Tecnología


9. DOMINGO FRANCÉS

 

Retiré del freezer dos pseudo croissants y luego de calentarlas unos segundos en el microondas las tosté en el horno eléctrico.

Las acomodé en la bandeja, junto a un par de macarrones de frambuesa, media copa de jugo de naranjas recién exprimidas y una taza de café con leche para cada uno. 

 

Ya en el dormitorio, mi marido semi incorporado en la cama, control remoto de la TV en mano, había puesto la aplicación YouTube. 

 

Desplegué las patas de la mesita sobre su abdomen y tomando una croissant y mi taza humeante me senté en el cómodo sillón del cuarto a la vez que apoyaba los pies descalzos sobre el extremo derecho de la cama.

 

Esteban me guiñó un ojo y me preguntó cómplice si ya estaba lista para salir de viaje, asentí muy entusiasmada y presionando la tecla "play" ubicó en la pantalla una postal de colores soñados.

Un graf con letras blancas rezaba 

 "Saint Paul de Vence . El pueblo mejor conservado de Francia" 

 

Entonces mientras saboreábamos nuestro desayuno argento con pretensiones afrancesadas nos sumergimos durante cuarenta minutos en la vista de sitios maravillosos haciendo breves comentarios, avanzando y por momentos retrocediendo imágenes que despertaban puntualmente nuestro interés. 

 

En la comodidad de nuestro dormitorio estábamos paseando por el país galo sin salir de casa. 

Enfundados en nuestra ropa de cama y sin que una sola gota de lluvia ni el frío de ese domingo de julio nos afectara. 

 

Cuando terminó el video, Esteban y la gata estaban dormidos..  

Disminuí la temperatura del aire acondicionado, apagué el televisor,  recogí la bandeja para llevarla a la cocina.  

De pasada por el living encendí la televisión en Youtuve para escuchar a Zas, una cantante francesa cuya voz y temas adoro.

Lavando la vajilla me deleitaba con "Je veux" recordaba esas calles angostas, las construcciones medievales con arcos de medio punto y balcones con profusión de coloridas flores pendientes que había visto en la pantalla 

Movía mi pie al compás de la música sintiéndome agradecida por aquel viaje a Francia que la tecnología nos había regalado. 

 

Coloqué en el horno la "quiché lorraine" que había aprendido a preparar, para el mediodía, me serví una pequeña medida de vino de cosecha tardía, tomé un sorbo camino al baño dispuesta a mimarne con  una agradable ducha.

 

 Melinna Trigo (CABA)

8. PALABRA INCÓMODA

¿Qué decirles?
Hasta la palabra me incomoda.
Sentimientos encontrados todo el tiempo.
No me gusta, no me interesa, me da zarpullido... pero por otro lado, cuando hago una videollamada, cuando tuve que dar clases virtuales, cuando resuelvo cosas bancarias desde el celular, la odio menos. Hasta le agradezco.
Soy una retro incurable. A mí denme tierra, verde, montañas, agua y una cabaña y no me hace falta la tecnología.
Aunque tengo que admitir que la facilidad en las comunicaciones hace que me sienta más segura, por mí y por los que me rodean.
Pero la mayoría de las veces la siento como una intrusa, destruyendo naturalezas y arrastrándonos a su consumo permanentemente. Es una tirana, que se sabe necesaria y poderosa pero que cuando falla nos deja de a pie y en medio de la nada.
¿Cuántas veces vamos a algún lugar y nos dicen: "se cayó el sistema"? No te pueden atender, no te pueden vender, se paraliza todo. No hay más listas de precios sino códigos de barra, no pueden sumar en un papel lo que te podrían vender, no pueden responder ninguna consulta ni darte un turno ¡porque está todo en el sistema!
Por otro lado, los avances en la medicina, los transportes y otras cosas, son muy beneficiosos. Lo reconozco.
Pero que la manejen otros.
Cuando viajé al sur con mi hijo su celular nos indicaba absolutamente todo. Era maravilloso. Las distintas aplicaciones respondían  todas nuestras dudas.
Gracias a la tecnología él pudo venir conmigo porque seguía trabajando, con su teléfono, con la compu. Nos juntábamos en los bares al atardecer y cada uno desplegaba sus vicios sobre la mesa. Mientras él usaba la computadora, yo hacía correcciones de los borradores de mi novela, tapada de hojas, cuadernos y lápices.
Reconozco que es más sencillo, rápido y práctico tipiar en un teclado que incluso te corrige.
Pero yo sigo garabateando hojas, sacándole punta al lápiz, borrando y re escribiendo.
Así como amo los libros de papel, me encanta volcar en el papel, de mi puño y letra todas mis sensaciones.
Siempre lo he hecho, desde que era una niña.
Los "diarios a mi abuelita Loli", aunque amarillentos, sobrevivieron al tiempo y están conmigo.
Si los hubiera escrito en aquel entonces sobre un teclado, no tendrían dibujos pintados con lápices de colores ni se podría ver mi letra de niña. Y muy probablemente se hubieran perdido en un disco rígido, en la nube o en cualquiera de las millones de constelaciones tecnológicas que nos rodean.
No. Definitivamente yo soy lápiz y papel. Gracias por tus aportes, señora tecnología, pero me quedo con lo que sienten mis manos, mis dedos, mis ojos y mi corazón a medida que voy dibujando las letras de un poema o las mariposas multicolores que me pide Catarina.

