11. MI VOCACIÓN ES SER DICHOSA
La facilitación de vínculos y el entretenimiento son los mandatos cuya mayor ingerencia registro en mi manera de fluir.
Otros fueron mutando a medida que pasaron los años y algunos hasta han desaparecido gracias a una rebeldía que yo misma desconocía tener.
Desde mi primer aliento fui la compañera de mamá y la solucionadora de papá.
Cuando nací mi madre atravesaba un período depresivo, que luego comprendí que era cíclico en ella.Desbastada emocionalmente a un año de su llegada a la Argentina, vivía lejos de los suyos y afincada en una casa de inquilinato donde las relaciones entre familias eran caóticas, allí ella era muy infeliz. Mamá tenía dificultades con el idioma, con el dinero y un esposo con dos empleos que además muchos fines de semana hacía changas, por lo tanto estaba muy sola. Siempre dijo que mi nacimiento fue lo que le salvó la vida, me convertí prácticamente en su todo y al menos por un tiempo su situación emocional se le hizo más llevadera.
Obviamente mi padre se vio beneficiado porque yo me convertí en el "entretenimiento" de su mujer y la alegría que lo recibía en casa. al regresar
Hoy, estoy descubriendo estas misiones que me fueron adjudicadas desde pequeña y las diviso cincelando mi existencia hasta estos días.
Mi madre me atribuyó una condición milagrosa por lo tanto yo debía " hacer milagros" en su vida. Fui depositaria de responsabilidades diversas pero todas confluían en su necesidad de amor, apoyo y compañía por eso amorosamente me decía que yo era su madre, su padre, sus hermanas y su amiga.Y con el tiempo me transformé en su médica, su enfermera, su abogada, su psicóloga y su payasa entre otras cosas.
Para mi padre fui el apoyo enorme y práctico que no encontró en mi madre y que nunca intentó generar en mi hermano; en muchas oportunidades, además, fui su risa.
Estos mandatos son los que hoy vienen a mi mente y creo se han convertido en mis fortalezas. Su falta, en momentos del pasado, dejaron a la luz mis debilidades
Asumo claramente que los temores en ocasiones intentan desestabilizar mí vida, mas son el amor y la confianza en mis vínculos los que fortalecen mi espíritu, mi fe. Pero esta fe no es utópica ni inconsistente porque está fundamentada en mí propia experiencia de vida, en mí observación y en la percepción que tuve que aplicar desde pequeña conviviendo con mis padres.
El humor en todas sus facetas es sin duda un aliado muy estrecho, el que me ayuda desde siempre en diferentes planos e instancias.
La imaginación me ha propuesto mil posibilidades, ser médica, maestra, abogada, psicóloga, actríz, presentadora de TV y hasta guía de Turismo... Ninguna con vocación, ninguna seguramente con la sería intención de llevarlas a cabo.
Mi mayor propósito en la vida es ser lo que estoy siendo hoy. Un apoyo incondicional para los que amo, un aporte de liviandad para mis vínculos, una buena persona, una compañía apreciada, una sonrisa.
Reconozco que lo mío puede parecer algo arcaico y hasta poco relevante en tiempos de tanto profesionalismo. Para mí es un gran logro.
Reconozco con orgullo que soy madre, abuela, compañera, payasa consciente de que la risa me sana y puede sanar a otros, disfrutadora de cada cosa de la vida que me muestre belleza, plenitud y buenos sentimientos. Valoradora de cada momento de dicha para los que amo, para mí y también para el mundo.
Esta es la vida que siempre quise tener. Cosas pendientes para mejorarla, claro que hay y sé que están en camino.
He hecho un gran trabajo que no sabe de diplomas, menciones de honor, ni doradas preseas(¿?) pero se necesita una gran vocación para obtener resultados como los que yo conseguí.
Confieso que la frustración y el resentimiento están fuera de mi Universo y así me siento libre.
Por eso cada día sigo aprendiendo y profundizando mi vocación, que es ser Dichosa.
