13. DECEPCIÓN
Leonardo le pidió a Walter que me dijera que el sábado me va a sacar a bailar, que no falte. No puedo terminar de escuchar la frase y la voz de Walter ya me suena lejana. Mi corazón parece explotar de felicidad en todo el cuerpo. Voy corriendo a contarle a mamá y a pedirle que por favor me haga un vestido nuevo. Es jueves a la tarde, hay poco tiempo, pero mamá lo va a resolver.
Por fin llega el sábado. Saco turno en la peluquería. Me llevo los cassettes Casamiento de negros de Milton Nascimento y Sueño con serpientes de Silvio, mis compañeros y amigos se ríen de mis gustos musicales. Mientras escucho solo pienso en el baile con Leonardo. Solo me doy cuenta del entusiasmo de la peluquera con mi cabeza cuando el espejo me devuelve una muchacha regordeta, rodeada de rulos por una permanente demasiado apretada. Me voy muy mal.
Ya viernes. Voy a la tienda a comprar tafeta negra. Mamá me improvisa un vestido corto con una falda con tres volados. El vestido no es feo, pero yo me veo rara. ¡El sábado es el día! Leonardo es alto, rubio, estoy perdidamente enamorada de él porque es igualito a Nippur de Lagash.Vive en el campo, donde seguro anda a caballo como Nippur y seguro es callado y solitario como el hombre de Lagash. Vendrá con sus padres y pasará el fin de semana en el pueblo.
Son las once de la noche y mamá todavía está cosiendo el vestido. A mano, porque en casa no hay máquina. Solo logra hilvanarlo, por eso me recomienda que no salte mucho, ni tire de él, porque puedo quedarme sin vestido… Media hora antes de salir, se da cuenta de que los zapatos marrones no combinan pero como no hay otros les pasa una tintura negra. Mis nervios no ayudan, yo solo pienso en el encuentro con Leonardo y en el primer baile juntos. Por eso, poco me importa que la tintura fresca de los zapatos deje sus marcas en el asfalto, ni que los rulos continúen apretados , pese a todos los intentos con shampoo, crema, una toca, y todo lo que hizo mamá para ayudarme. Hasta mis dos hermanitos tiraron del pelo, uno a cada lado quedándose con mechones de rulos en las manos. No hubo forma de estirarlos. Pero tampoco me importa eso.
Desde mi casa, voy con dos amigas a la casa de Araceli, que es la más linda del curso.Tiene dos hermanas, cien polleras, cien vestidos, y cajas y cajas de maquillajes. Allí nos retocamos el maquillaje antes de ir al boliche.
Así llegamos a la puerta de Wonder, el boliche bailable. Yo busco con la mirada el auto amarillo largo de Leonardo pero no lo veo. Entramos y subimos a la pista varios del grupo de cuarto año. Suenan los acordes del Extraño de pelo largo, cuando una mano toca mi hombro. Es él, el más hermoso de todos los chicos, el que espero desde hace un año que me saque a bailar. Me saluda con un hola y comienza bailar a mi lado, mientras el resto del grupo nos observa. Porque todos, absolutamente todos conocen la historia… Bailamos tres temas más pero no presto atención a cuáles son. Es que es tanta la felicidad, que no cabe en mi cuerpo. No puedo mirarlo a los ojos y no pronuncio ni una palabra, solo bailo.
Me doy cuenta de que las luces bajan y comienza la música lenta. Mis compañeros de curso dejan la pista, solo quedan las parejas. Leonardo me dice que bajemos, que quiere tomar algo. Lo sigo, entonces él se retira al otro lado de la barra y quedo sola, esperándolo. La música continúa sonando. Phil Collins canta y yo espero. Hasta que desde el otro lado de la pista veo a Araceli con alguien llevándola de la cintura. Reconozco el brazo que la rodea, y la boca que le habla al oído. Mi cuerpo se dobla en un espasmo, que se libera por la boca en un llanto roto, corto, parecido a un grito, pero bajo. No puedo creer lo que veo.
