Escolaridad

30. DOS CHICAS  

Las chicas de cuarto año B éramos revoltosas pero queribles al decir de los profesores.

Muchas de nosotras habíamos comenzado la secundaria juntas en ese colegio religioso subvencionado por el Estado.

Jóvenes de clase media trabajadora. Algunas estábamos muy bien ubicaditas en ese nivel adquisitivo y otras con algunos pasitos en pos de transitar un peldaño  apenas más elevado dentro de la misma escala socioeconómica.  

 Estas últimas tenían primorosas fiestas de cumpleaños, visitas a Disney, Europa y otros destinos que al menos en mi caso eran privilegios inalcanzables. 

  En tercer año unas seis compañeras habían dejado de pertenecer al grupo inicial porque finalizado el ciclo básico eligieron irse a un bachillerato, a una escuela técnica o no habían pasado de año.

En su lugar otras tantas ocuparon las vacantes. 

Entre las nuevas, dos llamaban especialmente la atención, Elena y Sonia.

La primera era muy linda, de estatura mediana, delgada y de ojos color verde esmeralda. 

Recuerdo que su cabello rubio, tal vez aclarado por algún cosmético, me impresionaba como similar al de una de muñeca.

Era simpática, femenina y buena estudiante, se notaba que pertenecía a una familia con bastantes recursos económicos. 

La otra, Sonia, era modesta, muy graciosa, inteligente y estaba becada en el colegio. 

Era guarra en sus expresiones.

Su aspecto físico desconcertaba un poco, al menos para los parámetros estéticos  que mis compañeras y yo manejábamos en esos momentos.

De piernas cortas y fibrosas, morocha, morruda pero no gorda, ella, con su cabellera corta, oscura de alborotados rulos, tenía una presencia que remitía más a un jugador de fútbol que a una niña de dieciséis años. 

Su cara estaba invadida por diversos accidentes epiteliales, desde pecas y puntos negros hasta un enorme lunar con pelos en la barbilla y muchos granos por lo que era objeto de burlas habiéndose ganado el mote de "Cara de Choclo", cosa que en apariencia parecía no molestarle demasiado. 

Tal vez por ser nuevas en el ámbito escolar o por aquello de que los polos opuestos se atraen, ellas se hicieron amiguísimas desde el primer día.

Se sentaban una al lado de la otra, compartían charla y comida en los recreos, se iban juntas a la salida. 

Desplegaban una relación un tanto simbiótica, nosotras percibíamos entre ellas una vínculo entrañable y en pocos meses ese dúo dejó de llamarnos la atención.  

 Ambas eran muy agradables con el resto y buenas compañeras. 

Una mañana de setiembre, poco antes del día de la primavera, dos companieras y yo estábamos en el primer recreo cuando vimos a Sonia sentada en un sillón del hall de rectoría acompañada por una mujer, vestida con ropas sencillas y muy parecida a ella. Las dos estaban serías, pero igual la chica, que lloraba, nos saludó apenas levantado su mano.  Nosotras nos quedamos cerca movidas por la curiosidad. Sonia y la señora, que después supimos, era su mamá, entraron en el escritorio de la rectora. 

Pasaron pocos minutos y llegaron Elena y sus padres, muy guapos y elegantes pero con disgusto en sus semblantes 

Intrigadas corrimos de inmediato a contarle la novedad a las demás. Nadie entendía ni sabía nada. 

Finalizado el recreo vino la preceptora quien desarmando el grupete de chismosas nos avisó escuetamente que Sonia había sido expulsada del colegio por "conducta inadecuada". 

En esa jornada Elena no apareció en el curso.

Todas eran cavilaciones y suposiciones sin ton ni son.

Estábamos muy entretenidas, dimos poca bolilla a las materias del día, Estenografia, Contabilidad y Merceología, ligamos varios retos y el tiempo se pasó volando.

Al día siguiente vino la bonita. Me dio pena porque su carita denotaba tristeza pero nosotras, ansiosas, la invadimos con preguntas a las que solo respondió rompiendo en llanto. 

Entonces entró la preceptora y en un gesto, de los pocos que registro de esa situación, se la llevó abrazada.

Supimos que Elena se retiró a mitad de la segunda hora de clases y no la volvimos a ver más en el colegio. 

En los días que siguieron y por varios meses y hasta por años, comenzó a recorrer las aulas una historia rara y de ribetes morbosos para nuestro conocimiento de la vida y para la época, era el año 1972, el contexto social era muy diferente al actual.

Nos llegó la versión de que los padres de Elena habían descubierto cartas de amor escritas por Sonia para su hija.

Por supuesto habían traído su indignación al colegio y las autoridades del mismo pusieron bien en claro que no aceptaban personas con desviaciones sexuales en el mismo. 

Fue un escándalo, una situación muy mal manejada, ahora puedo entenderlo así. 

Entonces fue el tema del que nadie dejaba de hablar, nos ganó una mezcla de estupor y morbo al que todos le agregamos un toque de exageración haciendo " leña del árbol caído". 

Cuando aquello llegó a oídos de nuestros padres estos destacaron la responsabilidad de la Institución y la buena decisión de expulsar al "fruto podrido".

Así fue como dos personas adorables y valiosas quedaron etiquetadas cruel e injustamente en la memoria colectiva como "degeneradas" y todos nos convertimos en verdugos en mayor o menor medida 

Tiendo a creer que hoy en día otro hubiera sido el final de ese suceso gracias a que vienen llegando vientos de cambio para barrer tanta creencias y prejuicios.

 Melinna Trigo (CABA)


29. CORTA ADOLESCENCIA

En primer año estuve pupila en un colegio privado, de monjas, El Virgen Niña, a veinte kilómetros de mi pueblo natal. Me sentía como un pajarito en una jaula, pero a pesar de todo trataba de sobrevivir, llevarlo lo mejor posible. Me era fácil  entablar amistades y hacer sociales,  entre las internas, porque para el resto de los compañeros y profesores éramos “ las pupilas”, “ las de afuera”, por más que nos esmeráramos y cumpliéramos con todo, de nada servía. Era un nivel de discriminación importante. Eso sí, la monja superiora al ingreso de cada día nos  hablaba de valores, de Dios y la solidaridad, aparte de llevarnos a misa todos los días y rezar el rosario. Se ve que las que pecábamos mucho éramos las pobres pupilas. Pasado los años uno puede ver con claridad la hipocresía de todo aquello.

En segundo año ingresé al secundario de mi pueblo, privado y laico. Allí me reencontré con mis compañeros de primaria y algunos chicos que venían de escuelas rurales. La verdad estaba feliz. Más que todo porque Daniela, mi eterna amiga, me estaba esperando. Para sus catorce hizo fiesta en el garaje de su casa, un “asalto”, como se decía en mi pueblo. “Voy a invitar un chico que me gusta, es nuevo en el pueblo'". El chico vino directo a mí.  Es mi actual marido. Nos reímos mucho de la situación.

Vivíamos de acá para allá, muchos asaltos, amigos, bailes, largas charlas, ida a mi campo con Daniela y Gaby mis dos mejores amigas, disfrutaba mucho. Aunque amaba estar sola también.

Siempre fui buena alumna, aplicada, estudiosa. La rectora del colegio me decía, “tu noviecito se podría contagiar un poco de vos”. La señora Blanca era soltera, muy recta, con un peinado elevado y ropa anticuada que la hacían muy mayor, aunque era joven aún y tenía una cara hermosa.

Terminando cuarto año, quedé embarazada. Había que casarse. Chau adolescencia, para dar paso a otra vida donde las responsabilidades eran mayores y eran otras. Una gringuita dio vuelta mi vida y todo cambió.

 Mari (Neuquén, Neuquén)

 

28. SECUNDARIA

Comenzaba el año 1978 y con él,  mi secundaria. Como ya era costumbre había que buscar un colegio que ofreciera internado .Fue así que mi madre consiguió el prestigioso Colegio Santa Teresa, ubicado en una pequeña localidad de inmigrantes alemanes.

Grande, limpio, impoluto como pocos. Se asomaba con sus tres pisos de una forma tan majestuosa, que en principio, asustaba.

Tres años y medio cursé ahí. No fue un lugar que me haya dejado malos recuerdos .Nadie me hacía bromas por el color de mi cabello, dado que casi todas las cabelleras eran similares a las mías. Ni por mi altura, las nuevas compañeras me superaban.

Recuerdo tirarnos como tobogán por las escaleras, hasta que nos atrapó la hermana Oliva. Vaya reto, las niñas no hacían eso.

Los fines de semana no iba a mi casa, pero los compartía con Elvira, ella nunca salía, se decía que no tenía familia.

Grabada para siempre en mi memoria, la gran biblioteca y el mundo de ensueño con el que  mataba mis horas de ocio. La princesa Sissi, Julio Verne , Baldomero Fernández Moreno, y muchos más que se sumaban a las clases de historia de la profesora Fitipaldi, ella hizo que amara esa materia a punto tal de imaginarme siendo protagonista de los hechos.

Los recreos  eran insólitos, jugábamos de primero a quinto año, tanto mujeres como varones, todos juntos: rondas, teatro, mancha, escondidas.

Ir a recoger la miel con una monja muy mayor que no recuerdo su nombre era otra de mis actividades preferidas, las colmenas estaban rodeadas de amapolas gigantes. Las monjas  ,como todas, eran poco a nada simpáticas ni agradables pero no molestaban demasiado.

Le tomábamos el vino de misa al padre Juan, agregándole agua bendita para que no se diera cuenta y nos comíamos las hostias.

No estaba tan mal, pero a los quince años comencé a desear lo que tenían las otras chicas, tertulias, salidas, noviecitos. Le pedí a mi madre que me sacara de allí.

Volví al pueblo, al Normal Superior, donde terminé parte de cuarto y quinto año.

Nuevamente comencé a sentirme pájaro de otro nido…

 María Santandrea, (Neuquén, Neuquén)

 

27. SAPO DE OTRO POZO

Fuerte paso de la escuela primaria pública a la scuola Tomas Devoto, privada, bilingüe, con orientación contable y salida profesional en deporte. ¡¿Que?! Desde cuando ir a estudiar era exponerte a ver en qué te consideraban bueno adultos, docentes, de dudosa crítica. Quizá la primaria fue más una extensión de jardín, donde encontré gente que hoy en día me acompaña y con la que a pesar de las distancias no dudamos en bancarnos. En la secundaria hice amigas que estuvieron hasta cuando parí, fueron de las primeras en hacerle upa a mi pequeña Julieta. Hoy en día no nos hablamos.. En mi primaria y mi secundaria había distintos valores.

Familias adineradas, problemas de ausencias, padres separados en conflictos legales, adolescentes con tarjeta de crédito. Yo contaba monedas para pagarme las fotocopias… ¿Dónde estaban las escapadas donde sea que estuviéramos nosotros? Contar monedas para UN SOLO bondi que nos llevase a un lugar "loco" ¿Dónde estaban ellos que me conocían de chiquita y me hacían ver todo tan bello?

Muy pocas personas me llevé de la secundaria, dos muy unidas y algunas dos más cercanas que fueron las únicas que me entendieron y me bancaron siempre, con las que onda crear el mismo lazo que con ellos… esos locos que me conocen de chiquita y hasta hoy me hacen ver todo bello

 Mara (CABA)


26. SECUNDARIO INNECESARIO

Cuando  terminé  la escuela primaria, no me permitieron seguir con el secundario. Según el criterio de mi Papá, era innecesario, ya que  al casarme el estudio no me serviría  para nada. Yo no estaba  de acuerdo con él, pero en ese entonces era imposible para mí luchar en contra de sus decisiones.

Me permitió  hacer cursos, según él pensaba, me servirían en lo personal y a futuro como una salida laboral, sin necesidad de tener que salir a trabajar afuera.

A los quince años me recibí  de corte y confección, al principio confeccioné mi propia ropa y además algunas vecinas me daban para hacer arreglos o alguna prenda nueva.  Mi trabajo gustaba, pero en realidad  la costura no era lo mío y con el tiempo dejé  de hacerlo.

