Fotos

8. MIS HUELLAS

 

Las fotos me invitan a colarme en el pasado y observar como si fuese un duende atrevido aun en tiempos en los que yo no existía…

Entonces puedo contemplar sin sonrojarme la mirada enamorada de papi a mami en su casamiento, descubrir el brillo de los ojos picaros de mi Luby en una reunión e imaginarme su voz tan dulce como socarrona haciendo algún comentario.

Viajar en el tiempo y verme chiquita en brazos de mis tíos, en el día de mi bautismo, vivir de nuevo aquel cumple de cinco años en donde participé de mi primera fiesta de la espuma, que sería el comienzo de ese sello que marcaría mis festejos, aun hoy.

Para mí las fotos son como una huella que nos ayuda a rememorar otros tiempos, por eso no me entristecen, muy por el contrario, me alegran y me invitan a volar.

Nos muestran tan distintos como iguales a pesar del tiempo y son como el reflejo de nuestra esencia.

Las mas lindas son aquellas espontaneas y allí siempre encuentro a papi y su ternura, a mami siempre sorprendida haciendo cosas para los demás, a mi hermana como quien mejor sabe capturar los momentos, las ocurrencias de mi primos Puky y Edgardo, la mirada cómplice de mi querida tía Mary…

Y de pronto se da vuelta el baúl de las fotos y apareces vos, mi amor, mi Dany abrazándome  en un paisaje con un bello degrade de verdes y me descubro tan feliz a tu lado como cada día que nos despertamos juntos y me haces reír con cada loca ocurrencia tuya.

Las fotos son el testimonio de la familia, de lo vivido y la magia de hacer cada momento eterno y mágico, capaz de volver y cobrar alas para anidar para siempre en mí.

 Clara LucíaMárquez (Adrogué, Buenos Aires)

 

7. FOTOS, ¿PARA QUÉ SIRVEN?

Siempre te ves seria en las fotos, mami, como si estuvieras triste, me dice una de mis hijas.  ¿No tenes fotos de cuando eras chiquita? ¡Qué raro! dice la otra.

Lo poco que recuerdo de cuando era pequeña es que si había un flash dando vueltas, era sinónimo de llanto. Pocas fotos que conservo de chica. Una, en el casamiento de mi hermana mayor, con toda la familia, yo cara de enojada, con trompa. Otra, en el campo con la segunda de mis hermanas, sentadita en una silla llorando, porque tenía miedo a la cámara, según mi mamá. Y otra donde sí estoy riendo  en el triciclo y mi hermano al lado, en la bicicleta.

 Encima teníamos una prima que era fotógrafa, venía de visita con cámara en mano ¡Qué fastidio!

¡Eso sí! Los grandes acontecimientos, mis padres los registraron: primera comunión,  confirmación, abanderada, los quince, casamientos, bautismos, menos el mío, los demás todos. Por lo menos tres fotos así lo confirman. Se ve que ese día mi prima estaba enferma.O se durmió.

Menos mal que nosotros empezamos a registrar el historial de vida de nuestros hijos a través de fotografías. Si bien yo no era muy fan de las mismas, y siempre me pregunté para qué servían, hoy disfruto cuando las veo, y no puedo evitar la nostalgia. Me  arrepiento de no haberles sacado a mis padres antes de partir algunas más.

Debo admitir que empecé a sonreír para las fotos no hace muchos años. ¿Será que la vida me empezó a sonreír a mi?

 Mari (Neuquén, Neuquén)

 

6. MÁGICO PODER

Ver los viejos álbumes de fotografías es viajar por un momento a otras épocas, otros lugares, otros olores. Encontrarme con personas que ya no están, con lugares que ya no visito y con tiempos que ya se fueron. Verme siendo la misma pero tan distinta…

En todas y cada una, un recuerdo, lindo en general… Un momento bonito que alguien decidió inmortalizar, para revivirlo cada vez que pinta la nostalgia o para sorprendernos cuando las encontramos por casualidad.

En general, soy quien promueve la captura de esos instantes, a través del lente de una cámara antes y del celular ahora. Si bien, en general no me gusta verme en ellas, creo que no hay nada más lindo que coleccionar momentos. Y, cuando esos están retratados, aún mejor. Puede pasar que haya situaciones o personas a quienes no deseemos volver a ver. Siempre está la opción de archivarlas, romperlas, borrarlas.

