Vejez

12. EXORCIZANDO TEMORES

Voy a ver si escribiendo sobre la vejez logro exorcizar muchos de mis temores ad hoc. Más que el miedo a la muerte en sí, me asusta el envejecer sin dignidad y terminar siendo una molestia para mis hijos o nueras. Considero indigno no poder valerme por mí misma a través de mi propio cuerpo, de mis sentidos y de mi propio dinero para subsistir. Considero indigno desvariar mentalmente y convertirme en una bomba de tiempo ya sea por mis acciones, mis omisiones o mis decires. Considero indigno volverme un ser miserable en espíritu si me sintiera traicionada por los avatares de la vida. Hace mucho ya que dejé de creer en un dios a quien implorarle o agradecerle, pero, por más absurdo que parezca, le pido siempre al universo, al destino o a mí misma, que antes de caer en alguna de esas posibilidades, llegue la muerte para salvarme de mi propia decadencia. Eso sí, le pido que lo haga como una presencia dulce y amigable cuya invitación no pueda ni quiera rechazar.

El haber perdido a mi papá siendo tan pequeña me marcó con el terror de ver la repetición de esa historia en mi propio hogar, razón por la cual agradezco infinitamente haber podido criar a mis  hijos, verlos convertirse en hombres de bien y, como yapa, regocijarme con la existencia de mi nieta y el goce anticipado por la que está por llegar. Obviamente que en este momento en el cual las cosas están marchando casi sobre rieles, no me atrae para nada la idea de partir y desaparecer,  pero si eso tuviera que ocurrir antes de “sentirme vieja”, pido con todas mis fuerzas aceptarlo sin resistencia y sin temor.

Olgui (Hurlingham, Buenos Aires)

 

11. LO MEJOR POSIBLE 


Cada uno de nosotros tiene una concepción diferente de lo que queremos para nuestra vida.           

Así, como cuando fuimos jóvenes decidimos nuestra vocación, si quisimos o no formar pareja o tener hijos, también cuando nos vamos acercando a la vejez decidimos como queremos vivirla. A mí no me asusta, siempre digo la edad, no me gusta vestirme como jovencita aunque soy muy coqueta, y si bien acepto las cirugías plásticas en otras personas no las haría en mí.

Hace un año dejé de teñirme porque estaba cansada de hacerlo, y la decisión de llevar canas fue mí y cuando me miro al espejo me acepto.

Los momentos sola los disfruto y no por eso me siento solitaria, como tampoco busco cualquier compañía para llenar huecos. 

Si salgo con una amiga es porque la elegí o la acepté

No busco pareja por redes porque no siento la necesidad de volver a formarla. 

Y aunque no todo es color de rosa en mi vida, trato de vivir cada día lo mejor que puedo. 

Saramago decía que "la vejez empieza cuando se pierde curiosidad" y eso es algo que no perdí. 

Tres formas diferentes de ver la vejez se presentaron en mi familia. 

Roberto, mi marido, solo tenía cincuenta y dos años cuando murió, pero él siempre decía que no quería llegar a viejo porque asociaba la vejez con incapacidad. 

Mi papá, insistía en que, viejo sí pero no decrépito, esa era su frase y llegó a los setenta y uno, sin perder la lucidez.

Y mamá llegó a los ochenta y siete, nunca dijo su edad, ni hablaba de enfermedad o muerte. Creo que ella tenía la convicción de llegar y llegó. 

A mÍ siempre me gustó la frase de la gran actriz Bette Davis .

"La vejez no es lugar para cobardes".  

 

Florencia Zaldívar (CABA)

 

10. LLEGAR A VIEJOS

Ojalá la vida me permita llegar a vieja, pero sin ser una carga. Con todas mis facultades en condiciones para poder disfrutar plenamente de mis afectos y mis últimos años en este mundo.

 Escucho constantemente quejas de compañeras y amigas que tienen que lidiar con sus padres muy mayores y es triste lo que dicen. Pocas son las que se ven más relajadas con eso. A veces le toca siempre al mismo o misma lidiar porque los otros hermanos, nada. Esto siempre conlleva a discordias familiares, es lo que me hubiera pasado a mí, seguro.

Una compañera de pilates llegó a decir que odiaba a su mamá, que no la aguantaba más, la pobre vieja vive a mil trescientos kilómetros. Que detesta ir, que le salen muy caras las cuidadoras, que es mucho el gasto. Ella viaja cada tanto. Como si la pobre mujer hubiera elegido tener el maldito Alzheimer. Qué triste que tu única hija piense así, tristísimo.