También  me recibí  de peluquera, trabajé poco tiempo en una peluquería  del barrio,  pero sin vocación  y teniendo asco a los pelos mojados, jamás sería  buena en el rubro.

En realidad tanto la costura, como la peluquería eran dos opciones para adolescentes que no querían  o no podían  estudiar una carrera. Para mí, en realidad, fue  la excusa perfecta para salir de mi casa y sentirme de alguna manera libre.

A los dieciocho años comencé  a trabajar  en el laboratorio Bayer, fue  entonces que me enteré  de que tenían idea de poner una guardería para los hijos de los empleados.

Entonce se me ocurrió la idea de hacer un curso de Baby Sitter para de esa forma estar habilitada para trabajar en el cuidado de los niños. 

Me recibí  pero la guardería  nunca  se abrió y yo seguí en planta, envasado medicamentos. Nunca  retiré  el título y pasado unos años, cuando  quise hacerlo, el instituto ya no existía.

En el jardín maternal  Solcito comencé  a trabajar muchos años más  tarde. A pesar de tener la aprobación y el apoyo de la directora y todas las maestras, yo me sentía  como fuera de lugar, como  si ese espacio que ocupaba dentro de la institución  no fuese genuino. Sabía que  mi desempeño era correcto, pero cuando  los papás  me decían  seño, yo me sentía trucha.

Fue  entonces cuándo  me decidí a hacer nuevamente el curso de auxiliar de maestra y de asistente materno infantil.  Si bien el título no lo había  adquirido  en el profesorado, al menos me habilitaba a ocupar un lugar junto a los bebés sin tanto cuestionamiento.

De niña yo soñaba con ser maestra y jugaba a que la pared era un pizarrón imaginario y el capuchón  de una lapicera, hacia las veces de tiza.

Ser abogada, hubiera sido otra opción, soy cuestionadora y contestaria y me molesta mucho la injusticia. 

 Li (CABA)


25. TIEMPOS FELICES

Primer día de clase de primer año de la secundaria. Por fin la secundaria.

En la noche me despertaba a cada rato, nerviosa con temor a quedarme dormida. Por primera vez íbamos a ir y venir del colegio solas, caminando o en colectivo, según el clima. Inés casi lo arruinó todo. Se quejaba porque en su primer año no la habían dejado ir y venir sola. Y otra vez reclamó que a mí me dejaron participar de la bicicleteada de primavera en séptimo grado y a ella no.Yo ya creía que mi plan de independencia se deshacía. Pero, por suerte, mamá no la dejó seguir, explicándole que ahora podíamos ir juntas. El arreglo con mamá y papá había sido que íbamos a tener nuestro propio despertador para que nos levantáramos sin que nos llamasen. A la hora indicada teníamos que estar sentadas para desayunar. Esa regla la incumplieron ellos en el invierno cuando nos traían la leche a la cama para que no tomáramos frío, y a partir de ahí nuestro despertador ya no sonó nunca más.

Esta caminata fue la primera de innumerables y divertidas caminatas. El trayecto comenzaba en mi casa con Inés, mi inseparable amiga Gabriela, que vivía en frente, y yo. Pero a medida que nos acercábamos al colegio, se iban agregando otras chicas, de las que, con el correr de los meses, fui haciéndome amiga y compartiendo mucho más que la ruta del colegio. En invierno comenzábamos a caminar de noche, con medias de lana largas, bufanda, gorro, con los ojos casi cerrados, la cara dolorida del viento frío y húmedo, que penetraba entre los agujeros del tejido. Pero nada impedía que conversáramos felices, sobre todo los lunes, cuando comentábamos lo que habíamos hecho el fin de semana.

La secundaria era diferente, yo ya no llevaba portafolio, ya no usaba las odiosas lapiceras de tinta, y lo mejor, para mí, era que podía usar equipo de educación física con pantalón. Hasta séptimo grado se usaba pollera pantalón, a la que detestaba.

Requiere una mención especial mi equipo de educación física. Bajo la promesa de no perder la campera, luego de intensas conversaciones que se sucedieron por todo el verano, logré convencer a mi madre de que me comprara uno de marca Adidas, junto con las zapatillas haciendo juego. En este difícil trámite tuve el incondicional apoyo de mi padre. Sin él, no podría haberlo logrado.

De ese primer año solo tengo buenos recuerdos. Al igual que en primaria, seguí participando en el grupo de teatro de la escuela. Amé representar Romeo y Julieta y La cola de la Sirena. Fui el Romeo más enamorado y llorón al momento de ver las mejillas blancas de muerte de Julieta. Mis padres, abuela, hermana y unos cuantos amigos y amigas eran mi público fiel siempre que los invitaba.

La escuela era muy exigente, y yo responsable, estudiaba y cumplía con las tareas. Iba con ganas, porque realmente me divertía. Sin cambios en mi comportamiento, me retaban por conversar como en la primaria, aunque ya no me ponían debajo del reloj del patio en penitencia, para vergüenza de mi hermana.

Al final del ciclo, cuando los días comenzaban a ser más cálidos llevábamos la malla debajo del uniforme para ir a tomar sol a la playa, y estudiar en la arena para los exámenes de fin de curso.

Recuerdo esos tiempos con felicidad, qué ajena estaba yo a todo lo que pasaría en mi vida más adelante. Nunca hubiera imaginado que el último día de clase de ese primer año, al sacarme mi uniforme azul, este quedara colgado allí, en su percha, para siempre.

24. UNA HERMOSA ETAPA

Mi escolaridad secundaria transcurrió en la escuela María Mazzarello de SanJusto, colegio salesiano a cargo de docentes religiosas y profesoras  no religiosas.

Muchas normas estrictas, pero a su vez un gran nivel de contención.

Jumper gris hasta la rodilla, camisa blanca y corbata azul. Medias azules tres cuartos y zapatos negros. Sweater de lana azul y blazer para el invierno.

Tres veces por semana, misa en la primera hora. Lección oral de historia todos los lunes y de geometría los viernes. Coro optativo después de hora los martes, retiros espirituales y convivencias anuales. Compañeras mujeres.

Todo puede sonar muy aburrido e intimidante pero la realidad es que yo la pasaba bien. Formaba parte del grupo de las tranquilas y estudiosas, por lo que esa exigencia no me traía ningún problema. De hecho, agradezco haberla tenido porque mi formación académica y en valores fue excelente. Trajo consigo mucha estructura y poca flexibilidad en algunos aspectos también, pero, en líneas generales, tengo los mejores recuerdos de mi paso por allí.

Me acuerdo de los largos pasillos hasta las aulas. Impecables, todo inmaculado. Algunas daban al patio cubierto. La capilla preciosa, siempre abierta para cuando una tenía ganas de estar sola y rezar. O pensar.

También había sectores que no podíamos transitar, eran los espacios de vivienda de las hermanas. En raras ocasiones entrábamos con la hermana Beatriz del coro, que nos llevaba a su salita para ensayar.

Nos sentábamos en bancos de a dos. A veces elegíamos compañera, otras eran por sorteo y cada tanto la hermana asistente del curso decidía. Era ahí cuando mezclaba a las más lieras con las más tranquilas.

Era muy marcada la diferencia de grupos. En general, las más revoltosas y las que menos estudiaban, eran las que jugaban al vóley, tocaban la guitarra y formaban los grupos de canto que representaban al curso en el festival de la canción. Se rateaban de vez en cuando y trataban de zafar cuanto podían de las obligaciones. Las tranquilas éramos estudiosas y cumplidoras.

Mis amigas eran María Julia, Silvia y Patricia, aunque con la que más compartí siempre fue con Silvia. Julia y Silvia solían quedarse a dormir en casa por separado, porque Julia le tenía un poco de celos y no era buena idea juntarnos las tres. Con Silvia compartimos miles de almuerzos después del colegio en mi casa o en la suya. Cuando me quedaba en su casa, era toda una aventura para mí. Ella vivía con sus papás que eran muy mayores y era hija única, por lo que la consentían bastante. La merienda la elegíamos nosotras porque el papá tenía almacén y nos daba los gustos. Recuerdo los sandwichitos de salame con pan negro y las vainillas con dulce de leche. Ella tomaba chocolatada y yo, té. Nunca me gustó la leche.

Ella dormía con su abuelita pero cuando yo iba lo hacíamos en una habitación que había en la terraza, decorada y amoblada por mi amiga. Ya se veía venir que sería arquitecta.

Recuerdo los arabescos que había pintado en el techo con las iniciales de los chicos que le gustaban. Claro, eso sólo ella y yo lo sabíamos.  A veces cenábamos solas allí y charlábamos hasta cualquier hora.  Yo me dormía una ventana que había pintado en una puerta de madera. Parecía que, de verdad, se veía un campo con flores.

Un día nos dieron permiso para faltar al colegio  y pasamos el día en esa habitación. A media mañana llamaron de la escuela a su mamá y a la mía para ver si estaban al tanto de que estábamos ausentes. Nos morimos de risa al ver que las monjas creyeron que nos habíamos rateado como hacían las otras.

Juntas empezamos a dar catequesis en la parroquia, preparando a los chicos para la primera comunión. Yo había empezado a ir antes que ella. Empecé a frecuentar la parroquia San Pedro Apóstol a los trece años, cuando mi hermano Hernán iba a catecismo.

 Me encantaba charlar con el padre José. A los pocos años él falleció y llegó el padre Gerardo. Eran muy diferentes. Éste mucho más distante pero continuó con la costumbre de recibirnos más temprano de lo que empezaban las actividades del sábado para tomar mate y conversar, como lo hacía su antecesor. Él me impulsó a dar catequesis y me permitió que llevara a Silvia como compañera. Fue una hermosa experiencia. Luego yo incursioné en la Acción Católica y Silvia en los scouts pero sin dejar nuestra labor de catequistas. El sacerdote nos acompañaba mucho y nos daba total libertad de acción. Yo lo adoraba, a pesar de su temperamento frío y distante. Él sería quien nos casaría a César y a mí más adelante.

Esa era mi vida extraescolar con mi grupo de amigos de la parroquia. A veces eso influía en ciertos apuros con el estudio de las lecciones de historia de los lunes, ya que mi actividad de los fines de semana me restaba tiempo para estudiar.

Los días de Misa, las hermanas daban la opción de no ir y quedarnos en lo que llamaban el “estudio”. Era un salón, a cargo de una de las hermanas, al que podíamos ir a estudiar o repasar las lecciones del día, en vez de ir a Misa. Los lunes tenía mucha concurrencia, entre la que me encontraba yo cada tanto.

Cuando la hermana Lidia abría su libreta para ver a quién llamaba a dar la lesión de historia, todas temblábamos. Cerraba los ojos mientras ella con el dedo recorría la lista y de repente paraba en un apellido y hacía saber quién era la afortunada. Otras veces le preguntaba a cualquiera un número y contaba en la lista de arriba para abajo quién estaba en ese número de orden y en ocasiones, contaba de abajo para arriba. Nadie decía ni los primeros ni los últimos números porque era previsible a quién le tocaría, por lo que, en general, las que estábamos en el medio teníamos más chance de que nos tocara. Muchas veces, cuando preguntaba si había voluntarias para pasar al frente, yo me ofrecía, sólo para sacármelo de encima y no estar frente a ese suplicio. Obvio que lo hacía los días en que estaba segura de que había estudiado lo suficiente.

Me llevé una sola materia en el secundario: Física. La odiaba. Tuve 5.50 en los dos primeros trimestres. Necesitaba un diez en el último para eximirme. Estudié a morir y logré diez en las tres evaluaciones, pero la amorosa hermanita que era mi profesora me puso un ocho en la carpeta, por lo que me fue un nueve cincuenta al boletín. Mi amor propio estaba herido de muerte y la rendí en diciembre con un diez absoluto. Eso fue en tercer año, al igual que mi eximición en Educación Física por la aparición de un soplo funcional en mi corazón. No era nada serio pero alcanzó para que un médico firmara el año más feliz de mi secundaria. No podía hacer clase de Educación física, lo que me alegraba absolutamente. No me importó tener que dar lección sobre las olimpíadas, preparando láminas y todo. El resto del tiempo era una simple espectadora de lo que no me gustaba hacer.

