Valentía

8. DECISIONES

Es el año 2009, ella tiene cuarenta y dos años. Está sentada en el aeropuerto pensando en cuántas veces hizo cosas increíblemente peligrosas sin tener el más mínimo sentimiento de temor. Desde chiquita, pronto quiso que le sacaran las ruedas a la bici, montaba a pelo y sin estribos, sosteniéndose de las crines del caballo. En la adolescencia, volvía a la madrugada, se bajaba del colectivo y corría la cuadra oscura que la separaba de la parada hasta la puerta de su casa. A los dieciocho manejaba el auto y se movía sola a todos lados. A los diecinueve años se fue a mejorar su inglés en Bornemouth, durante un mes, con un grupo de gente desconocida y a vivir a la casa de una familia de la que no sabía nada.

Es la misma de entonces, pero ha cambiado tanto que no se reconoce. Desde que conoció a su novio se dejó cuidar, él la acompañaba hasta su casa a la madrugada – aunque vivían lejos y él tenía que volverse caminando más de cuarenta cuadras -, la llevaba de la mano a todos lados. Cuando, ya casados y con chicos, pudieron comprar un auto, él manejaba. Empezó a sentir que no hacía nada sola. Por eso, cuando en 2009 se presentó la oportunidad de viajar a Innsbruck, en Austria, a presentar un trabajo en un congreso internacional, sintió renacer a la niña y a la joven que había sido. Tenía que viajar sola, no había posibilidades económicas para que él la acompañara. No pensó en eso(en qué? en viajar sola?) hasta el momento en que se sentó en el aeropuerto y empezó a sentir que se mareaba. El miedo fue tal que se puso a temblar, transpiraba a pesar del frío y casi pierde (o perdió? O estuvo a punto de perder?)el vuelo. Pensó en no subirse, en dejar todo y volver a la seguridad de su casa, de su marido, de sus hijos. Entonces, le trepó por el cuerpo un impulso viejo y conocido, claro que podía. Iba a tener que sacar de su cerebro el conocimiento de su(sacaría este su) inglés – era buena en eso, lo sabía-, iba a tener que sacar de su sangre la valentía que siempre había estado ahí. Se escudó en la película lacrimógena que pasaban en el avión para llorar todo el viaje. Su estadía de quince días incluyó viajar en tren cruzando los Alpes para ver Venecia.

La vuelta la encontró diferente, ahora sí, su niña y su adolescente estaban con ella, era una mujer mucho más fuerte y valiente. Sabía que podía, otra vez, podía con lo que viniera. 

Caden (Santa Fe, Santa Fe)

 

7. MÁRQUEZ Y PANAMERICANA

 

Mi marido me venía insistiendo la última semana con el tema del auto. Yo me negaba argumentando que no estaba acostumbrada a conducir en la Capital. Usaba el  transporte público para movilizarme en mis visitas a empresas. Para mí era extraña esta situación. En mis primeras experiencias de manejo tenía que rogar y hasta practicar a escondidas con la camioneta de mi padre. Después de muchas idas y vueltas saqué el registro de conductor y me permitieron usar el vehículo en los pueblos de alrededor. Cuando iba a Santa Fe, una ciudad más grande,  yo manejaba por la ruta hasta la entrada a la ciudad. Allí tenía que ceder el asiento de conductor a mi padre. Cuando me vine a la Capital, naturalmente me movía en transporte público. En mi primer trabajo en una empresa privada, tenía como una de mis funciones visitar empresas, fábricas, laboratorios en CABA y gran Buenos Aires, por ejemplo los parques industriales.