Melinna Trigo (CABA)
10. SIMPLEMENTE GLA
La mayor de tres hermanos con bastante diferencia de edad entre ellos. Vivió sus primeros tres años con sus papás y sus abuelos, por lo que se la consentía bastante. A esa edad se mudaron a la casa propia, muy humilde “pero bien ubicada”. De a poco, sus papás, trabajadores incansables, la fueron haciendo más grande y bonita. Su mamá era maestra y su papá fabricaba sillas en un galpón en el fondo de la casa. A cualquier hora llegaban clientes y él, sin quejarse jamás, abandonaba la mesa familiar para hacer la entrega y cuando volvía, terminaba de comer con la compañía de su esposa porque los chicos ya dormían. Eso, a la pequeña Gladys, le producía mucha rabia y, al día siguiente reclamaba. Siempre la respuesta era la misma. “Hay que aprovechar cuando hay trabajo”.
Así creció la economía familiar y, a medida que eso pasaba, fueron llegando sus hermanos. A sus ocho años, decidieron pasarla de la escuela del estado al colegio María Auxiliadora de Morón, con mejor nivel educativo y desde allí, como no tenía secundaria, y dado su buen promedio, pasó al María Mazzarello .
Siempre fue muy buena alumna, bastante dócil y colaboradora con el cuidado de sus hermanos. La escuela religiosa daba clases de moralidad y buenas costumbres en forma constante. Su obediencia era tal, que ni se le cruzaba por la cabeza romper las reglas. En la época en que muchas compañeras se “rateaban” de la escuela, ella pedía permiso casa sus padres para faltar y quedarse a dormir en la casa de su amiga. Ni hablar de salir por salir con algún chico. Nunca le interesó hacerlo solo por decir que tenía novio.
Cuando terminó la escuela, a pesar de haber dicho toda la vida que iba a ser maestra, se inscribió para hacer el Ciclo Básico de Psicología en la UBA. Eso, como era previsible, duró solo un cuatrimestre. Para las vacaciones de invierno, ya había decidido cambiar el rumbo.
Claramente intentó no seguir la misma carrera que su mamá, pero no funcionó. Su vocación pesó más.
Noviazgo. Casamiento. Fiesta. Hija.
Maestra responsable, hasta la obsesión. Madre dedicada e incondicional. Esposa compañera y fiel.
Puede parecer un aburrimiento lo suyo. Pero, en cada etapa, fue feliz haciendo lo que se debía o esperaba de ella. No duda en reconocer que siempre necesitó tener todo bajo su control y que nunca se permitía fallar. Sin embargo, su cuerpo comenzó a pasarle la factura. Estando por recibirse y ya trabajando de maestra, comenzó el vitíligo que aún hoy la acompaña.
Esa necesidad de no fallar se acentuó cuando a los veintidós años comenzó a trabajar en el mismo distrito que su mamá quien,por ese entonces, era una directora muy valorada por sus pares, lo que hacía que en la escuela a la que fuera, todos esperaran que fuera tan eficiente como ella. Y lo fue, siempre recibió reconocimientos por su tarea.
Eso también se aplicó a sus relaciones personales. Era la que llamaba primero, la que convocaba al encuentro, la que recordaba los cumpleaños y organizaba los regalos. Cómo no se sentirse defraudada si el otro no le correspondía.
Con el correr de los años descubrió que nadie se moría si ella faltaba o renunciaba a un trabajo. O si no llegaba a tiempo con lo que se le pedía.
Tampoco si delegaba ciertos cuidados de su hija en otra persona. Menos aún si su marido asumía el rol que ella acostumbraba a tener.
No pasaba nada si se olvidaba un cumpleaños y saludaba al otro día o si no concurría a algún encuentro si no tenía ganas.
Aprendió a reírse de sus errores y asumirlos sin culpa, lo que, de a poco, la fue liberando y permitiéndole vivir mucho más relajada.
Muchas veces se preguntó el porqué de tanta autoexigencia. No recuerda a sus padres pidiéndole nada al respecto, pero seguramente ellos, con su ejemplo, marcaron el camino a seguir. Y, sin querer, ella lo replicó en su hija.
No es que a esta altura de su vida haya pateado el tablero, pero sí que, desde hace algunos años, empezó a tomarse la vida de otro modo. Hoy su prioridad es estar en paz y disfrutar de sus afectos y de todo lo que la hace feliz. Ya no le interesa qué se espera de ella, solo sentirse satisfecha con la vida que vive. Un día a la vez, es su lema por estos tiempos. Ese volantazo, mucha terapia mediante, trajo algunas consecuencias en sus relaciones, pero ninguna insalvable.