Salgo a los empujones y llego a la vereda. Inmediatamente siento el frio del invierno de madrugada golpeándome en la cara. Me equivoqué, Leonardo nos es Nippur, nunca el esclavo valiente que renunció a ser príncipe me hubiese dejado sola, muerta de vergüenza en una pista de baile. Camino por la plaza hacia mi casa. Solo tres cuadras me separan del boliche. Mis zapatos ya no manchan la vereda. La tintura está seca. Oigo el ruido del taco que se pega y despega del suelo. Veo que mi vestido se abre en el último volado por encima de la rodilla. Tiro de la tela y me quedo con el volado en la mano.
Frágil. El hilván es tan frágil…
María José Ureta (Vedia, Buenos Aires)
12. LAS DOS PALABRAS
Angélica nos dice que tenemos que hacerlo. Mi prima Sandra me agarra de la mano y caminamos unos metros hasta llegar a la esquina. Mi abuela, mis tíos y mi prima viven juntos en la misma casa. Ella tiene un año más que yo y es muy alta. Nos paramos frente a la ventana de la casa de la esquina. Yo no llego, entonces me subo a un escalón y me pongo en puntas de pie. La chica está ahí, como siempre. Tocando un instrumento grande con cuerdas. Quiero irme, pero mi prima se da cuenta y me zamarrea. Grita las dos palabras que Angélica dijo. Las grita fuerte. Yo abro la boca y pronuncio las dos últimas letras de cada palabra. La chica nos mira y no dice nada. Corremos. Sandra le cuenta a Angélica que cumplimos. Ella nos mira, se ríe y nos dice que entremos a almorzar. Casi no pruebo la comida. Les digo que me duele la panza y me voy a mi casa. Está a cuatro cuadras. Llego corriendo. Mamá está en camisón todavía. Le hicieron una operación para que pueda nacer Corinita. Le cuento lo que hice y lloro. Mama me mira y me agarra del pelo. Grita
¿Cómo pudiste hacer eso?, ¿cómo pudiste decir eso? Siento una cachetada y luego otra y otra. Mi boca comienza a sangrar. Ella se viste como loca y sale de la casa. Me quedo con mis tres hermanitos.
Esa tarde mamá y papá pelean.
A la noche sueño, estoy frente a la ventana y una niña negra baila. De mi boca salen dos letras A. Las letras finales de dos palabras, negra y regalada, negra regalada. La niña negra me mira y se ríe fuerte. Tiene muchos dientes. Me despierto mojada, mamá está sentada a mi lado y me pone un trapo frío en la frente. Le dice a mi papá que tengo fiebre. Me vuelvo a dormir.
Cuando me despierto nuevamente, es de noche. Dice mamá que dormí casi dos días. La veo triste. Me acaricia la cara y me dice que ya a va a pasar. Escucho llorar a Corinita desde la cuna.
Es de mañana. Mamá me baña y me viste. Salimos. Me lleva de la mano. Entramos a la casa de la esquina. Nos estaban esperando. Nos hacen pasar a un lugar donde hay sillones grandes. La chica y el padre están ahí. Ella es bien gordita, tiene un peinado alto y es muy distinta a sus padres(pondría que los padres tienen piel más clara o algo así,. Ellos son grandes, parecen abuelos. Mamá me mira. Entonces digo con la cabeza agachada perdón por lo que dije, perdón, pido perdón. Levanto la cabeza, la chica me mira, sus ojos son muy oscuros. Mamá me dice que salga y se queda un rato hablando con ellos. En el camino de vuelta mamá me explica lo que significa humillar y maltratar. Por dos navidades no volvemos a la casa de Angélica y apenas me cruzo a mi prima Sandra en la escuela. No me saluda ni me habla.
Una noche vuelvo a soñar con la niña negra, esta vez quiero hablar y una víbora grande me sale de la boca, quiero gritar, entonces la víbora toma las palabras y las lleva para adentro de mi cuerpo. Allí las palabras se mueren.