Mi madre murió a los sesenta y uno de depresión, muy joven para morir, pero con alma de vieja, siempre pensó como una vieja. Mi padre amaba la vida, murió a los setenta y tres, quizá si hubiera tenido una vida más saludable, habría llegado a más viejo. Mucho cigarrillo, bebida, cero dietas, cero controles médicos. La primera vez que se hizo un control por la tos y algunas molestias en el cuello, según decía él, tenía un cáncer de pulmón galopante. Duró solo un mes. Murió en su ley, como él quería…con un pucho en la boca, expresó el médico de la familia y amigo personal.

Mi esposo tiene una tía que hoy, treinta de marzo ¡cumple noventa y tres años! Es la tía de todos. Desde los más pequeñitos a los más viejos de la familia la aman. Aunque nos cueste reconocer es la madre que todos quisiéramos tener. Es una vieja espléndida y de joven también lo fue, ese es el secreto. Vive sola, hace jardín, una genia con las plantas, cocina los domingos pastas caseras para sus hijas, nietos y bisnietos. Baila folclore, no se pierde peña y festivales de Córdoba, canta, es un soplo de alegría. Un carácter envidiable, siempre tiene una sonrisa dibujada y una palabra tierna y dulce para decir. Cuando cumplió los noventa hizo un crucero con sus dos hijas. Un canto a la vida.

 Para llegar a viejos así, se debió vivir así, como la Juana, “La Langos” para la familia y amigos. Plena y siempre feliz, a pesar de las circunstancias de la vida… feliz y SABIA.

 Mari (Neuquén, Neuquén)

 

9. MARGOT

Si pudiera elegir como terminar mis días, cierro los ojos y ella aparece indefectiblemente.

Según mi hermano, mI nacimiento fue durante la segunda tanda de nietos, que encontraba a los abuelos en otra sintonía.

Margot era todo lo que estaba bien.

La mesa interminable de Nochebuena colmada de manjares y bandejas coloridas que olían tan rico.

Los platos soperos y esos capeletis que salían con caldo o tuco, según las preferencias.

Su milhojas única e irrepetible, que por más que nos empeñamos en copiar, nunca nadie la hizo como ella.

Sus manos mágicas sin guantes ni trapos para sacar fuentes del horno, transformaban todo ingrediente y los platos, manjares de otro tiempo.

Fue madre de cuatro hijos a los que quiso mucho, de distintas maneras.

Esposa poco cariñosa quizá, pero la adoración con su Pepe, solo la veíamos los que de verdad la conocimos.

Recuerdo el día en que él partió: y ahora quién me va a hacer los mandados? Si yo nunca salí ni a comprar pan …

Las tareas eran cocinar, y deleitar a quien pisase esa cocina, su cocina.

La estufa a leña y su constancia para que nunca faltase un tronquito y así tener agua caliente siempre para servir un té o mate cocido.

La caramelera del mueble del living que siempre estaba repleta y a la cual ella me habilitaba secretamente para sacar lo que yo quisiera.

Las noches en que íbamos a dormir y las sábanas eran su disfraz favorito.

Era el fantasma que nos asustaba y Pepe desde la otra habitación, decía cuidado con los chicos, vieja.

La cama matrimonial era nuestro escondite.

Sus hazañas para matar gallinas, su hobby favorito.

La  dureza para decir con solo una mirada , lo que no le gustaba.

La ausencia de filtros para los que no quería.

Su efervescencia, que varios nietos heredamos y a la cual denominamos, Margoteada.

Creo que fue feliz pese a una niñez dura según sus relatos.

Vivió hasta los noventa y dos años y acá es donde quiero hacer énfasis.

No molestó a nadie hasta sus últimos días, que habrán sido cinco o seis y precisamente no fue una molestia sino que necesitó que nos turnásemos para solo hacer vigilia en los suspiros finales.

Quedó viuda en los 80 y el final del siglodiecinueve le llevo en poco tiempo a dos de sus hijos.

Recuerdo su imagen impávida, sentada sin una lágrima mirando fijamente el cuerpo inserte de papá. Su segundo hijo, su Bebe adorado

La mirada alta, bien alta más la tristeza absoluta en esos ojos que no volvieron a sonreír nunca más.

Cada noche después de cenar, la visita de la abuela era infaltable. Nunca llegaba para comer, se aseguraba siempre hacerlo sola en su cocina para luego dar la vuelta obligada, que normalmente terminaba en mí casa, y a la que daba más minutos que a las demás .