Cuando empezó a priorizarse, muchas cosas dejaron de tener relevancia y las que sí la tienen, pudieron con esfuerzo acompañar su proceso.
La cercanía de la muerte de afectos de su misma edad, le hizo aprender de un cachetazo, que lo único que se va a llevar es, en definitiva, lo que la haya hecho feliz.
Y en ese aprender, también pudo volver a enseñar. De alguna manera, su hija, gracias aa su enorme capacidad de analizar las situaciones, y al diálogo que siempre tuvieron, logró deconstruir alguno de los mandatos que ella, sin habérselo propuesto le había enseñado.
Esta es la parte del “deber ser” que esta nueva Gladys no elige, mientras nunca renunciará a otros mandamientos, tanto o más estrictos quizás, que vuelve a elegir una y otra vez. La solidaridad como bandera, el valor de la palabra empeñada, la generosidad y el afecto, la familia como pilar. Forman hoy parte de un equipaje que disfruta y del que se siente orgullosa. No hay dinero ni propiedades que superen esa herencia. Tal vez esa sea la mayor fortuna que sus padres le legaron.
Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)
9. NI BLANCO NI NEGRO
Ya estaba decidido, yo la del medio, ni blanco ni negro.
El camino fue bien marcado, las palabras eran determinantes, recuerdos elogios, palabras lindas que me permiten seguir y me acompañan.
Como fuerzas que se oponen como una lucha interna,, cuerpo a cuerpo a veces me caía a pedazos y juntaba los pedacitos .
El otro pronto me conocerá y deberé hacer el esfuerzo de ser quien me dijeron que tenía que ser.
Me frustro y retomo con decisión, con más temperamento.
Hay días en los que tengo que tomar valor para levantarme.
Así trascurre mi vida tratando de escurrir al máximo toda experiencia buena y satisfactoria, tratando de rescatar momentos de felicidad.
Salir de lo oscuro y aclarar , conectarme con la naturaleza, música, arte, tratar de escucharme.
Muchas palabras me han quedado fijadas, no quedes embarazada, estudia, tenés que querer a tus padres,.
Hoy, ya más calma y con la espalda cansada de inclinarse, me paro de frente y me pregunto, ¿cuál es el sentido que le doy a mi vida? Son pequeños sentidos que hacen que no todo sea tan ajeno a mí.
Me guardo mis recuerdos más bellos, ellos me acompañan.
Hoy sigo mi corazón pronto te encontraré.
8. VOS PODÉS
Mi mamá decidió cambiarme del turno tarde al de mañana porque mi hermana, obligadamente, pasaba al turno mañana. Recuerdo que me avisó casi el día que empezaba quinto grado, y ante mis reclamos de que no quería dejar mi grupo de compañeras me dijo “vos podés hacer nuevas amigas enseguida, vas a ver”. Y ahí terminó la conversación. Repitieron la misma frase cuando nos mudamos a La Plata, la misma frase cuando me pedían ayuda para hacer trámites y yo decía que no sabía qué hacer, la misma frase ante algunas expresiones mías de miedos e inseguridades. Vos podés.
Y crecí convencida que si yo podía, ¿para qué pedir ayuda?
Y peor aún, si Laura puede, ¿para qué ayudarla?
Romper con esta creencia o mandato me llevó horas de terapia y de trabajo personal porque las personas que me rodeaban tenían que dejar de creerlo. Nunca pude todo, solo lo creía, solo lo creyeron los demás. Salvo mi papá. Él me preguntaba, aun siendo yo grande, “¿no confiás en mí, en que yo lo voy a solucionar? Y sí que confiaba, confiaba tanto que todo el peso de la preocupación se lo dejaba a él, y dormía tranquila, porque si él se encargaba, era asunto terminado.
7. PASEN Y VEAN
Si de mandatos se trata pasen y vean, señores.
Nació Santiago y me empache de oxígeno. Mi cara cambio, mis días, mis noches, mis latidos, mis manos se activaron en el hacer cotidiano, la alegría me inundó y avivó mis sentidos. A Gille también. No sabíamos de qué se trataba eso de ser padres pero siempre supimos que lo seríamos de cualquier manera. Entendimos en un instante que era otro nido. El nuestro.