María José Ureta (Vedia, Buenos Aires)
11. MATRIMONIO FRUSTRADO
Ingresé con pasos lentos a la basílica del Santísimo Sacramento, al son de la Marcha Nº 1, “Pompa y circunstancia” de Edward Elgar, nada más solemne y majestuoso, acompañada de papá con un vestido blanco de encaje. Era el sueño de toda mujer, pero parecía una niña con esa capucha semejante a la de mi comunión. Mientras los presentes me miraban admirados, yo hacía un puchero. ¿Por qué no podía refrenarlo? No era la emoción del momento, no era mi pequeñez frente a la arquitectura neogótica de la iglesia, tampoco el acompañamiento de tantas amistades y familia. Era simplemente porque sabía que no lo amaba. Tanta fiesta, tantos preparativos, el salón, el lunch, el vestido, el rosario, hasta el camisón de la noche de bodas, significativamente todos planificados por mamá. Yo no había participado en nada. Mientras entraba por la nave principal sabía perfectamente que no era amor. Me estaba casando con alguien a quien apreciaba, no cabía duda, y yo pensaba que me iba a acompañar, me iba a hacer sentir segura toda la vida, pero al que no amaba como “la pareja”.
Él me esperaba junto a los padrinos en los que ni reparé. No sabía dónde fijar la mirada. Al llegar al altar no lo miré, solo me di vuelta y le di un beso a mi padre estremecida por el escenario y por la ostentación del lugar. Trataba de no pensar en que me estaba equivocando. Tal vez eran puras fantasías o traiciones de mi psiquis sobre lo que debía hacer. Habían pasado cuatro años de novios, nos habíamos comprometido el año anterior. Nos llevábamos muy bien. Él era inteligente, tranquilo, justo el equilibrio para mi carácter animoso y mi inquietud constante.
No recuerdo bien qué más pensé durante la ceremonia, solo sé que mi mayor recuerdo es el incontrastable conocimiento de que no lo amaba. A lo mejor con el tiempo, pensé. Incluso, llegué al extremo de cavilar, quizás en la vejez seamos una pareja perfecta.
No sé si me traicionó. Él era médico y se sabe que están siempre a disposición las mujeres que los rodean en las guardias, médicas, pacientes, enfermeras. Nunca pensé en que podía hacerlo, quizá ni siquiera me importaba, no estoy segura. Seguí adelante con el trabajo, con el estudio y tuvimos tres hermosas hijas. Creo que todo lo hice sola. Conservo el recuerdo de que llevaba adelante esa pareja. Teníamos amigos que nos querían, con los que nos reuníamos y divertíamos a más no poder. Éramos una máquina de trabajar. Ciertamente vivíamos en una simulación que me provocaba períodos cortos de depresión que solía tapar con más y más trabajo.
Él era muy inteligente. Debía darse cuenta de mi rechazo. Pero no me lo manifestaba. Debía saber que yo no era feliz cuando me hacía el amor, que disimulaba, pero no decía (él o vos?)nada. Así como no hablaba en la casa de sus padres cuando nos invitaban a comer y su mamá nos comentaba naderías y yo le contestaba por piedad para no dejarla hablando sola. Él era en lo de sus padres, en efecto, un mudo. Cosa que yo intentaba superar, pero sin poder resolver. Sabía que la relación con su padre no era buena. Lo aguantaba porque siempre le financiaba la compra de algún aparato para continuar con su especialización en cardiología. Su padre nos acompañaba en todo lo que podía. Nos fuimos a vivir bien lejos de ellos, pero siempre estaba al pie del cañón, custodiando y a la vez entrometiéndose sistemáticamente.
¿Cuál fue la decepción de mi esposo? La de no poder poseerme totalmente, la del rechazo suave pero determinante a su potente virilidad. Y, ciertamente, la del engaño, la de la traición. Hasta llegó a dudar de la paternidad de una de nuestras hijas. Un absurdo. Pero sé que decepcioné a aquel compañero con el que me casé y al que nunca debí haberle mentido. La decepción fue de él y mía. Ambos creímos en el otro. Ambos caímos en las redes de la sociedad, en ese entretejido, ese entramado que funciona más allá de lo que uno puede elegir en el fragor de la vida cotidiana.
Finalmente creo que él reconstruyó su vida, tuvo dos hijas más y una mujer que siempre lo acompañó, pero tengo la impresión de que fue un hombre amargado. Esa certeza me la da el hecho de que se alejó de sus primeras hijas, nuestras hijas. Me pregunto si tanta habrá sido su decepción como para traspasársela a ellas. No tengo respuesta. Reniego de la angustia que me produce que no las haya sabido querer. Tal vez consecuencia de cómo rompí las cadenas de un amor inexistente.
