Escritura

 

9. LA ESCRITURA, CUESTIÓN DE PALABRAS

La escritura está ligada estrechamente a la lectura, a la oralidad y a la creatividad también.  Siempre me resultó fácil escribir. Las redacciones eran mis obras maestras en la primaria y también en la secundaria. Muchas me la hacían leer en los actos. Para mi era un orgullo que un escrito de mi autoría fuera escuchado por todos. En la secundaria escribí, en mis ratos libres, en un cuaderno anillado grande, poesías, frases, recolectaba algunas ajenas otras creadas por mí. Incluía algunas historias también. Ni hablar la decoración que le efectué al mismo. Dibujitos, collage hechos con papeles de los chocolates que me regalaba mi novio, con etiquetas de cigarrillos de mi papá, papeles brillantes, etcétera. Muchos representaban el contenido del escrito. Nunca leí poesías, pero tengo mucha facilidad para escribirlas. La última historia que escribí en ese cuaderno fue sobre los primeros seis meses de vida de mi hija, yo tenía dieciocho años. Nunca más lo toqué. Hace unos años acomodando, lo encontré en una caja de los recuerdos, lo vio mi hija más chica, fascinada con él, lo guardó.

En mi profesión la lectura y la escritura son la base de la misma. Debo reconocer que en los últimos años costaba mucho hacerles escribir un texto a los niños. La tecnología arrebató bastante la imaginación y la creatividad. Trajo muchos otros beneficios, pero aplacó bastante el tema de la escritura, ni hablar la ortografía. Este es mi parecer, quizá esté equivocada.

En los actos siempre tenía a cargo la conducción, si no era esta, eran las palabras alusivas o las despedidas a los alumnos. Siempre tenía que escribir algo. Lo hice con mucho placer. Por lo general a los de jardín siendo vicedirectora, les escribía una poesía divertida, si no, no te escuchaban.

Lo qué si es medio feíta mi letra. ¡Y eso que he escrito en mi vida! Yo soy de la generación de maestras que la carpeta se hacía a mano, todo a pulmón. Siempre me destacaron la prolijidad. No sería linda la letra, pero colores y perfecciones no le faltaron. Así fui de alumna también, eso se lo debo a mi mamá. Pero ella a pesar de tener solo la primaria, tenía una letra hermosa.

Tengo pendiente escribir un libro. No se cómo empezar, pero quiero. Primero pensé en una novela. Después cambié por cuentos o relatos más cortos. Tendré que pedir ayuda u orientación y empezar. Siempre soñé con eso.

 Mari (Neuquén, Neuquén)

 

8. ESCRITURA, CUESTIÓN ESTÉTICA 

Recuerdo que escribía bonitas redacciones cuando estaba en la primaria. 

Era habitual que las maestras reconocieran mis logros haciéndome pasar al frente de la clase para compartirlas con mis compañeros. 

Incluso hasta las he leído en algún acto escolar. 

A mí escribir me proporcionaba un gran placer, aunque sinceramente leer me gustaba mucho más. 

¿Será, tal vez, porque mi letra era poco agraciada y desprolija?

Era tedioso hacerlo con las lapiceras fuente a las que, constantemente, les torcía las plumas. 

 Muchas veces las presionaba tanto sobre el papel que las rompía terminando con las manos enchastradas.

Las hojas del cuaderno goteadas eran mudas víctimas de mi impericia al maniobrar aquellos infernales instrumentos.

El papel secante no me servía de gran ayuda y terminaba estampando el guardapolvo blanco con espectrales lamparones azules. 

Cuando aparecieron las lapiceras Sheaffer con cartuchos la cosa no mejoró, pues los reventaba a menudo dentro de algún bolsillo o de la cartuchera haciendo verdaderos desastres... 

Mis calamidades al intentar borrar un yerro merecen una mención aparte. 

En una época lo hacía con lavandina y las consabidas consecuencias eran la ropa arruinada y el penetrante olor a lejía que me acompañaba a todos lados.  

La goma de borrar en mis manos se había constituido en un verdadero elemento de destrucción para las páginas de mis cuadernos que solían detentar desagradables agujeritos de diverso tamaño fruto del esfuerzo para hacer desaparecer mis errores.  

