieron rateadas a
la escuela, coladas en el tren, ir a jugar al pool al centro de Lomas.
Luego vinieron los cumpleaños de quince a los que me
autorizaban a ir porque luego me iba a buscar mi hermano. Y en el torbellino de experiencias y
obviamente a escondidas de mi padre, llegó la primera atracción por un chico y
el primer beso. El cuerpo se abría camino a troche y moche explorando lugares,
aventuras y emociones.
Más tarde llególa posibilidad de recuperar la relación
con mi abuelo materno y descubrí su amor, ese que nunca había sentido, el de mi
abuelo. Dejé de llamarme Karina para él para pasar a ser bonita. Me
conto tantísimas cosas sobre los orígenes de mi familia materna que daría para
escribir una novela. Pero de un día para otro mi padre fue asaltado por sus
fantasmas, que le recordaron su responsabilidad paterna y me prohibió ir a casa
de mi abuelo. Y yo, que tantas andanzas había transitado, tonta de mí le hice
caso y nunca más lo ví.
El cuerpo me llevaba a donde quería ir, pero el miedo
me detenía de hacer lo que quería hacer. Nada anhelaba más que irme de mi casa
y vivir sola. Harta de violencia, amenazas y golpes me decidí a encarar a mi
padre y decirle que ya teníadieciocho años así que me iría. Pero su terrorismo
de estado familiar pudo más y me quedé, prometiéndome que al llegar los
veintiuno cumpliría mi sueño y partiría. Desde entonces entré en una especie de
metamorfosis extraña.
Después de cada crisis en casa, aprovechaba a irme a lo
de alguna compañera de estudio.Ya había ingresado al magisterio y cosechaba
buenas calificaciones que serían, creía yo, el pasaporte a un trabajo que me
sustentaría en mi independencia. Pero en realidad terminétrabajando en un
estudio jurídico como cadete, luego como recepcionista y finalmente como una
especie de procuradora. En el mientras tanto había ingresado a la universidad
en la licenciatura en psicopedagogía la que dejé en tercer año por motivos que
sería largo de contar ahora.
En esta transición me había puesto de novia con un
chico mas grande que yo con quien experimente mi primer gran amor, mi
iniciación sexual y la primera desilusión. A pesar de saber que consumía
cocaína y marihuana, yo creí que dejaría los vicios para quedarse conmigo y
resultó ser exactamente al revés.
Nunca había tenido problemas con mi cuerpo, pero en
esta etapa comencé a sumar kilos como si fueran eslabones de una cota de malla
medieval que me protegía no solo contra mi padre, sino que me resguardaba del
mundo exterior. Ahora sola, mi incipiente coraza de kilos comenzaba a pesarme a
la hora de ir a los boliches, ya que a las gorditas no nos sacaba nadie a
bailar y terminaba teniéndole los abrigos a mis amigas mientras que me sentaba
a mirar como ellas sí bailaban. Mi picardía que fue siempre fiel y nunca me
faltó, me llevó a explotar mi capacidad discursiva, por lo que dejé de ir a los
boliches y empecé a frecuentar Pubs en los que de charla va y charla viene
siempre atraía a algún muchachito con quien salir.
Un giro drástico en mi vida fue el irme de casa, finalmente había alcanzado la libertad, pero el mundo se presentaba tanto o más impetuoso y violento que mi padre. Explorarlo fue el desafío que me catapultó a la madurez y con ella a comprender algunas cuestiones, perdonar y cicatrizar muchas otras.
Sonia Nievas (Plotiers, Neuquén)
19. EL CUERPO DE LA NIÑA QUE CRECÍA
Busco en mis recuerdos y revuelvo todos los cajones de
la memoria y no encuentro nada a primera vista, excepto mi imagen en unas pocas
fotos que tengo. La verdad es que puedo decir que fui una beba hermosa, casi
modelo para publicidad. Se nota que hasta los cinco o seis años mi mamá se
encargaba de vestirme a la moda de aquellos tiempos.
Luego ya no hay fotos, y a decir verdad tampoco
recuerdos propios que me permitan saber cómo me percibía en aquel entonces. Lo
cierto es que los recuerdos se fueron junto con mamá y Ciro al fallecer ambos
cuando yo tenía siete años.
Desde ahí en adelante me ausenté de mí misma y de toda
percepción del tiempo y el espacio hasta el día en que me contagié piojos a los
once años. Por entonces, tenía una cabellera larga hasta la cintura, de pelo
brillante y ondulado. Amaba mimarme, cepillando mi cabello, por las noches
justo antes de irme a la cama. Me doy cuenta que sí recuerdo que Nelly, mi
madrasta amorosa, no como la de cenicienta, a veces me hacía trenzas o colitas
para ir al colegio.
Lo otro que recuerdo es la fuerza de mi padre, a
veces, agarrando mechones de mi pelo para desenredarlo a los tirones con el
peine. Su fuerza era como la de un jinete que lleva las riendas para ponerle
rumbo al andar de un animal.
Mi cuerpo crecía, comenzaba a dar señales de su
desarrollo y junto con el crecer del cuerpo, crecía el miedo de mi padre, no sé
si a que la niña dejara de serlo, si a que no le fuera tan fácil sujetarme o a
que cada día que pasaba me parecía más a mi madre a quien él hacía esfuerzos
por olvidar.
Los piojos fueron la excusa perfecta que encontró mi
padre, para cortarme el pelo súper corto, como un varón. ¿Habra pensado que sería
como con Sansón, que cortándome el pelo perdería la fuerza?
Pero no, no fue así, al cortarme el pelo, me quitó
identidad. Yo lloraba frente al espejo mirando a una extraña que me miraba del
otro lado. Allí ya no estaba la niña inocente, se había engendrado la rebeldía
imparable de la nueva persona en que me había convertido.
Con el correr del tiempo, mi rebeldía, se hizo cuerpo,
parecido, respuestas, enfrentamientos y actitudes. Encontré paulatinamente y
sin darme cuenta, la forma de sacar del olvido a mi madre. Levantaba la mirada
haciéndole frente sin emitir sonido, a las palabras estridentes de mi padre. Él
automáticamente me decía: bájame
la mirada y que te re contra a lo que me estás diciendo con los ojos.
Tras lo cual acompañaba un cachetazo generalmente.
