Automóvil

9. EL AUTO

Héctor, mi marido, maneja desde los nueve años. Su papá era mecánico y siempre había en la casa autos para entrar o sacar del garaje y él, aún sin llegar bien a los pedales, podía hacerlo marcha atrás. Pese a eso, mi suegro recién le prestó el auto cuando ya teníamos el primer hijo y nuestro propio auto estaba en arreglo. Mi cuñada es cinco años mayor que Héctor, sin embargo tuvo que tener quince años para que la dejaran practicar manejo y haciéndolo se metió en una zanja y rompió el auto. Ella desistió definitivamente y el papá nunca la alentó a volver a intentarlo.

Mi mamá aprendió a manejar recién a sus cincuenta años, cuando se pudo comprar su primer y único auto. Independiente y decidida como era, nada la amedrentó a la hora de andar por todas partes, ganando tiempo y libertad. Trece años después le robaron el Falcon de la puerta de su casa y no tenía seguro contra robo por la antigüedad del auto. Fue un acabose para muchos hábitos y placeres, y devastador volver a acostumbrarse a caminar cuadras y cuadras y a esperar colectivos y trenes a partir de sus sesenta y tres años.

Héctor se ofreció desde el primer momento a enseñarme a manejar. Las primeras lecciones fueron con el auto de mi mamá, ya que además de ella soólo él lo manejó por varios años. Y cuando al nacer nuestro primer hijo pudimos tener uno propio, un Chevrolet 400, volvió a insistir en que practicara pese a mi reticencia por el tamaño del mismo, él decía que si dominaba uno así iba a poder manejar cualquier vehículo. Se lo agradezco infinitamente ya que fue súper funcional, especialmente cuando tuve que moverme de un lado a otro con tres pequeños.

Mis nueras, de otra generación, manejan sus propios autos, independientemente de que mis hijos tengan el suyo o no. 

Lo que me indigna respecto al tema mujer y el auto, es la prepotencia de tantos machirulos cuando ven que “una”  les gana una posición o hay alguna maniobra dudosa y ni dudan a la hora de denostar o insultar aun cuando la culpa o responsabilidad sea de ellos.

Olgui (Hurlingham, Buenos Aires)

 

8. MI AUTO, MI APÉNDICE

Siento que los autos de una u otra manera fueron parte de mi ser, aunque así no lo hubiera deseado. De pequeña mi escolaridad dependía del auto, por vivir en el campo. Mi papá que salía sobre la hora y a mí me gustaba llegar temprano, encima la velocidad no era lo de él. Yo llegaba siempre “trompuda” a la escuela.

Mi novio, hoy mi marido, a los dieciséis me enseñó a manejar. Rapidito aprendí. Y como a él, me gusta la velocidad. Esa gente que anda a diez por la ciudad cuando todo es un caos, ¿para qué agarran un auto si no están seguros? ¿No ven qué atrasan a los demás qué tienen horarios qué cumplir, niños que llevar o buscar? Sobre todo pasa con  las personas muy mayores. A lo mejor cuando llegue seré igual.

Soy bastante puteadora con el tránsito, mis hijos me retaban cuando andaba para arriba y para abajo con ellos y los amigos se divertían con mis dichos y peleas.

Si me pongo a pensar, la mitad de mi vida la pasé arriba un auto. De muy jovencita aprendí, apenas terminé quinto año, ya con una beba, empecé el profesorado en otro pueblo cercano, a unos veinte kilómetros, viajaba con algunas compañeras en mi Dodge 1500. Luego éramos muchas para un auto y empezamos a pagar una trafic.