Alexis de la Fuente (Buenos Aires)
10. VEREDICTO
No quisiste escucharme.
Diste tu veredicto en forma inmediata.
Tu compañero de ruta te era infiel y lo descubriste.
También supiste que yo estaba al tanto. Y eso te alcanzó para que me condenaras.
Me dijiste que yo apañaba sus aventuras, que no me importaba que mientras él las vivía, vos te ocupabas de su casa y de sus hijos.
Me acusaste de mala amiga, por esconderte semejante información, asumiendo que debería haberte puesto al tanto y de esa manera hubiera sido la mejor del planeta.
Nunca pensaste que te pasaría, a pesar de que la historia de ustedes empezó igual. Vos, en ese momento, eras la otra. No sé por qué creíste que ibas a ser la excepción. Ël es así. Parece que la fidelidad no pudiera ser nunca una de sus virtudes.
¿Si yo lo justifiqué? Jamás. Ni chance de que eso sucediera.
Nunca te enteraste de lo mal que lo pasé siendo “cómplice” de una historia que desaprobé explícitamente. No supiste que a él y a mí, casi nos cuesta la amistad, por no querer ser parte de esas escenas familiares con semejante cuota de falsedad. No te enteraste de la crudeza de mis palabras, cuando lo interpelé para que reaccionara y valorara todo lo que habían construido juntos. Tampoco del intento que tuvo de terminar con esa historia de engaños y apostar genuinamente a la familia, a partir de esa charla que tuvo conmigo.
Él cometió el error de decirte que yo lo sabía. Y eso me condenó sin derecho a réplica.
Para vos pasé a ser la peor persona del planeta, sin lugar a defenderme. De nada sirvieron los años compartidos para que me conocieras, si hasta me acusaste de que yo también tenía interés en tu marido. Me amenazaste con decirle al mío no sé qué cosas, como si César no me conociera lo suficiente como para saberme incapaz de semejante deslealtad.
Toda la saña de que eras capaz, la depositaste en mí, como si hubiera sido yo y no él, la causante de tu decepción.
Es verdad que nosotras llegamos a tener una linda relación de confianza, de momentos compartidos en familia y lindas charlas. Pero él era mi amigo y vos su esposa, con el agregado de que también fuimos compañeras de trabajo y eso nos daba otra confianza. Pero sin Martín de por medio, nosotras nunca hubiéramos sido amigas. Somos demasiado distintas, con muy pocas cosas en común que hubieran podido unirnos.
Perdiste de vista que mi amigo es él y que yo actué en consecuencia. Traté de que se diera cuenta cuánto se equivocaba, pero nunca me dejaste explicártelo.
Te sentiste traicionada, por él y por mí y aún hoy lo lamento.
Sé que, de todas maneras, cuando un matrimonio se separa, el resto no puede quedar de ambos lados. Y, de haber sido diferentes las cosas, igual yo hubiera quedado en tu vereda de enfrente. Si hubiéramos podido conversar como dos personas civilizadas, tal vez podría haber sido, al menos, sin tanto rencor de tu parte.
Me humillaste, me bloqueaste en las redes y en el teléfono y prohibiste desde ese día que yo volviera a ver a tus hijos, sabiendo que era lo que más podía dolerme.
Lo sentí como una injusticia. Pero te entendí. Juro que te entendí. Tal vez en tu lugar, yo me hubiera sentido igual.
Si la persona en la que más debías confiar, te falló de semejante manera, ¿por qué el resto del mundo debía ser mejor?
Hubiera deseado que, al menos, me hubieras dado el beneficio de la duda. Pero no pudo ser.
Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)
9. AÚN NO LO CREO
Nos conocimos trabajando, un día de verano del 99. Era tu primer trabajo como maestra, a pesar de que me llevabas varios años. Yo hacía diez que estaba en esa escuela. Comencé a ejercer antes de recibirme y vos muchos años después, luego de que tus hijos crecieran.
Entraste sola a esa aula, en la que yo planificaba el año que comenzaba. Tenía a mi cargo quinto y sextos grados en Matemática y Ciencias Sociales, creo. Aún no tenía compañera de áreas, hasta ese momento en que atravesaste la puerta.