Lo que no sabíamos era que empezaba una batalla.
Solo con decir que Santiago era Santiago y no un nombre con historia familiar las miradas se achicaron. Que queríamos estar en casa solos los tres, que había decisiones nuevas, que las costumbres dejaban de serlo para iniciar otras...en fin, que Santiago no reemplazaba a nadie, que era nuestro y que estábamos de estreno.
Muchas cosas se comprendieron, otras no tanto. Había hecho mi aporte principal: sangre nueva...y sana.
Si decía no a algo me había vuelto mala, si no atendía el teléfono era porque no quería no porque en realidad, no estaba en casa.
Con el tiempo todo se fue acomodando y nosotros también.
Los abuelos fueron abuelos y nosotros, papás.
Eso fue todo. Una rebelión breve porque después seguimos viviendo con alegría a pesar de las depresiones de mamá y de que papá hacía todo lo posible por alejarse de ella. Se querían pero ya nada era igual para ellos.
Y mi marido y yo acatamos siempre, acompañamos siempre, consolamos, cuidamos, protegimos, guardamos durante años cosas que no eran nuestras porque algunos decidieron irse..
El mandato estaba ahí claro y firme.
“Preguntemos a los chicos”, “¿llamaste a tu hermana?”, “¿preguntaste qué necesitaba?” “ ¿cuándo vuelven de las vacaciones? “, “paso una semana y no llamaste, Gaby”... “ sos mi crédito”, “ vos sos fuerte, vos podés”
Por suerte llego Mariano y fuimos el doble de felices. Nos amábamos y el número cuatro era genial. Es genial hoy, ahora.
Esa era nuestra balsa.
Sin embargo, todo pasó por nuestros cuerpos y no nos dimos cuenta del cansancio, del agotamiento, de las broncas y desilusiones. Nos hartamos de cuidar.
Pero no se puede regresar.
Gabriela Potenza (CABA)
6. MANDATOS TÁCITOS
Los mandatos no eran expresados con frases grandilocuentes ni grandes conversaciones. Fluían, se respiraban, se daban por hecho.
Yo no puedo decir que alguna vez me hayan dicho, “tenés que obtener un título universitario, casarte, tener hijos”. Pero lo hice como el recorrido natural, era lo que se esperaba, aunque nunca se hubiese puesto en palabras. Ni yo me daba cuenta de eso. Me llevó años y varios tropiezos revisar algunas decisiones fundamentales de mi vida para darme cuenta de que me manejé por lo que se esperaba de mí.
Me di cuenta de que el llanto que se me desató cuando iba rumbo a mi luna de miel no era emoción si no angustia. Con veinticuatro años emprendía una vida de adulta porque ya mi etapa universitaria se había terminado. Me había divertido lo suficiente, viajado de mochilera, compartido noches de vino y charlas con amigos, estudiado, preparado entregas durante noches enteras, tomado mate durante tardes enteras en el departamento de uno u otro.
Ya tenía un trabajo y la posibilidad de convivir con mi pareja, pasar por la Iglesia no era de ninguna manera una opción. Entonces, a pesar de que lo hacíamos(qué hacían?) ya hacía casi un año sin que mis padres supuestamente lo supieran (ellos en Trenque Lauquen y yo viviendo en La Plata), lo del casamiento se aceleró y se planteó como la salida ideal para que todos estuviesen contentos. Lo único que no tuve en cuenta fue que la que no iba a estar tan feliz era yo.
Mucho tiempo pasó hasta darme cuenta de que nunca hubiese elegido casarme a esa edad, de que mi fantasía de emprender un viaje a Europa era lo que tenía que perseguir y tratar de convertir en realidad, juntando dinero para un pasaje y no para amoblar una casa. Y no se trataba de estar enamorada o no, se trataba de una elección de vida, que ahora veo estuvo traspasada por los mandatos.
Elena Rudoni (City Bell, Buenos Aires)
5. LA BUENITA
Mandatos, voces que se filtran como fantasmas en el laberinto del psiquismo, que nos acompañan, que nos sostienen, o nos conducen hasta el abismo mismo de la vida, que nos vuelven mansos o nos llevan a una lucha encarnizada, tratando de dejarnos enredados en telarañas del pasado. Los mandatos son muchos, pero uno es el eje, es la cuerda que sostiene, o la herida que no sana, el agujero remendado en un rincón del alma.