Recurro a las fotos cuando quiero viajar a mi niñez, pasear en la estanciera de mi abuelo, en el carrito de las sillas de la fábrica de papá, en la orilla del mar con mi mamá, de adolescente con el ridículo uniforme de la secundaria con esos pelos locos… O revivir nuestra boda, recordar nuestro primer hogar, volver a sentir la emoción el día del nacimiento de nuestra hija, su primer día de clase, la llegada de nuestras perras a casa, nuestros días en la casita del mar con Flor chiquita, su fiesta de quince, su graduación en la Universidad, nuestro primer viaje solos como pareja y tantos otros…

 También las busco para recordar cuánto nos divertíamos en nuestro grupo de amigas, cuando aún éramos siete y no cinco, cuando la muerte aún era para la gente vieja. Con lágrimas en los ojos aparecen una a una, enfrentándome a la finitud de la vida por un lado pero también a la gratitud por todo ese tiempo compartido. Ahí es cuando agradezco mi intensidad para insistir cada día, en cada encuentro, con la tradicional foto que formará parte de ese tesoro que me permite por momentos introducirme en ellas y volver a sentirlas tan vivas como antes.

Debo reconocer que en este último tiempo comencé a ser infiel a esa tradición. Estoy comenzando a flirtear con las imágenes en movimiento. Los videos, esos que no abundan entre mi bagaje de recuerdos, a diferencia de las fotografías, permiten conservar las voces para siempre. Esas voces que son las primeras en diluirse a través del tiempo. La retina es mucho más fiel que el oído. Y lo que la retina no recuerda la fotografía le da una mano. En cambio, las voces se van sin remedio. Y yo odio olvidarme de las voces.

Es por eso que comencé a filmar los encuentros familiares para que en un futuro, extrañar sea menos pesado y podamos volver a reírnos de los chistes de mi papá, las indicaciones de mi mamá, las peleas de mis hermanos para que deje de filmarlos, las caras de mi hija y mis sobrinas odiando ser enfocadas, las comilonas preparadas por César, mientras Lola y Mía jugaban y ladraban entorpeciendo el audio pero inundando de vida el recuerdo.

Tengo en mi dormitorio fotos en portarretratos de las distintas etapas de Flor y una del día de nuestro casamiento. Fuera de contexto, de colada, una de mi papá mirando extasiado a su nieta que bailaba feliz sobre un parlante el día de sus quince. No es una foto linda, hay un montón de gente detrás, pero nunca nadie había capturado esa expresión en la cara de mi padre, como lo hizo el fotógrafo ese día. Merece un lugar privilegiado.

Siempre estoy por armar un cuadro con fotos familiares para poner en el living pero el rollo con la familia de César es la traba que me impide avanzar en ese proyecto. No querer herir susceptibilidades en mis suegros y mucho menos enfrentar a César de manera tan evidente con sus carencias.

En la puerta de la heladera, un gran rompecabezas de fotos imantadas de toda mi familia. Nosotros nueve en distintos momentos felices. Un lugar menos importante, más escondido pero que me ayuda a sentirlos más cerca, ya que a veces la distancia pesa demasiado.

Y la última foto que elegí en estos días para el fondo de pantalla de mi celular y para el rompecabezas de mi heladera es la de Loli, mirándome con ese amor único… Pareciera que así la extrañara un poco menos. 

Ese es el mágico poder de las fotografías: hacer eternos los momentos que no queremos olvidar.

 Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)

 


5. TUMBAS DE FARAONES

Cierto día quise retomar mis actividades.

Todo en mí había cambiado.

De cuatro o cinco libros que fichábamos por día para el  Profesorado me encontré releyendo en una hora la misma cantidad pero de párrafos, planificaba con lentitud, no podía recuperar el ritmo de las actividades, me costaba escribir…

Consulté a un médico y me diagnosticaron amnesia disociativa postraumática.

Dejé de cursar, dejé alumnos, dejé de leer, dejé muchas cosas, también la energía y el buen humor.

Todo me hablaba de Pablo.

Mis recuerdos estaban sumergidos en un profundo dolor y lo único que recordaba con claridad eran imágenes vividas con él, como verdaderas fotografías: el golpe negro anunciador en la pared del baño, aquella la del espejo secando su pelo con esa luz mortecina del cuarto, la ropa ensangrentada, el amor de mamá acariciando con perfume su cuerpo, la espera de los sábados después de las transfusiones en el Hoapital Francés o verlo llegar arropado y tiritando de frío. Recuerdo a papá desesperado pagando  un sachet de  0 negativo,  su cuerpo pequeño maltratado y sufrido y a Mariana que no entendía lo que pasaba.

