Secretos

3. LA JAULA DE MAMÁ

Los caramelos, el auto negro, mi pelo, el nombre… Nunca dice nada, es una mentirosa. Sí, porque engañar y no decirme la verdad es ser una mentirosa. Ya tengo ocho años. Ojalá tuviese una varita mágica como la del mago del circo para convertirla en una torcaza y encerrarla en una jaula. Primero buscaría una jaula trampera para cazarla y después la llevaría a la pajarera más grande, esa que está en el medio del patio.  A mi mamá, sí, a ella. Y después le cerraría la puerta de la jaula para que no pudiera salir. Les daría de comer mijo caliente y la obligaría a que cantara, a ver si  tiene ganas.

En el recreo las chicas de Aguirre me gritaron que mi apellido no es este que tengo,  y que ese que anda del brazo con mi mamá no es mi papá,  y que solo me regaló el nombre. Que mi papá es…. Y no pude escuchar …  Las grandotas saltaban y aplaudían. Ya  sé lo del apellido, que se piensan esas bobas. Me quedé todo el recreo de espaldas a la pared, pero no me enojo con ellas, me enojo con mi mamá.

 Ese día que  el auto negro estacionó en la esquina, y la abuela  me dijo que fuera, yo no quería ir pero  fui, y ese hombre abrió la puerta del auto,  me dio una bolsa de caramelos  y se fue. ¿Qué les pasa a los grandes?, ¿no tienen lengua? Podría haber dicho algo. Y mi abuela también podría decir algo. ¿Y mi mamá? Claro, una noche llega y presenta a un novio y me dice que  tengo que decirle papá. Pero ¿qué le pasa a mi mamá? , ¿se volvió loca? Por eso quiero encerrarla en la jaula. Y dejarla así, para que sepa qué rara se va a ver con plumas, con un pico, y con dos patas. Yo le preguntaría ¿cómo te sentís mamá?,  ¿te gusta ser una torcaza? Ah, ¿no te gusta trinar? Mentirosa.  Voy a tener que pasarte a un jaulón más grande para que puedas guardar tantas mentiras y secretos. Te dejaría salir de la jaula solo si no me llevaras a vivir a esa casa, con tu novio y su familia. Yo no conozco a esa gente. Pero no creo que digas nada, no sé dónde perdiste la lengua vos.

 Cuando me preguntan mi nombre lo digo nerviosa, esperando que no me pregunten el apellido, pero enseguida lo preguntan, entonces lo digo rapidito para que no se entienda y no se den  cuenta de que el apellido no es mío de verdad y que todo es una mentira y se me mojan las manos y comienzo a ahogarme y todo eso que me pasa cuando me pongo nerviosa. Hasta me meo en los calzones si estoy en un lugar con mucha gente que me mira.

Los caramelos, el auto negro, mi pelo,  el nombre….  Nunca más lo vi a ese hombre, tampoco vi al auto negro, pero mi abuela y mi mamá a veces hablan y si llego se callan. Mi mamá tiene a mi hermanito en brazos y todos dicen que no es parecido a mí en nada y que su pelo es oscuro como el de su papá y todos los días lo mismo y ahora está con la panza crecida otra vez y va a nacer otro, que seguro también va a tener el pelo distinto al mío y  por eso quiero encerrar a mi mamá en la jaula, porque hay algo que no me dice, y a veces pienso que nunca me lo va a decir. Como si fuera algo que perdió, o que le da vergüenza, o tiene miedo o vaya a saber qué. Pero a lo mejor, si tengo suerte, ella se cansa de estar tanto tiempo encerrada y por entre los barrotes de la jaula, se cae eso que no dice, eso que es como un secreto  y yo lo encuentro y me lo guardo en el bolsillo del pantalón  azul  y lo dejo ahí sin que nadie lo vea, porque ahora es mío y a lo mejor ya no me pongo nerviosa, ni me meo en los calzones, y me hago amiga del secreto, porque seguro que de tenerlo pegado a mí,  nos acostumbraremos a vivir uno con el otro  hasta que yo sea grande y me case y tenga muchos hijos, y entonces  lo voy a  sacar del bolsillo del pantalón azul y se los voy a mostrar a ellos, al secreto. Sí, a mi marido y a mis hijos, porque yo no voy a tener algo que no se pueda decir guardado en un bolsillo de un pantalón sin compartirlo.   Porque no me gustaría que me convirtieran en una  torcaza, o que ellos se ahogaran o le transpiraran las manos o estuvieran tristes por mi culpa.