Cuando llegamos a Neuquén, tuvimos queé vender una camionetita que teníamos porque estábamos mal de plata. Nos movíamos en cole o caminando. Después compramos uno viejito y ahí arranqué de nuevo, escuela de Estefy, mi escuela, retiro de la niña de ahí a otra escuela y no paré más. Luego vinieron los otros y la misma rutina. Escuelas, actividades extraescolares de uno y de otro, casa de amigos, salidas, y sumar las personales, en fin… agotamiento vehicular. Treinta años de acá para allá. Cambiaba de autos, pero no de rutina. Siempre me tocó a mí debido al trabajo de mi marido. Él se ocupaba los fines de semana, si estaba, de boliches y salidas nocturnas de los chicos. Lo mismo que los viajes largos, ya fuera a Córdoba a ver la familia o las vacaciones. Nunca manejé en ruta, solo una vez llegando a Mendoza porque él estaba descompuesto. Ama viajar y manejar, de hecho, todos sus trabajos, incluido el actual tienen que ver con trasportes. Le gusta la velocidad, le apasiona todo tipo de vehículos, todo lo que ande sobre ruedas, amor y pasión que le transmitió a mi hijo.

Hoy estoy jubilada de eso también. Me queda en casa la más chica. Aprendió a manejar jovencita, sacó el carnet y se arregla sola. Ahora manejo para hacer mis cosas, solo para mí. 

Aunque protesté muchas veces, no me imagino la vida sin un auto, lo que hubiera sido de la mía. Considero que da autonomía y libertad.

Mari (Neuquén, Neuquén)

 

7. MATANDO VACAS

Mi relación con los autos data de mucho tiempo. 
En el pueblo es normal y casi imperativo salir a manejar d
esde los doce años.
Las calles de tierra y los campos que despliegan oportunidades para no ser vistos por la ley, son el programa favorito y esperado por muchos.
Mis inicios fueron un poco más tarde,
catorce recién cumplidos, con una cupe Chevy que bramaba como la de las películas.
Los domingos después de almorzar, nuestro programa favorito: papá, su humor y su paciencia, alguna amiga en la parte de atrás y el campo todo nuestro.....
Recuerdo claramente una de las tantas aventuras. Papá ponía primera, previa información sobre el embrague y
como soltar de a poquito para que no se corcovee, luego pasaba a segunda  y de pronto frenaba, no sin antes decir : ¡cuidado!, una vaca cerca . .. Era su técnica humorística para decir: ¡frena!
Esa tarde, según el, yo me lleve puestas muchas, muchas vacas.
Yo frenaba un tanto después a su alerta. Él contaba cuántas quedaban en su imaginación y en la calle de tierra.... Así, nos reíamos y regres
ábamos a casa con la anécdota graciosa.
El auto siguiente fue un Ford Taunus Ghía, modelo 80, color bordó y un andar sereno y suave pero picante a la vez por la velocidad, a la cual yo adhería feliz entre los suspiros de mi madre. Al ser más chico, me daba más confianza y entre almohadas para llegar a los frenos y embragues, cada tarde de domingo , la cita era la misma.
Yo me hacía la canchera ya que sincronizaba los pies , la cabeza y la caja de cambios a la perfección.
Una tarde papá me dijo: vamos, petisa, ahora m
etele hasta casa. Así que llegué orgullosa desde el campo y entrée por el asfalto cual ganador de fórmula uno y hasta logré subir a la entrada del garage.
Llegaron los
diecisiete y con autorización de él, me dieron el carnet de conducir.
Ahí llegó lo más anhelado: salir a la Ruta 3 y el desafío de pasar camiones y autos, cosechadoras y tractores.
Benito
Juárez fue el primer destino, y junto a Margota debusiendo remise para ver a sus parientes.
Luego vi
la brújula y Azul fue la otra opción, siendo la abuela, una vez más, el copiloto más feliz que tuve. La sacaba a pasear y ella se deleitaba con mis andanzas.
Más tarde mucho máas, la ciudad de las diagonales me llevóo a conocer caminos y calles que más de una vez, sin contar con GPS en esos años, hacía que me perdiera por ratos, 
mas mí seguridad y mí falta de temores  , hacíían que rápidamente encontrase salida
Nacieron  las nenas y yo una vez más, segura y orgullosa, las sentaba en sus sillitas , y en los días de semana , en los que quedaba
el auto conmigo, íbamos de paseo .
Ya más grandes todos  y en Chillar nuevamente, la danza clásica y el amor de Seré por ellas, hicieron que cada jueves durante casi 7 años
, saliésemos a la ruta.
A veces temprano otras tantas más, de tardecita. La noche y la niebla en invierno fueron mí mejor prueba: puide sortear sin dificultades cada regreso, lluvias incluidas y por qué no, lunas que nos acompañaron muchos viajes.
Mama era m
i copiloto en esas ocasiones y la seguridad que ella me daba hizo mis viajes casi perfectos.
Nunca tuve que cambiar una cubierta ni parar por algún evento mecánico.
Solo una vez, de mediodía, respondí a las enseñanzas de mí padre y tal cual él
lo había indicado muchos años antes, pude frenar: esta vez no había ninguna vaca, sino un revoltijo de panza de la bailarina que llegó a decir con la calma que hace honor a su nombre: ma, me siento mal..
Fue una anécdota más sin una gota de vómito en el
habitáculo.
Luego vinieron los tantos viajes de reuniones a Jefatura con directivos que cada vez me decían:, avisa cuando llegues..
Ahora estoy un tanto haragana. Dejo que otros manejen por mí. Marido e hijos, hermana, amigas y colegas hacen de la ruta mí paseo obligado cada vez que vuelvo al campo.