Nada hermoso había en mi mente.

Y nada hermoso estaba por recuperar en lo inmediato.

Mama pobló los estanttes y las vitrinas de fotos.

Yo pasaba sin mirar,

Mi hermano se había detenido,

Mi hermano no estaba más.

Tomé conciencia por primera vez de que la muerte es una más entre nosotros y me descubrí, también por primera vez, como hermana mayor.

Ella buscaba fotos en la caja, cambiaba con las tías si alguna no tenía, como un álbum de figuritas, los portarretratos se transformaron en altares y las estampitas empezaron a aparecer, la desesperación estaba haciendo lo suyo y me parece que se hubiera vuelto loca sin las fotos.

Yo, no las quería ver.

Mucho tiempo no quise porque había una parte del crecimiento de Pablo que no vería jamás en esos papeles y me aterraba. El tiempo quedaba,ahí,  atrapado de verdad. Mudo, estático, cruel.

Mi camino de análisis había comenzado y gracias a ese espacio solo para mí empecé a transitar una recuperación emocional.

Hoy, a la distancia, me alegro de haberlo hecho porque pude sostenerme a través de los años

Las cajas se multiplicaron sin que me diera cuenta, sin saber qué era de mi madre, cuando no estábamos juntas, qué sentía, qué pensaba, qué hacía, qué gritaba y ellas siguen ahí como testimonio solitario de la historia familiar.

Siguen existiendo como tumbas de faraones que al abrirlas se descubre lo intacto.

Me hubiera gustado ordenarlas con el viejo.

No pudo ser o no busqué el momento con la intención certera del no querer.

Recuerdo esa parte de mi vida como algo ilógico y fuera de mi realidad, lo recuerdo y pienso que estuvo bien que haya quedado encerrado ahí.

Los colores desteñidos, los papeles quejosos de opaco brillo, poco reales, los portarretratros parecen de otra época… noto lo lejano y me cuesta pensar que esta historia fue nuestra.

Las cajas existen todavía atiborradas de fotos que ya nadie reclama, nadie llora,  con las que nadie se perturba.

Falta que  Mariana venga un día y las destape. Ahí, no tengo respuestas.

 

 Gabriela Potenza (CABA)

 

4. FOTOS DE CUMPLEAÑOS

El primero de abril fue el cumpleaños de Nicolás, pareja de mi hija menor.

Habían estrenado nuevo departamento hacía unos días y estaban muy entusiasmados.

Esa tarde Laura me envió la foto de una pared decorada con guirnaldas y un número 30 gigante que estaba a la espera de los invitados.

---- ¡Te quedó hermosa, hija! La van a pasar genial, mandame después las fotos del festejo.

---- Si, mañana, mamá, como siempre. Yo estoy agotada, pero espero que a Nico le guste todo lo que le preparé.

Al día siguiente en vez de recibir las fotos que esperaba, Laura me mandó un audio donde me decía que todo había salido bárbaro, que se habían divertido mucho con los juegos, que Nico había recibido lindos regalos, pero que no había ni una puta foto de todo eso.

Que ella estaba tan cansada que no se dio cuenta y no sé qué más….

¡Quedé perpleja! Tuve que escucharlo dos veces para darme cuenta de que no les había quedado ningún testimonio, ninguna imagen de esa celebración.

En ese instante me enojé mucho con ella sin decírselo por supuesto, la insulté dentro de mi cabeza, pensé: “¿qué van hacer cuándo quieran recordar este momento dentro de unos años y no tengan una miserable foto para ver?,¿qué van hacer?...

Estaba indignada. Me senté a tomar un té para tranquilizarme de tanto enojo.

A mí no me gusta sacarme fotos. Cuando viajo le saco al paisaje y yo no me incluyo.

En las reuniones retrato a los demás, sentados o bailando, charlando o brindando, y cada vez que veo esas fotografías recuerdo cómo me divertí con esas personas,en ese lugar, en esa fiesta, ya sea cumpleaños, casamiento o cualquier otro evento, da lo mismo.

Debe ser por eso que guardo en mi mente una imagen grabada como si hubiera ocurrido el día de ayer.

Era mi cumpleaños, pero no sé cuántos años cumplía, calculo once o doce, porque estaban mis compañeros de la primaria.

Mis dos amigas, Elsa y Haydee, estaban sentadas conmigo en el jardín y los varones, Alberto, Gustavo y Guillermo estaban de pie muy sonrientes brindando con gaseosas.