Regresaba por el patio grande, el interno, ese que comunicaba a todos

Pasaba por un pasillo minúsculo entre paredón y pileta y mientras papá vivió, los retos eran los mismos más nunca tuvimos que asistir a traspié o algo similar.

Ella necesitaba ver a la familia y así, volver a su casa relajada, para dormir tranquila.

Su mejor y más sana medicina, no supo nunca de ansiolíticos o calmantes, solo la de bajar la presión, su constante enemiga

Durmió sola , sin necesidad de compañías que a decir verdad, se disputaban por lograr un trabajito al que no dio cabida.

Era hermosa, culta, fina, fiel descendiente de familia francesa.

Más la familia política la convirtió en la mejor cocinera italiana.

Disfrute con ella. La lleve de paseo, de compras, de fiestas familiares.

Margot daba el presente siempre

Mis hijos la conocieron y de niños pequesla quisieron en el tiempo que duro su vida

Murió por una neumonía que en dos semanas hizo estragos

Ese día volví de la escuela y dije a mi esposovoy a ver a la abuela al hospital.

Llegué y respiraba muy despacio, como de a poquito , la máquina iba apagando sus motores

No estaba consciente mas le tomé fuerte la mano y le di gracias por su vida

Un ronquido largo y estremecedor y la nada misma

Estaba a su lado y por primera vez, la vida se iba a mi lado.

¡Gracias, Margota, por haber sido mí abuela!

 María Vivarelli (La Plata, Buenos Aires)

 

8. DURO PARA MÍ

Es duro para mí aceptar que esos planes que hicimos juntas se desmoronan. Nuestras tardes en el balcón tomando mate, disfrutando el momento y nuestra compañía. Las caminatas por Villa del Parque, mirando vidrieras, (no se pone espacio antes de los signos de puntuación; sí, después)sentadas en la vereda de una confitería mirando pasar  la vida sin apuro y sin compromisos. Las caminatas por el Parque Centenario disfrutando de sol, mirando el lago

 Esa vez que juntas fuimos después de la pandemia al recital de nuestro ídolo, el gran Jorge Rojas, te vi feliz como nunca, disfrutando tu primer espectáculo musical en vivo; cantamos y bailamos como locas. La despedida de año en el barco en el Tigre, te invité para que compartieras  junto a mis compañeras del jardín, tratando siempre de hacerte participe de mis alegrías para que pudiéramos disfrutarlas juntas. Para mí sos mi hermana a pesar de ser mi prima. Sos mi amiga amiga, mi confidente. Yo siempre avasallante, extrovertida, exponiendo toda mi vida sin tapujos, ni vergüenzas. Vos más tranquila, cargando sobre tus hombros esos mandatos familiares que te marcaron la vida y te llenaron de miedos, de prejuicios, de dudas y quedaste atrapada en ellos, sin ser capaz de animarte defenderte. Cuando planeábamos transitar nuestro último  tramo de vida juntas, haciendo cosas, o no haciendo nada importante, simplemente acompañándonos, todo cambia la realidad que nos espera.

Siento como si me hubieran dado un golpe en la cabeza tan fuerte, que la confusión no me deja pensar, ni comprender.

¿Qué pasó?, ¿de la noche a la mañana todo cambió?

¿Qué te pasó, querida prima?  Te tragaste la vida, guardaste con llave dentro tuyo,   tus miedos, tus penas, tu bronca, tu vida entera irresuelta, y lo que no pudo expresar tu boca con palabras, hoy te lo devuelve el cuerpo  con dolencias. Estoy triste, por vos, porque siento que no es justo, y también estoy decepcionada y confundida. Hacía meses que tu cuerpo te daba señales claras de que algo estaba mal, y lo ocultaste, como otras tantas cosas, pero esta vez el costo te es muy caro, ¿no confiabas en mí? Cuando descubrí por insistente que soy y te obligué a consultar al médico, ya era demasiado tarde.

Yo aún tengo fe,  sé cuál  es tu realidad, pero todavía faltan cosas por intentar, será  la medicina que buscará  la manera dentro de lo posible.

Todavía no estás al tanto de tu realidad, aunque sé  que intuís que hay algo que está mal. Deseo que cuando sepas la verdad, por primera vez seas valiente  y luches con cuerpo y alma para salir adelante. Tu familia va a estar a tu lado y yo seguiré estando, como siempre, como lo hice durante estos setenta y cinco años de vida que compartimos. Deseo con el alma que podamos transitar juntas el último tramo de nuestra vejez.