Mi mandato fue ser buena, "la buenita", la que siempre dice sí, la que no se enoja, la que no se queja ni cuestiona. Toda la familia me otorgó ese lugar, un lugar al parecer cómodo, confortable, deseable, aunque sin husmear demasiado en él.
La buenita posó a los cuatro años aterrada con un vestido de plumeti rosa, frente a una cámara de fotos para que su mamá estuviera orgullosa de su hija.
No lloré ni me quejé cuando, a mis cinco años, nació mi hermana, ni cuando agarraba mis juguetes ni cuando rompía los libros de cuentos en su berrinches. "¡Esta es una loca! " ,"¡vos sí que sos buenita".
"Ella es la más grande, y la más buena", decía mi abuelo, “nadie le saca el lugar a la primera”.
Y así pasó el tiempo y fui a la escuela, "tímida" decían los maestros pero buena alumna y buena compañera. Me incendiaba cada vez que tenía que responder una pregunta pero nunca dejaba de hacerlo. Estudiosa y cumplidora no podía decir ni aceptar "mi falta",, desde mi banco no veía al pizarrón, y mi exigencia era tal que en una hora de clase me aprendí la poesía "Setenta balcones y ninguna flor" mientras mis compañeros la iban leyendo. Mi maestro de cuarto reparó en la falta, me miró, y llamó a mis padres para que me llevaran al oculista. Recién entonces “descubrieron” mi miopía.
"Como ella se porta bien”, decía mi madre, “va a pasar las vacaciones de invierno a Buenos Aires”. "Cuídate”, decía la abuela, “no aceptes nada de nadie, no te sueltes de la mano de tu tía, vos sos tan buenita…". Esta fue una de las primeras veces que salió mi furia y empujé a la abuela contra el aparador, luego corrí una cuadra y me largué a llorar. Maldito el premio que se recibía por portarse bien.
Fui una buena chica en la adolescencia, sin meterme en problemas, escuchando a mi madre con sus crisis de pareja, que solo me proporcionaban bronca hacia mi padre, después ellos estaban bien y yo, yo la buenita, no me quejaba. Cuidé a mi hermana menor como a una hija y en su adolescencia la dejé viviendo en mi casa sacando espacio e intimidad a mi familia, porque era buenita.
Mil veces de niña desee una familia menos loca y hacer lo que realmente tenía ganas de hacer. ¿Qué tenía ganas de hacer? A los dieciocho fui a un psicólogo, en la primera entrevista dije "No sé porque vengo, pero no puedo elegir entre té o café, me da lo mismo, o mejor lo que al otro le guste”. Recuerdo que en esos momentos yo estaba viviendo sola y en medio de una guerra, todos los días podrían haber sido el último para mí. ,Le alcanzaba ropa a alguien que escapaba de los militares, y ¿por qué lo hacía?, porque era buena amiga y compañera. Quizás esa también fue la fortuna de no haber desaparecido.
Sé que muy adentro de mí dormía la ira, la bronca, la cólera, como un tigre semejante a un lindo gatito. Ahí estaba dormido todo lo que la buena no podía expresar. Sin embargo a veces salía como dardos envenenados arremetiendo sin medir peligros, otras, más benévolas o creativas en forma de poesía de pinturas coloreadas de rojos y manchones oscuros
La buenita tuvo novio un día, era un chico buenito y quedó embarazada, y eso no es de buenita, pues disgusta a los padres. Sí esperaban la iglesia, la fiesta, la reunión con familia y amigos.
Y un buen día el enojo guardado salió por el cuerpoy mostró la presión. Me declararon entonces hipertensa
Y quise sanarme, recorrí diferentes caminos, buscando ser grande, queriendo crecer. Todos me sirvieron y comencé a expandirme, adquirí nuevas formas, pude tejer ese agujero interior con las fibras más bonitas de mí padre, los colores más hermosos de mí madre, de mis abuelos , maestros, amigos. Cuando pude saber que la furia que vivía bajo la buenita no era tan mala, que podía ser límite, motor, energía. Y adquirí un pasaporte a la vida, con una imagen más clara y verdadera.