Noemí (CABA)

 

7. A UN CLICK

Falté a mi promesa de no participar en redes, hasta que mis compañeras de la clínica me hicieron una cuenta en Instagram.

Descubrí  un mundo nuevo. La tecnología está lejos de ser parte de mis habilidades, no obstante con solo un click, logro un “me gusta”, preguntar precios, talles, estar interiorizada sobre eventos, cursos.

Logré conectar con poetas españoles y peruanos. Recibir algún mensaje de alguien que quizá tras la pantalla, me está observando.

Mirar a escasos centímetros, vidas , lugares, verdades, mentiras.

Tecnología y distancia  van de la mano.

Distancias que acortan soledades, que divierten, que permiten nuevas experiencias.

A un click de distancia, se mueve este mundo loco, loco

                                                                                                  María Santandrea (Neuquén, Neuquén)

6. ¿CERCA O LEJOS?

Me considero una persona tecnológica. A pesar de que la tecnología viaja más rápido que mi cabeza muchas veces, me interesa y trato de actualizarme. Soy de los que creen que tiene más beneficios que perjuicios, comenzando por los avances en la ciencia.

Reconozco que Internet puede ser adictiva, que muchas veces debo hacer un gran esfuerzo para despegarme. Pero de cuánto nos hubiéramos perdido sin este gran invento.

Una computadora fue el vínculo con mi hermano Diego viviendo en México hace veinte años, cuando mandar un mail era engorroso y caro. Conectarse a Internet era una aventura ruidosa y muchas veces inaccesible. Nunca olvidaré los ojitos de mi hija de cuatro años tratando de aprender a leer y escribir para ser ella misma quien pudiera leer lo que su tío le escribía en imprenta mayúscula y poder responderle. ¡Y lo logró! Comenzó primer grado sabiendo escribir y leer perfectamente. Y aprendió a chatear con él en el viejo ICQ. Fue el medio que permitió que no lo considerara un desconocido, cuatro años más tarde, cuando él estuvo de regreso. Salió corriendo a abrazarlo, a pesar de reconocer luego, que no recordaba su cara.

Más tarde el Facebook hizo el milagro de reencontrarme con viejos afectos, exalumnos y algún que otro nuevo conocido.
Llegó para acortar la distancia que la geografía imponía. Mis alumnos comenzaron a reencontrarse con esa "seño", que según ellos los entendía, a la que necesitaban agradecerle y así comenzaron a aparecer invitaciones para que fuera "su amiga"¡Qué loco ser testigo de noviazgos, casamientos, hijos que les llenan la vida!¡Qué emoción poder llamar a alguno "colega"!

Miles de recuerdos quedan inmortalizados en estos medios, de los buenos y de los otros..