María Vivarelli (La Plata, Buenos Aires)

6. COMIENZO Y FIN

Yo desconocía esa parte audaz y aventurera que habitaba en mí. Algunas las fui descubriendo con los años.

En el año 1975 mi esposo compró  su primer auto, un Fiat 600 color bordó. Nunca voy a olvidar su emoción,  cuando  desde la vereda, porque vivíamos  en un  tercer piso, me llamaba para que bajase a ver su lograda adquisición. 

Cuando salíamos  a pasear me enseñaba como debía de hacer para poner  el auto en marcha. Él nunca fue  egoísta,  por el contrario, siempre insistió  para que yo aprendiera a manejar.

Una mañana me levanté temprano y mientras él  dormía,  tomé  las llaves, salí  a la calle, me ubiqué frente al volante, prendí  el motor, tomé  la palanca,  puse primera y arranqué  rumbo a la casa de mis padres. Ellos vivían a quince cuadras de distancia.

Era tanta mi emoción que no tuve en cuenta, que  en el trayecto debía  cruzar una avenida . En ese entonces todavía allí no había semáforos, por lo tanto ese cruce me resultaría  complicado.

A pesar de los nervios logré pasar ese desafío que me permitió llegar a destino.

Tampoco tuve en cuenta que no sabía  estacionar, pero de tanto darle marcha atrás y adelante logre acercarlo al cordón  de la vereda. No se imaginan la cara de mi mamá  al darse cuenta de mi audacia, se enojó,  me dijo de todo menos linda, y culpó  a mi marido, cuando él,  ni enterado estaba de lo que yo había hecho.

Después de un rato, emprendí  el viaje de regreso a casa, ya no sentía la emoción de la ida, posiblemente porque al bajar la adrenalina, tomé  conciencia de que mi imprudencia podía haberme salido mal, pero la macana estaba hecha y lo hecho, hecho estaba. 

Cuando le conté a mi esposo no se enojó, pero me sugirió que cuando quisiera manejar lo hiciera con él  a mi lado.

Las veces siguientes así lo hice. Aprendía rápido y cada vez iba adquiriendo más seguridad en la calle.

Un día  mi hermano le pidió prestado el auto a mi marido, tenía  que hacer algo , me invitó para que lo acompañase.  Manejá vos, me dijo.

Sin problema me senté al volante, todo andaba sobre ruedas hasta que se me cruzó mal un auto, de los nervios se me paró el motor y no podía  ponerlo  en marcha, cuando lo lograba arrancar, ponía  primera  y en vez de ir en auto  de tanto corcovear parecía que íbamos a caballo.

En ese momento en vez de tranquilizarme  mi hermano me gritó  y me dijo un exabrupto., Me enojé  tanto, no sé  si con él  o conmigo, que me bajé  del auto, los dejé  en el medio de la calle y me fui sola a casa. Después  de ese episodio manejé junto

 a mi esposo algunas veces más,  pero de a poco fuií¿ perdiendo interés hasta que el mismo se desvaneció del todo y no volví a intentarlo.

