5. QUEJA
Antes de empezar a escribir sobre el tema en cuestión le pregunté a mi marido si yo era quejosa y ante mi sorpresa me dijo que no. Entonces reflexionando llegué a la conclusión de que tal vez no lo sea tanto con él, los chicos, la familia y los amigos en lo cotidiano, ya que aprendí a actuar en consecuencia en vez de quejarme. Por ejemplo, él rezonga cuando los chicos no confirman si vienen o no a almorzar algún domingo determinado o si quedamos a una hora y llegan más tarde. Yo le propongo que luego de tirar la propuesta haga el asado o la comida que sea y larguemos a la hora convenida más allá de quién venga o esté en ese momento…igual él es exagerado y haría la misma cantidad de comida sin importar cuántos comensales fueran. Lo mismo me ocurre con la tele, la cual no soporto con ningún tipo de programa; él disfruta mirando deportes, así que generalmente opto por irme a otro ambiente o si me quedo en el mismo por ponerme auriculares y escuchar a Dolina o música para abstraerme. En cambio, él mira y escucha el partido o la carrera y rezonga por los comentarios idiotas o ignorantes de los periodistas.
Y él no recordó que yo sí me quejo cuando toma avenidas llenas de autos y semáforos en vez de optar por calles más tranquilas aunque con pozos y lomas de burro. Cuando mis hijos vivían en casa me quejaba del desorden que dejaban, de la música demasiado alta y de las luces que dejaban prendidas luego de pasar por cada ambiente. Pensando en mi “yo” actual y quejoso me vinieron muchas imágenes que más tienen que ver con mi “yo indignado”. Creo que la diferencia es que la queja es hacia afuera, por eso es catártica, se larga y ya uno se siente aliviado aunque moleste a quien la escucha; mientras que la indignación queda rumiando adentro y lastima a quien la padece. En estos días presté más atención a lo que fui viendo en mí misma y recordando. Me reconozco quejumbrosa mientras manejo o voy de copiloto: no soporto la imprudencia, prepotencia e inconciencia de quienes conducen autos, motos y bicis; tampoco la falta de respeto de los que estacionan frente a la salida de nuestro auto habiendo un portón de garaje, un cartel de “Prohibido estacionar” y un cordón pintado de amarillo. Me quejo a través de mails o llamadas con las empresas de servicios y salud, cuando aumentan con usura y no brindan los servicios acorde a lo que cobran y a lo convenido; me quejo de los médicos que se creen los únicos merecedores de respeto y llegan a cualquier hora al consultorio retrasando todos los turnos, o se ausentan sin dar aviso; de los grupos de zoom cuando son gratuitos y numerosos y los participantes no entienden la consigna de poner el ícono para levantar la mano y esperar a que les den lugar para hablar y luego preguntan cosas que ya se explicaron o se van por las ramas en vez de aprovechar el tema que nos convoca; de las colas interminables en supermercados, bancos u otras instituciones por falta de personal o de organización.
Y emito y grito a los cuatro vientos mi constante y pesimista queja: que el mundo fue y será una porquería y que el hombre como especie no tiene solución, no aprende más. Y como a esto no le veo salida creo que hay que tratar de pasarla lo mejor posible dándole una mano al que tengamos cerca y evitando en cuanto nos sea posible el daño a todo ser vivo, a la tierra que pisamos y al aire que respiramos.
Olgui (Hurlingham, Buenos Aires)
4. LIBRO DE QUEJAS
Me cuesta mucho escribir sobre la queja. Será porque no soy quejosa.
No me quejé cuando alguien se coló en la fila del super.
Ocuando el chino no me dio el vuelto
en monedas sino con caramelos que nunca comí.
No me quejé cuando haciendo el trámite para mi jubilación, la empleada del ANSES me atendió de muy mala forma
No me quejé las veces que sentí que no era respetada ni valorada, aunque mis sentidos me decían que era lo contrario. Ni tampoco cuando mis dos amigas de toda la vida no vinieron a ver a mi marido a la clínica durante su enfermedad, ni cuando le dimos el último adiós, sin mediar siquiera una explicación.