Lejos de irnos de viaje de egresadas a Bariloche como el común de los mortales, hicimos un viaje con la escuela a Santa Rosa de Calamuchita en Córdoba. Nos divertimos y empezamos a despedirnos de la escuela, lo que me daba mucha tristeza.

A la vuelta nos recibieron nuestros papás con un asado en el quincho de la escuela, por lo que alargamos un tiempito más la despedida y tener que separarnos.

Llegó fin de año y era tradición, luego del acto de egresadas, realizar una cena en el quincho con las familias. Hubo muchas peleas sobre la vestimenta. Que si íbamos con uniforme o de particular. Y terminó siendo como había sido toda la secundaria. Mitad y mitad. Obvio que yo era partidaria del uniforme. No le veía lógica cambiarnos después de acto para quedarnos en la escuela a celebrar. Distinto hubiera sido si la cena hubiera sido en otro lugar. Ese día Julia, Patricia, Silvia y yo nos ocupamos de pasar fotografías en la pared a través de un proyector poniendo una música de fondo.

Fue un lindo momento compartido entre todas y con las familias que se conocían mucho.

Un perfecto cierre a una hermosa etapa de nuestra vida.

 Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)


23. SIEMPRE FUI GABY

Mientras las escuchaba en el último  encuentro iba rescatando imágenes tan hermosas para mi.

Y así pude pensar un relato.

La escuela fue un espacio de vorágines  alentadoras y de protección.

Allí estuve desde los tres años atravesando la primaria, la secundaria y otros treinta y tantos seguidos como  docente y coordinadora de docentes (además de otros colegios)

Me resulta muy difícil separar etapas.

Siempre fui Gaby. Para todos. Como lo eran María, Federico, Juana…

A todos nos reconocían y nos enseñaban lo que necesitábamos además de lo curricular.

El Proyecto Institucional estaba y, está, basado en la paz, el respeto y la solidaridad. Sigue siendo el lema EDUCAR PARA LA PAZ.

Muchas veces se cumplía… quizás otras fallaba, pero era el horizonte.

En la escuela había becas y chicos que dormían en “la casa del jardín” si no tenían dónde mientras otros si.

La congregación era misionera y de acción.

Pablo y Mariana hicieron Jardín de Infantes en el mismo lugar después… después todo cambió.

Y yo seguía allí, corriendo por un patio de baldosas arlequinas.

Esperando cada merienda, la asadera gigante de los panes con mermelada y mate cocido para todos

En la escuela había muchos canastos en la entrada uno con cuadernos y lápices para el que no tenía, otro con pulóveres azules al alcance, otro con frutas frescas.

Había  una gruta a la que cuando nos portábamos mal la señorita nos llevaba de la mano y conversaba eternamente hasta que nos convencía de que habia que solucionar lo que habia pasado. A veces queríamos …otras no.

Maria Cristina Zolezzi, Emilia Botta, la señorita Célica, Ana María Lavalle…

Inés que me alentaba siempre a escribir.

Tantas.

Y por supuesto, mi mamá.

Tardes enteras forrando los cuadernos, doblando las aletas a la perfección y escribiendo mi nombre en las etiquetas con esas letras preciosas que solo ella sabía trazar, porque amaba la caligrafía (tengo una de sus carpetas con infinitas y bellas letras dibujadas),o haciendo mapas con el plumín, el papel de calcar y mis Caran D’Ache: primero los bordes, después esfumar..

Ahora mismo siento aletear las manos de mi madre sobre estos recuerdos.

Más tarde las carpetas y los ojalillos para las hojas, aprender a subrayar , a dar leccion, a entender Matemática Moderna (¡pobres viejos iban a todos los encuentros para aprender que era el bendito diagrama de Venn. intersección, inclusión …)

Así hasta que mis días se agrisaron y mamá me tuvo que dejar volar.

Creo que sabía que estaba preparada para ello y me soltó.

A partir de primer año pude sola. Y seguía siendo Gaby.

El colegio no tenía secretos para mí.

El sótano con pupitres viejos, maderas, santos de mi tamaño pidiendo ayuda para salir de ahí, borradores gastados… Me encantaba bajar ahí y pasar por el pasillo oscuro y la escalera al campanario.

La escuela se modernizó un poquito cuando empecé la secundaria con el mismo equipo de revoltosas adorables y otras nuevas que encajaron perfectamente.. No me gustaba estudiar, me gustaba dibujar, cantar, leer mi colección de ciento setenta y dos Corin Tellado en la terraza de mi casa,

 y hacer payasadas. Era un grupo divertido y revoltoso. Nos retaban mucho pero se reían mucho también.

Las profesoras nos adoraban.

Los chicos del Nº 7  nos esperaban a la salida para ir por ahí o acompañarnos a casa, fumar un cigarrilo en la calle o ir a Frávega a que nos dieran los mini disquitos que eran pasaporte a un sorteo del tema de moda.

Me encantaban biología y francés, las chicas esperaban las respuestas de los exámenes en el borde del pizarrón porque yo era la única que sabía.

En este tiempo mamá ya no dibujaba letras de colores, dibujaba lágrimas.

El secundario pasó y mientras estudiaba el Profesorado y Letras me convocaron para ser docente.

Y fui docente  en las mismas aulas donde alguna vez me había sentado, maestra de los hijos de mis  compañeros, fui colega de algunos de mis profesores… y seguí siendo Gaby.

Supongo, ahora, que esta bonanza tuvo un por qué.

A la distancia, insisto, no gratuitamente fui feliz.

Fui lo que después podria sobrellevar en la adultez: sostén, susurro, manos de las manos de mi madre, intentos de ternura en el desgarro, miedo silencioso, palabras en voz alta de consuelo, cansancio y muchas veces soledad.

Y sigo siendo Gaby en la indiferencia de mi hermana, en los labios de mi madre porque la escucho todavía, en esa mirada profunda del viejo hablándole a mis ojos antes de morir repitiendo mi nombre y  en Pablo esa tarde espantosamente definitiva que no pudo armar el avioncito cuando volví temprano  de la Facultad.

Todo es causalidad me dijeron una vez.

Toda nuestra vida entera tiene una razón de ser, un sentido por descubrir, un vuelo particular, aunque pase veloz, aunque no nos demos cuenta. A pesar de todo.

Gabriela Potenza (CABA)


22. COLEGIO AUPI

Fui al colegio AUPI,cuya sigla significaba Asociación Unidad y Progreso de Ituzaingó.

Era un colegio intermedio entre el Manuel Belgrano, más top y más caro, y Las Esclavas, que por el solo hecho de ser religioso fue descartado por mis padres, gracias a Dios.

Para mí decir AUPI es nombrar a mis amigas del alma.

Fuimos catorce mujeres que nos reencontramos en 1998 para festejar los veinticinco años de egresadas, y de esto ya pasaron otros veinticinco años.

La escuela había permitido que esa celebración se hiciera en sus instalaciones ya que éramos muchos, tres quintos, dos de mujeres y uno de varones.

Esa noche además estaban casi todos los profesores. No pregunté por los ausentes por las dudas, aunque me sorprendió que la mayoría me recordara habiendo pasado tanto tiempo y siendo que ellos ya eran grandes cuando yo era adolescente.

Yo estaba feliz, pero a la vez muy conmovida por volver a mi escuela, ver el patio, la escalera, la biblioteca, la sala de preceptores, las aulas, todo lo que yo había guardado en mi retina estaba ahí, pero cambiado. Nada era como yo lo recordaba.

Veía a mis compañeras de colegio hablar de cosas que yo no sabía, contar anécdotas que yo no había vivido, reír con profesores que yo reconocía pero que no lograba ubicar con la materia que le correspondía a cada uno, o sea, un desastre….

La memoria es selectiva, la mía es selectivamente desastrosa o desastrosamente selectiva

A pesar de todas mis ausencias mentales yo la estaba pasando muy bien, reconocía ese lugar como propio ya que había vivido ahí una de las etapas más importantes de la vida y todo me retrotraía a esa etapa.

Con esa gente yo había cumplido mis quince años, cincuenta años atrás, pero no había tenido fiesta, debe ser por eso que tampoco recordaba haber ido a otras fiestas de quince.

En esas escaleras me había enamorado perdidamente de Jorge Villarrasa aunque él nunca se enteró, o sea, ahí había sufrido mi primer desengaño amoroso.

En esa escuela tuve como profesora de historia a la señora de Cantoni, la esposa del rector, que me hizo amar su materia trabajando en grupos de seis alumnos para buscar información de hechos históricos y estudiarlos, metodología que era de avanzada en ese momento y que yo pude utilizar años después con mis alumnos de la facultad.

¡Qué alegría ver ese matrimonio en el festejo! Estaban ya mayores, pero seguían unidos.

Yo era muy tímida, muy vergonzosa y callada. Una traga que solo estudiaba, así que no encajaba mucho en este grupo bastante más liberal.

Ana, que hace años vive en Mar del Plata, fue la primera en casarse antes de la entrega de medallas y diplomas, sus padres tuvieron que firmar y autorizar su matrimonio porque era menor de edad. Fuimos todas a la iglesia, pero yo no entendía bien lo que pasaba…

Mi cuerpo no me ayudaba, era baja y bastante gordita y eso me inhibía para los deportes y me alejaba de los varones, así que me juntaba con chicas que eran como yo, Lidia Rodríguez, Nelly Martínez, Norma Rearte, Pily Pazos, que hoy no sabemos dónde están.

Me doy cuenta de que esta es mi revancha personal.

En esta etapa de mi vida disfruto de mis amigas mucho más que cuando era adolescente.

Soy la creadora y administradora del grupo de whatsapp que lleva el nombre del colegio. Me ocupo de organizar los encuentros para poder vernos cada tres meses alternando Gran Buenos Aires, ya que la mayoría se quedó viviendo en zona oeste, con la capital, donde solo vivimos cinco.. Nunca podría haber hecho esto en la secundaria.

No me sentía tan reconocida ni querida por ellas en esa época, como lo soy ahora.

En esa noche mágica el reencuentro fue total.

A partir de ese momento nos encontramos como adultas y nos empezamos a conocer.

Somos todas distintas, pero nos elegimos nuevamente y lo seguimos haciendo cada día, ese es el verdadero concepto de amistad

Tenemos un pasado en común que nos lleva a los doce años de edad, pero ya no somos esas niñitas, ahora somos mujeres fuertes que decidimos unirnos más allá de ese pasado que nos conecta y del amor incondicional de nuestros recuerdos adolescentes.

 Mágico Abril (CABA)

 

  21. ME LA AGUANTABA

Debido al tema de falta de vacantes -largas filas de padres durante varios días y noches en las puertas de las escuelas secundarias-, mis padres optaron por cambiarme de colegio en séptimo grado. Gran desastre personal gran. En primer lugar, la escuela a la que concurría en mi primaria había comenzado con la secundaria comercial, cosa que no era del agrado de mi señora madre, razón por la cual no existía la posibilidad seguir estudiando allí. Aclaro que nunca fui consultada al respecto. Sí tenía en claro que quería ser maestra. De eso se trataban en su gran mayoría los juegos con mi hermana. Quizá por esta razón, mi mamá eligió “a buen entendedor, pocas palabras” un bachillerato. En segundo lugar, algo se había roto con respecto a la relación que mis padres tenían con el Cura Daniel y la directora Susana, responsables de la escuela. En sexto grado se elegían los futuros abanderados. Esa competencia había mellado mi relación con la compañera Nélida Vilches ya que ambas -sospecho que por igual- deseábamos el bendito honor, martillado a fuego por sendas familias, sin dudas.

A mitad de año rendíamos una suerte de cuatrimestral -esto se llevaba a cabo en todos los grados- de todo lo aprendido hasta ese momento. Nos calificaban con decimales.

Creo recordar que Nélida obtuvo mejores calificaciones que yo por lo cual la bandera de ceremonias y su honor patriótico se escabullía de mis manos. ¡Lo que he llorado por esto! ¡Había sembrado tantísimas esperanzas!