Lili (Chacabuco, Buenos Aires)
4. MI BURBUJA COMENZÓ A PINCHARSE
Hoy en día está de moda la palabra “burbuja” pero para mí no es un término nuevo, estoy acostumbrada a ella desde muy chiquita. Nací en una típica familia de San Isidro. Eso implica que viví en una burbuja.
Crecí pensando que en la vida todo era color de rosa, que las cosas buenas se daban naturalmente y que nunca iba a sufrir un golpe. Ese pensamiento lo teníamos yo y muchas de mis amigas del colegio, del típico colegio de San Isidro. Todo en mi vida ocurría en San Isidro. Los clubes. Las amigas. Las salidas. Las fiestas. Las misas. Los grupos de Confirmación. El novio.
A los diecisiete años terminé el colegio y llegó el momento de pensar en una carrera. Decidí estudiar Magisterio. “¿Vas a ser solamente maestra?”, reclamó mi padre. Rápidamente opté por Licenciatura en Psicopedagogía en la Universidad del Salvador. Tal vez el sueño de mi papá era que fuera abogada como él y como mi abuelo, pero se conformó con una carrera universitaria. Ser psicopedagoga para una mujer no estaba tan mal.
Para ir a la universidad debía tomarme un tren y un colectivo y llegar al “centro”. ¡Toda una experiencia para una adolescente sanisidrense! Fue ahí donde comencé a notar que no todas mis compañeras eran católicas practicantes, es más había chicas de diversas religiones. Vi que no todas tenían las mismas comodidades económicas que yo. Ni los mismos estilos de vida. Ni las mismas formas de relacionarse. Noté que muchas de ellas mantenían relaciones sexuales con sus novios.
El mundo comenzó a abrirse o mejor dicho, mi burbuja comenzó a pincharse. Empecé a frecuentar las casas de mis compañeras y no dejaba de sorprenderme al ver tanta diversidad. En los viajes en tren que compartía con Luli, una compañera de facultad que también vivía en San Isidro, nos la pasábamos hablando de las nuevas realidades que íbamos conociendo. También era tema de conversación con Fernando, mi novio. La sorpresa era mucha.
Terminé de estudiar y comencé a trabajar como psicopedagoga ad honorem y como maestra de inglés en un jardín de infantes de la zona. Lo poco que ganaba lo ahorraba. Ya debía estar pensando en casarme. Fernando estaba a punto de recibirse de médico. Según mi familia era “un buen partido” y estábamos enamorados o lo que creíamos que era estar enamorados.
Nos casamos. Fiesta. Luna de miel. Felicidad. Embarazo. Nacimiento de Joaquín. Todo se dio como debía ser, para una joven familia de San Isidro.
Enseguida comenzaron los problemas económicos, no era fácil vivir tres personas del sueldo de un residente. Mi cabeza estaba en mi bebé; en la cabeza de Fernando, otra mujer. Y así fue como la joven familia de San Isidro empezó a tambalear. Nació Francisco y a los meses la joven familiase separó.
Hablar con mis padres fue muy difícil porque en San Isidro la gente se casaba para toda la vida, o al menos eso creíamos. Pero, sin dudarlo ellos estuvieron al lado mío. Me acompañaron, me guiaron, me cuidaron. Sé que también para ellos fue un gran dolor pero no me dejaron sola.
Fue en ese momento que comencé a analizar mi vida y fui descubriendo que muchas, muchísimas de mis decisiones habían sido producto de distintos mandatos familiares. Poco a poco fui rompiendo con muchos de ellos.
Mis hijos nunca fueron a un colegio en San Isidro. Yo decidí estudiar Magisterio y ser una “simple maestra” pero muy feliz. En cuanto pude económicamente comenzamos a vacacionar en el lugar donde a mis hijos y a mí nos gustaba, sin necesidad de cruzar el charco. Mis hijos no siguieron con el deporte que familiarmente se esperaba e eligieron el que les gustaba.
Me animé a romper con mandatos, con ideas impuestas y a ser más libre en mis elecciones. Creo haber llevado a mis hijos por ese camino también. Hablé mucho con mi familia sobre este tema. Algunos me entienden más y otros menos. Lo que sí coincidimos todos es en nuestro amor, a pesar de todo.
