10. EN LA ESTACIÓN
Ese día papá se había levantado temprano y después de afeitarse y lustrar sus zapatos, puso lo que faltaba dentro de una antigua valija de cuero. Luego charló un rato con mamá, mientras tomaban mate y hacían chistes. Dani estaba nervioso y yo enojada. No quería ni acercarme a papá, porque odiaba que se fuera de viaje tantos días.
Mi mamá me vistió con la minifalda marrón con un cinturón con hebilla, botas altas del mismo color con cordones entrecruzados entre aros de metal, y un suéter rosa. Tenía puesta la cadenita de oro con la cara de la virgen niña, la pulsera con mi nombre y el anillo con una piedra preciosa de color rosa, que nunca me quitaba. También la típica vincha blanca en mi pelo largo y lacio. Mi hermano, con sus pantalones cortos y su saquito azul, estaba inquieto y le decía a papá tartamudeando: Traeme un autito y la revista del Pato Donald. Él tenía siete y yo cinco años.
Me quejaba porque teníamos que caminar ocho cuadras hacia la vieja estación de Villa Ballester. Lo hicimos en silencio. Solo se escuchaban los tacos de mamá y el andar torpe de Dani. En esa época, los trenes demoraban y no tenían horario fijo. Papá era muy puntual, y tan exagerado, que llegamos una hora antes a Retiro. En ese momento mi garganta se cerró por la angustia. Recuerdo agarrar la mano de papá, y oler su perfume a colonia Old Space, y saber que se iría una eternidad. La espera fue larga, pero Dani y yo jugábamos, corríamos a las palomas, y mirábamos todo con asombro.
De pronto alguien informó por el altoparlante la partida del tren con destino a San Juan, y yo sabía que, cuando viajaba hacia allá, no lo vería por un mes. Estábamos al final del andén. El tren era de aquellos viejos con asientos de madera. Papá se subió llorando y se quedó en la puerta. Dani salió corriendo, y con el tren en movimiento le gritaba: ¡No te vayas, pa! ¡No te vayas! Llegó a agarrarle la mano. Mi mamá lo sostenía de la otra mano, mientras yo lloraba a mares viendo ese espectáculo. Fue horrible y traumático.
Mamás nos prometió un helado para pasar ese momento. Cuando salimos de ahí yo seguía llorando. Me había raspado un poquito el dedo jugando con Dani, y mi mamá me retó, me dijo que parara de llorar. Yo le respondí enojada: ¡Es que me raspé el dedo y me duele! Pero el dolor estaba en el alma.
Alejandra Busconi (San martín, Buenos Aires)
9. DISTINTAS DESPEDIDAS
Despedidas...
Es una palabra terminante, la asocio a situaciones sin retorno y que, de distintas maneras, se presentan muchas veces en nuestro camino.
Todos contamos en nuestro haber despedidas definitivas, que atravesamos con dolor. Otras pueden ser temporales, un poco más fáciles de sobrellevar si pensamos en el reencuentro.
Algunas veces, hay que aprender a desprendernos y despedirnos de aquello que no forma parte o no aporta nada a nuestra vida. De proyectos que no tienen ya la misma importancia de cuando los imaginamos; de personas con las cuales no sentimos tener algo en común, aunque antes haya sido diferente.
Despedirnos de situaciones que elegimos dejar atrás, de ciclos que debemos comprender que han llegado a su final.
Del pasado, entendiendo que de él solo vale la pena rememorar los buenos recuerdos, sin quedarnos anclados en ese ayer que no nos permite avanzar y ver el presente.
En lo personal, los últimos años las despedidas dolorosas que atravesé fueron las pérdidas de mis animales. Los nombro a ellos porque ya mis padres fallecieron hace mucho tiempo, lo mismo que tía Filito y no sé si es algo que se supera, pero ya esos momentos los he guardado en un pasado lejano.
En mi interior, en mis pensamientos, quisiera despedirme de algunos miedos que ciertas veces me asaltan. De un par de preguntas, para las cuales aún no encontré respuesta; de decisiones que no sé si fueron acertadas…
Hablando de tiempos pasados, alguna que otra vez, he sentido que quería despedirme de quien era yo. Ya no. Todo lo que fui, incluso aspectos propios que no me gustaban, formaron parte del aprendizaje que debía atravesar para ser la que soy hoy. Ni perfecta ni la peor. La que acierta y la que se equivoca. La que puede avanzar y la que muchas veces necesita detenerse.