Mediante el boletín o por nota en el cuaderno, mis padres se informaron de este particular que cimentó su posterior decisión. ¡Las de veces que fueron a la escuela a hablar! Sin resultados positivos para mí, claro está.

Lo horrible fue vivir esa mitad de grado con el aula dividida en favor una u otra que, si bien no éramos amigas íntimas, habíamos llevado adelante un excelente trato. La certeza de no ser la futura abanderada me deprimió lo suficiente como pasármela llorando en mi casa. Cuando este drama juvenil terminó, la señorita Vilches y yo abandonábamos esta escuela y mi amigo Eduardo Giúdice se alzaba con el celeste paño. Las palabras del cura: “Era hora de que los varones volvieran a ser los abanderados naturales”. Me vuelve en este preciso instante el dolor de panza. Qué le vamo a hacer.

Partí hacia el Parroquial de Morón (también mis hermanos) a completar mi primaria y arrancar mi secundaria.

Inconveniente número uno: los chicos y chicas en aulas separadas. ¿Qué? Explicaron algo de la diferencia de aprendizaje como si llevar pene o vagina condicionara la factibilidad de estudio. Lo cierto fue que cumplían estrictas normas dictadas por la Iglesia ubicada pared de por medio.

Venía de escolaridad mixta y considero hoy que este tema me jugó en contra con respecto a mi relación con los varones. Todo era depravado: los alumnos en el primer piso y nosotras en la planta baja. Porque había que subir una escalera -obvio- y nuestras polleras (obligatorias, ¡el frío que hemos chupado!) podían provocar a los señores. Insisto: depravados.

Vincha  para que los pensamientos se encauzaran. Ellos, pelo corto y corbatas.

De este lugar me he traído : a) un compañero de vida, b) las amistades más duraderas y c) un gusto por seguir sabiendo. La educación que recibimos ha sido muy enciclopedista. Datos, datos, datos. Como en la computadora pero en nuestras cabecitas.

Pasaba mucho tiempo de mi tiempo en la Biblioteca Municipal de Morón ya que no podían mis padres comprarme los libros. Allí me desesperaba con las administrativas cuando las hojas estaban arrancadas, subrayadas, ajadas. En fin.

Otras veces y para cumplir lo solicitado, pedía prestado los libros a mis compañeras con el costo de hacer los resúmenes que los profesores daban de tarea. El teléfono, gran aliado, no era tan caro en esos momentos. Sostenía largas llamadas con las dueñas de los textos a quienes les dictaba mi trabajo.

Iba a los bailes de secundaria pero no me sacaban a bailar.

Muchos cumpleaños de quince con una multiúnica blusa de guipur que me había hecho mi mamá, de pollera azul larga y guantes azules.

Las clases de inglés y alemán particular en institutos. Viajar al Goethe dos veces por semana en tren. Los militares en aquella época ordenaban a la gente en las plataformas de Once. Yo me manejaba sola. Sí me daba miedo. Sí me la aguantaba. Como cuando me cambiaron de escuela. 

Edith Oxilia (CABA)


20. SER UNO

Mis años de secundaria pasaron rápido, como suele sentir casi todo adolescente. En cuanto al colegio, como en la vida, tuve buenos profesores así como regulares. El vínculo con ellos fue a través del estudio.

Durante el primer año, los primeros meses fueron quizás un poco más difíciles, un nuevo entorno, nuevos compañeros. Pero me adapté perfectamente. Otras compañeras y yo formamos un grupo, que duró no solo hasta quinto año sino que, terminada la secundaria, seguimos viéndonos un par de años más. Compartimos casamientos, el nacimiento de los hijos.

Después nos fuimos distanciando, la amistad suele tener idas y venidas.

Como en la primaria, de mis profesores me quedo con la excelente enseñanza que brindaron. Supongo que en el momento me habré quejado de su exigencia, pero hoy lo valoro muchísimo.

En la secundaria me sentí libre. Ahí podía ser yo, en sentido que llegaba a ella sin mi historia a cuestas, a modo de presentación. Era una más, sin madre, pero solo una más. No había compañeras que me tuvieran lástima,  ni profesores que tenían que acercarse a mí por la misma razón o consideración. Para mí la secundaria representó el mundo real, donde se pueden encontrar personas que valen la pena y otras no; donde a todos se nos mide con la misma vara, independientemente sea nuestra situación.  Fue en esos años donde comencé a dejar atrás una de mis culpas: la de sentir que mi forma de ser era el defecto. Continué siendo reservada, mas otra de las cosas que aprendí es que no tenía que cambiar mi personalidad para ser aceptada.

En primaria, si los compañeros no se convertían en amigos o las maestras no me tenían en cuenta, se debía a mi yo reservado o que no pedía ayuda o cariño. No fue así, por lo menos en su totalidad.  Tampoco es algo que recrimine, ni a mí misma ni a mis maestras, pues respecto de ellas, no era su obligación consolarme, sino enseñarme.

Volviendo a la secundaria, fueron años gratos en general.  Fue donde comencé a tejer el puente que me llevaba hacia la adultez, preparándome para cruzarlo. Agradezco todo lo que aprendí, a nivel intelectual y de la vida.  A enfrentar problemas que pudieran surgir y a resolverlos, a ser quien debiera tomar las decisiones, así en ese momento se redujeran a si estudiaba o no, si me convenía ser amiga de aquella o no, si debía ir a esa reunión o no.

Lo más importante fue descubrir, que no importa el entorno, sino ser uno, con todo lo que eso conlleva. Porque como aún sigo pensando, cuando cae la noche, solo nos tenemos a nosotros mismos.

                                                     Claudia Martorelli (CABA)

   

19. UN RECUERDO DE CUARTO AÑO

 Estaba en cuarto año del secundario, recién había cumplido los dieciséis y muchos de nosotros casi éramos los dueños del Colegio porque habíamos estado desde jardín de infantes. Nos encontrábamos en el kiosco de la esquina a fumar y divertirnos. Ya no era tan traumático. El año anterior me había llevado ocho materias y las había dado bien en diciembre y marzo, tal vez alguna en julio. Pero iba más relajada y dispuesta a estudiar un poquito más. Ese año había conocido a mis amigos hippies y ya me vestía de forma diferente. Me juntaba con los chicos del curso más seguido y guitarreábamos, o íbamos a recitales, algunas chicas nos poníamos vestidos batik o polleras hindúes.

Ese año los profesores eran más amables: la gran Vicenta, mi maestra de cuarto y quinto grado, era profesora de Psicología y Filosofía y me ayudaba mucho y me quería. ¡Listo! ¡Una adentro!, pensaba yo. La de geografía era una mujer obesa que nos hablaba siempre de su familia y su salud. La rodeábamos en el escritorio para charlar y ese año había quedado embarazada, así que otra más, ¡Adentro!. Había vuelto la Messina, una profesora de historia que me tenía de punto, me odiaba, era mala, perversa y con ojos saltones, una frustrada del siglo pasado. Por supuesto me llevé su materia los cinco años del secundario. Después estaba la de química, la de matemáticas, la de biología, todas mujeres jóvenes que nos trataban bien y las clases eran más agradables, más materias adentro para mí. Por suerte en física ya no teníamos al estúpido del hijo del director. Caferatta, la de ciencias de la educación, un amor, ¡Adentro!. Y estaba Miss Elsa, la de inglés. Esta profesora había sido nuestra directora del departamento de idiomas en primaria, donde era mala y le teníamos miedo. Pero en secundaria resultó ser la mujer más encantadora de todas: se maquillaba mucho, tenía unas uñas hermosas y largas, usaba trajecitos y el peinado a lo Eva Perón. Hablaba mucho con nosotros de la vida y la música, como éramos un grupo tan activo y con muchos músicos, nos traía el tocadiscos y cantábamos canciones en inglés. Recuerdo que un día nos habló de la higiene personal, de nuestro aspecto y de la vestimenta. Por ese entonces a mí me había crecido el flequillo, usaba una colita y el pelo sobre el rostro. Ese día se acercó a mí y dijo: Ven chicos, yo por ejemplo no usaría estos mechones en la cara, y me agarró el cabello y to tiró para atrás. Yo cerré los ojos y, como en una escena de película, en cámara lenta, sentí su perfume y su mano suave, fue una caricia que en mucho tiempo no había recibido. Nunca la olvidé. Era el cariño que faltaba en casa, la atención, alguien se había fijado en mí y la quise con todo mi corazón. La amada Miss Elsa…

 Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)

 

18. LA LECTURA, MI REFUGIO

A mitad de primer grado yo me sentía en la escuela como pez en el agua.

Respetaba y cumplía muy bien las consignas. 

Aprovechaba las clases y me relacionaba sin dificultad con mis compañeros. 

Lo mismo sucedió en primero superior y segundo grado. 

Después nos mudamos desde la provincia a Ciudad de Buenos Aires donde hice segundo, tercero, cuarto y quinto grados.

 Yo ya me había convertido en una niña bastante dócil en las aulas y me destacaba en el área de lenguaje. 

Leía con fluidez y era frecuente que las maestras me eligieran para recitar y subir al escenario en fechas patrias.

La desprolijidad en la presentación de mis trabajos continuaba siendo un punto débil en mi formación y había comenzado a subir de peso.

La lectura era mi entretenimiento predilecto pues los libros de texto de la época eran muy completos. 

En ellos teníamos acceso a trabajos de escritores como Gabriela Mistral, Conrado Nalé Roxlo, Alfonsina Storni entre otros y yo estaba encantada con esa verdadera usina para el entretenimiento.

La biblioteca del aula en esos grados fue la generadora de numerosas horas de placer para mí. 

Mediante la lectura sentía que viajaba y me relacionaba con ámbitos y personajes que enriquecieron mi imaginación de tal forma que, hoy me doy cuenta, me permitieron evadirme de situaciones familiares desagradables. 

"Papaíto Piernas Largas", "Corazón", "Heidi", "La Cabaña del Tío Tom", "Lassie" "Juana de Arco" y los libros de Julio Verne eran algunos de mis preferidos, pero cuando promediando quinto grado, tomé contacto con la zaga completa de "Mujercitas", estos se convirtieron en mis libros de cabecera por varios años. 

En poco tiempo devine en admiradora de su autora, Louisa May Alcott, y lo sigo siendo , leí muchas de sus novelas llenas de buenos principios, acciones altruistas, maravillosas enseñanzas, romanticismo y belleza. 

Desde que tomé contacto con la lectura jamás me atrapó la soledad, logré mitigar momentos de tristeza. Los libros fueron y son un refugio, mediante la compañía de esas páginas he conseguido sobrellevar, incluso, desconsiderados episodios de bulling.  

Hice sexto y séptimo grado en la provincia de Buenos Aires, donde fuimos a vivir nuevamente a mis once años.

No tuve problemas de adaptación al nuevo grupo pero la obesidad afectaba bastante mi autoestima. 

Era casi una mamá para mi hermanito cinco años menor y las maestras me contactaban cuando había alguna cuestión para resolver por su conducta o aprendizaje. 

Ellas veían en mí una niña responsable y yo me esmeraba para mantener dicha imagen en la escuela y en casa. 

Eso generaba tirantez en nuestra relación fraternal, por eso aunque yo lo amaba profundamente, sé que mi hermano por momentos no me soportaba, de hecho años después en una discusión ya como adultos, me lo manifestó aún dolorido 

A los once años tuve mi primer periodo menstrual y además era gordita por lo tanto tenía bastante busto y las piernas más contundentes que otras compañeritas de grado por eso los varones intentaban tener algún pícaro contacto con mi físico pero a la vez se burlaban.

En ocasiones me llamaban "gorda chancha" o " la gorda Trigo" 

En medio de todo aquello yo ya tenía igualmente un tierno amigo que me declaraba su amor comprándome cosas en el quiosco y buscando mi compañía en los recreos. 

Era un polaquito muy dulce cuyo papá era el carpintero del barrio, claro que a mí me gustaba otro, el que nunca me dio bolilla aunque pude probar sus besos jugando a la botellita. 

El objeto de mis  desvelos tenía ojos verdes, tez aceitunada y portaba el poco singular nombre de Raúl López.

 Melinna Trigo (CABA)


17. HERMANA MARÍA ELENA

Estamos en la sala de maestros de la escuela. 