Paula (Martínez, Buenos Aires)
3. CINCO HERMANAS
Como el pájaro carpintero que insistentemente picotea el árbol, de esa manera, me llega la imagen de las cinco hermanas sentadas una al lado de la otra a lo largo de sus vidas. Habían nacido con diferencia de casi un año entre cada una. Sus infancias habían transcurrido en la vastedad de la llanura pampeana. Habían sufrido muchas variables de escasez al igual que muchas variables de abusos. Habían sido pocas las variables de amor como también pocas las variables de protección.
En mi mente se asoma la primera de las fotografías, tomada por el maestro de la escuela rural a la que asistían. Se las puede ver pequeñas, arriba de un caballo, donde el lomo del animal apenas si alcanzaba para sostener sus cuerpecitos pegados uno al otro. Una segunda fotografía, en este caso tomada por un tío llegado de Buenos Aires, poseedor de una cámara fotográfica, se las ve paradas de menor a mayor –ya anunciándose sus adolescencias- con sus cintas en el cabello y sus faldas fruncidas.
Se casaron a muy temprana edad. Los hitos familiares se fueron sucediendo. Reafirmando la necesidad de saberse parte del clan, las fotografías de cada acontecimiento en el seno de la familia las visualizan siempre juntas. Alrededor de la mesa. Paradas en un patio. Rodeando una torta. Sus hijos e hijas fueron llegando como en camadas. Los madrinazgos se fueron intercambiando. Supieron del trabajo duro. Se las podía ver sobre una máquina de coser, manejando una camioneta repleta de verduras, trabajando en un comercio, arriando vacas, vendiendo pasteles y canelones o siendo operarias en una panadería. El objetivo final era arribar a la meta sin importar demasiado los medios. Medios, que a muy temprana edad comenzaron a hacer sentir sus incisivas dolencias.
¿Qué dolores guardados hicieron que crearan un escudo ensamblado por las cinco?
¿Qué extraños pesares determinaron que el destino de sus proles sería diferente al de ellas?
¿De dónde surgió la fuerza que robusteciera sus manos en el afán de un mejor porvenir?
¿Cuántas angustias oprimieron sus pechos haciendo que el dolor fuera insoportable?
¿Cuántos gritos callados llamaron a la depresión en un intento de ser silenciados?
Las preguntas me interpelan a borbotones. Es probable que la información tal vez -por siempre- siga durmiendo en sus gargantas. Pero el legado llegó a la prole. Una determinación venida junto con el mismo acto de respirar se incorporó a cada ser que había tenido su origen en el clan de aquellas cinco hermanas.
Galu Juin (Junín de los Andes, Neuquén)
2. VOS PODÉS
No registro claramente el recuerdo de mis primeros años.
Cuando salí de mi primer núcleo social, mi familia, en esos principios de guardapolvo blanco, ya sabía andar en bicicleta, cortar la milanesa en mi plato, atarme los cordones, hacer la vertical con mis manos apoyando el suelo.
Lo que no sabía era responder a la pregunta inevitable a la que tanto temía: “¿Qué te paso en la mano?”.
Tímidamente respondía: “Nací así”.
Pero el receptor no lo comprendía, insistía en “¿Cómo?, ¿por qué?”…
Y yo con su misma edad no tenía más respuestas.
Mi mama fue siempre sobreprotectora, se destacó por su paciencia al mostrarme “como hacer”, muchas veces quiso hacer por mí pero se contuvo.
Mi papá, un campeón en empujarme a la autonomía.
Se pusieron de acuerdo en un “vos podés” que logró en mí aprender casi naturalmente cualquier actividad: barrer, pelar una manzana, tejer con dos agujas, cambiar pañales.
Me saben fuerte, capaz e independiente. No solo ellos sino también ese tumulto social al que temí en mi infancia.
Hace unos días, como tantas otras veces, mi papa observaba mientras yo cocinaba haciendo tanto casi al mismo tiempo, abrir el horno para dar vuelta el pollo, poner la mesa, preparar la ensalada. Y su admiración se posaba en mí actuar.