No estoy segura de que uno pueda prepararse para afrontar las despedidas, de la naturaleza que fueran. Pero mientras tanto, elijamos no despedirnos de nuestras ilusiones.
Claudia (CABA)
8. DESPEDIDA
Nora querida:
Me hubiera encantado despedirte con un beso y un abrazo como hacíamos siempre. Fuiste para mí el otro punto de vista de todas las cosas. Nadie te había enseñado. Vos habías aprendido sola. En realidad, la vida te pegó tanto tanto que no hiciste más que repartir tu conocimiento a quien quisiera escucharte. Me dijiste que yo era la típica mina para tener por lo menos seis hijos por la calidad de amor que transmitía. Te contesté que ni mamada: la naturaleza me había otorgado dos manos para tomar otras dos y caminar por la vida. ¿Seis? Tuviste pensamientos muy claros y concisos. Cuando supiste que tu tiempo terminaría en breve, me pediste de modo encarecido que le consiguiera una novia al Negro. Recuerdo que mi respuesta fue que no se trataba de un sachet de leche sino de una mujer que tuviera onda con el señorito en cuestión. Lo repetiste hasta el cansancio. Él fue tu gran amor hasta tu último suspiro. Y él, nuevamente casado, te nombra cada vez que puede.
Estás en mi corazón. A veces me pregunto cuál será tu reacción ante tal o cuál circunstancia. Te hiciste querer. Cada vez que te menciono, se me dibuja una sonrisa cariñosa.
Donde sea que estés ahora, te deseo que sea en paz. La merecés.
Edith Oxilia (CABA)
7. LA FELICIDAD TIENE FORMAS INIMAGINABLES
“Negra, volviste”, me dijo con una sonrisa que le iluminó la cara, extendiéndome la mano desde la cama, para que se la tomara.
Yo sabía que era el inicio de la despedida y sentí en ese momento que la felicidad tiene formas inimaginables, porque dos días atrás pensaba que la vida no nos daría esa oportunidad.
Cuarenta y ocho horas antes de ese momento me dijeron que quedaba en terapia intensiva y aislado por protocolo de covid (lo mismo corría para mi mamá y para mí, que estábamos conviviendo con él) hasta que estuviesen los resultados del hisopado.
Había tenido un fallo cardíaco mientras lo dializaban un par de horas antes, cuando lo llevé al centro de diálisis a donde concurríamos tres veces por semana para su tratamiento. La médica que lo evaluó para ingresarlo a terapia me habló de una neumonía bilateral, una gran masa tumoral en el abdomen, sus riñones que ya estaban hacía tiempo sin funcionar y su corazón que estaba pidiendo pista.
Después de hablar con ella tuve que decirle a mi papá, desde la puerta de la habitación, que no me dejaban entrar porque estaba aislado y que me tenía que ir. Una ridiculez frente a la que no supe rebelarme, apabullada por toda la información que estaba recibiendo. Vi la expresión en sus ojos, no necesité que me dijera “me voy a morir solo en una terapia intensiva”. Salí con el alma partida en mil pedazos a comunicarle a mamá que quizá nunca lo volveríamos a ver, que esa tarde en el centro de diálisis cuando lo subían a la ambulancia podría haber sido la última despedida.
A los dos días fue mi hermano quien les pidió a los médicos que lo sacaran de terapia y nos dejaran estar con él. En la clínica accedieron y ni bien se pudo me fui a su lado.
Esa frase de bienvenida y su mano extendida me remendaron un poco mi alma rota.
Pasaron un día y medio más en los que pude estar con él, sin despegarme ni un minuto de su lado, acomodándolo, dándole la comida que ni comía, hablando o simplemente escuchándolo por la noche como entre sueños llamaba insistentemente a mi madre y me confundía con ella. A la mañana del segundo día mi hermano se quedó con él y yo fui a verla: “Ahora sí mamá, tenés que ir a despedirte”. Ella lloró, pero no fue realmente consciente de lo que estaba ocurriendo, con el tiempo me dijo que en ese momento entendía que papá iba a volver a la casa.
La metimos en la clínica de polizón, las ridículas normas decían que ella, el amor que lo sostuvo con vida durante años cuidándolo y velando por su bienestar hasta hacía tan solo dos días, no podía despedirse porque no teníamos el resultado de un hisopado.
Llegaron mis hermanas, entramos de a uno. Él ya no hablaba, pero claramente escuchaba y entendía. Cuando mamá le agarró las manos y rezó nos contó que papá asentía con la cabeza.