Soy María Elena, la maestra de séptimo grado. 

Me reuní con Marta, de sexto, y con la hermana Del Valle que es la directora. Tenemos que hablar de las alumnas porque este año Marta y yo voy a dar clases por áreas. Ella, matemática y naturales; yo, lengua y sociales. 

Mientras compartimos una taza de té, salen nombres a relucir, yo les digo que Mónica Saldivar es una buena alumna, pero que me llama la atención que le gustan los temas opuestos. Por ejemplo, Marta dice que, en matemática le gustan los cálculos y problemas pero para nada la geometría. Y de naturales solo las montañas y los ríos, pero no tanto los animales y plantas. 

Con lengua y sociales, yo sé que le gusta mucho leer y hacer composiciones. Pero no, analizar oraciones. De sociales, en general, le gusta todo.

Es prolija, ordenada, siempre está atenta porque se nota que le gusta venir al colegio. 

No falta, no se copia, y es buena compañera. 

Les cuento algo, el otro día les di para hacer una monografía; Alicia, Silvana y Susú, se pusieron contentas porque les hago hacer "cosas de grandes", de chicas de secundario.

Las demás, cuando les dije sobre el escrito, que debía tener exacta cantidad de palabras y ser dos carillas de hoja de carpeta, que se iba a evaluar ortografía, puntuación y presentación, me miraban asustadas. 

Tenían que escribir, además, sobre una ciudad del mundo que eligieran, pero antes debían investigarla. A Mónica, cuando me fui, la noté más preocupada que a sus otras compañeras de grupo.

El día de la entrega de las monografías, las sorprendí a todas, porque les dije (libreta en mano) que a quienes yo designara, iban a tener que leer al lado del banco, su trabajo, y que evaluaría también lectura. Ahí note tensión y silencio, sobre todo en las más tímidas. Y empecé con Saldívar, ya se paró roja y temblando, tuve que pedirle que leyera más fuerte porque no la escuchaba.

A medida que leía, un excelente trabajo sobre Brasilia, noté que se le llenaron los ojos de lágrimas, se le resecó la boca, y terminó casi con lo justo para no ponerse a llorar. 

Por lo tanto, le dije "muy bueno" y la mandé a tomar un poquito de agua. 

Cuando volvió, me di cuenta de que se había lavado la cara, pero había llorado. 

Terminada la clase, la llamé aparte y le pregunté cómo se sentía, me contó que ella había ido a su casa con mucho miedo por este trabajo, y que su papá le había propuesto que investigara sobre Brasilia, que él luego la ayudaría en darle forma a lo que escribiera. 

A ella le gustó la idea, pero cuando notó que la monografía era excelente por la ayuda en la redacción de su papá, y el uso de palabras elevadas,  tuvo miedo de que se notara que la habían ayudado y se puso mal. Yo lo había notado, claro, pero le dije que agradeciera a su papá, y que como ella siempre hacía todo sola, siguiera así porque no necesitaba a nadie.

A ella siempre la afecta la mirada de los otros. Es muy tímida y no muestra todo lo que sabe justamente por eso. 

Debemos ver cómo ayudarla. 

 Florencia Zaldívar (CABA)


16. RÓTULOS Y PREJUICIOS

A pesar de algunas cosas que me marcaron o me dolieron fui feliz transitando la escolaridad primaria. Sigo sosteniendo que es la etapa más maravillosa que un ser pueda tener, todo es inocencia, despreocupación, juegos, sueños. Lamentablemente uno toma conciencia de esto cuando ya ha recorrido una gran parte de ese camino sinuoso que se llama vida.

Aún persiste en mis recuerdos la señorita Betty de primer grado, lo amorosa que era. Apenas un poquito más alta que yo, siempre pensé que estaba en primero porque era chiquita, petisita; esas cosas que a los nenes se les ocurren. Pasábamos a leer al frente, paraditos al lado de ella y nos acariciaba el cabello. ¡Qué sensación tan linda!

Segundo grado, un poco caótico Si había una representación de la locura, fueron las dos maestras que tuve ese año. Comencé con una seño que venía de otro pueblo, Ester se llamaba. Un día se enojó porque charlábamos mucho y nos pegó la boca con cinta a todos. Mis compañeros se reían, para mí fue espantoso. Lo conté en casa, mis hermanos se reían, mis padres se sorprendieron, pero no hicieron mucho. Al poco tiempo la seño se fue, quiero pensar que no dejaron pasar por alto esta situación. En realidad, nunca lo supe. Y llegó la otra, Leiné, su nombre. Alta, rubia y muy flaca. La verdad es que la quise, a pesar de su locura. Gritaba desaforada. Nos pedía los cuadernos para corregir y que volviéramos al banco, cuando terminaba, nos llamaba, si en dos segundos no estábamos ahí, nos tiraba el cuaderno al piso. Yo que me sentaba al último, el aula grande y que me gustaba hacer sociales con mis amigas, la mayoría de las veces no llegaba. ¡Cómo me dolía! Cuidaba mis útiles como una reliquia. Encima rara vez me llamó Mariela, siempre gorda o gordi. Bueno, qué no lo iba hacer la maestra, si la directora de la escuela siempre me llamó así. Un modo cariñoso decía mi madre. Que no tengo dudas que me querían, pero totalmente desubicadas. Aunque para mí ya era normal.

Hablando de esto, en tercero me daba clase la mamá de una de mis amigas, a diferencia de las otras, super callada, muy tranquila. Un día ella había salido del grado, yo me puse sus anteojos y comencé a imitarla frente al pizarrón, todo era risa y en eso entró, casi me muero. Ella se sonrió y me dijo, “te sale muy bien”. Para la fiesta de fin de año, la que llamaban “velada”, nuevamente se armó el escenario que se armaba todos los años en nuestra escuela. Los de tercero representábamos la canción de los números. Solo recuerdo el final donde decía:   “el uno y el cero se unen otra vez, formando el diez”. Obvio, yo era el cero. Lo loco de esto es que me di cuenta años después y cuando se lo comenté a mi mamá y a mi hermana, se rieron y mi hermana me preguntó ¿recién te diste cuenta?

Los grados superiores ya me encontraron más a la defensiva y contestadora. Si bien era un poco tímida y vergonzosa, no dejaba pasar ninguna. Decía lo que pensaba de quien fuera y atacaba con la misma artillería a aquellos que lo hacían conmigo. Siempre llevaba las de perder porque en los pueblos decís algo al “hijo o hija de…” y fuiste. Si mis padres hubieran ido a intervenir por mí, como hacían los otros, me habría ido mejor seguramente.

Mari (Neuquén, Neuquén)


15. EL INTERNADO

El Colegio Sagrado Corazón de Jesús era un edificio nuevo para la época, muy solicitado y bastante exclusivo, no todos podían asistir a él. En mi caso, como mi abuela paterna había realizado una importante donación a la congregación para que asistieran las cuatro hijas de mi tío, pude ingresar por portación de apellido. Pero las monjas se aseguraban de hacer la diferencia.

Mis primas no quedaban pupilas, ellas tenían alguien que las llevaba y traía; en cambio yo no contaba con ese beneficio.

De los primeros años no recuerdo mucho, ni de mis compañeros, salvo algunos nombres que hoy han reflotado.

Se puede decir que no pertenecía al grupo de las populares, pero cuando necesitaban las tareas, entonces eran mis amigas. Siempre fui buena alumna y aún así, nunca porté la bandera. La elección se llevaba a cabo por favoritismos.

Era muy buena jugadora de payanas, mi papá me había conseguido un juego de mármol negro, porque el dueño de la marmolería era amigo de él. Eran perfectas, las cinco iguales. Con ellas y en dupla con Juancho, éramos invencibles.

El uniforme solo lo usábamos para los actos importantes, el resto del año llevábamos un guardapolvo a cuadros blancos y beige; el de los varones era de color tostado, liso.

Las maestras y los profesores de música y educación física eran laicos. La dirección, cuidado de las pupilas  y la catequesis, estaban a cargo de las monjas.

La vida del internado tenía un par de ventajas, como el orden y la ayuda que nos daba la hermana Yoli a la hora de realizar las tareas. Ella se encargaba de las pupilas y era la monja más humana que conocí  de todas las que pasaron por mi vida.

Nos levantábamos a las seis de la mañana para ir a misa y desayunar antes de entrar a clases. Las pupilas mayores nos ayudaban a las más pequeñas a tender las camas porque eran muy altas y debían quedar impecables. Hacía mucho frío, por eso odio el frío. No había calefacción, al menos en nuestro sector.

Los viernes desde el mediodía ya podían retirarnos, hasta las siete de la tarde; pasada dicha hora ya no abrían las puertas. Se olvidaron de buscarme algunas veces, en ese caso, ya casi anocheciendo, volvía al dormitorio gigante, vacío y frío y me acostaba hasta el otro día a esperar que me retiraran. En alguna oportunidad, la hermana Yoli me vio y me sirvió el desayuno del sábado .

En séptimo grado hubo pupilas hasta las vacaciones de invierno  porque cuando regresamos, en la puerta ya no estaba la monja recibiéndonos, sino un par de soldados. A partir de ese momento no vimos más monjas, nuestros padres retiraron nuestras pertenencias y comenzamos a ir y venir como podíamos hasta fin de año. 

María Santandrea (Neuquén, Neuquén)


14. LA HERMANITA 

Ese domingo por la tarde, desparramé mis cuadernos y libros sobre la mesa del comedor para hacer la tarea de inglés. Mi abuelo sentado en su silla mecedora escuchaba la radio, mis padres estaban en el cuarto y la abuela en la cocina preparaba la merienda. Oti había salido con el novio y Jorge los había acompañado.

Mientras abría el libro de inglés, pensaba que me gustaba el colegio bilingüe al cual iba, estaba en cuarto grado. La maestra de castellano se llamaba Marta y la de inglés, Lucy. Ambas me trataban con cariño y me comprendían, además que respetaban mis decisiones y no me imponían nada. 

No me molestaba el doble turno, almorzaba en casa, siempre había alguien que me llevaba y me traía. Quedaba a cinco cuadras.

El abuelo apagó su radio y se acercó preguntándome si quería ayuda, le dije que sí, me gustaba su compañía. Le mostré el cuaderno de inglés, hicimos algunos ejercicios, pero me di cuenta de que algunas palabras que me dictaba estaban mal escritas, comprendí que al haber nacido en Francia se le mezclaban ambos idiomas.

La abuela apareció en el comedor con una enorme bandeja trayendo la tetera, la lechera, el azúcar y unos deliciosos scones, hechos por ella.  El abuelo pasó su mano por mi cabeza y se sentó en otra silla. En ese momento pude borrar lo escrito y corregirlo.

Siguiendo con los deberes, pensaba que faltaban tres meses para terminar las clases y mis calificaciones eran buenas, así que el próximo año pasaría a quinto grado. Deseaba continuar en la misma escuela, pero algo en mi interior me decía que no era posible. Mis padres se encerraban mucho a charlar en la habitación, como si no quisieran que mis abuelos se enteraran de algo.

Yo me di cuenta de que los negocios de Papá no iban bien. Se hacía dificultoso dejar la casa de los abuelos, donde vivíamos hacía cuatro años.

Era noviembre cuando mis padres me comunicaron que no seguiría en el colegio inglés; no fue una novedad, yo lo sospechaba.

Sentí tristeza cuando me dijeron que iría al mismo colegio que mis hermanos, era un colegio alemán que quedaba en Palermo. Acepté sin decir nada, pues no deseaba que mi padre se sintiera mal por no poder pagar un colegio mejor.

Mi rechazo a la nueva escuela era porque mis hermanos eran estudiosos y tenían muy buenas calificaciones y yo no era buena estudiante.

Comencé quinto grado en la escuela de Palermo. Mamá tuvo que reformar el uniforme, del jumper gris hizo la pollera, al blazer azul le alargó las mangas.

Mis hermanos iban turno mañana, estaban en el secundario y yo por la tarde.