Y tantas cosas más que sería interminable la lista.
Al revés de quienes piensan que no hay que quejarse, yo me di cuenta de que no me quejé lo suficiente. Y lo descubrí hoy a través de la escritura, cuando me senté frente a la hoja en blanco y el lápiz empezó a correr solo.
No justifico la queja porque sí, pero entendí la importancia de no callarse y hacer valer lo que uno piensa.
Florencia Zaldívar (CABA)
3. QUEJAS POR EXCELENCIA
Siempre fui quejosa, está en mi ADN, a veces con razón y otras por hobby. Cuando era más joven, en mi trabajo como docente me quejaba bastante, sobre todo de la gente chanta a quien había que hacerle “el caldo gordo”, como decía mi mamá. Ni hablar de las quejas hacia los directivos. Una vez una directora amiga mía me dijo, siempre se van a quejar, si haces y pedís, porque lo haces, si no lo haces porque no lo hacés, jamás se conforman. Dicho y hecho, cuando me tocó estar en ese lugar, me acordé de lo que me decía, tal cual, así es.
Muchas veces mis hijos me han reprochado, siempre quejándote vos, mamá, ¿nunca ves nada bien? Me dolía, un poco de razón tenían, el padre se prendía también cuando podía al reproche. Pero, quizá, si hubieran estado dentro de mí, si hubieran tenido que estar nueve horas afuera, en un trabajo que te absorbe mucha energía, llevarlos, traerlos, consultas médicas, reuniones, supermercado, tareas, orden de la casa, planificaciones, etcétera, etcétera, habrían entendido. Pero recién hoy, que ellos son padres, trabajan, corren de aquí para allá entienden. A veces los escucho quejarse y los miro solamente, ya sé, me salió la Marielita de adentro, me dicen.
Muchas veces estando en reuniones de amigos o familiares, he escuchado a mi marido comentar que, sin mi sacrificio, mi forma de ser y todo lo que hice, los chicos no serían como son, responsables, estudiosos, trabajadores, solidarios, educados. Yo estuve y participé poco de eso, agrega. Tal vez parece egocéntrico, pero no voy a negar que un poco es verdad. Por supuesto que sin su ayuda no hubiera sido posible, quizá no la que esperaba, pero no a todos nos tocan las mismas circunstancias de trabajo. Valoro mucho su reconocimiento porque sé que para él no fue nada fácil tampoco. Muchas veces mis quejas fueron fuente de conflictos maritales.
Hoy escucho a mi hija, mi nuera y a otras hijas de conocidos quejarse de las parejas porque no hicieron esto, aquello, no fueron a tal reunión, no estuvieron para ayudarlas en tal cosa, no los baño, no les compró lo que necesitaban para el colegio, no las ayudaron a limpiar, y bla, bla blá. Que en todas tienen que estar ellas. Me miro con mis amigas, mi consuegra, mi cuñada y ponemos caras de circunstancia. Todas más o menos pasamos por lo mismo, y nos sale la vieja de adentro expresando…si estas tuvieran que pasar un año, no más, como nosotras, se matan. Obviamente nos limitamos a escuchar y sonreír.
Mari (Neuquén, Neuquén)
A diferencia del resto de las personas mayores como yo, los años me enseñaron a no quejarme por cuestiones poco importantes. Solo lo hago cuando algo que depende de mí, no lo puedo resolver.
Soy una persona agradecida a la vida, no todo en ella fue perfecto, aun así, no utilicé la queja como un motivo de justificación. No por conformismo, si no porque pienso que la queja no soluciona nada y además crea un malestar que con el tiempo se hace hábito. Además, no me cae bien escuchar a la gente que busca cualquier motivo para quejarse. Para las personas quejosas todo motivo es válido, el clima, las esperas en las colas, el dinero que no alcanza, la intolerancia, la falta de respeto por el prójimo, la inseguridad, la economía, el dólar, la salud, la educación y mil cosas más. Pero yo me pregunto, ¿qué gano quejándome?, ¿acaso cambio algo? Me interesa todo lo que ocurre a mi alrededor, tengo hijos, nietos, amigos, familiares, inclusive a mí misma, todos estos temas nos complican la vida, pero aun así, quejándonos no cambiamos nada más que el humor. Según mi criterio, y es algo que adopté como una manera de vida. Los problemas que nos atañen como sociedad deben solucionarlos los que son responsables de hacerlo. Un modo de hacerlo es expresando las quejas en las urnas.