Yo le agradecí, le hablé de lo importante que él era en mi vida y la de mis hijas, siempre pienso que me quedé corta, que me medí porque no quería que se diera cuenta de que se estaba muriendo (¡qué ilusa!).
Y volví a sentir que esta era una rara forma de felicidad. Mi papá se fue y no estaba solo, el terror que le vi en los ojos se fue transformando en una retirada apacible que me dio mucha paz.
El día que fuimos a retirar las cenizas con mi hermano, mientras íbamos con la urna en el auto, me llamaron para avisarme que el hisopado había dado negativo.
Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)
6. EL HOMBRE SIN NOMBRE
Después de dos años de noviazgo Mónica y Hugo se casaron.
Aunque un amor joven todo lo puede, nada sería fácil para ninguno de los dos.
Los continuos viajes de Hugo a distintos lugares de la república hacían que el tiempo compartido entre ellos fuera escaso y eso dificultaba la relación.
Al poco tiempo llegaría Magalí y dieciséis meses después, Hernán. Ante esta nueva situación, Mónica necesitaba la ayuda de su madre, Lydia, cada vez que se quedaba sola con sus hijos mientras su marido trabajaba en un destino lejano.
Una noche en pleno invierno todo era tranquilidad, el hogar estaba calentito y los niños habían estado jugando hasta que, después de cenar, se quedaron dormidos.
Serían las tres de la mañana cuando el llanto desgarrador de Magalí despertó a las dos mujeres….
No lograban calmar a esa beba de apenas dos añitos, que se agarraba la panza y doblada por el dolor no paraba de gritar.
Mónica estaba desesperada, tenía que resolver y pronto, no quería entrar en pánico. Envolvió a la niña en una frazada, la cargó en sus brazos, se puso la campera y salió rápidamente en busca de un taxi para llevarla al hospital. Dejó a Hernán de ocho meses al cuidado de la abuela, que a pesar del desconcierto mantenía la serenidad.
Ya en la calle caminó por Triunvirato hasta llegar a Chorroarín, iba por avenidas esperando un taxi que no llegaba, un colectivo, un camión, lo que fuere, pero no se detenía.
De pronto se le acercó un auto increíble--- era como una Ferrari--- según su descripción. El conductor se puso a la par, bajó la ventanilla y la empezó a seguir mientras le gritaba….
---- Señora, suba por favor, la puedo acercar a donde vaya…
---- Le agradezco, estoy bien…
---- Por favor, no le voy a hacer nada, la quiero ayudar
---- Gracias, pero estoy bien, volvió a repetir.
---- Solo quiero colaborar, usted está sola y su criatura no para de llorar, déjeme asistirla...
Mónica caminaba cada vez más rápido, giraba su cabeza para corroborar que estaba totalmente sola en esa calle, de madrugada, muerta de frío y con su hija enferma en los brazos… Sus fuerzas la estaban abandonando, pero le daba temor que ese hombre, aparecido de la nada, le ofreciera ayuda.
---- No la voy a dejar en estas condiciones, suba que la llevo al hospital.
La oscuridad era total, sus brazos agotados y sus manos entumecidas, le hicieron detener la marcha y mirar fijo a ese desconocido. Ese rostro apacible le dio confianza, subió al auto.
El hombre sin hacerle preguntas se dirigió velozmente al hospital Thornú.
Entró y dominando totalmente la situación, pidió por el médico a cargo para que atendieran a “su sobrina”, que le hicieran todos los estudios necesarios que él los pagaría, que quería la mejor y más rápida atención para esa beba…
Los pensamientos batallaban en la cabeza de Mónica, si bien veía como todo se había activado, sabía que no tenía dinero suficiente para afrontar grandes gastos. Miraba al desconocido como su salvador, no hablaba, secaba sus lágrimas y seguía rezando.
Le informaron los médicos que posiblemente fuera una apendicitis pero que no había allí cirujano infantil, lo más cercano era el Hospital Pirovano.
Le dieron una derivación y cuando ella tomó a Magalí para dirigirse a la parada de taxis, el hombre la detuvo nuevamente tomándola del brazo.
---- Yo la llevo- le dijo de inmediato.
---- Le agradezco, pero usted ya hizo mucho, voy a tomar un auto para ir al Pirovano.
---- No me entiende, no es ninguna molestia, no la voy a dejar sola- y sujetándola con suavidad y firmeza la llevó hasta su automóvil.