Pero el protagonista principal fue mi padre.

Un hombre tan circunspecto que nunca usó jeans los fines de semana.

Un gerente de banco que vestía para ir a trabajartodos los días, traje oscuro, camisa blanca o celeste y corbata con su correspondiente alfiler sujetador.

Ese hombre estaba parado con un montón de globos en la mano y un gorrito de feliz cumpleaños en la cabeza hablando con alguien que no salió en la foto y sin darse cuenta que lo estaban inmortalizando en ese acto.

¡Ese es el retrato del amor más puro!

Tengo memoria de corto plazo, eso debo reconocerlo y aceptarlo.

He olvidado hechos importantes ocurridos en mi niñez, mi adolescencia, y aun en mi adultez, por eso necesito las fotografías, para activar mi memoria.

Pero mi memoria también es selectiva y me impide recodar cosas que he preferido olvidar

Parece contradictorio, pero es tan real como la vida misma.

Mi vida está llena de estas paradojas y ya no me pregunto el por qué, ni el para qué. Cada vez me hago menos preguntas….

Mágico Abril (CABA)

 

3. FOTOS Y MEMORIA

No salgo bien en las fotos. Soy siempre la que tiene una mueca extraña o la boca abierta. Antes me daba bronca salir mal. En la secundaria por ejemplo. ¡Encima con lo que costaban las fotos en aquella época!

Digamos que ahora es más sencillo. En abril me reuní con Carmen que cuenta con setenta y pico y al querer inmortalizar nuestro encuentro, me dijo: “Nena, no me saqués vieja” ¿Cómo hacer? Disparé muchas veces, muchas, y luego de tomarse su tiempo eligió la que parecía que se la veía ¿más joven?

Siempre me interesó el mundo de la fotografía. Tuve una máquina en la que había que abrir obturador y no sé qué más para que la imagen saliera nítida. Estar detrás de la cámara e inmortalizar un instante. Convengamos que lo que se ve es diferente a lo que luego miramos en la foto. Es así.

He sacado fotos maravillosas. Lo sigo haciendo. Me preguntan cómo hago. Insisto en que hoy por hoy me parece más automático. Con flash, sin flash, podés editar, etc. A mí me enseñó Miriam en un viaje en subte de Plaza de Mayo (habíamos ido a una visita guiada al Palacio Barolo) hasta Carabobo a editar fotos en el celular.

Me gusta salir en las fotos. Como anuncié previamente, ya no me da problema mi imagen o lo que los otros digan de mi imagen. Si no te gustó cómo salí, si considerás que arruiné la toma magnífica, bórrame. Cero inconveniente. No lo hago a propósito esto de estropear la foto. Como dicen algunos. Los he escuchado.

¡Qué misteriosa fascinación ejerce en todos nosotros el mundo de las fotos! Me pregunto: ¿vale más el recuerdo reavivado por la imagen o lo que nuestra memoria recuerda? He pasado muchas horas mirando la caja de fotos en mi casa paterna. Ahora no lo hago ni por casualidad. Felizmente la aplicación Fotos nos recuerda que hace dos años, siete años, estábamos con algunas personas en determinado lugar. ¡Maravilla de la tecnología!

Seguiré sacando fotos.

En estas semanas de lecturas y clases he comprendido que quienes llevan la memoria adelante somos las mujeres. Abuelas y madres que cuentan cuentos e historias de la familia. Se repiten como el juego del teléfono descompuesto con discrepancias. Guardan las fotos familiares. “Acá está Fulanito, ¡un vago!” En mi casa, mis hijos me cargan en más de una oportunidad en la que llevo adelante mi papel y empiezo a contar alguna anécdota de mi niñez con mis padres y mis hermanos. Lo remato con alguna foto.

Fotos y memoria: aquí estamos.

 Edith Oxilia (CABA)

 

2. SENTIMIENTOS ENCONTRADOS

Las fotos son disparadores de sentimientos. Es la primera frase que viene a mi mente, al escribir sobre ellas.

Sentimientos encontrados,  pueden provocar alegría y a la vez tristeza o nostalgia.

En general, me gusta sacar fotos, ya sea las típicas de reuniones o fiestas, como de simples momentos, si bien esto no significa, que las vea repetidas veces tiempo después.

No he guardado fotos de mi familia de origen. Al fallecer papá, creo que mi hermana se llevó algunas. De las que quedaron en casa, solo conservo dos de mi mamá, una mía de bebé y otra de mi tía Filito, que tanto tuvo que ver en mi vida. Del resto, me desprendí.