Hoy estoy arrepentida,  tengo el auto que dejó  mi esposo, lo usa mi yerno, y si no me hubiera acobardado tanto, hoy lo estaría usando yo. Tengo valor para hacer muchas cosas, pero pienso que por mi edad, mis reflejos, mi vista y la locura de los autos en la calle, se me dificultaría poder concretarlo.

Li (CABA)

 

5.  CRUELLA EN BUENOS AIRES

Manejo desde los trece años. Es algo que me encanta hacer.

Mis hijos me decían Cruella de vill, la mala de la película 101 dálmatas, porque cuando era joven manejaba muy rápido por calles y avenidas y cuando doblaba, me llevaba por delante los cordones en las esquinas, como el personaje de Disney. Puteaba y me peleaba con cuanto machirulo camionero y policía se me cruzara. No te tengo miedo, les decía. Hasta he llegado a correr carreras para que no se me adelantaran. Siempre me sentí segura. Manejo realmente bien (salvo el tema de los cordones) y respetando todas las señales de tránsito. Nunca choqué.

Alrededor de los cuarenta y cinco años todavía trabajaba con mis padres y compartíamos un cero kilómetro que habíamos comprado a medias con mi papá. En general el auto lo tenía él, lo cuidaba, lo guardaba en su cochera; lo usaba solo para ir al trabajo. Después de que mi papá lo chocara, casi partiéndolo en dos, lo arreglamos y empecé a llevármelo más seguido. Tenía mucha más actividad que él así que lo usaba bastante.

En esa época vivía en el partido de Tres de Febrero y las veces que me quedaba con el auto los iba a buscar a su casa en Villa Ballester para ir al trabajo. Seguía siendo bastante loquita en la calle. Un día, estaba a dos cuadras de la casa de mis padres esperando doblar en un semáforo, cuando un tipo, que salía de un garaje, me pidió que me corriera de la fila. Estoy esperando el semáforo, no puedo correrme, le dije. Me tocaba bocina, aceleraba el auto con intención de chocarme y yo no le prestaba atención, seguía mirando hacia adelante totalmente indiferente a él. Cuando el semáforo abrió no me percaté de que me venía siguiendo. Al llegar a destino interceptó el auto delante del mío, y se quiso bajar, no sé si a pegarme o a asustarme. Mis padres y Dani estaban en la puerta y yo empecé a los gritos: ¡Me quiere matar! Creo que el tipo vio a los dos viejitos y a mi hermano con Síndrome de Down, supongo que le habrá dado pena, aceleró y se fue. Quedé temblando. Hacía poco había sucedido el asesinato de un hombre en el peaje de Panamericana por una discusión de las mismas características.

Desde ese día me tranquilicé. No peleé más. Si quiere pasar, que pase; si quiere tocar bocina, que toque y si quiere discutir, aminoro la marcha, me digo a mí misma. Y me hago la simpática.

Alejandra Busconi (San Martín, Buenos Aires)


4. LA PUNTA DEL OVILLO

Diciembre de 2020. Comenzaban las primeras salidas luego de meses de encierro. En uno de esos viajes, mi esposo tuvo un accidente importante con su moto. Antes de este episodio, yo ya tenía programado un viaje con mis amigas a Pinamar, en febrero. Había acordado con mi marido que él me llevaría y me esperaría esos días en Mar del Pata con sus amigos para luego regresar juntos.

Con el accidente este plan era inviable. Se acercaban los días y comencé a organizar la logística para su cuidado. Mi gran incógnita, en qué viajaría.

Una tarde, Jorge, su amigo, me planteó la posibilidad de que me fuera en el auto. La mirada del convaleciente esposo fue fatal, no emitió palabra, sus ojos revelaban el descontento ante tamaña sugerencia.

Finalmente viajé en ómnibus hasta mi destino. La situación quedó rondando mi mente.

Meses más tarde, surgió otro encuentro con las chicas, esta vez, Rosario. Nuevamente ómnibus hasta Trenque Lauquen y de allí en camioneta, mates, risas y música.

El esposo de la conductora había calibrado los neumáticos, llenado el tanque de combustible y hasta cargó nuestros bolsos. Otra astilla en mis pensamientos. Me di cuenta del apoyo hacia su  esposa sin frases negativas ni calamitosas. Algo natural entre ellos.