Li (CABA)

 

7. MIEDO A LA VEJEZ

Mi papá era un ser activo, simpático y conversador. Tenía una fuerza y una vitalidad envidiables. Siempre de pie y con la armadura puesta. Pero un día tuvo un infarto ocular y a partir de allí su agonía, que duró cinco años. Se fue apagando de a poco. Lo primero que dijo cuando quedó ciego del ojo fue: ¡Con todo lo que yo tengo que hacer por tu hermano! Papá se instaló en un sillón, dolorido y deprimido. Tenía escaras y se sentía inútil. Comenzó a usar bastón y luego andador. Controlaba esfínteres, pero por las noches se levantaba y muchas veces dejaba un camino de suciedades. Tuvo varias isquemias, vomitaba un líquido verde y perdía el conocimiento. Estoy totalmente convencida de que era humillante para él, aunque lo negaba. Eso es la vejez para mí.

Mi suegro tenía una lucidez inigualable, sin embargo, mi hijo lo ha encontrado tirado en el piso, rodeado de suciedad y totalmente humillado.  La abuela de mi ex nuera tenía un cerebro brillante, hablaba dos idiomas, escribía y era una vieja piola y también terminó siendo una anciana caprichosa e insoportable. No quiero eso.

La vejez es humillante: los jóvenes no soportan los viejos, en la calle les tiran el auto encima, no les tienen paciencia y los tratan mal. También quedan como ridículos cuando no tienen filtro en sus palabras y dicen todo lo que piensan sin medir. Cuando yo era joven no entendía por qué los hijos trataban mal a sus ancianos padres. Pensé que a los míos les iba a tener más paciencia. Mi mamá está muy lúcida, pero por ejemplo repite una y otra vez la misma anécdota y cuenta la misma noticia por la tarde que ya habíamos comentado por la mañana, cuento hasta cincuenta, pero me pone intolerante y sé que va a ser cada vez peor.

Un día le dije a mi hija: cuando llegue a esa instancia, pegame un tiro. ¡Pero cómo hago!, me contestó. Le tengo miedo a la vejez. Soy consciente de todo lo que me puede pasar, aunque me cueste, voy aceptando el paso del tiempo. Me da la sensación de que me quedaron muchas cosas de joven, para hacer. Tal vez la familia se aleje o no pueda llegar a la casa de mis amigos. Toda aquella vitalidad, como la de mi papá, se va esfumando y solo queda esperar. Como decía mi suegro: Hola, Don Isa ¿cómo anda?, le preguntaba, y él me contestaba: esperando.

Tal vez la eutanasia no sea tan mala.

Alejandra Busconi (San Martín, Buenos Aires)


6. AZUL PROFUNDO

Me acostumbré a tomarme un rico café en El Pindal todos los miércoles.

El frío del invierno invitaba a eso y como  la última estación de subte coincidía con esa confitería, no fue necesario que buscara otro lugar, me quedaba en el barrio.

Al entrar buscaba siempre la misma mesa y empezaba a observar a las personas para inventarles diálogos, era un juego que había ideado mi madre cuando yo era pequeña.

Durante años yo también lo había jugado con mis hijos ya que nos distraía en cualquier espera prolongada, pero le agregaba alguna que otra dificultad.

A este antiguo pasatiempo yo le había incorporado ahora el desafío de la lectura, ya que mucha gente prefería leer en lugares como confiterías y plazas para no tener que hacerlo en la soledad de su casa.

Para eso llevaba siempre conmigo un libro y estaba muy atenta a quienes hacían lo mismo para poder descubrir qué tipo de lectura los atraía. Trataba de unir libro con persona.

Ya sentada se acercó el mozo para tomarme el pedido.

--¿Puede ser lo mismo de siempre?

--Lo lamento, pero nos quedamos sin medialunas de manteca, quedaron solo de grasa.

--¡Ahh! Qué contrariedad, no venía preparada para algo así, contesto sin dejar de sonreír, ¿habrá alguna factura con membrillo?

--Si, como no, ya le traigo un sacramento

Comienzo a observar a mi alrededor; veo dos parejas, una de mediana edad que serían matrimonio porque ni se miraban, la otra todo lo opuesto. Él hablaba sonriente mientras gesticulaba; ella, nerviosa, se arreglaba el pelo continuamente.

En otra mesa un hombre joven hablaba por celular, discutía con alguien. Una mujer sola esperaba a una amiga que llegó al poco rato. En la mesa redonda había un grupo de cinco señoras y varias mesas, tal vez demasiadas, estaban vacías.