Li (CABA)
1. LA HERENCIA
Desde que tengo uso de razón, mis padres siempre se quejaron por todo. La queja hacia mí fue fuerte en la adolescencia: no estudia, es una burra, qué mal se viste, no sabe hacer nada. Se quejaban de sus padres, de sus hermanos, de los gobiernos, de las maestras, de los padres de los chicos con discapacidad, de los vecinos, etcétera, etcétera.
Me casé con un hombre quejoso. Las vacaciones en Córdoba con Daniel fueron un tormento: todos los mosquitos lo picaban a él y todas las piedras de las sierras cordobesas se interponían en su camino para hacerlo tropezar. Recuerdo otro viaje, nos habían prestado una casa destruida, oscura y sucia en Batán, ya el nombre de la ciudad me daba pavura. Nos quejamos toda la estadía. Yo tenía que hacer la comida, limpiar aquella mugre y dormir con los ruidos de los murciélagos en el techo. Un día se cortó la luz y Daniel se quiso hacer el papá Ingalls con un asado a la luz de la luna, pero se lastimó y se quemó la carne. Todo fue obra del demonio. Quejas y más quejas.
Hace unos años me fui de vacaciones con mi tía Amanda a Villa Gesell, a un hotel dos estrellas. Era la primera vez que me iba sola con ella, tenía cuarenta años y estaba entusiasmada. El hotel era incómodo, chico, los pasillos oscuros y el comedor era un galpón a medio construir con grandes ventanales, todo de muy baja calidad. Esa noche fue de terror, nos había tocado una habitación con el ruido del motor del agua al lado de la ventana. La tía se levantó de mal humor, yo me fui temprano a la playa, pero ella se quedó preparando tranquila sus cosas. Apareció a las once de la mañana y ahí comenzó el martirio: ¡Qué solazo!, y se fue a buscar el protector solar. Volvió. ¡Quiero ir al baño!, agarró sus cosas y se fue al hotel. Volvió. ¡Me olvidé el gorro! Otra vez al hotel y volvió. Hasta que me harté y me fui a caminar, por suerte no me siguió.
En diciembre del 2021, me fui cuatro días a Nueva Atlantis con toda mi familia. Quisimos festejar el año nuevo lejos porque iba a ser duro nuestro primer fin de año sin mi papá y Dani. Recuerdo que el primer día, estábamos por almorzar, y mi hijo Abel y mi nieto mayor León se empezaron a reír, les pregunté qué pasaba y me contaron que habían hecho una apuesta para ver quién se quejaba primero. ¿Y quién ganó? ¡Yo misma! En esas vacaciones, mi ex se quejó durante todo el viaje de ida, mi mamá del sol, mi hija Dalila no soportaba a los nenes y yo me quejaba del lugar feo, la casa incómoda, el calor y la playa sucia.
Me he quejado mucho tiempo de mis parejas, pero luego aprendí a recordar solo lo bueno de cada uno y eso me llevó a perdonarme y perdonarlos, y no me quejé de ellos nunca más. En mi actual trabajo es muy difícil no quejarse, veo mucha injusticia social y a veces vuelvo indignada. Me quejo de lo que nunca se hizo en La Matanza, de los colectiveros y la falta de respeto de la gente, pero trato de hacer un poco de meditación en los viajes. Me gusta mucho lo que hago, la gente me trata maravillosamente bien. Mi jefe a veces se pone insufrible, pero me descargo un poco, obviamente quejándome, y se me pasa.
Gracias a los Encuentros con mi propia historia estoy aprendiendo a detectar la queja e inmediatamente trato de modificar, es muy difícil no quejarse después de tantos años de convivir con personas así. Lo que más lamento es que mis hijos lo hayan heredado.
Alejandra Busconi (San Martín, Buenos Aires)
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