Ojalá que mi mamá me cuente eso que no me quiere decir, porque yo la quiero a mi mamá aunque viva  en una jaula llena de secretos…    

María José Ureta (Vedia, Buenos Aires)


2. SECRETOS Y CELOS

La quinta de los Fernández en Castelar era nuestro lugar en la adolescencia. Una casa de ladrillos a la vista y techo a dos aguas, antigua pero cómoda, rodeada de eucaliptus, parque y árboles frutales. Adriana, Anita, Diego y yo junto a nuestros padres viajábamos los fines de semana apiñados y felices en la Rural de Mariano y Chichí, anhelantes por divisar la rotonda de la estatua gauchesca, desde donde restaban solo dos cuadras para llegar. De día potreábamos de lo lindo dentro y fuera de la quinta. Al atardecer actuábamos nuestras obras de teatro entre los dos pinos del jardín. Gozábamos al presentar las funciones escritas en conjunto y en las que cada escena era meticulosamente dibujada en una carpeta de hojas Canson que se iba engrosando al compás de nuestras creaciones. Cobrábamos unos pesos a nuestra audiencia de cuatro personas: papá, mamá, Mariano y Chichí.

Chichi: Estos chiquitos son geniales, maravillosos, únicos, los cuatro, claro que mis hijas se destacan entre todos. ¡Ay la creación, nada como la creación! Este lugar tan maravilloso, legado de mis padres, los inspira.

Los hombres cocinaban chuletas en la parrilla del comedor mientras las mujeres conversaban animadamente, distantes de nuestras travesuras. Los chicos dormíamos en una pieza. A la noche Mariano controlaba que hubiera espacio entre las camas y las paredes por miedo a las arañas. Venía varias veces para asegurarse de que estuviéramos bien arropados, en medio de nuestras risas, hasta que nos quedábamos dormidos de cansancio. El domingo a la mañana transcurría entre juegos y a la tarde, caminatas por cañaverales y zanjas encharcadas simulando expediciones audaces. Al atardecer volvíamos a la Capital todos juntos en el auto de los Fernández.

María: Chichí ya me tiene cansada. Siempre con sus comentarios exóticos y desmesurados para atraer la mirada de mi marido. Y Mariano, tan mojigato no se da cuenta de cómo lo mira a Eduardo. 

La dicha no fue eterna. Un domingo al mediodía se produjo algo extraño. Estábamos por almorzar, cuando mamá tomó fuerte mi brazo y papá el de Diego. Dijeron nos vamos y nos fuimos, así, de golpe, en un micro de línea, sin que nos explicaran nada. No recuerdo que haya habido ninguna pelea, solo ese triste regreso a casa. Más tarde nos revelaron que Chichí había cocinado a propósito los fideos en agua con detergente, en acción digna de una loca.

Quedé atónita y descreída de tamaña excentricidad. Nunca sabré si esa historia fue cierta o no; creo que no, pero lo que sí sé es que se acabaron nuestras estadías en la quinta y, de esta manera, momentos muy felices de la infancia. El secreto nunca se develó.

Eduardo: Bueno, se acabó, ya me tenés extenuado con tus celos, verdaderamente harto, así que nos vamos. Aquí se acabó este domingo y los próximos. No más quinta. No más reproches.

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Mamá mira por la ventana de mi habitación pasadas las siete de la tarde. Gira la cabeza y murmura. ¿Por qué no llega? Tendría que haber estado a las seis. Estoy en mi escritorio estudiando para las lecciones del día siguiente y me molestan las interrupciones y más estas que no comprendo. Papá trabaja todos los días en el Policlínico de Luz y Fuerza hasta las dos de la tarde y después va a dos consultorios, uno en San Isidro y otro en San Fernando.

Eduardo: Llego cansado, muerto, estresado. Solo quiero escuchar un concierto de Bach en mi sillón. Y escucho tu letanía y esas miradas quejumbrosas que me sermonean por lo que no hice. Qué hice, ver pacientes, hacer radiografías, recorrer más de cien kilómetros todos los santos días.

Esta situación se repite con frecuencia y me produce desconcierto porque son preguntas que no puedo responder. Además, una vez que papá llega se acaba el tema y se retoma la vida cotidiana como si nada hubiera sucedido. Tampoco hay reproches. Siempre es igual, la cara de sufrimiento de mamá, sus preguntas retóricas y la vuelta a la normalidad una vez que papá regresa. Relaciono estos hechos con partes de conversaciones que escuché afinando el oído desde mi dormitorio. En realidad, pedazos de monólogos de mamá como, mañana voy a buscarte al consultorio, no vaya a ser que te encuentre charlando con … (y ahí no escucho nada más, pero por alguna razón me imagino que se refiere a la sensual técnica radióloga que trabaja con papá) o, ni se te ocurra invitar a la cena del sábado a Perla, esta vez vendrán nuestros amigos más íntimos. Pienso, justo Perla que es la mamá de Marcelito, mi amigo del edificio contiguo que tanto quiero. Me perderé que venga acompañándola.