¡Cuánto más cerca me sentí de mi hermano Hernán y mis sobrinas gracias a las redes! El WhatsApp y sus gloriosas videollamadas me ahorraron muchas lágrimas. Al principio era muy difícil despedirlos cuando venían a Buenos Aires o cuando nosotros los visitábamos. Sabíamos que faltaban muchos meses para volver a encontrarnos y sólo contábamos con los viejos mensajes de texto o las caras llamadas de larga distancia para estar en contacto. La llegada de las videollamadas nos colocó muy cerquita. Pudimos brindar para fin de año a través de una pantalla como si esos mil doscientos kilómetros no existieran. Presenciar las muestras de patín de Sofi en vivo y charlar los nueve online durante toda la pandemia. Ahora, aunque más de vez en cuando, alguno la propone cuando pasan los días sin “reunirnos”. Nunca falta una reunión virtual con mis papás y mis hermanos cuando hay temas importantes para decidir. Nuestro grupo de WhatsApp nos mantiene al día de la vida del otro. Todo es más fácil ahora.

La tecnología lo pudo, el avance de la informática lo logró. Y después dicen que sólo logra despersonalizarnos...

A veces también puede ser cruel, cuando surge algún bloqueo a partir de un conflicto o la salida de un grupo puede ser más estrepitosa que una simple distancia o una discreta lejanía. Las partidas de los seres amados quedan aún más en evidencia en esas conversaciones que ya no están pero que dejaron registrado gran parte de lo compartido.

También ha generado diferencias entre las personas por no soportar que cada uno publique lo que piensa, sin tomarlo como personal o como agresión. También es cierto que los odiadores seriales han convertido las redes en un medio para descargar su furia, simplemente por no soportar que el otro piense diferente.

También nos acercan montones de información. Desde el cholulaje de la vida de los famosos hasta interesantes noticias de actualidad y de información general.

Soy una persona online 24/7. Me cuesta desconectar y quizás también eso hace que me pese cuando los otros no tienden puentes de comunicación. Hoy no está cerca quien decide no estarlo. No hay excusas para saber del otro si realmente a uno le interesa.

No sé qué podrá deparar el futuro en cuanto a cuestiones tecnológicas se trata. Sólo sé que, bien usados, los avances tecnológicos nos enriquecen la vida. Al menos es mi manera de sentirlo. 

                                                                                                                    Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)



5. ENCUESTA FAMILIAR

Santiago

La capacidad de mi mamá con la tecnología es similar a mi capacidad de jugar al fútbol a nivel profesional, mañana mismo, en la final de la Champions League contra el Barça de Guardiola y hacer nueve goles.

Perdón, mami, pero no es tu fuerte digamos.

Mariano

La relación de mi mamá con la tecnología se basa en la negación y en la falta de predisposición. Ella jura que los dispositivos “no le funcionan”, como si hubiese una suerte de complot en su contra por parte de las grandes corporaciones tecnológicas. Lo curioso es que, dando cierta fuerza a esa descabellada teoría, dichos dispositivos le fallan de manera recurrente, mucho más que a un ser humano promedio. ¿Casualidad o causalidad? Nunca lo sabremos. Mientras tanto, ella sigue allí, dando esa pelea incansable, pidiendo ayuda ahijos y marido, quienes no tenemos más remedio que sumarnosa su frente sabiendo que nunca ganará ni siquiera una batalla.

Guillermo

Gaby y la tecnología no se llevan bien.

Es un desencuentro eterno, permanente e insalvable.

Solo comparable con el que sufre desde siempre con las Matemáticas.

Creo que por eso tienen tantos problemas para relacionarse con ellas.

Es probable que una no la considere importante y la otra, en venganza, le aseste todo tipo de situaciones e inconvenientes que, debo confesar, a veces pienso que le pueden ocurrir solo a ella.

Imaginemos algo imposible tecnológicamente hablando: eso le sucederá a Gaby cada vez que empuñe sus dispositivos tecnológicos.

Resultará inútil convencerla de la improbabilidad de dicho suceso y no escuchará ninguna de las posibles soluciones ; mucho menos cederá su posición de enojo frente al aparato en cuestión para que yo trate de solucionarlo. Y probablemente ni siquiera a sus hijos con tal de no escucharnos decir: “es imposible que haya pasado eso!”.

Podemos acudir a Gaby por ayuda en infinidad de temas y situaciones y la encontraremos sin duda.  Siempre y cuando no se trate de un dilema tecnológico.

Más claro…imposible.

                                                                                                                          Gabriela Potenza (CABA)

 

4. ¡ES AHORA O NUNCA!