En un momento, Guille, el gerente, se puso firme y me dijo El lunes te vas a La Plata en el auto.  No tuve más opción que aceptar. Llegó el día y fui a la oficina pensando -Guille me va a dar las indicaciones del Ford K y demás explicaciones, después me manejaré con la Guía T  y voy a hacer mi recorrido como otras veces-. Llegué a la oficina y Guille hablaba con los chicos del servicio técnico. Me miró y me dijo:  Acá tenés las llaves del auto, buscalo en la cochera 37, cuarto subsuelo. Estábamos en Córdoba y Talcahuano, plena zona zona de Tribunales. Salí con mi maletín, y fui hasta la cochera. Me anuncié al encargado y le consulté qué pasaba si se encontraban dos autos en la rampa. Me dijo que el que iba subiendo tenía que retroceder y ceder el paso. Yo jamás había subido una rampa ni usado un estacionamiento en otro piso. Este tenía cuatro rampas, cuatro pisos. Una a una las fui subiendo, tocando bocina ante la duda. Salí a la calle Talcahuano y seguí hasta Corrientes. El tránsito de media mañana era normal. Un mar de autos, micros y motos en la city porteña. Peatones cruzando sin mirar, los trapitos, esas cosas. Yo iba tomando confianza en el Ford K de la empresa y escuchaba música por la radio. En un momento, iba por Corrientes y un auto me tocó bocina. Pensé  debo estar como una jubilada  manejando a dos por hora….. Me recompuse y seguí hasta la 9 de julio, tomé la autopista y me sentí más segura. A diferencia de otras amigas, yo estaba acostumbrada a manejar en ruta. Hice mi viaje a La Plata, paseé por sus diagonales y demás. Volví a la tarde a la cochera y bajé las rampas sin problemas. Llegué a la oficina, devolví las llaves y di un breve informe oral de la jornada.

Pasaron los meses y fui tomando experiencia por las diferentes zonas y circuitos. 

Un día, tenía que ir a zona norte con la chica de servicio técnico. Ella fue manejando hasta una planta industrial de San Isidro. Mientras ella hacía su tarea, yo iría a ver otra empresa por Florida. Luego regresaría  por ella. Nos despedimos. Calculamos que en una hora y media volvía a buscarla. Salí a Avenida Márquez y doblé hacia Panamericana. Justo el semáforo estaba en rojo. Espere el verde y arranqué. Me fijé unos instantes en los carteles para tomar el carril correcto. Al mismo tiempo, la camioneta de adelante se detuvo por el tránsito. Yo me distraje por el cartel hasta que sentí un impacto del auto contra la camioneta. Frené de golpe, sin entender bien qué había pasado. Adelante, la camioneta paró hacia el costado de la calle y yo hice lo mismo. Nos pasamos los datos del seguro. Seguí hacia mi destino, me entreviste con la gente que me estaba esperando y cuando volví al coche me fije de nuevo en los daños. Los guardabarros delanteros estaban sueltos. Era un daño superficial pero indisimulable. Volví a buscar a Gaby a la otra empresa y cuando vio el coche me preguntó ¿¡Qué te pasó!?

Mientras volvíamos a Capital le conté los detalles y ella me consoló diciéndome que le contara todo a Guille , mi jefe y que no me preocupara. Yo estaba consternada. Pensaba que me iban a despedir. Qué vergüenza que tenía, no sabía cómo le iba a contar lo sucedido. 

Cuando llegamos a la oficina, con toda seriedad le conté a Guille lo que había pasado con el coche. Contra todos mis miedos, él me dijo No te hagas problema, esto le puede suceder a cualquiera. Lo importante es que no hubo daños físicos a ninguna de las partes; además, a todos nos pasó algo con el auto. ¿En serio?, le pregunté incrédula. Sí,  el paragolpe trasero tiene un abollón que le hizo Hernán en el estacionamiento del IMBICE de La Plata, dio marcha atrás y se llevó puesto un arbolito; yo también me choqué con una saliente de una cerca del Inta Castelar y lo rayé al costado.

Hasta ese momento, no tenía idea de esos incidentes. No me había fijado ni nadie me había comentado estas  peripecias con el Ford K. Así que el alivio que sentí al final de ese día fue memorable. Al igual que mi paso por el cruce de Márquez y Panamericana.