Las tareas escolares más tortuosas eran los mapas delineados y con inscripciones en tinta china.

En tercer grado la señorita Yolanda, la más exigente de las maestras que he conocido, me hacía repetir la confección de los mismos una y otra vez, le asistía la razón pues eran monstruosos, pero ¡cuánto sufría yo al someterlos al juicio de sus perspicaces  ojos negros...! 

Algunos compañeros del cole tenían una caligrafía preciosa. 

 Yo en ocasiones trataba de imitar sus trazos. 

 Me acuerdo de una nena en particular, se llamaba Elena y toda ella era una gloria estética. Literalmente prolija de la cabeza a los pies. Por lo general llevaba el cabello recogido con un rodete alto y redondo. Sus zapatos con guillermina lucían siempre blancos, tan níveos cómo sus medias. 

No era bella, tenía ojitos pequeños y achinados. Su cuello era demasiado largo para mi gusto, pero su aspecto general era fino. 

La escritura de Núñez, tal era su apellido, iba acorde a su presencia; tenía la característica de ser chica, clara y tan estructurada que daba la impresión de que la dibujaba poniendo una regla debajo, aunque yo había comprobado que en realidad no era así.

La cuestión es que deseaba escribir tan bonito como ella, entonces tomé sus cuadernos como ejemplo. 

Con esmero pasaba horas, días enteros practicando con una regla como guía y apoyo para hacer una letra similar a la de aquella niña.  

Al cambiar de escuela, con once años, ya había progresado mucho en la presentación de mi material escrito.  

Aunque mi letra no se parecía en nada a la de Elena había logrado un buen resultado.

Escribir con birome fue favorable para mi escritura. 

Ya en la secundaria aproveché al máximo la materia "Caligrafía" así que mi letra de hoy en día, es al menos, aceptable.  

Por alguna razón, en este texto razón elegí referirme sobre la técnica de la escritura y no sobre la cuestión literaria. 

Sí, diré que nunca escribí diario íntimo, ni cuentos, ni poesía, esto último no me extraña pues los poemas no me gustan, me aburren.  

En terapia la psicóloga me había sugerido escribir mis situaciones y conflictos como descarga emocional. 

Lo hice pocas veces, no lo pude capitalizar como herramienta de sanación. 

Cuando en Facebook vi el anuncio de estos Talleres de Sanación a través de la Escritura a cargo de Yima, me sentí atraída y ahora disfruto de los beneficios de esta elección. 

Me siento enormemente agradecida porque de verdad estoy sanando.

 Melinna Tigo (CABA)

 

7. MAGIA EN TINTA

Son estas oportunidades las que me detienen a pensar en todo aquello que postergué durante tantos años. Se suma a este aplazo, la escritura.

Las letras fueron mi compañía durante mi infancia y corta adolescencia, mis composiciones y cuentos cortos, leídos en público, fluían a través del lápiz y el papel sin inconvenientes ni trabas.

Mi mente estaba afilada y sin hematomas.

Al retomar la pasión, transitando la quinta década, se hizo difícil este arte, tuve que usar recursos propuestos por médicos y amigos escritores, el uso de notas cortas y palabras sueltas que merodeaban y rápidamente desaparecían .Mi anunciada afasia se hizo presente.

Con actividad recurrente de tinta y papel, el camino se allanó y las ideas surgieron.

Escribir, siempre hay un motivo, alguna dedicatoria, a los padres y madres en su día, a mis hijas, a la lucha contra el cáncer de mama, del H.I.V, del trasplante, de la leucemia. Siempre hay un tema que me convoque a realizar la actividad que, en ocasiones, ronda la creatividad

Escritos cortos, metáforas simples, así, como la vida que he querido e intento a diario vivir, sin complicaciones.

Escritos que hablan de amor, de soñar despiertos, que hablan de la tierra y la luna, mis grandes pasiones.

Escritos dedicados y enviados, que solo pertenecen a esas dos almas.

Escritos que plasman gestos, actos, que no involucran a terceros.

Escritos que encienden fuegos y queman recuerdos.