Te puse en tema sobre cómo se trabajaba allí. Supongo que te habré mostrado los lados más oscuros, ya que el desgaste que yo experimentaba a esa altura era importante. Pegamos buena onda enseguida y fuiste la mejor compañera que pude pedir. Hicimos trabajos hermosos en conjunto y, cuando ya empezábamos a planificar nuestro segundo año compartido, una mala pasada de las dueñas de la escuela, te dejó afuera de una manera traicionera e ilegal.
Fue la gota que rebalsó mi vaso que venía colmándose desde hacía tiempo. Ese día, justo el de tu cumpleaños, dejamos de ser compañeras y comenzamos a ser Amigas, así con mayúscula. Te acompañé a tu casa para ayudarte a llevar tus cosas y me fui de allí con tu currículum debajo del brazo para que mi mamá lo entregara en la escuela en la cual era directora. Alcanzaron mis referencias para que el primer día de clase del año siguiente ya tuvieras trabajo nuevo.
Yo, por mi parte, renuncié a un lugar en el que había dejado todo durante once años y que, con tu partida, me demostró que no valía la pena. Enseguida conseguí un cargo en el turno contrario en la escuela en la que ya trabajaba por la mañana.
Nuestra relación continuó fuera del ámbito escolar, compartiendo la vida.
Siempre me decías que yo tenía que trabajar en tu escuela pero no era una posibilidad para mí, dado que no hubiera sido cómodo ser maestra, siendo la hija de la directora. Me decías que en cuanto me conocieran, ese rótulo perdería sentido. Pero no lograste convencerme.
La vida hizo que años después, sí aceptara trabajar allí pero como secretaria, formando equipo directivo con mi mamá y con la vicedirectora de entonces. Eso era diferente. Era un rol distinto que no me dejaba tan expuesta entre pares.
Volvimos a compartir lo cotidiano. Me ayudaste a que las demás conocieran a Gladys, tu amiga, que era mucho más que la hija de Nélida.
Miles de veces almorzamos en tu casa después de trabajar. Otras veces cenábamos juntas cuando tu marido iba a jugar a la pelota y nos confesábamos cosas que nadie más sabía.
Nuestras ideas políticas siempre fueron diferentes pero no nuestros valores. Había temas que esquivábamos porque sabíamos que no podíamos llegar a un acuerdo.
Pero nuestras redes sociales, en tiempos que ya comenzaban a ser políticamente tumultuosos, hablaban por nosotras. Si bien no intercambiábamos opiniones, cada una leía lo que la otra publicaba.
A mí me daba pena verte tan ciega en tu fanatismo y más tristeza aún, k leer tus agresiones al resto del mundo que pensaba diferente. Pero nunca te respondí ni una palabra.
Por mi parte, también daba mi parecer en mis redes, pero jamás se coló una falta de respeto hacia nadie. No fuimos originales. La famosa grieta nos puso muy lejos a una de otra. Más bien, vos elegiste que eso sucediera.
Al principio no me daba cuenta. Yo seguía insistiendo con tomarnos unos mates, o mantener una de nuestras eternas charlas telefónicas. Nunca podías. Tardé en entender que habías decidido que yo ya no era bienvenida en tu vida.
No importaba todo lo vivido juntas. Cumpleaños, vacaciones, incluso algún brindis de fin de año. Todo quedaba atrás porque yo no veneraba a tus líderes políticos.
Tan lejos estaba de mi cabeza entender que eso ocurriera, que insistía una y otra vez, de diferentes maneras. Cuando viajé al sur, hasta te traje un librito de fotos, que al hojearlo armaba la escena de la asunción presidencial. Nunca lo hubiera comprado ni para mí ni para nadie, pero sabía que para vos era un hermoso recuerdo y para mí, un símbolo de que eso no era un motivo de distanciamiento.
El día que fui a tu casa a llevártelo, el clima fue tenso y, cuando me iba, me abrazaste y me dijiste que me querías pero que era más fuerte que vos.
- ¿Vos me estás diciendo que solo podés tener de amigos a quienes voten como vos?