 

Rosana L. (CABA)

 

6. HABITACIÓN 158

Sonó el teléfono a las siete de la tarde, del centro de análisis llamaba el bioquímico pidiéndome que pasara a retirar los resultados.

Caminé las doce cuadras hasta el lugar y  retiré el sobre. No pude con la intriga y en la calle lo abrí.

No tuve dudas. Llegué a casa, puse la tabla y comencé a planchar, mientras giraba el tambor del lavarropas. Las tareas estaban ya realizadas y controladas. Las nenas, cada una, en sus mundos.

Hice una lista de cómo poner la lavadora, cómo se hacía un guiso, un tuco y un puchero. La puse en la puerta de la heladera.

Al mediodía del día siguiente, me encontraría con mi médico. La suerte ya estaba echada, él y yo sabíamos la respuesta a tantos meses de idas y venidas.

Me internaron a las cinco de la tarde, salí casi un año más tarde.

Les facilité al grupo interdisciplinario el diagnóstico y protocolo. Todo fluía de manera tan simple que los desorienté.

De nada servía el llanto, ni los reproches ni las preguntas vacías de contenido. Había que poner las venas y dejar que el veneno hiciera su trabajo.

Desde la habitación 158 de trasplante, solo se escuchaban risas y chistes, los que no se detuvieron siquiera aquella madrugada. Esa noche le permitieron a mi esposo quedarse, el médico y el paramédico (quién le permitió? Ambos?. A buen entendedor, pocas palabras, dicen.

Salió el sol y junto a él, la esperanza. La vida continuaba.

La risa es tiempo, tiempo en infinitud, es la primera forma de libertad. La risa mata al miedo.

 

 María Santandrea (Neuquén, Neuquén)

 

5. PARA MÍ FUE UNA VICTORIA

Yo tendría más o menos trece o catorce años. Mi papá tenía la costumbre de apegarse a alguien y estaba con esa persona todo el día.

En esta ocasión era un portero del barrio que después de hacer sus quehaceres venía y se instalaba a charlar horas y horas, este señor que no recuerdo muy bien su nombre, creo que se llamaba Eduardo, tenía un hijo de aproximadamente diecinueve años.

Después de ir a la escuela estábamos almorzando. Mi papá me comentó que tenían que irse él y mi mamá a hacer un trámite con el señor que comenté y que vendría el hijo a quedarse en casa.

A mí, por algún motivo, no me gustaba nada la idea de que viniera ese muchacho. Cuando llegaron el hombre se fue con mis padres. Yo, precavida, me apresuré a  cerrar las persianas tanto de mi habitación como de la de mis padres. por supuesto yo del lado de adentro. Esperé las dos horas y pico allí, con la extraña sensación de que el muchacho no tenía buenas intenciones, así que le dije que esperara sentado en el patio.

Cuando llegaron para mí fue un alivio enorme y una gran Victoria.

Gra (CABA)

 

4. ENFRENTAR AL MIEDO

Nunca me detuve en la palabra valentía.

Para mí es una palabra con contenido heroico de caballeros, de cruzadas y cuentos llenos de épica y epopeya, acciones trascendentales o dignas de recordar.

Por eso no sabía que escribir de mí.

Le  pregunté a Guillermo…

¿Viste, en todos estos años, actitudes valientes en mí?

Y me sorprendió su respuesta.

¿Me preguntás de verdad vos que sos miedosa con todo?¿Qué es ser valiente sino no instalarse en el miedo? ¿Cuántas veces lo venciste dejando de lado esa angustia muy tuya? Fuiste valiente el día que te subiste a la cama con la enfermera y eras una más masajeando a tu viejo para que no se muriera, cuando quebraste tu amistad con Viviana sin dudar por Mariano, cuando yo no estaba y asumías mi rol… Para mí ser valiente es cada paso que uno da enfrentando sus propios miedos.

Interesante.

Pude verme en situaciones valientes, pequeñas, silenciosas, sin estruendos…

Me sentí feliz.