De golpe, se abrió la puerta y entró un hombre muy mayor, con un abrigo bastante raído, una bufanda negra tejida y una boina de lana del mismo tono que tapaba su pronunciada calvicie dejando entrever unos pocos cabellos canos. Caminaba con paso lento, arrastrando un poco los pies, y se ubicó en la mesa de enfrente que estaba libre.

Se sentó, se frotó las manos para calentarlas y mostró su rostro arrugado pero armónico, con unos ojos celestes envidiables y una mueca parecida a una sonrisa.

Lo primero que pensé fue: ¡Qué lindo que debió haber sido este hombre en su juventud!

¿Habrá tenido muchas mujeres? No parecía un Don Juan, no me daba esa sensación, su apariencia tan apacible era contundente, aunque no había ningún anillo en su dedo.

Vino el mozo, le hizo el pedido y al levantar su mirada nos encontramos cara a cara en una situación que me hizo ruborizar, que me obligó a bajar mis ojos y empezar a escribir frases incoherentes en una servilleta para disimular mientras buscaba mi celular.

En ese momento él giró sobre la silla de al lado y del bolsillo interno de su abrigo sacó un libro pequeño, de tapas duras, gastadas, varias hojas sueltas, todas amarillentas.

Lo apoyó sobre la mesa para leer obligándome a mi hacer lo mismo.

Yo había empezado esa semana a releer por milésima vez “El Principito”, buscaba algunas frases específicas que necesitaba para un trabajo.

Me preguntaba ¿cuál será la lectura preferida de este viejito tan guapo?

¿Algo de guerra o de política? ¿Alguna biografía periodística?

No lo imaginaba leyendo una novela de suspenso, pero sí algo histórico ¿sería porque su libro se veía tan viejo como él? ¡Qué locura!

Decidí levantar mi texto para dejarle ver lo que yo estaba leyendo y esperar su reacción, era algo que hacía habitualmente en situaciones similares.

Casi en forma inmediata me devolvió la gentileza haciendo lo mismo con sus huesudas manos temblorosas.

En esas tapas negras con letras doradas se podía ver el título “Cantos de vida y esperanza”. Esos ojos de color azul profundo leían al famoso poeta nicaragüense Ruben Darío.

Esos ojos de color azul profundo leían poesía.

                                                                                                                                Mágico Abril (CABA)

 

5. MIS PADRES

“El próximo soy yo”, sentenció don Jorge al fallecer el tío Quico como si alguien pudiera saber con certeza el momento en que la vida se le apagará. Como una vela a punto de extinguirse.

Al tío Quico de chica yo no lo podía ni ver. Venía a la casa con toda su prole y se instalaba como patrón de estancia. Mi papá los fines de semana trabajaba para y en la casa que iba creciendo como nosotros, los chicos. Coincidía ese día en que se estaba calentando la brea para el techo -olor particular- y el ridículo tío me llamaba cerca del tacho del alquitrán y me decía que ese producto me limpiaría la cara y el cuerpo de eczemas para siempre. Seguidamente yo rompía en llanto desquiciado y él en carcajada sonora junto con la complicidad de mi padre.

Odiaba su presencia en mi casa.

Yo lo miraba de lejos, desde la mesa de los chicos, él en la cabecera, que era el lugar de mi papá, y me preguntaba cómo las cosas adquirían otras formas ante la presencia de determinados invitados.

La semana pasada acompañé a mis padres a una aero-kinesióloga, hasta quien llegaron por recomendación de mi hermana. Nueva profesional tratante. Así van saltando de profesional de la salud en profesional de salud buscando mejoría para sus dolores de vejez. Ya pasaron por varios acupunturistas. A veces están felices y contentos con la práctica ejercida. Otras, conque uno de los dos se queje por nimiedades -“tardó mucho en atenderme”-, los dos entran en un juego perverso de manipulación y deciden abandonar. Allá ellos.

La doctora los atendió casi en simultáneo y le indicó a mi papá que se tomara unos minutos y luego se vistiera tranquilo. Salió a la sala de espera y me mandó a que estuviera atenta por si papá necesitaba ayuda para bajarse de la camilla.  Tardé diez minutos en abrir con cuidado la puerta corrediza de la sala donde él se encontraba. Acostado, tapado por una sábana blanca, con los ojos cerrados y las manos juntas sobre su abdomen, me adelantó la vez en que lo veré sin vida. Muerto. La imagen me demoró en pensar lo que ahora escribo. Porque hay verdades a gritos: por ley de vida todos nos vamos a morir. No sabemos ni cómo ni cuándo. De esta ley no se escapa nadie.