Conservo también alguna que otra foto de la escuela primaria, no sé cómo todavía no llegaron a la basura… supongo quedaron porque a veces, los propios hijos tienen curiosidad de ver cómo eran sus padres cuando niños, y después me olvidé de ellas. Ya mis hijas son grandes, por lo que pienso, no tiene sentido para mí seguir guardándolas.  También tengo las fotos de mi viaje de egresados de quinto año, que hace años no volví a ver.

De cuando todavía no existían las fotos digitales, tengo álbumes que van desde mi casamiento a mis hijas, todos ordenados en forma cronológica. Y ahora, montones de fotos digitales que incluyen también a mis nietos.

Cuando mencionaba que las fotos provocan sentimientos encontrados, por lo menos en mí, es porque no siempre me resulta fácil volver a encontrarme con el tiempo vivido. Cuando veo las fotos familiares, con respecto a mi marido, me alegra ver cuántos años hemos pasado juntos, mas a veces me retrotraen a sinsabores pasados y tiempos difíciles. Con respecto a mis hijas, la alegría a veces se transforma, para preguntarme dónde quedaron esas niñitas, de simples sonrisas, portadoras de  tantos sueños que sé no pudieron cumplir.

Evito volver a ver las fotos de mis animales, de aquellos que han partido. Renace el dolor y no quiero pasar por ello.

Con respecto a fotos mías,  son muy pocas aquellas en las cuales me gusta verme. Siempre busco el defecto. No alcanzo a reconciliarme con las últimas, que ya denotan el paso de los años. Me cuesta reconocerme, porque no es la misma mirada. Mis ojos reflejan la que hoy, en muchos aspectos, ya no soy.

Pero de todas formas, sigo sacando fotos, porque siento que me demuestran que estoy viviendo. Lo cual no es poco.

 

                                               Claudia (CABA)

 

1. CAJAS REPLETAS

Tengo dos cajas repletas de fotos, suelo buscarlas y pasar horas mirando cada una de ellas y reviviendo tantos momentos .  La mayoría de las fotos las sacó  mi esposo, en cada nacimiento de mis hijos y nietos, en cada reunión en familia, en  las vacaciones compartidas,  todo lo que acontecía  en nuestras vidas quedó plasmado en  imágenes,  al mirarlas las disfruto sin olvidar ningún detalle. A mis nietos les gusta mucho mirar fotos de cuándo  éramos  jóvenes, nos reímos mucho y también  nos emocionamos, además  a través de las fotos tienen la posibilidad  de conocer el rostro de familiares que ya no están y yo aprovecho a contarles sus historias.

Mirar fotos me gratifica, me transporta, estoy  segura de que son el testimonio que nos mantiene vivos, aún  después  de la muerte.

Eso me pasa porque  de mi infancia y adolescencia no tengo tantos registros fotográficos.

Guardo una foto que es una reliquia,  no solo por  la imagen en sí.  Yo era  pequeña tendría tres años y mi hermano meses. Según me contaron, mi abuela materna juntó a sus dieciocho nietos, todos de diferentes edades, nos trasladamos a un estudio fotográfico y allí se hizo realidad un hecho que hasta en la actualidad  me sorprende, ya que mi abuela, no era la demostración viva del amor por sus nietos.

En una foto mi hermano y yo estamos subidos a un sulki de juguete con un hermoso caballo, en otra estoy en la playa con mis primos en San Bernardo, yo tendría siete años,  mis tíos me habían llevado a conocer el mar. Otras andando en bici o jugando con mi amiga Cristina, el papá  era fotógrafo y nos sacaba.

Para mis quince no tuve fiesta, hacía tres meses que habían fallecido mis abuelos paternos, ambos el mismo día. El recuerdo de ese día especial fueron unas cuantas  fotos tomadas gentilmente por mi vecino en su casa.

Lo llamativo es que no tengo ninguna foto junto a mis padres y hermano,  como  un recuerdo de familia posando junto a mí en un día  especial.

En alguna festividad compartida  con mis abuelos, tampoco quedó  registro fotográfico.

En mis recuerdos de niña busco vivencias que exalten mis emociones y no las encuentro, ni siquiera hay testimonios fotográficos que me permitan ver, que sí  las hubo. En realidad estoy segura de que no las encuentro, porqué  no existieron.

 Li (CABA)

No hay comentarios.:

Publicar un comentario