Desde el primer día de clase ya me tenían identificada, era la hermanita de los hermanos Finochietto. Sentía que Oti y Jorge era buenos, inteligentes y estudiosos y yo era buena e inteligente, pero estudiaba solo cuando quería.

Además, si algo no me gustaba en el aula me levantaba y me iba, pero en ese colegio no podía hacerlo, era la hermanita de los Finochietto. Y lo peor, la maestra era la misma que había tenido Jorge.

Cursé quinto y parte de sexto grado, hasta que un día dije: basta.

 María Laura Finochietto (CABA)

 

 

13. IMÁGENES Y AROMAS

Nací  y crecí  en el hermoso barrio de Villa del Parque.

En el año 1953 cursé el primer grado inferior, e eel turno tarde, en la escuela Francisco Beiró.

Recuerdo claramente su fachada, el edificio tenía  dos pisos,  algunas aulas daban a la calle y otras a dos grandes patios internos.

La dirección,  la enfermería y una sala repleta de grandes mapas, al igual que las aulas de grados inferiores, estaban situados en la planta baja.

También  contaba con un patio grande cubierto, con gradas a los costados y un amplio escenario. Una escalera ancha de mármol  blanco conducía a los grados superiores y, más arriba, a la casa del portero.

Las aulas eran grandes, luminosas  y ventiladas.  Detrás  del escritorio de la maestra, colgaban dos pizarrones negros y  gigantes,  los pupitres limpios al igual que los tinteros 

blancos de cerámica, que obligatoriamente debíamos  mantener sin manchas de tinta.

Todos los acontecimientos festivos, se realizaban de manera ordenada, los niños en las gradas y sus maestras junto al grupo. Una maestra leía  un  discurso  alusivo a la conmemoración, seguían los bailes o  cantos y al final del acto, nos repartían una golosina. Muchos padres asistían a los actos, en mi caso no ocurría, mi papá  trabajaba y a mi mamá  no se le ocurría.

Benito era el nombre del portero, nos recibía en la entrada, siempre amable  y con una cordial sonrisa. Su esposa, de nombre Elisa, era la encargada de mantener la escuela impecable.

En unos de los recreos nos daban una merienda, que consistía en  mate cocido con leche humeante y riquísimo con galletitas,  las que más  me gustaban eran las fideítos, al recordar vuelven los aromas a mi mente.

Mi maestra  de primer grado se llamaba Delfína, era una señora no muy joven, de cabello rubio y corto, no muy simpática, aun así,  nos trataba con cariño y paciencia.

No recuerdo a todas las maestras con detalles. La señorita de segundo o tercer grado, era mí  preferida, la admiraba por su belleza y delicadeza. 

La maestra de cuarto grado, imposible olvidarla ya que sus gritos y su voz potente y ronca se hacía oír por todo el patio, ordenando obsesivamente la fila de sus alumnos.

La señorita Julia, una maestra sin igual, protectora, cariñosa, tenía  quinto grado a su cargo, se preocupaba de que  aprendiéramos  pero más le interesaba cómo  nos sentíamos en lo personal. A la salida iba acompañada de alumnos que vivían para su mismo lado.

No recuerdo los nombres de mis compañeros, salvo el de uno y por un motivo incomprensible para mí.  Su nombre era Héctor, no sé bien si cursábamos quinto  o cuarto grado, estábamos  por entrar al aula, formados en doble fila y de repente me dio  un beso en la mejilla, después  de ese episodio nunca aclaramos que fué lo que le había pasado.

No me destaqueé por ser una alumna brillante, sí aplicada y cumplidora, no tuve problemas de aprendizaje.  Si no entendía  algún tema mi papá  me lo explicaba, sin olvidarse de pegarme un grito si algo de mi tarea no le gustaba.

Mi paso por la escuela primaria.  Recordándolo después de tantos años, hizo regresar a mí mente imágenes y aromas, que de algún  modo había  olvidado.

.Li (CABA)

 

12. SIEMPRE FUI MUY BUENITA 

Hablar de mi escolaridad resulta poco menos que aburrido. Fui siempre muy aplicada y dócil. “Nunca un problema”- textuales palabras de mi madre. 

Comencé el jardín meses antes de cumplir los tres años, cuando, en realidad, fui con mi mamá a conocer el jardín del barrio para inscribirme para el año siguiente.

Quedé tan encantada de jugar con otros nenes que me invitaron a quedarme en ese momento. Salí siendo la máquina del trencito de esa sala y la maestra propuso que me siguieran llevando todos los días. 

Así fue que, de repente, había comenzado mi escolaridad. 

Al año siguiente nos mudamos de Capital a Morón. Viendo la experiencia anterior, no dudaron en anotarme en el jardín “Las ardillitas”, muy cerca de la casa nueva. Estaba construido en el frente de la vvienda de los dueños. Así que, cuando mis papás se demoraban para retirarme, me encontraban merendando tranquilamente en la cocina de la señorita Marta. 

Me gustaba disfrazarme y actuar, aunque me daba bastante vergüenza. 

“Siempre fui muy buenita”-también palabras de mamá. Terminé siendo abanderada del último acto del Preescolar. (Dicho sea de paso, la única vez que porté la bandera). Si bien siempre fui aplicada y estudiosa, nunca sobresalí por eso.

La primaria la comencé en la escuela número 12, a la vuelta de mi casa.

Mi maestra de primer grado, Belcha, era un sol. Nunca supe su nombre verdadero y ella a mí me apodaba Lucecita, porque me gustaba participar e intervenir en clase, ya que ingresé a la escuela sabiendo leer, escribir, sumar y restar. Un poco por estímulo de mi abuelo y otro poco por mi amiga Sandra, un año mayor que yo, con la que siempre jugaba a la maestra. Eso a veces la llevaba a pedirme que apagara la lucecita, para que mis compañeros también pudieran participar.

Llegó segundo grado con la señorita Noemí. Yo la quería mucho también. Recuerdo su dulzura y sus ojos achinados, para mí en ese entonces, aunque en realidad creo que era un poco miope o se resistía a la presbicia negándose a usar lentes.

Cuando pasé a tercer grado, mis papás resolvieron cambiarme a la escuela María Auxiliadora, dado que en el colegio al que iba, había muchos problemas de conducta. Lo que decidió a mi mamá al cambio fue un día en que volví mojada por no haber ido al baño. Al preguntarme por qué había ocurrido, yo le conté que los chicos grandes jugaban y se empujaban dentro el baño de mujeres y que nadie los miraba.

Así fue que comenzó mi educación privada y también en la fe. Me gustaba ir con uniforme y que fueran todas compañeras, sin varones que molestaran.  Tomé la comunión ese año de la mano de la señorita Estela. El único inconveniente que tuve fue esa mala nota por negarme a hacer la vertical, sin consecuencias, ya que mis papás tenían muy claro que sufría (y sigo sufriendo) de vértigo.

Cuarto grado llegó con nuevos desafíos y una maestra para el olvido, María Isabel. Parece ser que fue un año medio perdido en lo académico. Así y todo, en diciembre me dio pena separarme de ella.

En quinto grado la seño Mónica conquistó el corazón de todos. Aún la recuerdo con mi hermano Diego en brazos, en la casa de una de mis mejores amigas, en la que nos habíamos reunido para despedir a una compañera española que se volvía a su país. Fue un hermoso día de sol, pileta y risas.

En sexto nos “tocó” la señorita Susana. Todas le tenían miedo porque era muy estricta. Pero yo la amaba. Me encantaba su forma de explicar y de corregir. Era muy seria y era raro sacarle una sonrisa. Pero se ocupaba de que todas entendiéramos cada una de sus clases. Creo que fue una de las personas que marcó mi futura vocación.

Y llegó séptimo. La señorita Alcira, muy joven y buena maestra. Tenía todas las sonrisas que a Susana le faltaban. Con ella elegimos nuestro distintivo de egresadas y confeccionamos la canción que representaría nuestro fin de primaria, propio de las escuelas religiosas. En esa época no se usaban las remeras y camperas de egresados. Fuimos de viaje a Mar del Plata y nos alojamos en el hotel de la Municipalidad de Morón en esa ciudad. Nos acompañó junto a la señorita Patricia, que era la titular del otro séptimo y la hermana directora. Los recuerdos son tan borrosos como la mala calidad de fotografías que me quedaron de esos días, pero sé que la pasé bien. Fue una primera experiencia de viaje lejos de la familia.

No sé si me gustaba estudiar, pero sí que me fuera bien, por lo que me esmeraba por no fallar. Siempre tuve muy buenas notas, asistencia casi perfecta y algunas patas flojas como las manualidades y, obviamente, Educación física, siempre fiel a mis tradiciones, aún hoy.

En la hora de actividades prácticas simulaba el bordado que la profesora exigía, llegaba a casa, mi abuela lo deshacía y me lo hacía bien prolijito, por lo que siempre tuve diez. Un diez que le pertenecía absolutamente a mi abuela Rosa que bordaba y tejía como los dioses, incluido un hermoso vestidito, del cual ni siquiera pegué un botón. Y sigo igual.

Tenía un par de mejores amigas, aunque siempre me llevé bien con todas. Llegó fin de la primaria, rendí la evaluación que tomaban para pasar al secundario del María Mazzarello, dado que mi escuela no tenía ese nivel. Los mejores promedios tenían la posibilidad de realizar ese examen y seguir cursando, con suerte, con algunas compañeras los años siguientes. Aprobé, con muchos nervios y así comencé una nueva etapa con muchas de mis amigas, lo que hizo que ese pasaje fuera menos difícil para mí que, a esa altura, ya era bastante tímida e introvertida. Así me despedí de Alcira, sin saber que, con los años, la tecnología nos reuniría. Aunque no volvimos a vernos, hace varios años ya, comenzamos a ser amigas en Facebook y es muy gratificante saludarnos mutuamente cada 11 de septiembre.

Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)

 

11. MI ESCUELA PRIMARIA

Mi hermano nació a los siete meses de gestación con problemas respiratorios.

El asma lo perseguiría toda su vida.

Vivíamos en el barrio de Flores y varios médicos especialistas les habían comentado a mis padres que su situación cambiaría si nos mudábamos a la provincia de Córdoba y como segunda opción nombraron la zona oeste después de Castelar.

Necesitaba, casi con urgencia, un cambio de aire para poder respirar mejor, menos polución capitalina y más oxígeno.

Es así como terminamos en una casa enorme en San Antonio de Padua.

Yo ya había empezado la primaria, había cursado primer grado y primero superior en una escuela municipal cerca de la estación de Flores, así que ingresé a tercer grado en la escuela Nº 10 Mariano Moreno de la calle Zárate 380 a cuatro cuadras de la estación de tren. El ferrocarril Sarmiento, que comunica esa parte del Gran Buenos Aires con la capital desde Moreno a Plaza Once, era el hilo invisible que seguía uniendo mi educación.

Fui muy feliz en esa escuela.

Recuerdo a mis mejores amigos.

Elsa Corral usaba lentes permanentes que le daban un aire sofisticado. Su cabello castaño claro y ondulado eran el marco perfecto para un rostro angelical, pero era un verdadero torbellino de baja estatura. Su antítesis, Haydeé Zarubbi, de tez oscura, súper flaquita y con un pelo negro azabache lacio y largo hasta la cintura, era callada y tímida como yo.

De los varones, Alberto Anibal Tessi era el más intelectual, de pelo bien cortito, siempre prolijo y más bien callado. Alejandro Scagnolari, con sus dientes totalmente desparejos,pelo largo y onda seductora, nos volvía locas a todas las que gustábamos de él, por último, Gustavo Domingo, el hijo del doctor, el traga que siempre estudiaba, completaba el trío.

Tengo fotos con todos ellos en mi casa festejando cumpleaños.Imágenes inolvidables en blanco y negro. Encuentros tan alegres como inocentes.

Hubo también dos maestras a las que nunca podré olvidar.

La señorita Bonilla de quinto grado y María Cecilia de cuarto y sexto.

Tengo el rostro de la señorita Bonilla grabado en mi mente como si la hubiera visto ayer. Una mujer flaca y alta, de origen alemán, de piel muy blanca y rostro con mejillas rosadas, estiraba su cabello y se peinaba con un rodete hasta que un día se cortó el pelo.