María Santandrea (Neuquén, Neuquén)

 

6. UN LUGAR OLVIDADO

De niña jugaba largas horas imaginando que yo era la maestra. La pared de mi pequeña cocina pintada de gris brillante, hacía la veces de pizarrón  imaginario. No usaba tizas, me estaba prohibido llenarla de polvo. También la tiza era imaginaria, cualquier cosa que tuviese esa forma era válida para crear ese ambiente mágico. Siento, que sin saberlo, eso que parecía ser solo  un juego de  niña, denotaba en mí, un gran deseo de expresarme, de relacionarme con otros aunque fueran invisibles, ya qué, los niños visibles jugaban en la vereda y a mí no me lo permitían.

Al despertar de mi adolescencia empecé a escribir rimas, posiblemente comenzó  a aflorar en mí, ese lado creativo y romántico que mantuve oculto, ¿vaya a saber por qué? , quizás por temor a no ser comprendida o tildada de cursi. Me divertía hacer coincidir los sonidos de las últimas vocales, proporcionándoles relación y sentido.

No sé por qué rara razón, cada vez que tenía  un papel y un lápiz a mano, escribía  mi nombre y apellido,  una casita, un camino y dos árboles,  aún  hoy sigo escribiendo mi nombre, no así  la casita, el camino y los árboles.

Solía escribir todas aquellas cosas que me molestaban o me entristecían, era como una protesta muda, luego las rompía  y las tiraba.

De adulta leía más y escribía poco, solo  en fechas especiales solía hacerlo. Regalaba tarjetas con dedicatorias alusivas al acontecimiento, siempre sentí que las palabras que salen del corazón llegan al alma de quien las recibe, al menos a mí pasa. 

Cuándo éramos novios,  mi esposo y yo nos escribíamos todo el tiempo. En un principio, nuestra relación fue muy controvertida, no fue fácil para ambos, mucho menos para mí en esa época  y con una familia tradicional y cerrada, llevar adelante una historia de amor prohibida y con futuro incierto era casi un sacrilegio. Por ese motivo cada mañana le acercaba a su trabajo una carta, donde le exponía el fin de nuestra relación, yo lo amaba, pero no me sentía preparada para seguir adelante. Aun así, él, siempre me terminaba convenciendo y volvíamos, en algún lugar estaba escrito que así debía de ser.

La escritura fue  la mejor manera de comunicarme con Ema, en épocas dónde  hablarle me era imposible, yo podía llegar a él  por medio de extensas  cartas, en las cuáles le exponía mi preocupación por él,  mis miedos, mis enojos, trataba de hacerle comprender lo importante que él era en mí vida, cuánto lo amaba y cuánto me lastimaba ver la falta de valoración que sentía por sí mismo, yo le rescataba esos valores y ese potencial que él ciertamente tenía, y que había descuidado por  seguir un camino equivocado. Él leía mis cartas y las guardaba, su silencio era la respuesta a mis reclamos, a mis suplicas y a mis enojos; le llegaban, pero no eran suficiente, estaba en él la decisión del cambio.

El haber comenzado con el Taller de Escritura me ayudó en lo personal, a llegar a esos lugares que dejé olvidados de mi niñez y adolescencia. Todavía no puedo vislumbrar, si los archivé por temor a revivir etapas poco  gratificantes,  o porque preferí darle un enfoque diferente a mi vida, desde lo positivo, donde lo posible fue siempre mi meta.

 Li (CABA)

 5. MI DEDO MEDIO DE LA MANO DERECHA

Mi dedo medio de la mano derecha está torcido y hace una curva perfecta hacia el índice.
Es un dedo que ha trabajado mucho en sesenta años. En él se apoyaron sucesivamente las Sheaffer, Parker, plumines, lápices de colores y grafitos, gomas , pinceles... ¡costaba sacar los manchones de tinta cuando escribía con pluma! Es esa ínfima porción de mi cuerpo que intento enderezar cada tanto, con férulas pequeñas, vendas, masajes con árnica y cuanta cápsulas de rehabilitación encuentro por Internet.
Escribir era fácil con su ayuda. Ya no. Mi mano derecha sufre su ausencia. La cursiva era su predilecta. Le cuesta arrancar y sostener el recorrido de torpeza.

