Orgullo

6. GUERRERA

Finalmente llegó el momento de recoger los frutos de las batallas libradas y creo que cuando miro para atrás, parada en mi presente, hay una especie de satisfacción y sobre todo agradecimiento.

Porque la alegría que provoca el disfrute de los momentos actuales es para agradecer día a día por todas las batallas vividas y ganadas.

Tengo una larga lista de desasosiegos, temores y tristezas a partir de mis diez, once años hasta aproximadamente cinco o seis años atrás.

Desde sentirme fea e insignificante por no poder retener a mi madre a mi lado y estar a la sombra de su imagen por el resto de su vida, hasta pasar por distintas enfermedades físicas y mentales como consecuencia de tantas turbulencias y mi incapacidad de resolverlas.

Aunque la mayoría de las situaciones caóticas eran externas, podría haber trabajado en mi psiquis antes de tener la psoriasis para poder enfrentarlas con más herramientas y no somatizar todo lo que ocurría a mi alrededor con las consecuencias de distintos padeceres.

El abandono físico y emocional de mi madre me marcó a fuego, dejándome vulnerable, súper sensible y enojada, pero por sobre todas las cosas mendiga de amor, dependiente de cariño, necesitada de afecto y absolutamente insegura de mi valor como persona.

Pero los años pasan para enseñarnos a caer, sacudirnos elpolvo y  levantarnos. Cuando se toca fondo el cuerpo avisa y nos pone a trabajar en nosotros.

Agradezco a todos los seres que me apoyaron, que me abrazaron las penas y me guiaron. Empezando por mi abuela, mi amada Rosita, profesora del secundario, mi amiga María Ester, mi esposo (a partir del momento que se dio cuenta y pudo valorar quién soy), a mi psiquiatra (que me dio la paz del entendimiento), a mi psicóloga, a mis amigas verdaderas y, hoy en día, a mi hijo Martín, que es un interlocutor de primera, mi apoyo, mi oreja y mi compañero en distintas situaciones de la vida.

Y finalmente ORGULLO.

Por haber vencido tantas dificultades, por mi trabajo que amo, mi vocación, la hermosa familia que tengo y mi insuperable alegría de vivir.

Noemí (CABA)


5. UNA SOBREVIVIENTE

Soy la sobreviviente de un pasado que no voy a llamarlo  desgraciado, aunque por ahí  sí, sino un poco complicado. Aun  así, aprendí  a separar de él, todo aquello que no quería  repetir, para de alguna manera crear mi propia historia.

No me fue fácil  dejar atrás  los mandatos, romper los esquemas que intentaron forjar en mí, un perfil de sumisión  y acatamiento, que si bien en su momento cumplí sin reclamos, callando mi voz en oportunidades,  noquise gritar mi disconformidad y desacuerdo, para de esa manera evitar conflictos,  sin darme cuenta de que, callando, iban a ser aún peores. 

Posteriormente fueron justo las situaciones difíciles las que me ayudaron a salir de ese letargo involuntario, para tomar el valor de ser la mujer que mantuve oculta durante tanto tiempo. Me animé  a serlo, lo descubrí  en cada decisión  que tomaba sin importar las consecuencias. Comprendí que solo  dándole  para adelante se llega al final del camino, sorteando todo lo que se nos cruce sin temor y con convicción. 

Haciendo un repaso de mi vida toda, puedo decir sin vanidad alguna, lo orgullosa que me siento de mí misma. Llegar a esta altura de mi vida y sentirme bien es la mayor demostración de que logré ese lugar, donde no solo  yo, sino  también los  otros ven con orgullo mi crecimiento y mi capacidad para enfrentar la vida.

 Li (CABA)

4. ORGULLOSA DE MÍ MISMA

Hubo un día en que, de repente, o más bien, después de mucha terapia transitada, empecé a ver todo con otros ojos. O será que al fin la venda que los tapaba cayó a mis pies y me permitió ver en el espejo a mi otro yo.

Ese que esperaba desde siempre salir a la luz. Ese que se quiere y se respeta.

Al que le importan los demás, pero primero piensa en sí mismo. Ese que ya no permite que me auto boicotee, sino que me empuja a ir hacia adelante, a salir de mi poco confortable zona de confort.

El que me ayuda a reconocer a las personas que me llenan de luz y me aleja de quienes no me valoran o me ofrecen un cariño que no se juega por mí.