Sonreía poco pero estaba siempre impecable en su delantal recién planchado.

Enseñaba muy bien, era muy exigente y yo me acomodé a esa exigencia, me felicitaba constantemente por cumplir con la tarea, me hacía sentir su preferida.

A la señorita María Cecilia la recuerdo por sus charlas tan contenedoras.

Me hablaba siempre, se preocupaba por mí y cuando me enfermé y tuve que faltar a la escuela por muchos días, me mandaba cartas a través de mis amigas para desearme una pronta recuperación.

Me acuerdo que mi madre no la quería, decía que “enseñaba mal”.

María Cecilia era una mujer joven y bonita, tenía el pelo largo hasta los hombros, con reflejos grises, no dorados. Era la maestra titular en cuarto grado, y la volví a reencontrar cuando pasé a sexto donde había quedado como suplente.

Muy cariñosa, se podía charlar con ella de cualquier tema y eso me encantaba, parecía una tía y yo la escuchaba con atención.

Dicen que uno no necesita recordar lo que nunca olvidó y eso es lo que me pasa a mí con estas maestras y estos amigos de la infancia.

Nunca los he olvidado y puedo cerrar mis ojos y verme jugando al elástico con mis amigas en el recreo, yendo a la casa de Haydeé a tomar la leche y hacer la tarea, una casa prefabricada muy chiquita que me encantaba. Veo a mis amigos jugar a la pelota en el patio de la escuela y compartir el juego de las estatuas con nosotras en algunos recreos largos.

Me veo de pie al lado de la señorita Bonilla escribiendo en el pizarrón bajo su atenta mirada, y me veo sentada frente a la señorita María Cecilia que contestaba todas mis preguntas con una tierna sonrisa.

Fui feliz con mis amigos y mis maestras de la primaria, y recién me doy cuenta ahora.

En el secundario todo iba a cambiar, pero yo todavía no lo sabía….

 Mágico Abril, (CABA)


  10. APRENDIZAJES

Pensar en primer grado implica verla a Beatriz toda meada en su banco de madera. ¡Pobre Beatriz! No pudo con su personaje de pillona en los seis años de escuela que compartí con ella. Era rubia y muy blanca. Se puso primero roja de vergüenza y luego violeta. Los tintes de su rostro. Lloraba sin poder parar. Además la señorita Susana la retó de mala manera. No tenía consuelo Beatriz. En ese grado yo me sentaba en la fila de al lado. Nos separaba un pasillo. Salvo el hacerse pis encima y una voz finita que irritaba por lo aguda,  no sabría contar nada más de ella. Muy triste.

Siempre fuimos pocas niñas y muchos varones en aquella escuela religiosa barrial. Lo que nos llevaba a jugar sus juegos. Uno muy lindo y en el que durábamos muchos recreos largos era el poliladron. Al ser tantos, nos atrapaban enseguida y se burlaban de nosotras cuando éramos “polis”. En aquella época no había medidas de precaución para que los niños no corrieran como desatados. ¡La de choques que presencié y me procuré sin querer! Y eso que la escuela era -a los ojos de la estudiante- enorme.

Aún tengo la sensación de la maravilla de aprender. El momento mismo en que un conocimiento nuevo se insertaba en nuestra enciclopedia del saber. ¡Ah, cómo disfrutaba! ¡Los números romanos, por ejemplo! Me permitía imaginarme cómo habrían sido las cuentas en el tiempo de los romanos. ¡De a mil!

En la clase de Religión en cuarto la maestra Irene me hacía pasar al frente y leer la lección del día en un librito finitito. Siempre leía yo de modo tal que me consideré la lectora del grado. Cada vez que llegaba esa hora plomaza, me levantaba e iba al frente con mi libro. Hasta que una buen día, la señorita Irene me vio en el frente y me preguntó qué hacía ahí parada.

-Voy a leer, respondí orgullosa.

-Yo no te llamé. Andá a sentarte.

Una vergüenza inmensa. Diferente a la vergüenza que sentía Beatriz cada vez que mencionábamos el tema de su pis en primer grado.

Edith Oxilia (CABA)

 

9. ANÁLISIS SINTÁCTICO

Recuerdo un hecho donde participaron una maestra y una compañera de primaria. En clase, la maestra de lengua dictó unas oraciones para analizar. No comprendí exactamente la consigna, entregué antes que mis compañeros pero claro, la tarea estaba incompleta. La maestra me dijo que faltaba parte del análisis. 

-Tenés un cuatro, andá a sentarte.

Estas actitudes  eran frecuentes en las tres maestras que tuve en quinto, sexto y séptimo grado, no las imaginé o sentí equivocadamente, es lo que ocurría. Maestras prontas a encontrar el error,  su tarea era enseñar, no ser pañuelo de lágrimas.

Al salir de la escuela, cosa rara, mi mamá me había ido a buscar, estaba junto a otras madres del grado. Una de mis compañeras me preguntó qué iba a decirle a mi mamá sobre la nota, le contesté que se lo diría en casa. Cuando nos encontramos con nuestras madres, esta compañera lo primero que hizo fue  contar que la maestra nos había dado una tarea en clase y la había calificado. Mamá me preguntó cuál era mi nota, le contesté bajito que un siete, mientras mi compañera me hacía gestos para que le dijera la verdad.

La odié, porque decir la verdad allí era exponerme a sufrir, delante de todos, gritos y seguramente una cachetada, algo que mi compañera sabía.

Por hechos como este, es que no estoy totalmente de acuerdo en que los demás no hacen nada en contra nuestro, sino que depende de cómo lo tomamos.

Pienso que es mucho más sano, para nosotros mismos, recibir y asimilar las situaciones, de una manera pensante para intentar preservar nuestros sentimientos. Pero a la vez, considero cierto que muchas personas se complacen a sí mismas haciendo daño a otros, siendo el daño verbal el más significativo, sobre todo mientras transitamos estas edades.

Por eso, cuando la compañera que nombro, me envió hace pocos años, la invitación para reunirnos y formar parte  de los archiconocidos grupos de ex egresados,  rechacé dicha invitación sin más.

No merezco traer recuerdos a mi presente no gratos. Ni me interesa que ahora sea otro el contexto, o pensar que por haber crecido, esas personas han cambiado algunos hábitos.

No siento hayan aportado nada, y es muy probable que sea yo quien así lo vea. Pero no me interesa formen parte, así sea cada tanto,  de  mi vida.

Ya lo dije. Es el pasado

                                      Claudia (CABA)

  

 8. EL CUADERNO

Estoy en primer grado, tengo seis años. Mi señorita se llama Cristina, es muy buena conmigo, tiene un pelo larguísimo y rubio y usa anteojos. ¡Qué linda es! Como voy al turno tarde tengo un cuaderno de clases forrado en azul y uno de tareas forrado en verde, como mis primas van de mañana su cuaderno de clases es rojo, a mí me gustaría ese color. Voy con guardapolvo blanco, medias bordó y zapatos Guillermina.

Presto atención en clase. Me encanta cuando la señorita nos cuenta cuentos y va pegando los personajes con un imán en el pizarrón, o dibuja los números y les pone caritas y sombreros. Pero lo que más me gusta es escribir las letras, sobre todo las mayúsculas de renglón a renglón y las repito y las repito. Cuando llego a casa reviso lo que hice en el día y juego a la maestra. Para mi cumpleaños me regalaron un pizarrón de los verdaderos ¡Enorme!, un borrador y tizas de todos los colores. También tomo lista y reto a mis alumnos que son mis muñecos.

Mi cuaderno está limpio y prolijo. El otro día mamá me contó que la señorita Cristina la llamó y le pidió disculpas, estaba muy preocupada porque había hecho un manchón con tinta azul en una hoja de mi cuaderno. Mamá me lo contó con una sonrisa, no entendí muy bien por qué, y aprovechó para decirle a la señorita que yo tengo vergüenza, que me cuesta hablar y leer delante de los nenes. Creo que la maestra le dijo que estaba todo bien.

 Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)


7. DELANTAL A CUADRILLÉ

No creo que resulte un relato.

Los recuerdos se inclinan frente a la memoria y no existen ni las comas, ni los puntos suspensivos, ni  un texto sin papel en la soledad de la mente.

Tal vez sirva una lluvia de ideas disparatadas y desordenadas para que yo aparezca dibujada tantos años  atrás.

Rivadavia y Malvinas al 6100.

Mi abuela paterna regordeta y alegre colgando la ropa en el patio cantando MI lindo Julián.

Papá y mamá trabajando mucho.

El chupete en su canastita de mimbre despidiéndose de mí.

La imagen de Santa Lucía en la cabecera de una cama.

Un delantal a cuadrillé celeste  y la bolsita con el vaso plegable.

Los paquetitos de Manon.

El colegio a tres cuadras que adoraba caminar especialmente con galochas y paraguas.

La gruta de la escuela,  todas a caballito en un tronco para la foto, chiquitas e inocentes:  Yuya, Lili, Silvia, Cecilia,  Mariu y otras con las que nos seguimos viendo.

Zapatos guillermina  con  zoquetes.

Tres  o cuatro años y un mundo.

El abuelo Nuncio parado en la vereda esperando a la salida para llevarme a casa:  traje, sombrero, zapatos impecables,  un tano malhumorado que me regalaba amor.

La Ferroquina Bisleri que la abuela me daba antes de comer en un vasito tan pequeño y delicado como yo pero que, para mí, era enorme y por miedo a que se cayera lo agarraba con las dos manos.

El almuerzo con croquetas de verdura y azúcar.

La siesta reparadora en la cama grande.

Y la pregunta infaltable:¿qué hiciste en el Jardín? Despliegue entre la fantasía y la realidad era mi respuesta.

 

Estos son apenas atisbos de mi pequeño mundo, debo tener mucho más guardado.

Sin embargo, como fueron la propia construcción,se escaparon.

Ser hija única siete años tuvo sus ventajas.

Ser adulto, hoy, mirando esa distancia y lo vivido…no pesa tanto el tiempo.

 Gabriela Potenza (CABA)

 

6. JARDÍN O NO JARDÍN

Si digo que estoy desde ayer sentada sin moverme frente a la computadora tratando de escribir sobre mi pasado infantil en la escuela, estaría mintiendo.

Hoy ya es miércoles y tuve que dormir y comer, también me levanté varias veces para ir al baño, o sea, tuve distracciones.

Pero si digo que mi cabeza no ha descansado ni un minuto tratando de recordar mi paso por el jardín de infantes, estaría diciendo la verdad.

Es un gran esfuerzo recorrer sesenta años de historia sin ninguna ayuda.

Voy a rescatar lo que me acuerdo, sé exactamente donde vivía, , Bacacay 2570 en el departamento del fondo, a la vuelta de la estación de Flores.

Mi memoria guarda flashes de cosas compartidas en esa casa y siendo ya grande me veo parada frente a ese domicilio sin animarme a tocar el timbre.

También recuerdo haber pasado con mi madre a dos cuadras por esa misma calle y al ver un portón de hierro negro en una salida de garaje escuchar como un dato sin importancia: “acá hiciste el jardín cuando eras chiquita”.

Yo manejaba mi auto despacio y ella iba de acompañante a mi lado, levantó su mano derecha para indicarme con su dedo índice el lugar y hacerme semejante revelación.

Ese momento sí me quedó perfectamente grabado.

Tendría que haberle pedido a mi madre en ese mismo instante que me ayudara a reconstruir recuerdos que no tenía, pero no lo hice.

Yo ya era una mujer adulta y nunca había podido hablar con ella de nada; las pocas veces que lo había intentado, tuve pésimos resultados, así que esa vez no sería la excepción.

Tampoco hay fotos que certifiquen que fui al jardín.

En casa había dos cajas de cartón muy firmes de esas donde venían las camisas de marca, donde se guardaban las fotos de la familia. Allí encontré las mías de bebé y aún un poco más grande junto a mi hermano y a mis padres, todas en blanco y negro por supuesto.

Me doy cuenta ahora que tampoco existen imágenes impresas de mis hermanos en el nivel inicial, y ellos son menores que yo.