Pasado un tiempo, logré poner en palabras estas situaciones, a lo que me respondieron algo así como prestar el auto. ¿Perdón?. El auto es de los dos.

A partir de aquella charla mis dudas se desvanecieron, lo que me resultaba natural me hizo ver que en treinta y seis años de matrimonio, no había experimentado  la sensación de pareja. Esa de poder discutir y discernir sin temores, donde se pueda una expresar sin encontrarse con contrariedades sintiéndose escuchada.

La historia de mis últimos años se desmadejó intentando encontrar la punta del ovillo y ahora sí, con más certezas que dudas.

María Santandrea (Neuquén, Neuquén)

 

3. AL VOLANTE DE MI VIDA

Amo viajar. Pero en realidad desearía teletransportarme. Dado que es imposible, el avión es el medio de transporte que más me gusta porque en pocos minutos u horas uno puede empezar a disfrutar de las vacaciones. Me encantaría ser de esas personas que son felices desde el momento de cargar las valijas al auto. Pero eso no ocurre, salgo y ya quiero llegar porque el tránsito me abruma, me tensa y es lo que más ansiedad me produce en la vida.  Cuando el camino está despejado, sin autos a la vista, disfruto del andar con música de fondo y una buena charla. También cuando manejo en soledad, la música es mi copiloto.

Aprendí a conducir de grande, apenas pasaditos mis cuarenta años. No lo hice antes porque no me animaba y porque tampoco contaba con la posibilidad de un auto a mi disposición. Cuando esta ápareció, me atreví a enfrentar mis fantasmas y, debo decir, que esa decisión me cambió la vida. Nada queda lejos cuando uno está al volante. No me pesa llevar a alguien a su casa aunque no me quede de paso, ni salir y volver tarde, cualquier momento es bueno para un lindo plan. Pero además de comodidad, el registro de conducir me regaló una seguridad en mí misma que antes no tenía. Sentí que si era capaz de manejar, lo que creí que nunca en la vida haría, podría lograr cualquier otra cosa que me propusiera. Y aunque suene exagerado, así fue. Me paré de otra manera frente a la vida y a las personas. A partir de ese momento no dependí de nadie más para casi ninguna cosa. Sola podía y era un hecho.

Manejé en ruta por primera vez a los pocos meses de obtener mi licencia. Fueron los ciento cincuenta kilómetros más largos de mi vida. Llevaba conmigo a mi familia y eso me cargó de una responsabilidad que no me permitió relajarme ni un minuto. Llegué empapada de transpiración por los nervios, pero feliz de haberlo logrado. Pasó mucho tiempo hasta que volví a intentarlo y, en esa oportunidad, ya manejé sola desde casa a la costa. El objetivo era ver a mis papás, por primera vez, durante la pandemia, después de largos meses de aislamiento. Fue cuando empezaron a flexibilizar las normas. Era el momento ideal para mi aventura, ya que muy poca gente podía llegarse hasta allá con el permiso correspondiente. Mi hermano Diego fue el valiente copiloto, ya que permitían sólo dos personas por auto No les avisamos a mis papás que íbamos por si en el camino nos obligaban a pegar la vuelta. No queríamos ilusionarlos, ya que nos estaban extrañando mucho y la desilusión hubiera sido fuerte. Conduje tranquila, feliz, empoderada. Conversamos y nos reímos todo el viaje. La emoción de ir a verlos nos desbordaba. Llegamos sin problemas y fue increíble ver cómo las caras de mis padres cambiaron al momento nomás de vernos. Se les iluminaron los ojos y la voz. Nos abrazamos como nunca. La frutilla del postre fue que al otro día era el día de la madre y el cumpleaños de mi mamá. Ella estaba muy deprimida por pasarlo solos por lo que rejuveneció diez años en dos horas. Fueron tres días intensos pero felices. La vuelta fue sin sobresaltos y en mi interior supe que no iba a ser la última vez que lo hiciera.

Nunca como en ese momento, la ruta me pareció tan maravillosa y mi auto la varita mágica que me permitió concretar el sueño de volver a encontrarnos.

 Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)

 

2. VOY POR UN PEUGEOT

Hasta los cincuenta fui y vine en colectivo a cualquier lugar.