El que me impulsa a buscar motivaciones para la vida, pone en pausa a las preocupaciones y confía en que el tiempo coloque cada cosa en su lugar. El que me enseñó que en dejar fluir está el secreto.

Ese espejo que siempre estuvo ahí, pero se empañaba con cada lágrima derramada por quienes no las merecían, o que se quebraba con enojo por cada verdad que no quería aceptar. En ese afán de querer que el otro fuera quien en realidad no era, yo me olvidaba de mí.

Ese espejo que hoy me devuelve mi imagen. Soy yo, la que tuvo que decepcionarse mucho y tocar fondo para darse cuenta de que sólo era cuestión de tomar la decisión de ser feliz para sentirme así.

Y para eso hacía falta pensar un poco más en mí misma. Fue un largo y arduo camino que me trajo hasta aquí, hasta sentirme, por fin, orgullosa de mí misma.

Aprendí con los golpes y con los abrazos, a decir que sí cuando es sí y no cuando corresponde.

No me obligo a hacer nada que no quiera, ni siquiera a saludar por compromiso. Aunque haya compromisos que aún cuesta disolver.

Ayudo cada vez que puedo, y cuando no puedo, ya no.Y no siento culpa.

Soy la molesta que dice siempre lo que piensa, aunque esto sea lo último que le convenga hacer. (Eso no lo aprendo y no sé si quiero aprenderlo)

Pero también aprendí a guardar silencio cuando creo que mis palabras no ayudan. Pagué un alto costo por eso, pero teniendo la tranquilidad de que volvería a hacer lo mismo si fuera necesario.

Aprendí a ignorar los prejuicios, el qué dirán. No me importa lo que el otro piensa si yo conozco la lealtad de mis sentimientos.

Pude apreciar que se me critica por eso. Y sin motivo también. Y ya no importa tanto.

Sigo ubicando en lugares increíbles a la gente que quiero y me doy la cabeza contra la pared cuando no me siento correspondida… Todavía, sí, todavía. Pero aprendí a alejarme también, si eso me protege. Eso sí, no acepto reclamos cuando ya pasó el tiempo en que hice todo lo contrario.

Tengo los afectos que necesito para vivir feliz, duelen los que fui perdiendo con el tiempo y sigo padeciendo los silencios y las distancias de los que dicen estar cerca. Pero también entendí que el otro puede elegir no seguir formando parte de mi vida o hacerlo a su propio modo, que, quizás esté lejos de lo que yo necesito. Y está en su derecho. Esos son los duelos que más me cuesta transitar aún, pero, al menos, ya lo entiendo.

Soy feliz con cada pequeño gesto de reconocimiento. Pero no sufro si no llega porque ya no lo espero.

Asumí que no puedo ser perfecta y ya no me preocupa. Pude comprobar que, después de mis equivocaciones, el mundo sigue andando, y logré un gran alivio por eso.

La vida me enseñó con crueldad que mañana quizás no esté viva y trato de aprender a disfrutarla como si eso fuera a ocurrir.

Sencillamente, soy la que elegí ser. No puedo ni quiero esconder lo que siento, lo que pienso, lo que esencialmente soy. Pero ya no me inmolo por nadie. Primero estoy yo. Y antes que yo, sólo mi hija, siempre.

Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)

 

3. DESAFÍO

Escucho la voz de Yima mientras lee de manera clara el texto de Gla. Como ella, fui a aprender a manejar en el ACA -luego por otro motivo se transformaría en el ACA-CACA-. Para mi mala suerte me tocó un instructor de lo más seco y mala onda. En el final de la primera clase, pensé en pedir el cambio de docente porque me hacía sentir fastidiosa. Sin embargo, encaré el desafío de bancármelo y cansarlo a preguntas que cuestionaba en su existencia. ¿Cómo a alguien se le podía ocurrir tal cosa? Ni siquiera lo observaba. Me reía por dentro.

Culminado el trámite de las clases y con prácticas con mi estimado C, hice el papeleo para rendir en el predio del Club cerca de Planetario.

En fecha y hora me hice presente. El teórico era una vergüenza total: preguntas enun multiple choice que me sonaban a cargada, a tomadura de pelo. Seguidamente el “oral” en el que se repetían preguntas del escrito (la ley que habilita la obtención de la licencia de conducir es muy extensa) y observar a gente que salía bochada.