María: Mañana voy al consultorio y me planto allí. Si lo encuentro flirteando con su ayudante me va a escuchar. Voy a hacer tremendo lío ante todos, médicos, pacientes y técnicos. Sabrá a qué atenerse.  

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Los sucesos de la quinta y las sospechas cotidianas de mamá aparecen ligados en mi memoria. El común denominador, creo, son los celos y las inseguridades de una mujer sojuzgada, limitada a tareas domésticas y banales. Condenada a sospechar de su marido por ausencia de una vida propia. Esta sentencia será eterna en el transcurso de su vida.  

Alexis de la Fuente (Buenos Aires)

 

1. LA PRISIÓN INVOLUNTARIA DEL SECRETO

Tener que ocultar al mundo que mi madre se había ido de mi casa fue el secreto más pesado que me tocó cargar hasta muy entrada en la adultez.

Al principio fue imposible evitar el bochorno en el barrio porque como no vieron más a mi madre  algunos preguntaban. Pero no muchos. Lo peor eran sus miradas acusadoras, parecía que mi hermanita y yo teníamos la culpa.

Obviamente mi padre no se ahorraba ningún epíteto al referirse a ella y nos aseguraba que nos había dejado una mancha en la frente. Creo que ahí fue cuando empecé a usar flequillo. Para evitar que las vecinas chusmas vieran la mancha.

En el colegio fue el secreto mejor guardado por nosotras. Dos niñas de nueve y once años avergonzadísimas de haber sido "abandonadas" por su progenitora. Allí nadie sabía, o eso es lo que nosotras creíamos, que la mesa en nuestra casa estaba renga porque le faltaba una pata. De ser cuatro pasamos a ser tres, sin contar a la chica que nos cuidaba y a la perrita que adoptamos.

Cuando papá se casó con Emilia nos mudamos de barrio. Casa nueva, a estrenar, chiquita pero sin recuerdos. Pero con un enorme pactode familia, tácito, sin conversar pero imponente: éramos una familia feliz que veníamos de otro barrio. Lili y yo éramos hijas de papá y Emilia. Nadie nos dijo que no mencionáramos que teníamos un pasado de batallas sangrientas, temblores y terremotos.

Pero no sé por qué, si el miedo a que nos vieran las heridas de guerra o que se dieran cuenta de que habíamos sido descartadas y éramos diferentes, algo nos selló la boca y los pensamientos para poder reinventarnos en el nuevo barrio como una de tantas familias de la época.

Y el secreto se prolongó toda la adolescencia y la juventud.

Recién en mi primer trabajo me animé a contarle a mis compañeros que vivía con mi padre y su mujer y que mi madre vivía con su pareja y mi medio hermano. Ya por entonces yo tenía veinte años y avancé por la vida con una historia -la real- que conocían mis amigos y mis amores y otra paralela que era la cotidiana: el barrio, mis alumnos, mis colegas.

Cuando falleció Emilia, los vecinos nos dieron el pésame por la pérdida de nuestra madre. Nunca los contradijimos. Aún hoy, y en homenaje a la memoria de Emilia, dejamos que los vecinos mayores sobrevivientes sigan creyendo que ella era nuestra mamá.

A mi colega y compañera de muchos años nunca se lo había dicho hasta que ella se separó y vivió un infierno con su hijo que a toda costa quería ver a su papá y le echaba la culpa de su ausencia, cuando era el padre del niño el que se había desvinculado de ambos. Ahí, a mis cuarenta y dos años, le conté mi historia para ilustrarle lo que podía haber en la cabeza y en el corazón de su hijo de once.

Porque, además, el secreto estaba vivo. Lejos, con un océano de por medio, pero estaba vivo.

Y cuando falleció mi padre, el secreto se apareció en nuestra casa y le decíamos a la gente que era una tía. Yo era la que estaba más complicada por portación de rostro. Mi tía y yo éramos dos gotas de agua.

Y así se fue pasando la vida.

Un verano mi secreto pernoctó en mi domicilio durante tres meses. Tenía cosas materiales que resolver acá en el país. Yo ya andaba por los cincuenta y, por increíble que parezca, hubo gente a la que anduve esquivando para no tener que contar toda la historia.

El secreto siguió vivo y en Europa por muchos años más. Y, aparentemente, sus secretitos -ya grandes y con sus respectivas familias, pero de verdad- fueron dejando de jugar a las escondidas, abrieron cajas, criaron hijos, cruzaron umbrales y enterraron prejuicios y temores.

La mancha en la frente desapareció con los años y la descendencia propia tuvo entonces toda la libertad del mundo de contarle a quienes quisieran lo que quisieran.

Noemí (CABA)

 

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