Gabriela Potenza (CABA)

 

3. MUDARSE DE PIES

Sentada en el cómodo sillón del comedor, en una tarde solitaria de esas que inspiran a los mejores pensamientos, me pregunté cómo sería dibujar el trazado de la vida.

Entonces giré la cabeza para poder ver por sobre el hombro y las vi allí, expectantes, inquietas, a la espera de ser rescatadas. Eran mis huellas, testigos de mi línea de tiempo.

Si tuviera que estamparlas en un papel, no lo haría en línea recta, sino en un constante zigzag como lo hacen las agujas que imprimen los latidos del corazón en un electrocardiograma.

Están las perfectamente delineadas que demuestran un paso firme, de esos que se dan cuando uno está totalmente convencido de lo que hace, de lo que dice, de lo que piensa. Pero también las hay desdibujadas, de bordes indefinidos, queriendo pasar inadvertidas, negándose a ser protagonistas. Me reconozco en ellas, cuando me veo dubitativa, temerosa, sin poder elegir.

Se pueden confundir con las superficiales, que son las que he caminado en puntas de pie, en la oscuridad y la mayoría de las veces en silencio para no hacerme notar.

Las hay intermedias, hechas seguramente mientras alzaba a mis hijos cuando eran bebés, también siendo niños y más aún en cada una de sus caídas adolescentes.

Pero las profundas se dan en la adultez. Me doy cuenta porque han quedado grabadas como pisadas en la nieve después de una fuerte nevada donde los pies se hunden hasta las rodillas.

Hay marcas que se superponen unas a otras como los mismos hechos que las provocaron; días de sol compartidos en familia o con amigos, corridas bajo alguna lluvia o tormenta de verano, juegos con mis alumnos, acompañamiento a mis pacientes.

Dejé rastros en la cima de una montaña, en su falda y en el valle, desde donde empecé a escalar. Fui subiendo de a poco y año tras año me fui perfeccionando, sin embargo necesité ayuda, siempre supe que no podía sola.

Algunas veces fui maratonista y otras tantas, una simple caminante.

Mi valentía fue mantenerme vigente; mi objetivo, no abandonar.

También fui surfista, hay huellas que me delatan. Tuve que entrenar mucho para poder quedarme de pie sobre la tabla, pero aprendí a sortear los obstáculos y así mantenerme cada vez más tiempo en la cresta de la ola.

Para alguien como yo que se siente segura sin despegar los pies del piso, dejar marcas en el agua y en el aire, es de una valentía excesiva.

También pude ver mis pies rodeados de otros miles y miles de pies distintos. Caminábamos hacia Luján unidos por la fe.

Al caer la noche empezó a llover, las piernas se me acalambraban, los pies ya los tenía ampollados. No pude llegar.

Al día siguiente después de la misa, mi padre y mi hermano vinieron a buscarme.

Yo ya no podía dar un paso, así que veo sus huellas no las mías. Puedo distinguir la pisada firme y contundente de Guillermo mientras me llevaba en sus brazos.

Nunca más lo intenté. Mi hermano ya no estaba para cargarme.

Me faltan las pisadas de este presente, así que se vienen los zapatos de baile.

Es el tiempo del tango, pura pasión y taco aguja, ¡qué hermosa marca!

Hasta el momento solo camino la pista, pero ya empezaré a bailar.

Para el próximo verano, me imagino mis pies dibujados en la orilla húmeda de una playa incierta para que alguien las encuentre, me pueda seguir, y así duplicar intenciones….

En el bosque, el mar o la montaña, en el duro y caliente asfalto, en tierra firme y hasta en arenas movedizas, me gustan mis huellas. Me recuerdan un trayecto recorrido, me señalan marchas y contramarchas, en soledad o en compañía.

Son tan distintas como diferentes han sido los lugares por los que he caminado, si fueran todas iguales no serían mías.

Estoy conforme con las huellas que estoy dejando. No quiero mudar mis pies….