No me acuerdo haber visto colgado de una percha en mi habitación un delantal cuadrillé color rosa recién planchado como tuvieron mis hijas.

Tampoco guardo en mi memoria a mi madre en la puerta esperando por mí, no sé, digo ¿esto debe ser así?, ¿es normal no recordar nada a tan corta edad?

No quiero hacerme preguntas que no puedo responder, que nadie puede responderme. Así que esta vez el relato es muy corto, quizás sea el más corto que he de escribir ya que no creo tener en mi mente otro tema con menos información.

Mágico Abril, (CABA)


5. JARDÍN DE INFANTES

Tengo pocos recuerdos y muy salpicados de mi paso por el jardín de infantes. Ni siquiera me acuerdo quiénes eran mis maestras ni mis compañeritos. Me salva de tanta falta de registro una foto que testimonia que algunos de ellos siguieron en la primaria conmigo.

Sin embargo había algunas cosas que evidentemente me gustaban mucho.

Una era que las porteras preparaban la masa con la que después jugábamos y cuando la llevaban a la salita estaba tibia. Me acuerdo del placer que me provocaba hundir mis dedos en esa masa suave y templada. También recuerdo el aroma que desprendía, me encantaba, creo que por su simpleza, en definitiva solo era harina y agua.

Cuando podía me asomaba a la cocina y veía a las porteras preparar la masa y las facturas que luego comeríamos. El aroma a hogar que se desprendía de allí era sin dudas lo que más me atraía, porque no recuerdo el comer lo que preparaban, pero sí me quedó grabado en la memoria ver cómo lo hacían. La entrada de luz por la ventana, las mujeres realizando la faena divertidas y charlatanas, todo lo que allí sucedía se parecía mucho a una casa y no a una institución educativa.

El otro momento que me gustaba mucho, tengo la vaga idea de que se sucedía cuando ya nos íbamos, porque estábamos todos los chicos juntos. Era cuando aparecía una de las maestras con un cono invertido que tenía un palito debajo y moviéndolo sacaba una muñeca, una especie de títere y todos cantábamos “Yo tengo una tía, la tía Mónica que cuando se pasea le hacemos trulalá…”.

Jugar en el patio, corriendo carreras mientras hacíamos rodar cubiertas de autos, subirnos al “palomar”, como le decíamos a una pérgola muy amplia de estilo clásico que estaba en el medio del patio. La veía taaan alta y hoy la miro y no lo es.Cada tanto nos suspendían el acceso porque alguno se golpeaba, pero al tiempo creo que éramos los mismos chicos los que la volvíamos a habilitar.

El jardín tenía un cine a la vuelta.¡Era increíble! Dábamos la vuelta a la esquina caminando todos en fila agarrados de la mano e íbamos a ver películas con las maestras, pocas veces, pero era muy emocionante el programa.

Tengo solo dos recuerdos amargos del jardín. Uno fue un día que vinieron a buscar a todos los chicos y quedé sola. Creo que la fantasía aterradora de todos los chicos me sucedió. No recuerdo las razones ni el desenlace, pero si me quedó grabada la inmensidad de esas gradas donde quedé sentada sola y ese salón de actos que de repente tomó las dimensiones de un estadio de fútbol.

Y el otro, cuando en la participación de una fiestita las orejas de conejo que me había fabricado mi mamá se caían y me tapaban los ojos. La pobre hizo de todo para que esas orejas quedaran paradas, pero no hubo caso y mientras mis compañeritos iban saltando felices yo me sentía el conejo más horrible de todo el bosque encantado.

 Elena Rudoni (La Plata, Buenos Aires)


4. CONVERTIRSE EN GRANDE 

Lo que hacen todos con pocos años: ir al Jardín. La emoción de convertirse en grande. Ir a una escuela. Jugar con amigas y amigos. La maestra contenedora que, hasta lo que mi memoria me permite por las fotos que he visto, te llevaba en brazos. En upa. Señorita Elena. Alta, de porte importante, rubia con su rodete con hebillas invisibles, de guardapolvo celeste a cuadritos como los nuestros. Quizá yo la veía grande y era una señora petisa. No lo sé con certeza.

Cursaba a la tarde. Papá me llevaba de la mano a la escuela las ocho cuadras. A la tarde me buscaba mamá ya que su horario de trabajo era por la mañana. Así se habían organizado. Regresábamos con los Giudice. Ellos vivían dos cuadras más adelante por la Avenida General Paz. No creo que existiera la posibilidad de llevar chiches de casa. Jugábamos con los que había en el aula. Tampoco festejábamos los cumpleaños como he hecho con los de mis hijos: en sus salas de jardín, con sus compañeritos, la maestra, una torta con velas, bolsitas con golosinas y el canto del feliz cumpleaños.

Llevaba la melenita con una colita al costado para que no me molestase los ojos cuando iba a trabajar en las mesitas del jardín.

Recuerdo el patio enorme. De tierra. La hamaca. Qué peligro. Los zapatos marrones lustrados que inmediatamente se convertían en terrosos. Polvo que circulaba todo el tiempo. Porque donde debería haber pasto, los niños ya lo habían gastado al ras. Me aparece la imagen clara de árboles bordeando el lugar. O tal vez, no. Quizá sea mi agregado de niña grande.

Cerca de allí, sigue viviendo la tía Nelly, hermana de mi papá. Y con ella vivían mi primo y su familia. Una vez con Ángela decidí ir a ver qué había sucedido con nuestra escuela de los primeros años. Era sábado. Alguna reunión se estaba llevando a cabo y fueron amables los jóvenes con nosotras,  nos atendieron y nos permitieron pasar. No nos conocían. No los conocíamos. La diferencia fue pantagruélica: mucha construcción, patio de cemento, muchos juegos para niños de diferentes tamaños. Había pasado una vida.

Edith Oxilia (CABA)


3. SENTIRSE INVISIBLE

La señorita Cristina se acercaba al verme llegar pegadita a mi mamá y algunos días lograba que entrara a mi salita con mi delantal a cuadrillé rosa y blanco y la bolsita de la misma tela.

Esa tarde me senté en la mesita de seis que estaba cerca de la puerta de salida.

Desde el  rincón opuesto una nena rubia con ojos de pajarito me miraba continuamente, y yo me sentía algo incómoda.

Mis cinco años trataban de distraerse con el cuento pausado y dramatizado que leía la señorita Cristina.

También miraba el cabello largo que peinaban mis compañeritas en los recreos. 

Yo nunca me anime a hacerlo. Todas tironeaban el peine diciendo: “yo,yo,yo…”.

Mi timidez las miraba desde lejos apoyada al mástil de la bandera.

Mis pensamientos iban del cuento, al cabello largo y del cabello a los ojos de pajarito que no dejaban de observarme

Y en uno de esos cruces de miradas la nena pizcueta me sacó la lengua.

Muy despacio murmuré: “Seño, esa nena me saca la lengua.”

La seño miro mis trencitas y dijo fuerte. “¿sí?, ¿y cómo es la lengua?, ¿linda o fea?”

Todos comenzaron a reírse.

Tengo un hermoso recuerdo de esa voz dulce que cada día, con paciencia, trataba de integrarme a niños de mi edad a los que yo veía desenvueltos, extrovertidos, participativos; tan distintos a mí, a esa pequeña que empezaba a enfrentar el mundo sintiéndose avergonzada.

También tengo el recuerdo triste de ese día en el que me sentí invisible.

Edith Martini (Jáuregui, Buenos Aires)


2. RECUERDOS DESPERDIGADOS

Los recuerdos de mi niñez permanecen desperdigados en mi memoria, algunos tan bien escondidos que, casi puede decirse, por sí mismos han desaparecido o tal vez, hice desaparecer, como si hubieran carecido de importancia.

Tampoco hago un esfuerzo por recordarlos, ni buceo en fotos que puedan traerlos a mi memoria o nacieron en mí preguntas sobre ellos.

No fui a jardín de infantes, no sé si en esos años (mil novecientos sesenta y siete, mil novecientos sesenta y ocho) era obligatorio. Solo recuerdo que mamá me anotó para jardín en el mismo colegio al cual iba mi hermana. De ese entonces aparecen ante mí, tres imágenes: una, mi hermana tratando de consolarme en la sala; otra, yo sentada en la sala de grado de mi hermana; la última, llorando asomada a una ventana esperando que mamá viniera a buscarme.

Muy confusamente, viene a mí otra imagen, yo volviendo a casa de la mano de mamá, no tengo idea a qué día pertenece, si a alguno de los que he nombrado, como tampoco tengo idea si fueron varios o pocos días en que intentaron llevarme al colegio, acompañarme para que me acostumbrara… Sí estoy segura de que no existía adaptación ni nada por el estilo. Era entrar al colegio y ahí quedarse. O por lo menos, pareciera así fue en mi caso. No recuerdo que mamá me hiciera entrar de su mano, ni verla a hurtadillas en el patio. Ni tampoco haberme encontrado con una maestra que intentara consolarme y convencerme para quedarme.

De mi primer grado, tengo presente que mi maestra  permitió que uno o dos días llevara a mi muñeca, para que no me sintiera tan sola en ese ámbito desconocido que era el colegio. Supongo mamá era quien me llevaba e iba a buscarme, porque mi hermana ya había comenzado el secundario y papá se iba a trabajar muy temprano.

Cambié de colegio a mis nueve años, ya que nos mudamos de barrio. Poco tiempo después en mamá comenzaron a acentuarse sus problemas de salud.

Cuando se encontraba bien, me decía a quienes podía acercarme o con quienes hacer los trabajos en grupo, los cuales elegía en base a las madres que conocía y a las notas o responsabilidad que demostraban sus hijas. Las madres elegidas eran las que chismorreaban cuando la veían venir borracha, y sus hijas habían heredado las mismas lenguas viperinas, pero quizá mamá no estaba en condiciones de darse cuenta.

No me hice de amigos sinceros mientras cursé la primaria, tampoco creo me haya interesado demasiado, a pesar de que, seguramente, en algún punto me debe haber afectado. Tampoco encontré en mis maestras algún punto de apoyo o muestra de afecto. Pero sí les agradezco, pues a nivel de enseñanza eran excelentes y me parece, que el sentido de rectitud, y de los pilares sobre lo que es correcto y lo que no, lo aprendí a través de ellas.

Fui insegura, tímida, reservada durante esos años. No confié en nadie. Detesté me tuvieran lástima o ser “la pobrecita, mirá lo que le pasa”, porque internamente siempre supe que en verdad, no les interesaba o importaba si la pasaba mal. Eran muchas palabras de cortesía y nada de hechos que me demostraran lo contrario.

Seguramente habré sufrido mientras cursé, y mi forma de ser, en algunos aspectos, debe tener que ver con esos años. No me lo cuestiono.

Es el pasado.

Claudia (CABA)


1. RECUERDOS REPRIMIDOS

No recuerdo casi nada del Jardín de infantes. Mi madre dice que empecé a los tres, pero creo que fue a los cuatro. Solo tengo flashes que destellan de mi memoria: la galería de aquella casa vieja, las tejas, el gomero que reinaba en el medio del patio y una salita oscura llena de juguetes.Había una cunita, un roperito y una cocina, todo en miniatura y también un teatro de títeres.

Recuerdo mi silencio, mi angustia porque papá se iba de viaje, lo insoportable que me resultaba la celadora del micro, una vieja que hablaba mucho, los tirones a mi larga cabellera cuando mamá me peinaba, mi vincha blanca y mi guardapolvo con los colores del Colegio.

Tengo un vago recuerdo de un nene que abusaba de mí, pero… ¿Era un nene? No la pasé bien, me veo en las pocas fotos que tengo muy seria y un sentimiento de soledad nubla mi memoria.

Por suerte los tiempos cambiaron. Ahora hablar de Memoria es recordar todo lo que no debe pasar en el país o las nenas juegan con los mismos juguetes que los nenes y no las preparan solo para la maternidad o el casamiento; las docentes son divertidas, hay colorido y amor en los Jardines de infantes y no tienen el eslogan de mi Colegio: Hombres y mujeres de bien, como si hubiésemos nacido de un repollo.

 Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)


 

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