Otras veces, era torturante para él, verme comer
mucho, con ansiedad, lo que no era más de lo que él mismo generaba en mí.
Entonces gritaba: ¡¡¡Pará!!! ¡¡¡Comé despacio!!! ¿Qué querés, engordar como tu
madre? ¡¡¡EUREKA!!! al fin se dio cuenta. En mí se construía el recuerdo,
haciéndome carne, literalmente, de la imagen de mi madre.
Con los años y al final de cuentas, si bien soy
Karina, tengo en mí, tantísimo de Carmen Isaura, mi madre.
Sonia Nievas (Plotiers, Neuquén)
18. UN FESTEJO ÚNICO
Mis años de adolescencia se resumen
en cuatro palabras: acné, psoriasis, gordura y soledad. Infinidad de
tratamientos y visitas médicas que terminaban en llanto y depresión. Mi cuerpo
era una cárcel, una maldición, una trampa sin salida. Pasé esos años en jeans y
zapatillas. En invierno me ocultaba bajo un buzo violeta, inmenso. En verano
sufría el calor bajo remeras holgadas. Rechazaba cualquier invitación que
implicara usar zapatos, vestidos o maquillaje.
Terror a los espejos, los vestuarios, los probadores. Pánico a todo lo que
multiplicara las miradas sobre mí. Odiaba los boliches, los bailes, los
natatorios, todas las formas de exposición del cuerpo. Prefería los cafés, el
cine, las bibliotecas. Ejercitaba una cabeza aguda y una lengua filosa. Sabía ser divertida y ocurrente.
Pensando en esos años viene a mi
mente el recuerdo de mi fiesta de quince, ese ritual de transición tan
íntimamente asociado (al menos por aquel entonces) con la exaltación de lo
femenino: los vestidos largos, el maquillaje, el peinado para la ocasión, el
vals, las fotos… para mi, todo un infierno. Cumplo años en el mes de mayo.
Cuando llegó el turno de mi festejo, ya había padecido algunas fiestas de
compañeras, y faltado sin aviso a otras tantas. Es curioso que no recuerde quién lo propuso, ni cómo se les
ocurrió. Sospecho que ante la pregunta sobre qué quería hacer para mis quince,
habré respondido “nada”. Mi yo adolescente oscilaba entre el enojo y la apatía.
Lo cierto es esto: mis quince llegaron, inevitables. Y el sábado temprano, de mañana, fueron llegando también, de a una y hasta completar la docena, todas mis compañeras de curso. No faltó ninguna. No recuerdo cómo viajamos, pero al mediodía estábamos todas en el Tigre, embarcadas en una lancha alquilada solo para nosotras, con el objetivo de almorzar en una de las Islas. Todas estábamos de jeans y zapatillas, todas con buzos y camperas de colores, todas exaltadas, felices, distendidas. Papá y mamá acompañaban abrazados, de la mano, charlando entre ellos, supervisando de lejos, cuidando amorosa y discretamente para que todo saliera bien.
A la altura del postre, un
helicóptero aterrizó en el jardín. Minutos después, de a pares, fuimos subiendo
todas, por turnos, para dar una vuelta por el aire. Sobrevolamos el Tigre, y llegamos a ver desde las alturas
partes de la Capital. El regreso en lancha por la tarde fue más ruidoso que a
la ida. Exaltadas, comentábamos sentimientos,
impresiones, temores, fantasías de accidente.
Fue llegar el lunes al colegio y que los compañeros varones me preguntaran en patota si era cierto lo que se decía, que muchas chicas habían ido a volar, y que por qué ellos no habían sido invitados. Les mentí, diciendo que el festejo había sido solo para chicas porque para todos no se podía pagar.
Nunca supe si ese vuelo fue algo
improvisado, o si papá y mamá ya lo tenían planeado. De grande busqué repetir la
experiencia, pero siempre me resultó demasiado costosa. Ignoro cuánto les habrán gastado pero debió ser mucho. Jamás hicieron
referencia al tema, ni les pregunté, pero no debió ser fácil.
A lo largo de los años conversé con
otras mujeres sobre el festejo de “los quince”. Nunca encontré a nadie que
hubiera tenido uno como el mío. No importaron los granos ni el sobrepeso, ni mi
ropa de siempre. Nos sacamos fotos en el pasto, sucias de tierra, los cachetes
rojos de asombro y emoción. No me sentí fea ni solitaria. En el aire todas nos
sentimos frágiles, y durante meses nos unió el recuerdo de esa misma emoción.
MAD (CABA)
.
17. PARA LLEGAR LEJOS
Cierro los ojos y viajo en la memoria treinta y cinco años atrás hasta encontrarme con esa nena de once, esa nena que hace tanto fui. La miro con cariño y observo:
Tiene el cabello
abundante de su mamá, lacio como el del
papá.
La frente con las
entradas del papá, que resguarda la inteligencia aguda de su madre
Los ojos oscuros color
papá, que se impusieron al verde materno. Sabe que de grande necesitará lentes.
La nariz es suya, nadie
sabe de dónde la sacó, y ella también se lo pregunta.
La boca de labios
lindos y paletas rotas en un patio de juegos, da respuestas rápidas y filosas.
Sabe ser graciosa cuando quiere. También lastima.
Las orejas tienen
aritos, uno de los pocos gestos de coquetería que se permite.
Las manos son suaves,
los dedos cortitos, las uñas comidas. Cicatrices en una falange, de un portazo
brutal.
Los pechos que asoman
la engordan. El corpiño pica y da calor. La menstruación vino a incomodarla.
La panza redonda
perfila para obesa, esa panza preocupa y ocupa a su mamá.
Tiene la altura de la
abuela paterna, la abuela petisa y graciosa que sabe cocinar.
El María del nombre lo
comparte con su hermana, Eugenia.
El Alejandra es solo de
ella, único como la nariz. Después leerá que lo comparte entre otros con un
conquistador que fue magno y que fundó una biblioteca enorme que se quemó.
Su cuerpo es ante todo
un instrumento, pero no sabe aún para qué fin. Sabe, eso sí, que debe estar al
servicio de la inteligencia, no de las pasiones. Debe ser útil más que lindo.
Por eso es más apto para el deporte que para la danza.
Tiene una estética,
digamos un estilo, práctico y funcional.