Hoy, el índice tomó protagonismo, aunque un poco torcido también, escribe gracias a teclas.
Muchas veces revuelvo recuerdos que guardo y sonrío o lagrimeo leyendo. Pequeños pedazos de papel, hojas rayadas, libretitas con  azul lavable, tinta china, garabatos con lápiz 2B, escribir lo que sea pero escribir.

Volcar  pensamientos y estar convencida de que habría un lector, cualquiera, que lo recibiría, inclusive  aquellos invisibles.


Escribir los discursos, los actos escolares, escribir notas, escribir cuentos infantiles. Escribir.
Tengo tantos escritos por ahí dando vueltas y que nunca puedo ordenar.

La escritura también armó mi vida.

“Escribir ahora. Como un grito que llegue/ más lejos de la fotografía del ojo.

Escribir. Por si el ayer/ no entra en el futuro del poema”. (Natalia Litvinova)

Escribir es la vacuidad que da paso a la plenitud, al aire completo de los pulmones.  Permite que los gestos de mi cara queden suspendidos hasta la próxima vez.

 Gabriela Potenza (CABA)

 

4. LA HOJA EN BLANCO

Tengo una nueva amiga, la hoja en blanco.

Algo que a los avezados escritores les puede dar temor, a mí, una incipiente y humilde aprendiz, me da placer. ¡Qué inconciencia!

Ahora puedo plasmar en una hoja mis sentimientos, mis imágenes mentales, a través de todos los personajes que me habitan y que hasta ahora no habían podido salir a la luz. 

Nadie me contrató, no tengo que escribir una novela para entregarla ni en tres meses ni en dos años, estoy en la etapa de la revelación.

Estoy descubriendo la libertad de poder escribir poco, mucho o nada, por eso me gusta la hoja en blanco, siento que estimula mi creatividad.

Como recién nos conocemos quiero presentarme. 

Me llamo Ema, tengo cincuenta y ocho años, bueno en realidad tengo sesenta, pero siempre me quito un par de añitos y estoy tan acostumbrada a hacerlo que ya no es una mentira.

Soy docente jubilada en educación especial así que tengo muchas horas disponibles, vivo sola y, debo confesarlo, no soy una gran lectora.

Hace tiempo que quería empezar a escribir, pero hasta ahora no había encontrado el momento justo, ese que te dice: “es ahora o nunca”.

El verano pasado decidí quedarme en el cemento de la capital sin vacaciones. 

Estaba sufriendo los vaivenes de mi presión arterial debido a las altas temperaturas hasta que una tarde de 38ºC recibí un mail con una propuesta a mi medida: "Taller de escritura, no se necesita experiencia previa de ningún tipo, solo ganas de escribir”. Eran tan sólo nueve clases que comenzaban en pleno mes de enero y terminaban a comienzos de marzo, justo para mí. La alegría fue tal que elevó mi baja presión.

Ese fue el puntapié inicial, y acá estoy, dispuesta a desnudar mi alma, a llenarte de palabras, a contarte historias, reales o inventadas.

Ahora me gustaría saber algo de vos, no quiero hacer de esto un monólogo. 

¿Te gusta permanecer como hoja en blanco por mucho tiempo o preferís que te llenen rápidamente, aunque sean frases sueltas?

¿Cuál es tu tamaño?, ¿sos hoja de carpeta u oficio?, ¿rayada, cuadriculada o lisa?

¿Integrás un cuaderno, un block?, ¿con espiral o pegado? Podrías ser una hoja suelta también.

¿Tenés margen?, porque hay gente que no respeta los márgenes y escriben fuera de ellos, no sé vos qué preferís.

Con respecto al trazo, he notado que cuando escribo muy apurada lo hago con demasiada fuerza, trataré de escribir lentamente

¿Te gusta que te borren o te duele y preferís la tachadura?

¿Tenés algún inconveniente con los traslados? Porque no siempre voy a querer escribir en casa, me gustaría llevarte a un bar, o si es un día de sol a una plaza y escribirte sentada en un banco, viste cómo son estas cosas, se llama inspiración y si de repente me surge una idea debo tenerte en mi cartera, siempre a mano.