Sé que él tuvo mucho que ver en la agilidad de mis actividades, sé que contribuyó a quien soy, no solo con su ejemplo de fortaleza, sacrificio y perseverancia sino también con haber mostrado orgullo por cada logro de mis brazos que evadieron para el trabajo la ausencia de mi mano.
Y cada pequeña cosa que a veces me cuesta realizar me conduce a luchar incansablemente hasta lograrla, porque sus ojos silenciosos repiten “vos podés”.
Edith Martini (Jáuregui, Buenos Aires)
1. ESE CHEQUE EN BLANCO
Preferir las muñecas a los robots. No dar problemas, solucionarlos. Cuidar de mi hermana mayor por Down, y de mi hermano menor, por chiquito. Estudiar lo que la seño diga. Elegir de grande una carrera seria. Tener un marido, para hacerlo un padre. Formar una familia. Ser flaca, coqueta y femenina. Inteligente siempre. Sociable a veces, lo justo. Leer y mucho. Reconocer a mamátodo el sacrificio de criarme. Admitir que esa deuda es impagable. Admirarla. Tener éxito profesional y laboral. No ser como papá, nunca. Ser independiente económica y afectivamente. Defender la ciencia por sobre la religión y la consciencia de ser clase trabajadora por sobre toda orientación política. Eso sí, el trabajo será intelectual o no será. Nada de artesanías y viajes al Bolsón. El arte es un pasatiempo, no una profesión. Y aprender inglés, porque saber usarlo abre más puertas que los picaportes.
La lista podría ser más extensa o más detallada. Pero en el fondo nada de todo eso me ha importado mucho. Tuvo su peso, desde ya. Y seguramente algunos temas aún lo tengan. Muchos mandatos, tal vez, los reproduzca y transmita a otros, convencida de que son ideas propias. Me pregunto en qué creerán los adultos que de niños no recibieron mandatos. Tal vez no crean en nada y todo les de lo mismo. Los mandatos son algo en que creer, pero también algo en que pensar. Para seguir con ellos o para pelearse. A su forma son un mojón, una marca en el camino, algo que nos ayuda a seguir. Si hay mandato es que algún adulto pensó en nosotros, sobre nosotros, y quiso transmitirnos algo. Imposible crecer en el vacío de expectativas, estaríamos a la deriva. Repaso la lista de mandatos sin enojo, casi con cariño. Descubro entre esas líneas las señales de una época, las intenciones de cambio de una generación, los buenos deseos de mis padres, sus miedos y las expectativas puestas en mí. Y descubro con asombro que el mandato más importante, el fundacional, ha quedado fuera de la lista. Ese con el que aún peleo, ese que de veras causó dolor.
Pase lo que pase, siempre seremos familia, repetirá mamá con seriedad a lo largo de mi historia, repitiendo ella a su vez, lo que su madre – mi abuela – oportunamente le dijo. Mamá lo dirá no para tranquilizarme luego de montar alguna escena descomunal. Lo dirá para advertirme de que no importa lo que ella haga, y cuánto me duela, el vínculo entre las dos permanecerá. Es indisoluble porque no respeta causalidades. Nada de “como me tratas mal, te dejo”. Eso vale para los lazos políticos, no para los vínculos de sangre. Los lazos de sangre son un cheque en blanco, que los hijos extendemos a nombre de los padres. Corrección, a nombre de las madres. Serán ellas las que lo usen. Y los hijos deberemos pagar siempre la cuenta.
Si bien nunca pude suspender su uso, al menos, con los años, encontré la manera de acotar los montos. Hacerle saber que no está permitido todo entre las dos, que hay límites, que tengo límites, que los pongo y los defiendo porque los necesito. Y que la filiación no puede ser una condena. Que me resisto a tolerar lo inadmisible, venga de quien venga. Y que no le debo nada. Me llevó años hacerle entender que no viviré mi vida pendiente de su muerte. Y ahora que mi abuela ha fallecido, veo a mamá pasar sus días sin saber de qué preocuparse primero. Alerta por todo, desordenada. Ella lo resume tristemente diciendo “es que extraño a mi mamá”, pero yo sé lo que le pasa. Sostiene entre sus manos temblorosas un cheque en blanco que no volverá a usar ningún portador, y no sabe bien qué hacer con todo el amor que le sobra.
MAD (CABA)
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