Sus tesoros son un
reloj Casio con calculadora y unas Adidas negras, modelo Nueva York. Con ambos quiere
llegar lejos, como le han dicho que debe ser.
MAD (CABA)
16. EL CAMBIO
Era domingo, estábamos por almorzar, mamá había preparado ñoquis. Nos sentamos a la mesa, mis hermanos tenían que darnos una noticia, estaban también mis cuñados. La novedad era que se casaban al año siguiente, con un mes de diferencia, uno en junio y otro en julio. Me alegré mucho por los cuatro. Comenzaron a hablar sobre las bodas, mientras yo pensaba en mi aspecto físico. No era el ideal, estaba gorda, mi pelo había cambiado de color, ya no era el rubio de mi infancia.
Después del almuerzo,
los hombres fueron al living a tomar café, mientras mamá, mi hermana y mi cuñada
veían revistas de trajes de novia, yo fui a mi habitación. Tenía un problema
que resolver, una decisión que tomar.
Abrí la puerta del
placard donde estaba el espejo. Me miré, toqué mi pelo, estaba horrible,
siempre lo llevaba atado, como exigían las monjas en el colegio; mi cara
blanca, nunca un maquillaje, y no era porque mis padres no me dejaban hacerlo,
era yo la que no deseaba. Seguí recorriendo mi cuerpo con la mirada, estaba
gorda. Era el momento del cambio.
Cerré la puerta del
placard y me tiré en la cama, pensé que no era posible que a los dieciséis años
tuviese ese aspecto, faltaban ocho meses para los casamientos, era tiempo
suficiente para hacer algo y mejorar. Recordé que mi prima, tres años menor que
yo, estaba yendo a un médico dietista.
Me senté en la cama rápidamente, ya tenía todo calculado y armado, la
dieta más ejercicio físico y mi voluntad ayudarían al cambio, solo faltaba
contarle a mamá.
Mi familia aprobó la
decisión, fui al médico, hice gimnasia, para el año siguiente pesaba doce kilos
menos, renové mi manera de vestir, algunas veces me maquillaba y hasta mi
carácter fue cambiando, estaba más comunicativa, hasta me animé a aceptar
alguna invitación de una compañera del colegio para salir. Mis padres estaban
muy contentos con mi cambio, nunca dijeron nada sobre mi aspecto físico, sabían
que yo sola me daría cuenta y tomaría la decisión correcta.
A partir de ese momento
me sentí segura y cómoda con mi cuerpo.
María Laura Finocchieto (CABA)
15. LA CAMISA BLANCA
En mi infancia había algo que me molestaba
mucho, el color de mi piel. Era muy blanca, casi lechosa. Mis hermanos también
eran blancos, pero no tanto como yo.
Desde muy pequeña me
protegían del sol, sabía que lo hacían por mi bien, pero eso me impedía
disfrutar a pleno de los veranos.
Cuando íbamos de
vacaciones, veía a mis hermanos y primos jugar y chapotear en las olas, o a
Gustavo, que tenía mi misma edad, jugando con su palita y balde en la arena. Yo,
vestida con una camisa blanca de manga larga que me cubría todo el cuerpo y un
sombrero, sentada debajo de un árbol o sombrilla.
Me sacaba la camisa a
las cinco de la tarde, pero a esa hora en la playa ya estaba freso para bañarse
en el mar, así que el tema de la piel fue algo tormentoso en mi infancia.
Las pocas veces que he
tomado sol, mi piel quedaba roja en algunas partes y en otras, blanca, no conseguía
un tono parejo.
La camisa blanca fue
parte de mi niñez, iba en mi bolso a todos los lugares de veraneo, para colmo
era una camisa de mi hermano que era mucho más alto que yo, de esa manera me
cubría a los tobillos.
Los fines de semanas
íbamos a visitar a una prima que vivía en Brandsen, la casa era grande y había una
hermosa pileta. Fue allí donde puse fin a la camisa blanca.
que Tenía once años. Recuerdo que estábamos en
una habitación, mi madre me alcanzó el traje de baño y la camisa para que me la
pusiera, ella salió ya cambiada. Yo me
ponía la malla mirándome al espejo y pensando en lo que haría cuando llegara a
la pileta.
Salí del cuarto,
vestida con mi camisa larga hasta los pies, lentamente caminé hacia el jardín,
vi a mis hermanos y primos tomando sol, mamá conversaba con mi tía, mi padre
sentado en una reposera me miraba. Como no sabía nadar, me paré en el primer
escalón, miré a papá, su mirada lo decía todo y noté su asentimiento por lo que
yo estaba por hacer.
Fui desabrochando cada
botón, muy despacio, arrojé la camisa hacia atrás, no me di cuenta de que había
caído a los pies de mi madre. Cuando ella la tomó, yo ya estaba dentro del agua
y sin camisa.
No presté atención a los murmullos de los demás, agarrada al borde de la pileta esperaba que mi padre me lanzara el salvavidas y disfrutaba, de ese momento. Sin la camisa blanca que me había angustiado durante años.
María Laura Finocchieto (CABA)
14. ACEPTACIÓN
En mi
adolescencia fueron varias las partes de mi cuerpo que no eran de mi agrado.
Los dedos de mi manos mostraban mis uñas súper comidas, y, además, en invierno
mis dedos estaban enrojecidos por el frío e inflamados por los sabañones
que además de verse poco estéticos dolían y picaban desesperadamente.
Mi nariz no era grande pero, sí, se me había
deformado con un sobre hueso, después que recibí un fuerte golpe al caerse
un puesto de feria vacío en el cual yo me había sentado y que me
pegó justo en la nariz.
Mis piernas no eran gordas, en cambio mis tobillos
anchos las hacían poco atractivas. Mis pies nacieron defectuosos, de los cinco
dedos, los dos últimos, el que sería más pequeño, parecía más largo que el que
estaba al lado.
A pesar de ser delgada mi busto era evidente, no
digo exagerado, pero sí llamativo a las
miradas y eso me hacía sentir incómoda.
Mi cabello, mis ojos, mi boca y todo lo demás no me
desagradan.
Las partes que no me enorgullecían tampoco me
avergonzaban, no por ello dejaba de usar mini, ni sandalias tratando de
ocultarlas, era lo que había.