En el Pirovano se volvió a repetir una situación similar. Entró pisando fuerte, nombrando al director del nosocomio, exigiendo de buen modo la atención inmediata a su sobrina sin escatimar en gastos; así que Magalí fue revisada, medicada y contenida a la perfección.
Se la diagnosticó descartando el apéndice ya que eran tan solo gases que pudieron ser eliminados…
Todo había terminado bien con Magalí, que había dejado de llorar y ahora le regalaba sonrisas a su “salvador desconocido”.
---- Quédese tranquila, Mónica, y dígame dónde vive que la llevo a su casa…
Como un “deja vu” palabra más, palabra menos, se volvió a dar el mismo diálogo ante la insistencia de este hombre y el agradecimiento de Mónica; que ahora con la tranquilidad de saber que su hija estaba bien, aceptó que la dejara en su casa….
Estacionó en la puerta, ella se bajó rápidamente y Lydia, que se encontraba parada detrás de la ventana, al verla llegar le abrió de inmediato.
Mónica le contó todo lo vivido mientras ella ponía agua para hacer un té bien caliente.
----- ¡Pero que hombre tan bueno!- dijo Lydia.
----- Mamá, yo lo único que pensaba mientras él me traía era que iba a conocer dónde vivo, ¿mirá si vuelve y nos quiere robar?, no sé, tanta generosidad a esa hora de la madrugada… ¿Qué hacía solo en ese auto por avenida Chorroarín? ¿No tenía nada que hacer?
----- Yo creo que Dios lo mandó para ayudarte hija.
----- No sé quién lo mandó, pero me bajé tan rápido que no le pregunté su nombre.¡Nunca se lo pregunté! Él me decía Mónica, parece que me conocía; yo seguía confundida, perpleja, así que me despedí agradecida de un hombre sin nombre ¡Qué despedida!
----- Hija querida, algunos ángeles no tienen nombre- agregó Lydia con total convicción.
Todo esto que ocurrió hace treinta y cinco años me lo contó Mónica, mi amiga de la peluquería. Traté de ser lo más veraz posible en el relato, en honor a que este recuerdo, a pesar del tiempo transcurrido, sigue tan vívido como si hubiera sucedido ayer.
Yo tenía pensada otra despedida cinematográfica, la de “Los Puentes de Madison”, pero la realidad supera la ficción y este milagro merecía ser contado, parecía una escena sacada de la película “Ciudad de Ángeles”, año 1997 con Nicolas Cage y Meg Ryan.
Gracias, Mónica, por confiarme esto…
Gracias por permitirme llorar a tu lado ya que siempre nos reíamos a carcajadas.
Mágico Abril (CABA)
5. ESA DESPEDIDA
Acostumbrados
a llevar y traer familia a Ezeiza las despedidas se fueron transformando en
algo natural. Hermanos, sobrinos, amigos que hacían puerto en casa, Guillermo
mismo con su trabajo yendo y viniendo...las despedidas eran algo más en
nuestras vidas.
La de Mariana fue especial. Recuerdo que mientras subía la escalera mecánica
para instalarse en Madrid con Naima, Ramiro y Luz en su panza, yo pensaba que
algo se rompía definitivamente entre las dos. Estaba segura de que se iba por
seguir a Marcelo que había dicho que tenía trabajo fijo y no era así, como no
fueron así tantas otras cosas dichas. Estoy segura de que no sabía qué estaba
haciendo, era pequeña, siempre pareció frágil y pequeña. Tampoco era así. Pero,
lógico, lo estaba haciendo. Se estaba yendo. Mariana siempre abrió las
puertas para irse. De las situaciones también. Quizá yo misma la admiré en
algún momento porque no le importó nada más que lo que se proponía. Yima
diría hizo lo que pudo. Yo diría hizo lo que quiso. Ahora ya está,
pero la imagen de esa despedida es un abanico de infinitas despedidas en las
que no calculó envolverse después. La envoltura de la soledad de los vínculos
primordiales.
Todos mirando esa escalera que subía, mis viejos, nosotros, algún que otro
amigo.
Y su sonrisa entre feliz y vacía.
Siempre estoy despidiéndome de mis hermanos. Siempre fueron despedidas definitivas:
una fue sin sombra, me quedé sin una sombra siquiera y la otra con todas las
sombras del mundo entero detrás de la estela que mi hermana decidía dejar.
¡Amo a mis hermanos los dos me han enseñado tanto!