Y de golpe me encuentro haciendo lo que mil veces dije que no iba a hacer nunca…. esperar un mensaje, ni siquiera un llamado…, un mensaje.

Ahora todo se resuelve por WhatsApp. Te informo, te pregunto, te invito, te dejo, en fin, todas las variantes existentes en la comunicación, se transmiten por mensaje de texto.

Ese primer paso que es vital entre dos seres humanos desconocidos que desean empezar a construir un vínculo, se da, la mayoría de las veces, a través de un celular.

No estoy hablando de las conversaciones entre padres e hijos, compañeros de trabajo o de estudio,los del futbol de los viernes, o la juntada con amigas de algún sábado o domingo, donde el teléfono pasa a ser de vital importancia para avisar que estás llegando tarde.

Es tan común ahora ver en un restaurante a la familia entera conectada a estos aparatos, que yo que soy de la época de los Benvenuto, “no hay nada más lindo que la familia unida”, observo horrorizada como se va perdiendo la comunicación oral, la del gesto y la palabra, que es reemplazada por contracciones, emoticones y audios tan breves que si superan los treinta segundos entran en la categoría,“letanía imposible de escuchar”.

¡Y eso que el WhatsApp ya es viejo! ¿No tenés Facebook?, ¿Tweeter?, ¿Instagram?

¡Ahh!, pero vos no existís…

Cuando yo era chica las únicas redes que conocía eran la de la cancha de tenis, de vóley y las que usaban los pescadores para su trabajo y que yo había visto en películas.

Ya en mi adolescencia conocería también la pequeña redecilla de la peluquería que sostenía el enorme rulero con el que me hacía “la toca”. Recuerdo haber atravesado esa etapa tan conflictiva sin tener siquiera teléfono de línea. 

La vida es corta, es verdad, pero yo me pregunto ¿estamos tratando de ganar tiempo usando la tecnología de esta forma?, ¿las redes sociales, son sociales?

¿Evitamos discusiones o malos entendidos a través del WhatsApp?, ¿o los aumentamos enviando mensajes mal redactados?

Generalmente confundimos la intención del que lo envía al no poder escuchar su voz y leer un texto lineal que la mayoría de las veces carece de puntuación.

¿Recordamos la importancia de la coma al escribir una oración?

Es lo mismo decir: “No quiero saber”, que “No, quiero saber”….

Tampoco son iguales estas dos frases: “Te quiero, hermosa”, o “Te quiero hermosa, asi que mejor  tratá de resolver tu situación y operate, o andá al gimnasio, nosé, hacé algo, por favor”.

Ni hablar de las tildes o acentos ortográficos que ya no existen, hoy el acento prosódico lidera el top five. Los tiempos verbales y las frases exclamatorias han caído en desuso, nos ha ganado el lenguaje del sordo recuperado.

Mi espíritu docente siempre presente a recibido de fotos espectaculares, textos tan mal escritos que han bajado mi líbido al tercer subsuelo sin recuperación posible.

Y en medio de toda esta dicotomía filosófica a mí se me ocurre perder el día esperando un mensaje que no llega….

Hoy, según la OMS me encuentro transitando la plena juventud. Pretender ser joven, bella y con pareja tiene un costo, y hay que estar dispuesta a pagarlo, qué mejor opción entonces que tener una aplicación para encontrar novio a través del celular.

¡Es ahora o nunca!, así que Tinder explota en mi teléfono.

Estoy todos los días poniendo “likes” en fotos de tipos que lo primero que te preguntan es ¿cuando hacemos “match”? ,¿dónde vivis?, para estar dentro de los diez kilómetros del GPS y que sea fácil el traslado, no vaya a ser que tenga que viajar demasiado para tomar un café.

Ese primer encuentro no tiene desperdicio y es digno de ser relatado.

Entro al lugar y lo veo sentado, rara vez se levantan para saludar, parece que ya no se usa, hacen el gesto y nada más. Después del impacto de los primeros dos o tres minutos donde te das cuenta de que no es como en la foto, te recuperás y tirás la primera frase matadora: “¿y a vos que te gusta hacer?”….se te queda mirando, se le paraliza el rostro y siente que le preguntaste la fórmula física de la bomba nuclear que cayó sobre Hiroshima…. Yo supongo que su cerebro masculino está pensando: “Ahh, qué pesada esta mujer, cómo me va a preguntar eso si yo lo único que quiero es cogérmela”….