Más allá de lo físico lo que le gustaba a la gente
de mí era mi manera de ser, franca, abierta , divertida, con un carácter capaz
de poner los puntos a quien fuera necesario.
Además nunca sentí miradas burlona por parte
de amigos, refiriéndose a mis pies cuando se veían claramente
descubiertos, creo que eso, ayudó mucho a preservar mi auto estima
intacta.
Li (CABA)
13. NO ME AFECTABA
Observando fotos, siendo yo muy pequeña, las imágenes
me reflejan menuda, rubiecita, bonita. Me gusta verme, me da ternura.
En otras fotos, ya
con dos o tres años, mi carita era redonda, con flequillo y rellenita, alguna
vez, escuché que me llamaban Periquita, seguramente refiriéndose al corte de
pelo que tenía el personaje de historieta que llevaba ese nombre.
En la etapa escolar
es recién donde puedo recordar con claridad como era yo físicamente. Era más
bajita que la mayoría de mis compañeras, pero eso no era algo que me
afectara.
En cuarto o quinto
grado teníamos una maestra a la cual yo admiraba, era hermosa, su cabello
castaño rojizo con rulos despeinados resaltaban su piel blanca, las pecas de su
rostro y sus increíbles ojos azules. Combinaba el color de sus aros, con el de la ropa que llevaba. Lo que más me atraían
eran sus piernas perfectas, usaba zapatos de tacos muy altos, y aunque hiciese
frío, no usaba medias.
No sé, si fue por
casualidad o inconscientemente, la admiración que yo sentía por las bellas
piernas de la maestra fuese a futuro uno de mis grandes complejos, debido a mis
tobillos gruesos. Es posible que ya en aquel entonces no me agradaran mis
piernas y todavía no me daba cuenta.
Li (CABA)
,
12. MI HERMANO CUERPO
MI querido cuerpo. Muchos te dicen el envase. Para mí sos mucho más. Como escuché alguna vez, me gusta decirte “mi hermano cuerpo”. Te agradezco esta vida llena de salud, de movimiento, de placeres. Siempre me molestaron que te criticaran porque sos un vehículo maravilloso a través del cual transito mi vida. Y porque sos perfecto. Crecemos juntos, nos transformados juntos. Qué sería yo sin la experiencia de tenerte.
Te amo profundamente por ser tan sano, tan sensible, tan inquieto.
Te prometo que jamás permitiré que alguien te critique porque soy una bendecida por tenerte tal cual sos.
Te agradezco porque me permitís seguir vibrando cuando amo, llorando cuando me emociono y también cuando me río. Porque puedo caminar kilómetros mientras disfruto de una buena charla, o puedo estar sentada inmóvil observando las mágicas formas creadas por el fuego del hogar.
Mi bendito y maravilloso cuerpo, infinitas gracias hasta el final.
Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)
11. CUERPO DE MADRE
Ahora recuerdo ese día como el comienzo del final, aunque en ese momento no lo supe. Había nacido Natalia y yo estaba todo el día dándole la teta. Era tan feliz. Con Gaby no había podido disfrutar esos momentos porque a los tres meses desistí de amamantarlo luego de varias infecciones, producidas porque no tomaba lo suficiente. Nadie me había dicho que era tan difícil, así que con Nati hice un curso de lactancia que me permitió disfrutar desde el principio. Nati me requería día y noche. En el curso yo había aprendido que los cuarenta y cinco primeros días eran “a demanda”, así que yo cumplía a rajatabla la indicación, lo cual fue tan exitosa que pude darle pecho hasta los dos años.
En mis embarazos engordé lo necesario, así que casi inmediatamente después de parir usaba la misma ropa de siempre. Pero la lactancia en sus comienzos hizo que estuviera en mi casa todo el día, olvidándome de mí. Me dividía entre Gaby, que era chiquito, y la bebé que desde el primer día se hizo sentir demasiado.
Papá, auneque creíamos que su felicidad máxima había sido tener dos nietos varones, cuando nació Nati, retrasó su regreso a Mar del Plata y venía a casa todos los días para ayudarme mientras Edgardo trabajaba. Al igual que cuando era pequeña, él me consentía trayéndome para el mate todo lo que me gustaba.
En ese tiempo nunca me miré al espejo, hasta que un día, un sábado, Edgardo me dijo que cuándo iba a empezar a cuidarme, que a él no le gustaba verme así. “¿Así cómo?”, pregunté. “Así gorda y desarreglada”, me contestó. Decirme eso y clavarme una espada en el estómago fue lo mismo. Decírmelo en ese momento en que mis sentimientos estaban en constante ebullición, en donde ya no sabía si existía, dividiéndome entre Gaby que usaba pañales y Nati que lloraba reclamando teta. Él trabajaba todo el día, llegaba a casa a las diez de la noche. ¡Qué pretendía! Fue el tono de su frase lo que me más me dolió. Fue su incomprensión también. Y esa fue la primera vez en bastante tiempo que me miré al espejo. Había aumentado un poco de peso, pero más que nada tenía los músculos blandos por la quietud, porque no iba al gimnasio desde que quedé embarazada. La panza estaba flojita, la cola un poco caída. Para mí era lógico estar así, y no justificba que me ofendiera de esa manera.
Mi cuerpo nunca había sido un problema, nunca me sentí perfecta, pero sí sabía que en conjunto yo gustaba. Y él nunca me había dicho que le gustaba mi cuerpo anterior, nunca había sentido que fuera tan importante. Sentí dolor por este cuerpo mío porque yo agradecía el haber podido ser madre, disfrutando de cada momento del embarazo y de los partos. De mí se alimentaba y crecía Natalia, y yo estaba orgullosa de eso, ya que con Gaby me había sentido culpable de no haber intentado un poco más.
Yo no me quedé callada y le dije que esto que me decía marcaba una herida en mi corazón, y ya no sabía si todo iba a volver a ser igual para mí. Porque no era la ofensa de que me dijera gorda, era la ofensa hacia mi maravilloso cuerpo que era de madre, y que era sagrado para mí. Y que aun no luciendo como antes, yo se lo mostraba a él con orgullo para disfrutarnos como lo habíamos hecho siempre, con la confianza de que yo para él seguía siendo bella, todavía más, por ser mamá.