Nunca me llamo la atención  manejar.

Iba en colectivo a estudiar, a espectáculos, a teatro leído en el Cervantes, al San Martín, a dar clase. Cargué bolsos, cuadernos corregidos, mochilas, críos y paragüitas, viandas, guitarra,  pinturas y hojas de gran formato (¡me había hecho confeccionar una bolsa de traslado increíble, todavía la tengo!), lo que fuera  siempre con mi Página 12,la original, bajo el brazo. Sabía los horarios y saludaba al conductor cada vez que subía porque éramos viejos conocidos tanto como otros pasajeros.

Cuando cumplí los cincuenta quise cerrar cosas pendientes … y aprendí a manejar. Lo hacía muy bien, pero ver y participar de la locura de la calle me ponía de muy mal humor.

Fue así que había solucionado el problema de la carga porque subía al auto y tiraba todo atrás…una maravilla, pero no lograba relajarme al manejar. Mis amigas me estimularon mucho para semejante logro.

Un día vi un Ford k con el tarrito de venta en la puerta de mi casa.

Mi marido me lo regaló. Chiquitito y cómodo para mí.

Guille tenía miedo porque soy bastante atolondrada y además chicata, ¡cómo sufrió !

Sin embargo me lo regaló.

Manejé tres años y dije basta.

Una locura el estrés de la calle encima mis hijos me decían que no podía educar cada vez que tenía un problema con otro auto porque yo bajaba e intentaba reflexionar con el conductor los errores que podíamos haber cometido ante un encontronazo…en fin…a los tumbos y en contra de la corriente, manejé…como esa mañana en contramano sin darme cuenta hasta que me avisaron.

La semana pasada retomé el tema.

Como pasó mucho tiempo el registro venció, tengo que hacer todo de nuevo.

Imagino trayectos cortos, encuentro con amigas, médicos y alguna urgencia, nada más.

Si vuelvo al ruedo con las limitaciones que mi cuerpo impone…esta vez voy por un Peugeot.

 

 

 

1. EL AUTOMÓVIL

El auto. Medio de transporte útil, que proporciona comodidad. Muchas veces, representa conflictos para algunas personas.

Los conflictos serían “el auto es mío”, “no te lo presto”, “lo quiero vender y vos no”, “es bien ganancial”, “cuando seas mayor, tendrás tu propio auto” y otros por el estilo.

Para mí no es algo imprescindible, tampoco me gusta manejar. Menos en tiempos actuales, viendo la agresión que se vive en la calle estoy segura de que me contagiaría actuando de la misma manera.

Siendo adolescente, surgió alguna vez el deseo tener mi propio auto cuando fuera mayor de edad. Pero ese deseo desapareció prontamente.

Mi marido y yo compramos el primer auto allá por el año 1993, no lo recuerdo bien, pues no doy importancia a esas fechas. Calculo sería en esa fecha por la edad de mis hijas, que tendrían entonces entre ocho y nueve años.

Mi vida no cambió demasiado, porque además de no saber manejar, mi marido lo utilizaba por motivos de trabajo, así que tampoco contaba con él cuando necesitaba moverme con las nenas, salvo excepciones.

Lo disfrutamos pues nos permitió irnos de vacaciones libremente, sin depender de un micro. También visitar lugares donde ir en transporte público se hacía un viaje interminable y agotador.

Ahora, estando solo los dos, disfruto cuando viajamos juntos, ya sea por vacaciones o a un lugar cercano. Momentos en que acompañados del infaltable mate (esto en los viajes largos) podemos charlar sin interrupciones, sin apuros, sin obligaciones. Otras veces, lo hacemos en silencio, oyendo la radio de fondo, y yo, más de una vez, sin escucharla sumergida en pensamientos propios (creo que él también).

A pesar de la comodidad que pueda representar, como ya expresé, no me interesó nunca aprender a manejar. Menos tener un auto propio. Usar el transporte público me resulta cansador, por el mal servicio, pero no llego al punto de querer cambiar mi forma de viajar.

Nunca un auto formó parte de mis metas o deseos profundos. Podría vivir sin tener uno.

                                   Claudia (CABA)

 

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