No respondiste, pero hiciste un gesto que aún hoy recuerdo con mucho dolor.
Ahí estaba mi mejor amiga “rompiendo” conmigo como si fuera una relación de pareja que descubre una infidelidad.
Nunca me pasó tener que atravesar una ruptura amorosa, pero sinceramente no sé si duele más.
Me llevó muchísimo tiempo aceptar, aunque nunca pude entenderte. Vernos todos los días en la escuela era sumamente doloroso. Escucharte hablar en la cocina de la escuela de cuestiones personales que antes me hubieras contado antes que a nadie era una daga en mi alma. La llegada de tus tan ansiados nietos y tantas otras cosas… Yo ya no formaba parte de tus afectos y eso tampoco te hacía sentir cómoda a vos. Dejé de ser Gla para ser Gladys y evitabas todo lo que podías, acercarte por consultas de trabajo, por más que necesitaras hacerlas.
Por mi lado, con el corazón estrujado, nunca evité ninguna situación que mi profesión me exigiera, a pesar de los ofrecimientos de mi grupo de amigas, grupo que, dicho sea de paso, antes compartíamos.
Mucha terapia y mucho tiempo pasó, hasta que, por fin, un día pude verte como una compañera de trabajo más. A pesar de quienes me decían que nunca habías sido, entonces, una amiga de verdad, hubo un día en que descubrí que habías enriquecido mucho mi vida. Decidí soltarte y dentro de mí decirte GRACIAS.
GRACIAS
A VOS...
Por haber sido mi sostén en medio de las
tormentas más difíciles...
Por decir las palabras justas que necesitaba en
cada momento, sin filtro, sin anestesia, como solo una amiga de verdad puede
hacerlo...
Por hacerme creer que mi espalda estaba bien
cuidada si vos estabas ahí...
Por esas largas charlas mate de por medio o a
través del teléfono en horas de la siesta...
Por los códigos compartidos, esos que otros
estaban lejos de entender...
Por las miradas que hablaban sin hablar...
Por tantas risas, tantas lágrimas, tanta vida
compartida...
Deseo que seas feliz y que logres entender que ningún político puede ofrecerte
más que un buen amigo.
Pero no te culpo por elegir otro camino.
Me culpo yo por creer que nunca lo harías, por
pensar que era imposible que con vos me pasara lo que otras veces sufrí con
otras personas, por mi entrega incondicional que hoy me deja tanto dolor....
Porque nunca creí que mirarte a los ojos me
provocara tanta tristeza...
Imposible arrepentirme del bien que me hiciste
aunque hoy duela tanto ...
Por eso te digo GRACIAS...
Por lo que fue... aunque hoy ya no sea.
Gla (Ituzaingó, Buenos Aires)
8. VIVIANA
-Te lo dije en el taller cuando me dejaste con la boca abierta.Te pregunté si eras consciente del despelote que venía.
Cuarenta años de amistad, escuela, madrinazgo, familia novios, embarazos…
-Agustina y Belén no quieren que la novia de Mariano comparta la cena de fin de año. Si va, ellas no.
Veinte años de vacaciones compartidas, veinte fines de años de alegría compartida, ocho amigos, doce hijos…todos a la par.
-Viviana, poné un limite sos la madrina de Mariano, ¿cómo le digo?(seguido)
Es un rato y estamos en la playa cada uno por su lado…qué es lo grave para que justifiques semejante boludez, ¿qué hago con la chica?, ¿la escondo?
Pero así fue…ni Viviana ni Cecilia pusieron en su lugar las cosas …ni Gustavo, ni Oscar; Juan y Gilda quedaron boyando ajenos al problema.
A partir de ahí todo se rompió. Se separó el grupo de amigos, se formaron bandos.
Y yo no cedí. Puse un límite, ellos creyeron que iba a aceptar porque seguramente pensaban que daba lo mismo esa chica o cualquier otra.
Escuché los comentarios más huecos, innecesarios, ridículos, obsecuentes y traicioneros durante más de un año de parte de toda una familia que era como la mía. Aunque, no…no lo era.
Y empecé a ver con claridad a partir de la decepción y tristeza y la mirada inoperante de mi mejor amiga que, oh sorpresa, hacia intentos tibios por recomponer aunque aceptó (qué aceptó?)sin importar lo que pasaría.