¡Ya está!, encuentro terminado, no entiende una pregunta básica y sencilla, empieza a dar vueltas y me habla de su trabajo, yo pongo cara de “te estoy escuchando atentamente” y mi cerebro femenino piensa: “otro boludo aburrido que no sabe qué hacer con su vida, ¡por Dios!. Qué suerte que no gasté mucho maquillaje. Pero podría estar en casa viendo un nuevo capítulo de la serie de Netflix que empecé ayer. Con este tipo no cojo ni loca, o…podría cogérmelo y nada más, porque es muy lindo, ¡lástima que sea tan pelotudo!….”

Este, queridas amigas, es el famoso café descartable del que yo tanto les he hablado.

Me estoy transformando en coleccionista de estos momentos desechables, ¡qué locura!

Gracias a la tecnología ha llegado el momento de declararme inimputable.

¡Es ahora o nunca!

                                                                                                                            Mágico Abril (CABA


3. LA CARRERA DE LA TECNOLOGÍA

Me acuerdo cuando iba a la primaria y me contaron que en Estados Unidos, al hacer las compras leían unas rayitas con un aparato y con eso iban sumando los precios de los productos para cobrarte. ¡Eso es mentira! pensé inmediatamente. Si yo iba al almacén con la libreta y la almacenera dejaba constancia de artículos y precios que al final del mes sumaba y nos decía el total a pagar. ¡Cómo iba a existir una máquina que hiciera semejante cosa!

También decían que en otras ciudades había hasta cuatro canales de televisión y el horario de las transmisiones duplicaba las horas del Canal 12 de Trenque Lauquen.

¿Eso existía? Y para mi asombro lo vi un día que fui a Mar del Plata. La gente se levantaba de su asiento, giraba una perilla del TV y cambiaban de canal. Pasaron muchos años, fue recién en 1984 que en mi ciudad pudimos acceder a semejante diversidad de programas. Ya había llegado la pantalla a colores, primero la veíamos en la vidriera de un vecino de  la vuelta que arreglaba aparatos y había puesto uno en la vidriera, hasta que un día llegué de la escuela y estaba la familia completa esperándome con el tele prendido para ver mi cara de sorpresa cuando me di cuenta de que en el comedor de casa había pantalla color.

Pocos años después apareció un aparatito mágico: el control remoto. ¡Qué locura! Podíamos cambiar de canal a distancia. ¡Ya no había que pararse para seleccionar el canal y para subir o bajar el volumen!

Estaba en el último año del secundario cuando compraron las primeras PC y armaron el gabinete de computación en el Colegio. Un cuarto cerrado con candado, al que solo podíamos acceder con el profesor que nos iba a enseñar a programar.

Entrar en ese aula, era poner un pie en la NASA. Por supuesto egresé sin entender cómo con tan solo unos y ceros se lograba hacer que las máquinas hiciesen lo que nosotros queríamos.

Llegué a La Plata a estudiar. Para mí subirme a un micro para trasladarme era toda una nueva experiencia. Subía con las monedas, el colectivero cortaba el boleto y lo primero que hacíamos era ver si el número que nos tocaba era capicúa.

Claro, para el chofer la máquina que llegó años después y nos daba el ticket le sacó un trabajo de encima, ¡pero se acabó la magia del capicúa, y con la tarjeta magnética ni hablar!

Cuando estaba cursando la mitad de mi carrera, asistí a la charla de una docente que nos dijo que cuando egresáramos íbamos a estar diseñando en las copas de los árboles con láser. ¿De qué habla esta mujer?, pensé yo. Pero para mi sorpresa ya al año siguiente vi por primera vez una exposición de hologramas en Capital Federal. ¡Inexplicable! Entrabamos al salón y Louis Amstrong bajaba la trompeta y nos sonreía, como si estuviese allí con nosotros que mirábamos boquiabiertos. No era una pantalla, estaba suspendido en el aire como por arte de magia.