Estaban los chicos, así que no dije nada más, lo dejé parado en la habitación donde estábamos y me fui, con ganas de tirarle con la ropa que estaba guardando en el placard.
Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)
10. CUERPO NUEVO, NUEVAS SENSACIONES
Recuerdo que alrededor de los trece años me miraba al espejo esperando el momento en que pudiera usar corpiño como mis amigas y mi hermana. Ellas usaban bikini, pero a mí me daba vergüenza porque era una tabla . Además, a mí me gustaba barrenar y jugar en el mar con los varones, así que la malla entera me parecía más segura.
Muchas veces conversaba con Inés quejándonos de lo que no nos gustaba de nosotras. Inés era alta, las piernas largas y con pechos del tamaño justo para que todo le quedara bien. Ella me aconsejaba que yo luciera mi espalda que era hermosa, sin granitos como la de ella. Entonces Inés me peinaba con una cola para ir a la playa, así quedaba mi espalda a la vista de todos. Otras veces nos quejábamos del cabello. Ella tenía “jopo”, como se usaba, pero se tenía que hacer “la toca”. Y yo seguía usando mi flequillo original, vencida ya de intentar que mi pelo cayera hacia el costado. Llegamos a la conclusión de que nadie estaba conforme consigo mismo. Mi hermana me decía que yo tenía que ser más coqueta y dejar ya de barrenar con los chicos de la playa o de jugar al truco con ellos. Era inimaginable pensar que las mujeres practicarían surf en un futuro, yo envidiaba a mis amigos varones por poder hacerlo.
No me sentía fea, pero tampoco linda. Cuando mi amigo Martín me dijo que quería ser mi novio me sorprendió. A mí me encantaba estar en la playa con él, pero en el grupo estaba Anahí, la más linda, de quien todos los chicos gustaban. Para mí estando ella yo no existía para nadie, así que nunca hice ningún esfuerzo para que algún chico me mirara. Era libre jugando y haciendo lo que me gustaba. Recuerdo que Martín y yo salíamos del mar corriendo, para no quedar en la rompiente de las olas. Yo tenía todo el pelo revuelto con arena y él decía que tenía la playa entera adentro de su malla. Nos conocíamos desde chicos, desde que nuestros padres alquilaban carpa todo el verano, siempre la misma playa, siempre la misma carpa. De esa manera todos los chicos íbamos solos a la mañana hasta que los papás llegaban al mediodía o a la tarde después de trabajar. Durante el invierno rara vez nos encontrábamos, así que en el verano veíamos con asombro cómo habíamos cambiado. Martín ya no era bajito, ahora me llevaba dos cabezas y como practicaba natación como yo, su espalda se había desarrollado. Me llevaba un año que ahora se notaba al vernos juntos. Igual seguía siendo mi compañero de juegos preferido. A mí me gustaba decir que iba a la peluquería y sumergirme en el mar de espaldas y salir con el pelo lisito y peinado. Así lo hice, y cuando quise levantarme, él me tomó de las dos manos y me dio un beso en la mejilla. Tuve el instinto de abrazarlo pero no lo hice, me quedé quieta y mirándolo fijo cuando me preguntó si quería ser la novia. ¡Todo lo que sentí! Algo nuevo en el estómago. No sé si cosquillas, presión o dolor pero el corazón me endulzaba el cuerpo. En realidad, esto mismo había sentido cuando lo había visto el primer día de ese verano, pero ahora era distinto porque también tenía ganas de abrazarlo pero sabía que estaba mal. Así que le dije que sí, y seguimos corriendo hacia la orilla, ahora de la mano.
Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)
9. MAMÁ Y MI CUERPO
Cuando era chica mamá solía decirme que yo había nacido sin nariz, que solo eran dos puntitos. Y me decía que Dios la había escuchado porque ella siempre había querido un bebé igual a su muñeca de porcelana. Y otra cosa que le gustaba era mi cabello tan lacio y brillante. Creo que Inés la debe haber escuchado porque cuando tuve una melenita, a los tres años, me peló. No me dejó la cabeza completamente pelada, pero sí con islotes blancos sin flequillo y sin melena. Ella había argumentó que había sido yo, pero mi mamá sabía que yo no podía tomar la tijera y cortarme de esa manera. Yo no recuerdo nada, lo sé por las fotos en las que yo estoy con el pelo cortito y mi hermana con su melenita ondulada, no lacia como hubiera sido la mía.
Tal vez ese episodio quedó grabado en mi inconsciente porque el pelo largo era para mí lo más importante en una persona. En la última salita del jardín tuve una señorita que tenía el pelo hasta la cintura, y yo rogaba que se me desataran los cordones de los zapatitos para que ella se arrodillara a atármelos y yo pudiera acariciar ese cabello maravilloso. Quise a esa señorita más que a ninguna, hasta que ya en vacaciones, la encontramos en la playa y cuando la vi, ¡se había cortado el pelo! Aunque mamá hasta llegó a pellizcarme para que la saludara y la maestra se deshacía en frases de felicidad de haberme encontrado, ninguna de las dos pudieron sacarme una palabra, ni una sonrisa. Me mantuve durante toda la conversación mirándome los pies, hasta que mamá se despidió amablemente y seguimos nuestro camino.
Yo crecí, mi pelo también y logré tener el cabello que mi mamá soñaba. Ella me peinaba con tanto gusto. Me hacía dos colitas, media cola, trenzas. Yo prefería tenerlo suelto, pero la dejaba.
El físico para mi madre era importante. Decía que ella siempre había hecho dieta porque tenía tendencia a engordar y entonces controlaba bastante lo que comíamos. Cuando llegué a los nueve o diez años le pareció que por culpa de mi padre yo estaba panzona. Él todos los días me traía mi alfajor preferido de La Fonte de Oro y después de almorzar nos íbamos los dos a ver la serie Bonanza. Yo disfrutaba de ese manjar y él roncaba. Era nuestra hora en la que los dos hacíamos algo que nos gustaba juntos. Yo comía y veía la serie y él dormía, aunque a mí me decía que la escuchaba con los ojos cerrados. Hasta que un día mamá le prohibió comprarme el alfajor, y en la merienda, en lugar de untar las tostadas con manteca apareció en la mesa un paquete que decía queso Saavedra, para mí, un asco. Durante varios días me negué a merendar en rebeldía. Papá venía al mediodía y yo esperaba mi alfajor, pero me decía que se había olvidado.