Bueno, creo que han sido muchas preguntas, soy algo intensa y a veces avasallante, estoy tratando de modificar eso, pero es tal mi entusiasmo que quiero contarte todo de mí y saber todo de vos.

Tengo muy buenas amigas así que no pensaba agregar más gente a mi lista, con vos hice una excepción, debe ser que te necesito.

Sé que me podrías ayudar aun en mis silencios, que en tu caso sería mostrarte en blanco.

Siento que te puedo contar todo y no te vas a sorprender ni enojar con nada de lo que escriba.

Podría contarte hechos aberrantes y no sería juzgada. ¡Qué placer!

En fin, por el momento eres mi amiga ideal, mi confidente, mi compinche…, no sé hasta dónde podremos avanzar.

El inicio de una relación puede ser complicada, hay que dejar que fluya, con el tiempo todo se acomoda. Ojalá formemos la pareja perfecta, duradera y sin exigencias. Que la presión por escribir y no poder hacerlo, no me haga odiarte. 

Ambas nos necesitamos.

Espero me haya llegado el momento del amor eterno.

 Mágico Abril (CABA)

 

3. ¡A SEGUIR!

“Si Ustedes vienen a la facultad para aprender a escribir, lamento decirles que acá no es”. Así nos recibió en nuestra primera clase de la carrera el profesor de Latín, el Dr. Fraschini.

Yo venía bien, con un secundario tranquilo. Si estaba inspirada, podía escribir las oraciones más lindas (permiso, Neruda). Tuve compañeras como la “Tub” -su apellido era Toubes- con la que hablaba un montón de literatura. Ella fue quien me presentó a los formalistas rusos que devoré en noches de insomnio.

Las profesoras de la materia no sabían bien qué hacer con quienes teníamos aspiraciones literarias. ¿Nos daban vuelo y tenían que hacerse cargo o nos aplacaban y nos sugerían que nos ocupáramos en otra cosa o que lo hiciéramos como “diario personal”? Mejor acallar tantas voces creativas con la vincha del uniforme. Resumen: no a la creación. “De esto no vas a vivir” ¡Claro!

Llegar a la universidad fue un momento cumbre para mí. En mi familia no había universitarios que pudieran contar de qué iba la cosa.

Y de nuevo, cercenar la creatividad: los trabajos debían ser monográficos de estudio, no de ficción. Hubo un profesor que desde la primera clase señaló que dios era el diez, (¿y los agnósticos y ateos, qué?), él era el nueve y los alumnos se calificarían con un ocho como máxima nota. Mucho creerse en un pedestal.

Debo confesar que me la creí. Me creí lo que decían estas almas en pena y decidí leer a destajo y olvidar la escritura. Quien sí hizo acopio de mis escritos ha sido mi queridísimo Claudio ya que le tenía carta, notita o algo para cada vez que nos veíamos. Guardamos con celo el conjunto todo de nuestras cartas. Una bolsa de residuos llena de amor.

Y de golpe y porrazo, me animé. Apareció el aviso de Yima en el Facebook (cuánto sirven las redes sociales) y me reuní con seres excepcionales en presencial y luego virtual. Y porque me animé a escribir de nuevo estoy en un taller de escritura los lunes de Literatura Tigre, los jueves a la noche con el Taller Literario del Centro Cultural Piana y los viernes en el taller de Narrativa de la Universidad de Hurlingham.

Me vino muy bien el tema de reciclar escritos (¡te amo, G. Maestri!: Ud. sí que es una “maestri”) en la medida de que la temática lo permitiera.

Ahora, ¡a seguir!

 Edith Oxilia (CABA)

 

2. UN CORDÓN

Si me preguntaran en qué momento de mi vida surgió mi interés por la escritura, no podría precisarlo. Muchas veces pensé que ese afán nació conmigo.

Fue casi inevitable que al gustarme leer, quisiera también volcar en palabras aquello que la imaginación creaba en mi cabeza. Supongo que comencé a tomar conciencia de esto mientras cursaba la escuela primaria. En ese entonces, solo lo hacía a través de narraciones escolares; una vez, estando en séptimo grado, escribiendo (O escribí? una historia para representar en un acto.