Los dos son personas muy mayores. Llegar a los ochenta y ocho y noventa y uno con lo dura que ha sido sus vidas, se transforma en un regalo diario. Ellos dos son tan diferentes. Mi mamá es en la jerga del barrio “un culo inquieto” que ni siquiera en pandemia quedó encerrada como correspondía. “Me meten cualquier cosa en el pedido por teléfono: yo voy y elijo”. Siempre fue así: hace lo que quiere sin considerar al resto. Mi papá ha decidido hace muchos años sentarse a esperar. No quiere caminar con lo bien que le haría y no quiere comer lo que debe: otro que le importa poco lo que opinen los demás.

Los dos están enfermos con la temática dinero. No lo tuvieron cuando lo necesitaban, ahora lo malgastan o se autocastigan cuando tienen ganas de comer un helado, por ejemplo, porque “todo está tan caro”.

A mi papá lo recuerdo sentado debajo de los árboles con su mate y su pava, con la perra a sus pies, hablando solo, haciendo caras, manteniendo diálogos fantasmagóricos con alguien. Me acercaba para acompañarlo y entraba en el más ignoto silencio. Nuestra comunicación es estricta: tiene que ver con lo que él necesita o quiere conversar. Su habla se ha transformado en muy pausada. En más de una oportunidad se le escapan las palabras que quiere decir. Antes lo ayudaba y adivinaba por el contexto. Luego me percaté de que poco colaboraba con la necesidad de su movimiento personal de neuronas. Lo llamás por teléfono y enseguida te pasa con mamá. Tipo parco. Crítico con todo. Desde las motos que pasan cerca a la ropa ajustada de alguna moza. ¡Uf! También vale decir que estoy en una edad en la que determinados comentarios ya no los tengo que soportar bajo ninguna excusa.

Mamá es Juana Quejosa. Yo la apodé así. Que si le duele, por si le vaya a doler, ya le dolió en otra oportunidad. Nunca puede dormir (fue siempre de dormir poco). Sin embargo, papá cuenta que duerme de corrido ocho horas… Te quiere vender mil buzones de cómo se maneja con los medicamentos. Siempre fue “María Pastilla”, ¿por qué ahora no? Además sabe que si camina hasta el Farmacity de la cuadra y “llora” porque es vieja y no entiende, ¡le venden lo que pide! Ya le tiré una crema de origen incierto que una vecina del edificio le dijo que era descomunal para los dolores. Una lucha. Cruel y mucha. La realidad es que a veces tengo ganas de presentar batalla y otras entiendo que es un caso perdido.

Es lo que tengo hoy. A pesar de mí, a pesar de ellos.

Edith Oxilia (CABA)

4. ABRÁZAME

Desde siempre he temido a la vejez. Relaciono este temor con el hecho de haber pasado tiempo de mi vida infante y adolescente, rodeada de ancianos ya que mi madre tenía un geriátrico. Viví de cerca la decrepitud humana. Ese panorama del ocaso abismal del ser humano marcó mi alma.

En los últimos años, notando el pasar del tiempo en mi, he logrado aplacar ese miedo, no obstante, tengo mis propias conclusiones al respecto.

La ancianidad está sobrevaluada y romantizada. Es un porcentaje muy pequeño el que llega como nos quieren vender los medios de comunicación. La realidad indica que es una etapa difícil para quien la transita y sus allegados. Depende de varios factores, entre ellos la salud, el bienestar económico, la empatía de los seres cercanos. A veces todo el amor del mundo de un hijo no alcanza para poder lidiar con tanto. Si se tiene hijos, caso contrario rezar para que algún sobrino interesado, se ocupe del anciano.

La piel se arruga y no olemos como cuando jóvenes, no todos te ofrecen un abrazo, un beso. La vejez asusta y espanta, es un espejo que preferimos ignorar. Las personas, en general, tienen una inexplicable seducción hacia la inmortalidad, pánico a la muerte.

Atroz designio de aquellos a los que les toca, además , la pérdida de recuerdos. Con ellos su alma. Brutal desenlace.

No es linda la vejez, se puede disfrazar de mil maneras pero no es linda. 

María Santandrea (Neuquén, Neuquén)


 3. EL ATARDECER DE NUESTROS PADRES

Siempre me dio miedo la vejez. La vejez asociada a la decadencia. Eso fue hasta que mi amiga Moni inauguró el camino de las muertes jóvenes. A partir de ahí empecé a pensar que llegar a viejos es un privilegio que no todos tienen. Lo que hubieran dado Moni, Nori y Adri por alcanzar la llamada tercera edad. Con ellas pude comprobar que la decadencia no tiene edad. El cáncer logra también esa decadencia sin mirar la fecha de nacimiento.