En general papá ya no estaba para la hora de la merienda, pero un día se quedó y creo que eso me dio fuerza para quejarme más violentamente porque no quería comer el queso. Grité que no quería, que tenía hambre, que quería tostadas con manteca. Mamá me gritó también. La discusión fue subiendo de tono, yo le decía que no era panzona, ella me decía que si comía tanto alfajor y manteca iba a quedar gorda como la hermana de mi papá. Yo le decía que no quería hacer dieta como ella, ella me contestaba que no era dieta, era comer sano. Que yo no comía verdura, no comía fruta. Las dos estábamos cada vez más enojadas hasta que tomé el paquete de queso blanco y lo vacié en el suelo. Apareció mi papá y me dijo que me fuera a la pieza, le hice caso con las mejillas rojas de fuego. Me miraba al espejo y pensaba que mi mamá no me quería porque yo no era gorda. Me ponía de perfil y no me veía la panza.
Escuché que en la cocina mi papá le decía que no me molestara, que yo no era gorda, que él me veía como a todas las nenas. Y mamá decía que me veía comer con tantas ganas lo dulce que tenía miedo de que sea fuera como su hermana. No recuerdo más de qué hablaron, o hablaban tan bajo que ya no los escuché. Lo cierto es que nunca más estuvo ese odioso paquete blanco sobre la mesa y las meriendas volvieron a tener mis tostaditas con manteca y solo el domingo, el alfajor. Por ese tiempo empezamos a ir a natación, nos federamos para competir y comenzamos a entrenar. No se habló más de mi panza, que en realidad nunca llegó a aparecer por lo menos hasta mi adultez.
Si no fuera por mi madre y sus propios complejos, el cuerpo nunca hubiera sido un problema para mí. Ni aun cuando todos se asombraban de cuánto me llevaba Inés de altura, a pesar de que solo era dos años mayor. Crecía despacio y mi cuerpo se transformaba muy lento. Como estaba atrasada con respecto a mis amigas, Mamá preocupada me llevó a una doctora que la tranquilizó, y aunque más tarde que otras chicas, también me hice mujer.
Laura Quintana (La Plata, Buenos Aires)
8. OTOÑO
Me cuesta mucho escribir sobre mi imagen corporal.
¿Cómo me veía cuando era niña? A los seis o siete años miraba mis fotos de bautismo, las únicas que tengo de ese tiempo y me veía linda. Es más, me lo decía a mí misma mirando el portarretrato. No sé si era tan consciente de que esa era yo.
Durante la época de la escuela primaria, de la que conservo todas las fotos grupales porque en casa no había máquina fotográfica y por lo tanto mi registro era ese, me veía graciosa. Es que casi siempre salía sonriendo porque me distraía mirando a mis compañeras.
Ya en la adolescencia, de la que casi no tengo fotos,empecé a tomar conciencia de mi cuerpo. Bajita, delgada, pelo castaño, fino, no me gustaban mis dientes que aunque eran muy sanos y fuertes no habían recibido la corrección necesaria que me hubiera dado el uso de aparatos de ortodoncia. Sí me gustaban mis ojos y mis manos y la facilidad que tenía mi tez para broncearse.
En la adultez, mi mejor época fue entre los treinta y los cuarenta años, el espejo me devolvía una imagen que me gustaba.
Una menopausia precoz en los cuarenta y el hallazgo de un hipotiroidismo no detectado a tiempo me hicieron sufrir un aumento de veintidós kilos de peso. Con un plan adecuado de comidas logré bajar dieciocho y me mantuve así durante mucho tiempo. Con la llegada de los cincuenta, la viudez, la alimentación inadecuada, el exceso de trabajo y la depresión, los kilos no tardaron en volver y multiplicados.
Hoy por hoy, desde hace ya un largo tiempo, ese mismo espejo que me reflejaba espléndida a los treinta y tantos no muestra lo mismo.
Pero, ¿saben qué?, estoy conforme, aunque por un tema de salud quisiera bajar de peso. Creo que la belleza y la madurez se dieron la mano.
Florencia Zaldívar (CABA)
7. ZUNILDA
Primera parte
La señorita Zunilda es pelirroja, mis compañeras dicen que duerme sentada por eso nunca está despeinada, pero yo no lo creo, Lo que pasa es que tiene el pelo muy cortito y la peinan en la peluquería.
Su guardapolvo siempre está almidonado. Usa medias de nylon con una raya y mocasines que parecen un espejo. Siempre tiene las uñas cortas porque dice que una maestra no puede escribir en el pizarrón con las uñas largas.
Yo la miro cuando llega y cuelga su saco y su cartera en el perchero, a veces el saco es rojo, gris o negro, todos muy prolijos.
Antes de salir al recreo lleva al baño de maestras la jabonera rosa con su toallita haciendo juego.
Ella es nuestra maestra de quinto grado y nos hizo forrar nuestros cuadernos con hule negro y un moño ancho y rojo de seda que tuvimos que comprar en la mercería de “Carriquiri”.
Ella dice que podemos ser muy humilde pero que nunca debemos estar sucias o desprolijas. Tenemos que usar cepillo de uñas, cortarlas y lustrar los zapatos aunque sean viejos porque ya tenemos diez años y somos señoritas, y si nuestra mamá no nos puede lavar el delantal o cosernos un botón, nosotras debemos hacerlo, es nuestro deber asearnos, peinarnos y cuidarnos.
Segunda parte
De Zunilda aprendí la importancia del cuidado de la imagen. Con palabras sencillas y mucho afecto, siempre nos mostraba cuando no nos cortábamos las uñas, no teníamos las zapatillas blancas de educación física o si el pelo no estaba en condiciones.
Nunca nos hizo pasar vergüenza delante de otros. Nos hablaba aparte y siempre nos incentivaba a mirarnos en el espejo y querernos como éramos.
En cada una destacaba algo bueno; de mí le gustaban mis ojos y, al revés de otras maestras que preferían a las altas, ella quería mucho más a sus “chiquititas” de la primera fila.
Florencia Zaldívar (CABA)
6. EL MIEDO DE MAMÁ
Este no es un recuerdo. Es una anécdota que mamá me contó varias veces siendo yo muy chica, pero por alguna razón apareció hoy en mi mente.