Ya a punto de recibirme empecé a trabajar con una computadora e increíblemente, todo lo que en la facultad hacíamos con fotocopias, tijeras y rotuladores lo empecé a resolver con el mouse y la pantalla. Me costó muchísimo aprender todos los programas de diseño, pero cada una de las cosas que resolvía moviendo el ratón, me provocaban fascinación y asombro.

Todavía no habían aparecido lo celulares. La gran magia la producían los teléfonos inalámbricos que permitían hablar por toda la casa y el fax que nos resolvía poder mandar escritos a kilómetros de distancia. Pero los primeros celulares eran algo que no entraba en mi cabeza. Y recuerdo lo desagradable que me resultaba cuando estaba en un restaurante o confitería y veía a alguien manteniendo una conversación con el aparato, mientras quien estaba enfrente esperaba que terminara. Quién iba a decirme que unos años mas adelante, con la llegada de internet, íbamos a estar todos, chicos y grandes usando el celular con tanta naturalidad casi como si hubiésemos nacido con uno en la mano.

¡Y todo lo que ellos encierran!: entretenimiento, información, trabajo, instantaneidad, ansiedad, seguridad, inseguridad, ¿comunicación o incomunicación? Estos aparatos que nos ponen tan cerca de los que tenemos lejos y tan lejos de los que tenemos cerca tantas veces. Debatidos, amados y odiados a la vez. ¿Desde qué edad es aconsejable que los niños  los usen? ¿A qué nos expone utilizarlos todo el tiempo y para todo? ¿Qué nos ocurre que cuando salimos sin ellos tenemos que volvernos corriendo a buscarlos, como si nos hubiésemos olvidado nuestro niño en el shopping? ¿A quiénes incluye y a quiénes excluye su uso? Y junto con todo esto nos preguntamos acerca de la virtualidad, la falta de presencialidad y contacto humano, hasta dónde es suficiente y reemplaza una cosa a la otra.

Y dicen que se vienen los autos autónomos, que estamos a un paso de eso, que Google mapeó todo el planeta, porque ya tiene el vehículo desarrollado y necesitaba toda esa información para que con subirnos e indicarle dónde ir nos lleve, sin riesgos de accidentes y fallas humanas. No perdamos de vista que también es toda una sensación esta de que la tecnología es autónoma, cobra tal vida propia que no parece hecho por humanos.

Y cuántas cosas más nos seguirán asombrando, beneficiándonos o dejándonos afuera. Porque aunque considero que hasta ahora, con mis cincuenta y tres años le he podido seguir bastante la carrera a la tecnología, hay veces que me siento como esos ancianos que mandan mensajes tan disparatados a sus nietos, preguntándoles cómo hacer tal o cuál cosa con el aparato que tienen en sus temblorosas manos.


 2. COMPUTADORA

¡Qué gran avance para la humanidad! Llegué a una oficina y lo de siempre: que hiciera el trabajo que a nadie le gustaba hacer: archivar. Cosa más aburrida para las primeras ocho horas laborales no debe haber. Ser la nueva, pagar un derecho de piso. Estupidez al cuadrado. En fin. Como me resulta ante situaciones nuevas, estudié el contexto. Una sola computadora. Allí iría. Lo imbricado de las relaciones humanas que a veces se sostienen por finos cables soldados a chips minúsculos. No tenía la menor idea de cómo encenderla. No importaba: lo aprendería. ¡Cuántas cosas que aprende una a lo largo de la vida!

Al día siguiente y continuando en mi no-saber, el gerente del sector preguntó a viva voz quién le escribiría una carta. Pues bien, grité ¡yo! con todas mis fuerzas. Él procedió a dar inicio a la compu y yo me sentía Bob(a) Esponja porque todo se quedaría en mi cerebro a fuego intenso. Observé sin preguntar hasta que llegó a la hoja con el cursor espantoso verde. Toqué el mouse que me ayudó a tomar decisiones. Me senté en la silla frente al monitor y él quedó extasiado de que supiera escribir a máquina. El programa que se usaba era DBase II.  “Ahora poné tal comando” que me sonó a cuestiones de orden y nunca hice tanto caso en mi vida. Así aprendí y me separé prontamente de la tarea de “la nueva”. La siguiente vez un compañero informó que la computadora tenía un virus y yo cursando una gripe gigante. Había estornudado varias veces y creí ingenuamente que había sido la causante de tal problema. Silencio. Guardé silencio. Hasta que alguno apareció con el antivirus en un disquete BASF  y se solucionó todo. Aprendí entonces algo más: los virus de las computadoras, los virus de los humanos. También padecen las máquinas complicaciones externas. ¿Culpa de los usuarios?