Gabriela Potenza (CABA)
4. DECISIÓN
Todo comenzó un cálido día de abril.
Una historia apasionante, incierta, oculta. Corría el año 1970, donde por casualidad, tomando un café con una amiga, descubrí a esa persona que marcaría mi corazón de amor para siempre.
Después de esa primera vez, cada día volví al bar para verlo, simplemente me conformaba con verlo, sin pretender llamar su atención, eran tiempos donde la mujer era más pudorosa, menos atrevida.
Pasados ocho meses, concurrí con mis compañeras al lugar para festejar el cumple de una de ellas. No era la primera vez, solíamos hacerlo en patota, motivo por el cual, él se había percatado de nuestra presencia barullera. Se dio justo que ese día nos atendiera mi enamorado secreto. Yo creo mucho en el destino y ese día lo pude corroborar. Fue ahí donde comenzó a cumplirse mi mágico sueño. A escondidas me envió un mensaje en un papel invitándome a vernos. Ese mismo día nos encontramos en Santa Fe y Canning para dar comienzo a nuestra controvertida historia de amor.
Poco tiempo pasó para enterarme de que el galán de mis sueños no era libre. Cuando estábamos juntos compartíamos todos los momentos que teníamos, era como vivir un sueño perfecto, pero cuando yo regresaba a casa, dentro de mí algo me decía que estaba obrando mal, que yo merecía un amor sin ataduras. En mi soledad sentía que no podía seguir más, pero al día siguiente, cuando volvíamos a estar juntos, toda negación desaparecía. Mis prejuicios me enloquecían, me llenaban de dudas y de miedos.
Cada día iba con la intención de terminar con lo nuestro.
Hablábamos mucho de lo que a mí me pasaba, él trataba de disuadirme, me daba fuerzas asegurando que lo nuestro tenía futuro y que en un tiempo no lejano lograríamos estar juntos para siempre. Yo no estaba tan segura y ya no quería llorar más por algo que estaba construido en pompas de jabón.
Recuerdo que esa mañana me levanté decidida a terminar con todo. Nos encontramos como lo hacíamos a diario a la salida de nuestros trabajos. Le comuniqué mi decisión definitiva, los motivos eran más que sabidos.
Nos amábamos, pero no era suficiente para mí.
Trató por todos los medios de disuadirme, pero fue en vano.
Ambos con el corazón muy lastimado nos despedimos. Yo segura de que era lo mejor él, con la esperanza de algún día poder volver.
Cambié de trabajo, necesitaba alejarme de Palermo, la zona por donde los dos nos movíamos, quería evitar encontrarlo; no era fácil mantenerme en esa postura, lo extrañaba, pero comprendía que era mejor estar alejada de él.
Habían pasado dos meses de la última vez que nos habíamos visto. Yo debía hacer un trámite, tomé el colectivo rumbo al centro. Iba entretenida mirando lo que acontecía a mi alrededor, cuando atónita lo vi subir al colectivo, no me estaba siguiendo, fue obra de la casualidad o el destino. Cuando me vio, se acercó comenzamos a hablar, me acompañó y nunca más volvimos a despedirnos. El tiempo acomodó las fichas de nuestras vidas y las mantuvo ordenadas por cuarenta y ocho años.
Li (CABA)
3. ETERNAS DESPEDIDAS
Despedida
Una palabra que me acompaña desde hace tantos años.
Como que me vivo despidiendo.
Viajes y mudanzas, casas nuevas, barrios, vecinos, paisajes, amigos que la vida trae.. ..
Y vuelvo al mismo lugar donde se inició todo y vuelvo a despedirme.
Como que no quiero irme y siempre quiero volver.
Si de alguna en especial me tengo que referir, no hay una sola, más bien varias.
Las de los mendocinos, cada verano luego de año nuevo.
El auto que se perdía en la calle angosta y solitaria de los calurosos eneros y todos con las manos arriba y lágrimas en las mejillas. Hasta que papá decía: vamos, vamos, que los alcanzamos en la ruta ¡y ahí sí que era La Despedida final!
Al costado del camino, entre espigas ya trilladas que nos solían pinchar las piernas, esperábamos que el auto asomase por la loma y ahí eran gritos, bocinas y manos que sobresalían de las ventanillas.Pasarían trescientos sesenta y cinco días para repetir la travesura.
Cada vez que me despido de Gaby es un abrazo que dura minuto y medio, silencio total y el respirar entrecortado de las dos para decirnos siempre: te quiero mucho. Hasta la próxima, y salgo llorando y ella queda igual detrás de la reja.