Un 15 de mayo de hace muchos años, amaneció nublado, gris; lloviznaba.
Mamá llegó con mi tía Chiquita al hospital Argerich, en el límite entre La Boca y Barracas, en el Parque Lezama. Las dos se bajaron de un taxi y cuando entraron una enfermera llevó a mamá a la guardia y buscó una camilla. Ya había roto bolsa. Mientras papá, mi hermana y Chiquita esperaban. No pasó mucho tiempo y a las nueve quince, nací yo.
Unas horas después, en un momento en que ella estaba sola, se presentó un médico. Le dijo que era el jefe de sala y que la había asistido en el parto. Quería llevarme donde estaban los estudiantes de medicina para mostrar cómo tenía que ser una bebé recién nacida.
Mamá le respondió que NO.
El doctor le explicó que irían con una enfermera y serían no más de treinta minutos.
Ella volvió a decir que No.
Él insistió explicándole que era una mujer sana, pero que ya tenía cuarenta y un años, y yo era una bebita perfecta para presentar por peso, medidas y características.
Pero su NO fue definitivo.
El médico se retiró muy enojado.
A mi mamá le gustaron sus palabras, pero más allá de las cosas lindas que dijo sobre mí, que para cualquier madre hubiera sido un motivo de orgullo el exponerme, su miedo pudo más.
Florencia Zaldívar (CABA)
5. FLACA, CABEZONA Y MARRÓN
Flaca cabezona y de ojos marrones. En mi niñez veía la imagen de mi cuerpo delgada, con una cabeza bastante grande y ojos marrones, me gustaba mi nariz respingada y recibía piropos de la gente. Siempre llevé el pelo largo y me lo cuidaba mucho. A veces mi hermana me hacía trenzas a ambos costados, las unía con invisibles y orquídeas, formando una vincha. Cuidaba mucho mi imagen pero no me gustaban mis ojos redondos y marrones, era muy cachetona también. A veces veía a una chica de mi edad, rubia pecosa y de ojos claros, y quería ser como ella. Era fanática de la actriz Gabriela Gili, deseaba que mi mamá fuera ella y ¡se lo dije! No me respondió nada que yo recuerde. Gabriela Gili era rubia de ojos claros y para mí, perfecta.
Magui Solda (La Plata, Buenos Aires)
4. FOTOS
Nunca disfruté de la imagen que tenía de mí misma en casi ninguna etapa de mi vida. Porque estaba muy flaca o muy gorda. Porque era muy alta o chueca. Porque era demasiado lunga si usaba tacos o muy crota si andaba de chatitas. Porque era muy machona para caminar o porque llamaba mucho la atención al andar. Porque me ponían apodos y me los creía. Porque algunos de mis compañeros de baile me decían que tenía las piernas “demasiado” largas, ellos medían un metro y medio, pero yo me sentía anormal.
Siempre tenía un “motivo” para no quererme, para no amigarme con mi imagen. No me gustaban los espejos y detesté siempre los probadores.
Después de algunos años, miraba fotos y me agradaba lo que veía. Me sorprendía pensando:
“Ah, bueno, pero estaba flaca” “me gusta ese corte de pelo” o “qué lindo me quedaba ese vestido” y otras frases agradables .Entonces pensé que había sido muy dura conmigo al evaluarme y criticarme mucho tiempo.
Hoy siento lo mismo. Miro fotos de hace algunos o muchos años atrás y me amigo con aquella Clara. En las fotos actuales me veo siempre horrible, gorda, vieja o cualquier otra calificativo que se me ocurra para despreciarme.
Tal vez si las miro cuando transcurran algunos años me gusten y encuentre en esas fotografías otras cualidades que hoy no veo.
Clara (Junín de los Andes, Neuquén)
3. UN MACHITO
Siempre fui la “más chiquita” de la familia. La menor de cuatro hermanos y pequeña de tamaño. La que se podía esconder en cualquier rincón. La que podía compartir cama, silla o sillón de tan pequeñita.
La que le hacían upa todos los parientes. Hasta ese primo de mamá, insoportable, que me apretaba los cachetes hasta hacerme doler diciéndome “La máaaas chiquititaaaa”, antes de alzarme. Me levantaba a pesar de que yo no quería y casi lloraba.
A pesar de ese personaje desagradable yo me sentía querida y protegida por mis abuelos y otros parientes hasta los seis, año en que mi abuelo murió.
En una oportunidad iba en el auto con mis abuelos. Yo adelante con ellos. Tenía el cabello corto, me lo había cortado mamá, como le gustaba a ella.
Ese día llevamos a una mujer, no sé quién era, creo que la encontramos por la calle y la acercábamos a algún lugar.
Cuando la mujer se subió al auto me miró y dijo “¡Qué lindo nene!”. Mi abuela enseguida la corrigió ”es una nena” pero a pesar de la aclaración me sentí muy mal, casi deforme. No entendía por qué no se había dado cuenta que yo era una nena. Ella hizo un comentario con respecto a mi pelo corto “como varón”.
Pasó el tiempo y cuando tenía diez festejamos los quince de María. Yo seguía con ese mismo corte de cabello. Para la fiesta, me vestí o me vistieron con un pantalón marrón y una remera en distintos tonos de marrón y beige. Cuando me vi en las fotos me sentí la peor. Todas estaban preciosas y yo seguía pareciendo un machito.
Después no quise usar más el pelo corto, ya era más grande y me animaba a decírselo a mi mamá. Me lo dejé crecer.
Mi próximo conflicto fue entre los doce y trece, momento en que crecí mucho en altura, me desarrollé, me crecieron las tetas y la cola. Comencé a usar corpiño y mis compañeros notaban la tirita en mi espalda y se burlaban. Yo desconocía mi cuerpo.
Tenía una compañera de características similares, Ionna, estábamos siempre juntas. Nuestros compañeros de primer año del secundario nos llamaban “las gordas” o “las tamaño baño”. Comencé a usar una campera larga hasta las rodillas que me tapaba todo el cuerpo, aun en tiempos de primavera que en Mar del Plata ya comienza a hacer calor.