Si bien no se hicieron algo super común allá por los noventa y pico, usé también el celular valija que tenía el jefe. Era una maletín con cordón al que se le unía un teléfono pesado onda ladrillo. Lo cierto que en aquel momento daba aire de “pertenecer” Solamente podía hablar con el dueño de la empresa y el tesorero del banco. Y yo efectuaba esas llamadas con la peor conectividad posible. Era mucho más fácil —se lo dije millares de veces- que cruzara la calle y fuera a hablar con el tesorero o que subiera varios pisos en el edificio y viera al dueño personalmente. Insisto: daba aire. Hacerse el famoso cuesta.

Regresando a la compu, hubo un tiempo de tener una en casa. Ya estaba Windows que se hizo más famoso que las Mac en un principio. Entender las ventanas y guardar el trabajo que una estaba haciendo fue fundamental. Costó y lo aprendí a fuerza de perder archivos. ¿Sería posible?

Más luego en la otra oficina había una Mac a la que todos le escapaban. ¿Sería tan difícil acometer la tarea? Todos los días me sentaba y la iba descifrando. Fui la especialista en ese sistema. La instancia de aprendizaje se daba por prueba y error. Ya no les tenía miedo, ni idea, ni nada. ¿Metí la pata? Miles de veces. Gracias a la tecnología hoy podemos estar conectadas entre tantos otros usos.

 Edith Oxilia (CABA)

1. TECNOLOGÍA

Cuando era niña pensaba que la tecnología sería como la que veía en el dibujo animado de Los Supersónicos. Siendo adolescente, el mayor avance tecnológico al que podía aspirar era un televisor a color.

Cómo ha cambiado todo, ¿verdad? La primera computadora entró a nuestro hogar cuando mis hijas contarían unos catorce y quince años. Todos la usamos en casa, no fui la excepción.

Luego llegarían los teléfonos celulares, el contratar wi fi, las plataformas digitales y más.

Como si fuera imposible no utilizarlas o alejarse de todo esto, si hasta es imprescindible aplicar la tecnología en los trabajos del hoy.

Siempre he tratado de no abusar de ella, pero mentiría si digo que no la utilizo.

Uso bastante la computadora, me gusta buscar información sobre diversos temas. Me he acostumbrado a escribir con el teclado, cuando antes lo creía imposible.

En cuanto a las redes sociales, no me he acostumbrado ni al Twitter, pues me resulta agresivo por parte de las personas que allí escriben. Tampoco uso Instagram, si bien he abierto uno a insistencia de una amiga. Sí me vuelco a Facebook.

Esta cuenta de Facebook la abrí cuando conocí personas por medio del teatro. Fue una manera de compartir aquello que nos unía. La mayoría de los “amigos” que tengo allí, son gente de teatro, espectadores al igual que yo como también artistas, con algunos de los cuales, existe un vínculo por seguirlos en su carrera. No acepto solicitudes de gente que no conozca, no me interesa tener en esta red social mil amigos que en realidad no lo son ni que tampoco tienen que ver conmigo. La mayoría de mis publicaciones se relacionan con el teatro; algunas de momentos que vivo, o de lugares que visito, quizá alguna reflexión o frase que me hizo pensar. Pueden pasar semanas que no posteo nada si creo no es algo relevante de contar.

A pesar del creciente avance de la tecnología, sigo creyendo que lo importante es la cercanía con las personas. Mensajes de Whatsapp no reemplazan la charla frente a frente en un café. Una plataforma digital no da el mismo calor ni la emoción que se siente presenciando una obra de teatro, o el divertimento de compartir pochoclos en un cine.

Tiempo atrás, leí el libro Origen, de Dan Brown. En él, el autor narra también sobre el avance de la inteligencia artificial sobre la humana, que será cada vez más difícil competir contra el avance de la tecnología. Señala que los humanos deberíamos evitar que nos absorba… ¿será ficción o verdad?


Claudia (CABA)

 

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