A esperar el auto número diecinueve. Cada uno de los cursantes en esta institución tenía la opción de dar el examen con el vehículo con el que había practicado. Hice el curso en los pocos días hábiles de una semana santa. La cantidad de feriados seguidos me hicieron optar por dos clases más para asegurar sobre todo la vuelta marcha atrás, maniobra inexistente en el día a día de un conductor al frente de su vehículo. Pero bue… He leído en el diario que próximamente se tomará el examen en un auto doble comando por las calles de la ciudad. Felicitaciones.

Rendí el examen práctico (manejo) en cuatro oportunidades hasta aprobar. Tenía un lapso para que el curso estuviera vigente y cumplí esa meta. Para la vuelta en marcha atrás, saqué la cabeza por la ventanilla para ver mejor, cosa que me fue muy útil para aprobar.

Ir hasta el Planetario y gastar improductivamente mañanas mientras mis niños estaban en clase y quedaban por este motivo almorzando en la escuela. A Sebas le daba igual; Fede no estaba contento. En alguna oportunidad, Miriam me salvó el mediodía llevándose a ambos. ¡Genia!

Las tres primeras veces que rendí me sentí tan mal, tanta frustración. Pensaba en mis conocidas malas e imprudentes amigas manejadoras. De temer. Con algunas no he vuelto a subirme a sus autos.

La última vez con la cabeza afuera de la ventanilla -no se debe hacer esto según los puristas del manejo de autos- no di aviso en qué ocupaba mi mañana a nadie. Llegué a la escuela cerca de las catorce horas a retirar a mi niño de jardín que tenía un humor de perros. Se le pasó al llegar a la esquina.

¡La alegría de Claudio cuando le enseñé el carnet de conducir!

Manejé siempre con él a mi lado en situaciones de extrema comodidad. De ahí no salí.

Lamenté mucho cuando se me venció la licencia y debía hacer todo el trámite nuevamente. Lo dejé. Lo abandoné.

Guardo con cariño la licencia que nunca mostré y que nunca me pidieron.

Edith Oxilia (CABA) 

 

2. FUERA DE MI VOCABULARIO

Orgullo… nada viene a mi mente para escribir sobre ello o definirlo.

Es como si algunas palabras, o sentimientos mejor dicho, no tuvieran demasiada participación en mi vida, por lo menos en forma habitual o consciente.

No tengo en claro dentro de qué parámetros entra el orgullo. No es algo que me cuestione ni considero necesario hacerlo.

¿Se asocia a logros personales? ¿A sueños o proyectos realizados? ¿Se refiere a actuar o hacer bien las cosas?

Yo no puedo vincular estos hechos al propio orgullo.  Si he logrado algo, en el campo que fuera, me siento bien por haberlo hecho. (De por sí, me cuesta ver como logro alcanzar algo que solamente, pasa por haberlo querido hacer).

Si alcancé un sueño o proyecto, me contenta.

Si actué o hice algo bien, considero que era lo correcto y decidido en ese momento.

No es que piense que valgo menos que otros, ni en aquello que hice y qué no, o qué cosas alcancé o dejé atrás. Simplemente, no empleo ni aplico la palabra orgullo ni me la atribuyo como tal.  

 Claudia (CABA)

 

1. SALIR A LA SUPERFICIE 

En mi vida caí varias veces a raíz de situaciones dolorosas. Me llevaban a lugares inimaginables y volvía a caer. Llegó un momento en que toqué fondo, como cuando tocaba el piso de la pileta al tirarme, y desde lo profundo veía los rayos del sol distorsionados y me dejaba llevar hacia la superficie. Fue una decisión empezar de cero. Me dije a mí misma: Tengo todo el tiempo del mundo.

Lo primero que hice fue buscar fotos de mi infancia y reconciliarme con la niña que había perdido. Luego quise reencontrarme con la adolescente: volví a escuchar mi música y busqué mis propios amigos. Y más tarde recompuse la figura de la adulta comiendo sano y vistiéndome como yo quería y no como me lo pedían. También indagué en mi interior sobre qué cosas me gustaban además de hacer música, que ya me había empezado a cansar.

Entonces encontré el Taller literario donde puedo escribir sobre mi propia historia, el que me ayudó a entender mi relación con mi familia de origen y mis hijos.

Me siento orgullosa de la mujer que reconstruí y de mis textos. Pude salir a la superficie y sentir el sol. Me siento muy feliz de mis logros.

 Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)

 

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