También me di cuenta de que mi abuelo murió muy joven. Que el ser abuelo no lo hacía viejo. Lo era para mis diez años, pero, en realidad, era extremadamente joven para morirse. Apenas siete años más que yo hoy.

Mi abuela Rosa lo sobrevivió por veinte años y pudo disfrutar del crecimiento de sus nietos y el nacimiento de sus bisnietas, pero también conoció la crueldad del ocaso de la vida. Fue difícil verla perderse en el laberinto de sus pensamientos, llamarnos por otros nombres y hasta reclamarnos que no íbamos a visitarla cuando lo hacíamos día por medio.

En esa época mis papás eran jóvenes y activos. Ni por casualidad se me cruzaba por la cabeza que, algún día, ese bastón que mi abuela usaba llegaría a través de Mercado libre para mi papá. Cuando recibí el mail confirmando que ya podíamos retirarlo, sentí un dolor hondo en el pecho. Un simple elemento que llega a confirmar que nunca más será joven, que nunca más podrá cortar el césped en su amado jardín, que nunca más irá caminando con sus perras hasta la playa para devorarse el sol y la brisa. Y una lista innumerable de “nunca más” que me arrugan el alma. Ya casi no prende la parrilla ni hace arreglos en la casa. Sus días transcurren entre siestas, programas de televisión recostado en el sillón del living, mates en la galería y algún que otro juego de cartas. Tan lejos del Angelito movedizo e inquieto que fue siempre…

¿Quiero que sea eterno? Y sí… Soy consciente de sus ochenta y ocho años y agradezco lo entero que estuvo hasta hace muy poco, pero duele verlo tan limitado y enojado por no reconocerse en ese hombre que le devuelve el espejo de la realidad.

Mi mamá lo cuida y atiende incansablemente, a pesar de sus achaques y sus también cansados setenta y siete años. Después de atravesar el enojo que le produjo el abrupto deterioro de mi papá, se despertó en ella una ternura poco usual. Ella también comienza a dar señales de que ya no es la que era. Se rehúsa a aprender cosas nuevas cuando fue siempre autodidacta y emprendedora, pide ayuda contra la autosuficiencia de toda una vida, pero trata, aunque no siempre lo consigue, de mantenerse fuerte y entera para no preocuparnos. Hoy fue ella a retirar el paquete con el bastón. No quiero imaginar las sensaciones que la habrán atravesado. Creíamos que no iba a ser fácil convencerlo de que lo usase y decidimos dejárselo a mano sin insistirle, en un intento de que pueda andar más seguro y todos nosotros más tranquilos. Lo tomó por su cuenta, lo reguló a su altura sin decir una palabra y se lo llevó al lado del sillón para que lo ayudara a levantarse. Cuando se fue a bañar también lo llevó. Allí comprendimos que se siente aún más inseguro de lo que dice.

Ni hablar del deterioro de mi suegra. En seis meses se convirtió en otra persona. Nada queda de esa mujer enérgica y decidida. Entre la muerte abrupta de mi suegro y su posterior fractura de pelvis seguida de innumerables infecciones urinarias, la transformación es impresionante en ella, convirtiéndola en la sombra de lo que era.

Sabía que esta etapa en algún momento iba a llegar, pero tanto César como yo, sentimos que llegó irrumpió de golpe y por ambas familias al mismo tiempo, lo que genera mucho agobio y tristeza.

-Ustedes están grandes y nosotros viejos- suele decir mi mamá. Y es así, tampoco yo soy lo joven que era hasta no hace tanto, pero tampoco me siento tan fuerte como para empezar a despedirme de mis padres. A su lado y a pesar de sus manos y piernas cansadas, me sigo sintiendo esa nena cuidada y protegida, aunque hoy sea yo quien los cuida y protege.

Por eso agradezco a la vida cada momento compartido e intento ponerme en el lugar de ellos en cada circunstancia, para que se sientan amados y comprendidos. Recorro ese difícil trayecto por la cornisa, intentando que sigan sintiéndose útiles y capaces, sin que corran riesgos que acentúen aún más esa fragilidad que hoy los habita.

Quedan pocas horas para que vuelvan a separarnos los cuatrocientos kilómetros habituales y eso me llena de angustia. Querría quedarme en la costa, cerquita de ellos, disfrutando de las tardes de mate y los rezongos de Angelito por cuidarlo. Volveré pronto, viajaré seguido y los abrazaré mucho, para intentar deshacer este nudo de angustia y nostalgia que hoy me atraviesa la garganta y el alma.