Ya en el colegio secundario, seguí escribiendo, adaptando resúmenes, redactando notas, narraciones, ensayos sobre libros o autores para la materia de Lengua. En casa, como en general ocurre, quise comenzar escribiendo poesías. Sin mucho éxito pues una de las primeras, a mis trece o catorce años, era sobre mi amor platónico hacia un muchacho vecino. La misma fue encontrada por mi hermana, quien no me alentó a seguir escribiendo, sino que me reprendió por "escribir sobre esas cosas".

No podría enumerar o detallar mi paso por la escritura porque es algo que hice siempre. He hecho talleres literarios, y, cuando no, escribía para mí.

Cuando he tenido que expresarme siempre me ha sido más sencillo si contaba con una lapicera y un papel.

Actualmente se cumplen casi dos años de cursar un nuevo taller literario. Tiene un enfoque distinto, pues es narrar sobre nuestra historia y sobre nosotros mismos. Por eso lo elegí. Trato de aprender a redactar de una manera correcta, tengo que corregir varios errores que cometo (por suerte Yima, mi profesora, se encarga de ello) pero debo reconocer que en estos momentos, no es lo que más me importa. Esta vez los principales motivos se basan en escribir sobre mi historia familiar, temas que, quienes me conocen, quizá sepan sobre los hechos concretos, pero pocos, sobre lo que sentí y de qué forma los viví. Yo misma, al leer lo que escribo, tengo una nueva visión después de tantos años transcurridos.

También me permite hablar sobre mí, tratando distintos temas de los que rara vez, alguien me pregunta qué pienso, qué sentimientos me provocan, qué pasa dentro de mí cuando me enojo o cuando estoy triste.

Cuando escribo, siento que mi mano es el cordón que está unido a mi ser interior, siendo la única que puede, a través de un papel, mostrar quién realmente soy.

                  

                                                                 Claudia (CABA)

 


 1. EL PLACER DE LA ESCRITURA

Cuando comencé a escribir con tinta en primer grado, mi cuaderno era impecable. Me gustaba delinear las letras, sobre todo las mayúsculas, de renglón a renglón, lo que las hacía perfectamente redondeadas. Me tomaba mi tiempo: agarraba la lapicera de pluma con suavidad y era muy grato deslizarla sobre la hoja blanca.

Durante toda la primaria el momento de la redacción fue sublime para mí. Desde los diez años hasta que llegó el mail, escribí cartas. Le escribía a mi tía Amanda, aunque viviese cerca, porque me daba mucho placer comprar el papel, a veces de colores, los sobres y todo lo relacionado a la estructura de una carta. En la adolescencia escribía a las revistas de rock y me carteaba con gente afín a mi ideología: Amor, Paz y Rock and Roll.  

Escribí poesía y cuentos desde chica. Me gustaban mis creaciones. Le escribí una poesía a Dalila y una a Abel. Después el arte me llevó hacia otros caminos y dejé totalmente, me anulé. Intenté crear una poesía para mi nieto León, pero me salió algo espantoso. Ahí la tengo guardada. Cuando nacieron los nenes de mi hija necesitaba volcar mi felicidad hacia un papel, pero nada. Al único que le mostré mis creaciones fue a mi hijo, que siempre celebra el arte que hago, tanto la música como la escritura.

Cuando vino hacia mí esa necesidad de leer sobre autoayuda, me compraba libros de ejercicios: ¿Cómo se siente ahora? Explique qué hablaban sus padres sobre el amor y Escriba tres páginas de la mañana. No sé si me curé, pero me encantaba hacerlo todos los días. Gracias a esas páginas me volvieron los deseos de escribir y entré en el Taller Literario de la Profesora Yima Santa Cruz. Los Encuentros me hacen conocer a mí misma a fondo y el Taller de Letras saca toda mi creatividad. Quisiera escribir más. Tengo en mente varias historias para contar. Es un universo diferente al que estoy muy orgullosa de pertenecer.

Alejandra Busconi (San Martín, Buenos Aires)

 

 

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