Mágico Abril (CABA)

 

2. TRAS UN CELULAR

            Era una mañana fría. Esa parte de un recuerdo que una quiere explicar. Como si hubiera una distinción clara entre el clima mañanero y el meollo de la historia. No lo sé.

Sí sé que había dejado a mis niños en su escuela primaria y me dirigía a alguna parte de la ciudad. ¿Por médicos, trámites, otros? Caminaba displicente por la Av. Avellaneda, ahí donde ahora se puso a todo trapo por la magnificencia de los edificios coaptados por familias judías y coreanas. En ese entonces en esa vereda entre Caracas y Gavilán había un hotel alojamiento enorme con una entrada de garage gigante que le hizo pensar a Sebastián, recién mudado a esta zona y con cuatro años, que era un buen lugar para que papá dejara el auto. Inocencia a flor de piel. Un bar de los antiguos también, que cayó en desgracia el día en que falleció su dueño. Nadie supo mantener el negocio a flote. Varias viviendas de los años cincuenta que llegaban para arriba y para atrás. Todo eso no está más. La ciudad viró hacia otra parte.

            Caminaba yo feliz y contenta cuando observé que una chica de unos veinte llevaba descuidadamente el celular Nokia (chiquito, compacto) en un bolsillo de la mochila muy a la mano de cualquiera que no fuera su dueña. También observé a dos muchachos jóvenes que vieron lo mismo que yo y que ya se lanzaban tras su presa. Uno le tocó el hombro izquierdo para distraerla y el otro, por la derecha, le sustrajo el aparato telefónico. Grité fuerte. No sé si al mismo momento que las cosas se sucedían, antes o segundos después. Grité bien fuerte un ¡cuidado! con ganas. Yo estaría a unos diez metros de la escena del crimen. (Me río sola pensando en la serie televisiva)

            Los muchachos que habían adquirido lo que no les correspondía corrieron hacia mi persona. Enfrenté al que llevaba aún en su mano el celular de la chica. Corrió hacia el medio de la avenida que continuaba con su vasto tráfico matutino. Hacia allí fui. Quería detenerlo. ¿Para qué? Sin pensar en el riesgo que eso implicaba. Estaba caminando cuasi corriendo detrás de un ¿malviviente? por el medio de una avenida repleta de todo tipo de autos y colectivos.  Un segundo de reflexión me hizo dar cuenta de que mi vida valía mucho más, muchísimo más que un celular, que la vida del hurtador, que el sol que abrigaba la situación.

            Regresé a la vereda. La dueña robada me reclamó por qué no lo había seguido corriendo. Ni le contesté. Ella no había hecho nada por pelear por su objeto. Recuperé mi ritmo respiratorio y decidí que mi tarea de Mujer Maravilla justiciera había llegado a su fin.

 Edith Oxilia (CABA)

 

1. VALENTÍAS COTIDIANAS

La mayoría de nosotros siente miedo pero casi todos guardamos dentro nuestro una dosis de valentía que salta cuando lo necesitamos.

El mayor temor es la finitud de la vida, el deterioro físico y mental, el sufrimiento que afecte a seres queridos, alguna enfermedad, una internación que, aunque sea algo pasajero, mientras dure se torna intolerable.   Sin embargo, mientras atravesamos esas situaciones, nos seguimos manteniendo en pie. O por lo menos, lo intentamos.

No siempre lo demostramos en grandes actos, sino en los comportamientos cotidianos. Debemos ser valientes para lograr aquello que queremos, librar contra ciertas emociones para seguir con lo planeado o animarse a los cambios.

No tengo en cuenta ante qué situaciones soy o me considero valiente. Actúo según se presenten las cosas, solo pienso en que hay que seguir adelante.

Hace tiempo leí una frase que dice: “Amanece que no es poco”.  Yo le agregaría que enfrentar cada día es ser valiente.

La valentía es el poder que nos hace seguir adelante después de cada traspié, y levantar después de las caídas.

Somos valientes por naturaleza. Por suerte  

                                                              Claudia (CABA)                           

 

 

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