                                                                                                                        Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)

 

2. LA GENERACIÓN SILVER

Las ofertas son muchas por IG.

Grupo Silver, Age Action, Circuloten…

Hace un tiempo me llamaron la atención y, sí, comencé a seguir a un grupo.

Hombres y mujeres mayores de sesenta, como yo, espléndidos, aceitados en los gym, con las canas increíbles, corriendo, en parejas, tomando un trago, algunos tatuados, mostrando que se puede lograr cualquier tipo de expectativa en lo laboral y emocional, realizados… Ofertas.

La Generación Silver. Yo.

Y es verdad: estoy envejeciendo. Dispuesta a ser feliz y con lo que venga. Seguramente no a la altura de las propuestas de esos grupos pero sí, a la de mis propias propuestas diarias.

Bien envejeciendo.

Siento que las capas oscuras se están volatilizando y lo vivido está girando constantemente como las partículas en un haz de luz. Suspendidas.

Y me exploro la piel, descubro manchas diferentes, tengo espantosos los tobillos, los surcos de mi cara, todo, los dolores hablan…

El cuerpo como envase de lo más profundo de lo sacro que es tan intenso, como las sinfonías que vibran los huesos al escucharlas una y otra vez. Una caja de resonancia antigua ya con frágiles incrustaciones de nácar y ébano que guardan los sentidos y los sentimientos.

Me di cuenta de que estoy envejeciendo, un día me di cuenta.

Entonces fue instintivo y no perdí más tiempo. Es ahora.

En eso estoy. Priorizando. Ocupándome de mí.

Leo con curiosidad cada posteo de esos grupos tomando conciencia de que hay otros en mi lugar fuera de mi círculo cercano y aunque no comparto muchas cosas porque no me identifican creo que , ante tanto individualismo y soledad ,pueden convocar al menos a pensar…un poco.

La vejez no es para cualquiera y es para todos.

Envejecemos diferente.

Algunos miran pasar, dejan de soñar, se asustan, gritan que los abracen, no se despegan de los recuerdos, se apagan; otros saludan, hacen, otros cambian, bailan, se agrupan, no se alejan…

Quizás la vejez es la única etapa consciente de la vida que se puede construir. Es la ventaja de haber vivido.

La muerte es otro tema. 

Gabriela Potenza (CABA)

1. LA VEJEZ

Mi vejez, la vejez de mi madre, la vejez de mi padre. Me rondan todo el tiempo en la cabeza.

Desde hace ya casi tres años, cuando papá murió, mis dolores en el cuerpo y el alma me prendieron todas las alarmas. Emprendí entonces, el camino hacia el autocuidado.

Cambié mi rutina diaria por completo. Hoy incluye al menos una actividad física por día, sea gimnasia, chi kung o caminatas. La comida siempre rica, pero sana y equilibrada. Respiro, medito, leo, escribo y escucho música. Quiero llegar a vieja lo más íntegra posible, de cuerpo, mente y espíritu.

Lo vi a él irse sufriendo tanto, padeciendo sus últimos años y aferrándose a la vida, entero de cabeza y espíritu, pero con un cuerpo roto y desgastado por comidas en exceso y millones de cigarrillos que entraron a su cuerpo por más de treinta años. Cuando pudo modificar ambos hábitos, ya las secuelas eran irreversibles.

Mi mamá está envejeciendo de una forma tan fea para mí. Parece no tener real conexión afectiva con nadie;, está agresiva, caprichosa, intolerante. Sus reacciones y respuestas nos hacen sentir un amargo sabor a todos los que la rodeamos y cuidamos. En varias oportunidades me ha dado vergüenza ajena. Y no se trata dees porque esté senil, creo que se trata de que mi papá era un soporte y un filtro para que toda esa ira no nos llegara al resto. Hasta la justificaba con una sonrisa y la acariciaba cuando ella la emprendía contra él.

Y bueno, acá estoy yo a mis cincuenta y tres. Con esta mirada un poco cruel y pensando que la vejez va a llegar más rápido de lo que quisiera. No es mala la idea de tomar herramientas hoy, que me sirvan para transitar el último tramo como mejor pueda. Siempre y cuando la vida no me sorprenda y me saque del juego antes de llevar a cabo mi plan, que incluye achicar mi vivienda y viajar todo lo que más pueda, ¡si es en un motorhome mucho mejor!

Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)

 

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