Durante un trimestre tuvimos natación dentro del área de educación física. Yo rendí la materia en diciembre y casi me quedé libre de faltas por “ratearme” a esas clases. Era una verdadera tortura exponer mi voluptuoso cuerpo en esa pileta. Además ya tenía vello en las piernas y mamá no me dejaba depilar porque decía que era “chica”. Todo mal. Una época para olvidar de mi pre adolescencia.
Hoy miro fotos de aquella época y observo que no era gorda pero era muy alta y grandota para las medidas promedio en chicas de esa edad.
Mucho sufrimiento mientras miraba y admiraba a mis hermanas mayores que me parecían unas diosas. En mi fantasía yo siempre sería así, casi, casi un machito.
Clara (Junín de los Andes, Neuquén)
2. EL ESPEJO
El espejo, que tanto ha dado a la literatura, objeto mágico, elemento de la superstición, no siempre está de acuerdo con mi psiquis A veces, me devuelve una imagen cercana a la idea que tengo de mí misma y en otras, cuando el ánimo está contrariado, el atuendo me disgusta o el talle de una prenda es inadecuado, me abofetea sin piedad.
Tengo cincuenta y ocho años, frente al dispositivo, eventualmente puedo experimentar un malestar, el cual no siempre es producto de la edad, aunque lo reconozco tal vez, como un factor influyente. Es contradictorio y disparatado porque en otras oportunidades, me gusto y el ánimo cambia, ¿o es al revés?, el ánimo incide. Me ocurrió hace poco algo particular, digno de análisis. Durante meses, diría que más de un año, el espejo interno del placard, el único grande que hay en mi casa, estuvo roto; así que lo saqué con la idea de cortarlo y hacer otro con alguna decoración. Pero quedó apoyado sobre el piso, cerca de una pared de la habitación, oculto tras cajas y en el olvido. Diría que fue hasta conveniente, así no podría mirarme de cuerpo entero, aunque algunas veces lo necesitara. Sabía que debía reponerlo, entonces averigüé precios. Con el trabajo de colocación me resultaba costoso, pero estaba decidida. Un día de caminata obligatoria, pasé por una tienda desconocida a quince cuadras de mi domicilio y vi en la vidriera una oferta por demás atractiva. Entré, no aceptaban débito, así que junté los pesos que tenía (por suerte alcanzaron) y lo compré. La entrega sería gratuita y del encastre, ya me ocuparía de pedirle a mi yerno el favor.
No tenía más excusas para mirarme de cuerpo entero y en ropa interior. La percepción que tuve, si bien no era de mi total agrado, tampoco era para asustarme. Aunque me ocurre con frecuencia, cuando tengo una reunión, festejo o salida, dedico tiempo al arreglo y al maquillaje, y el resultado me deja conforme; sin embargo, muchas veces me sorprende ver lo mal que salgo fotografiada; por lo tanto, hay dos opciones: no soy fotogénica o me quiero más de lo que creí siempre.
Volviendo al espejo y a sus devoluciones, otras cuestiones a partir de los cuarenta y nueve más o menos, empezaron a preocuparme, no tanto como para desvelarme, mas sí para prestar atención. Alguien me dijo una vez que yo no me arrugaba, pero me derretía. Pues sí, era y es notoria la falta de tonicidad, las ojeras me caracterizaron desde muy joven y últimamente, alguna que otra mancha surgió de manera repentina. Compré con cierta regularidad cremas y con menos regularidad las usé. Sin embargo, en el año de pandemia tuve más tiempo y cumplí con el rito nocturno, (no tanto con el diurno) de encremar rostro y cuello y sí a diario, por supuesto, hidratar el cuerpo después del baño, especialmente la zona de pantorrillas ya que se tornaron ásperas y secas.
A pesar del descontento fotográfico, mi rostro no fue un motivo de preocupación o complejo, con la excepción de un pequeño cambio que requirió una rinoplastía allá por los noventa. De verdad, siento que no fui la nena o la chica linda, pero tampoco me considero fea, ni antes joven, ni ahora, adulta mayor.
El cabello rizado, con el que me amigué hace mucho, buscando cortes y peluqueros adecuados, mis manos y mis pies armoniosos, de uñas prolijas y esmaltadas, también los ojos almendrados cuando mis párpados respondían mejor al uso del degradé de sombras; motivaban mi sana cuota de vanidad porque desde que empecé a trabajar, me maquillaba a diario y pude mejorar las habilidades para que mi presencia fuera agradable. Es verdad que durante el 2020 le di un descanso a la piel y me relajé bastante, aunque cuando debo hacer un paseo o una visita al médico, retomo la práctica estética, con un poco más de dificultad dada la escasa frecuencia de salidas.
Soy gordita, sí, pero también lo suficientemente coqueta para ir por la vida, especialmente la laboral, cuidando ciertos detalles. ¿Si quisiera mejorar algo? ¡Seguramente! No es mi prioridad hoy, no descarto un retoque, disimular la papada o corregir algo que me moleste. No lo sé. El espejo todavía no se convirtió en mi enemigo y ojalá que nunca ocurra, porque la cuestión se origina en mí y no en el reflejo.
Bertha 2003 (CABA)
1. GORDA
Mis tres últimos años de primaria fueron malos: hice
cambio de barrio (en un principio me pareció un cambio de planeta), de escuela,
de compañeros. No puedo decir cambio de amigos de colegio, ahí no tuve a nadie.
Sentía afinidad hacia una de mis compañeras, Silvia Fernandez, pero después
nada.
Era tímida, pajuerana, venía del campo. Estaba
gorda, y mis compañeros no me lo dejaban pasar: además de cambiar mi apellido, entre
otras cosas, me decían “Vaca…rella” en vez de “Bagarella”; también se burlaban
diciéndome que era la novia de un chico, gordo también, no me gustaba, me
avergonzaba. Para colmo él se reía y se acoplaba a la broma grupal. Nadie me
defendía, me sentía sola, me veía gorda, me sentía gorda.
Ya no recuerdo sus nombres, ni sus caras. Borré casi
todo, fueron los tres peores años de mi infancia.
Cuando termino la primaria e hice un cambio de
escuela, decidí dejar esto atrás y empezar una vida distinta, cuidarme, darme
una oportunidad. Quería olvidar, y empezar distinto. No fue fácil, mis
fantasmas me acompañaban, pero disfruté de éstos cinco años intensos ,
vertiginosos, alegres y tristes, como la vida misma.
Cristina (CABA)
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