La escalera interminable de Ezeiza que la llevo a Cate al otro lado del mundo. Antes, otra vez y siempre, los abrazos que aprietan el alma y nos unen y cuesta desprender, y por ese segundo quería que todo se parase, que dijera me quedo, que no se fuera nunca. Pero al instante reaccioné y me dije; ya está, es su vida y tiene que volar..
Pero hubo otra despedida sin abrazos, sin lágrimas, sin palabras Y creo que es la que más dolió. La del amigo que no quiso escucharme ni dedicarme un minuto de su vida. Sin explicación, con enojos y resentimientos, recelos y enconos, pero sin posibilidades de diálogo. Sin siquiera optar por mandarme al diablo o yo a él. Un mensaje frío y miserable. Cuando esté bien te llamo. Dolió y duele.
Dicen que cuando uno ama duele más
Si no duele no es amor
Queda la duda de qué le paso a él.
2. CHAU, MARÍA
Quiéreme así como soy, sin pieles antiguas ni tatuajes en el alma.
Quiéreme así como como estoy, con miradas cansadas de niña asustada.
Quiéreme así como voy, con mis pasos seguros y mis sueños errantes. No hace falta mentir ni esconder la verdad.
Quiéreme, ya he puesto el pasado a la venta, suavizando los tiempos de guerra, escabullendo los espantos y los barullos que intenten distraer mis silencios.
Quiéreme en mi soledad, en mis risas y danzas de eternas madrugadas. Quiéreme con mi corazón testarudo y rebelde que no se doblega en la almohada.
Quiéreme sin intentar repararme, ya me ocupé de mis daños.
Quiéreme, la antigua María ya fue despedida con lágrimas de melancolía, se aferraba a la sangre , no deseaba salir de aquello conocido, se resistía a abrir nuevas ventanas, a inventar presentes desconocidos paridos sin darse cuenta, dolorosos pero con la certeza de que de eso se trata la vida, despedir y dar bienvenidas.
María Santandrea (Neuquén, Neuquén)
1. DE LA MANERA MENOS IMAGINADA
Ese miércoles de junio hacía mucho frío y por eso habíamos elegido cafetear en casa.
Acompañé a mi amiga hasta la puerta.
Cuando sentí el viento gélido en mi cara me regocijé por no tener que salir.
Inmediatamente recogí las bandejas, puse las tazas en la pileta de la cocina y estaba guardando las tostadas sobrantes cuando sonó el celular.
Era Amparo, una de las chicas del geriátrico, para avisarme que mamá estaba con mucha tos y no saturaba bien. Estaban aguardando a que bajará a verla el médico a cargo del lugar Me dijo sin alarma, que me mantendría al tanto
Yo vivía a cinco cuadras. A diferencia de otras oportunidades, está vez decidí, no sin un poco de culpa, quedarme a esperar el llamado.
Al instante volvió a sonar el móvil. Esta vez era mi hermano que casualmente había ido a visitar a mami.
Me pidió que me preparara para acompañarlos al Hospital Sirio Libanés por indicación del doctor, pues nuestra madre seguía saturando mal.
Cuando subí al auto los noté de buen humor. Mi mamá aseguraba que hacía años que no dormía tan bien como esa noche pasada, a pesar de la tos. Le parecía una exageración que le hubieran indicado ir al sanatorio. Eran las trece y Ricardo le decía, en broma, que por culpa de ella le tocaría almorzar tarde.
Llegados al Sirio, esperamos unos minutos y entró a que la revisaran, no sin antes mirarnos amorosamente y pedirnos un abrazo de tres.
Ambos estábamos muy tranquilos hablando de bueyes perdidos cuando nos llamaron para decirnos que mami había dejado este plano.
Mi hermano y yo nos miramos incrédulos, jamás hubiéramos pensado que nuestra temperamental mamá se iría de este mundo de esa manera tan plácida.
Consternados, tristes, lloramos casi en silencio.
Nos comunicamos con nuestras respectivas parejas para contarles lo sucedido Nadie entendía nada, cómo podía ser que ella se fuera así, sin hacer el menor ruido...
La realidad nos reveló crudamente que ya éramos huérfanos y reafirmamos aún más, nuestro tácito pacto fraternal.
Después nos dimos cuenta de que ha sido un privilegio para los tres despedirnos de esa manera.
Melinna
Trigo (CABA)
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