Comprendí que yo también podía enfrentar por mis hijos, yo, que muchas veces hacía cosas por no traer conflicto, que otras tantas bancaba atropellos, que comía lo que no me gustaba o charlaba de cosas que no compartía…y callaba, y me aburría y sostenía…y…
Fue mi culpa también por dejar pasar. Una de las frases preferidas de Viviana: ¡hay que dejar pasar!
Siete años pasaron y en ese tiempo hurguetearon en mi vida e hicieron lo imposible por saber. No podían creer que yo hubiese cortado el lazo definitivamente.
Pero si se trata de un hijo…
Ahora Mariano tiene otra novia, a mí se me acomodaron todos los planetas, surgieron con esplendor amigas sostén que estaban bajo esta amistad que cumplía su ciclo y las vi a todas ellas con un inmenso amor. y hoy son mi red. ,Yo me fortalecí, duelé a Vivi con la pena de cuarenta años y fui mejor.
-¡Gaby!, ¡Gaby!
Los gritos me llamaron la atención esa mañana cuando caminaba por la plaza. Me detuve y la mire confundida.
-Cómo estás, Gaby…no puedo aceptar que no estemos juntas, no sé cómo podemos reparar,te extraño mucho.
Hablé como si nos hubiéramos visto el día anterior
- ¿Vos entendiste lo que pasó?, ¿comprendiste el desprecio que sembraron? No somos las mismas. No sé qué puedo ofrecerte ahora porque te di toda mi amistad y ya no existe.
-Charlemos, tomemos un café.
Tomamos ese café.
Un abismo.
Tomamos ese café pero nada, nada es igual.
Gabriela Potenza (CABA)
7. ENOJO
Trabajaba en Casa de Gobierno por ese entonces. Era una más del montón. Ese día, particularmente, lo recuerdo con claridad. Paro de trenes. Una dificultad importante en la vida de los que nos movíamos al centro. Siempre había algo: o se rompían, servicios suspendidos, accidentes -de algunos de los cuales, lamentablemente, fui testigo-, pésimo estado de los vagones, viajar como ganado al matadero. Otra no había. El viaje implicaba en situación normal entre una hora y media y dos horas para llegar hasta la Plaza de Mayo. Una vez éramos tantos que viajé hasta Liniers en un solo pie. Cinco estaciones. Y encima me acuerdo de mi felicidad por haber podido subir a esa formación. ¡Qué tarada!
Paro de trenes. A la salida de la oficina, el papá de Claudio me buscaría en el viejo Falcon. Obvio que Claudio estaría también ya que salía de la Facultad en ese horario. Organigrama mediante, todo estaba claramente planeado.
Salí durante muchos años a las 19.30. Tuve orden de esperar en la vereda del Obelisco. Así hice.
Esa tarde la cosa en la oficina ardía. Se iba a expulsar del país a un militar boliviano cuyo nombre no recuerdo ahora. Necesitaban el decreto correspondiente. Estuvieron de reunión en reunión. Alguna de las secretarias habían faltado y quedé en ese lugar. Mi espacio laboral estaba en la trastienda. Trabajaba mucho y muy bien. Hablé con otro compañero que se quedaba después que yo y lo puse al tanto de las novedades. A medida que iban redactando las partes del Decreto, yo me ocupaba de tipiarlo en las máquinas eléctricas Olivetti. Le comenté al jefe a cargo que mi horario de salida se acercaba y que mi compañero se quedaba en el frente de batalla. ¿Me habrá entendido?
Me fui feliz y contenta. Viajaba en auto hasta Ituzaingó con mi novio. Éramos seis personas adentro del auto. A los otros tres no los conocía. Mi suegro, el papá de Claudio, era así: podía ayudar a alguno y no le importaba el nombre, nada.
Llegué a mi casa y seguí con mi vida.
Al día siguiente entré al mediodía como cada jornada. ¡La cara de la gente “compañera” de oficina! No sé sus nombres, qué risa, luego de soportarnos durante tanto tiempo. Una secretaria que se creía jefa, me agarró del brazo y me quiso arrastrar hasta mi lugar. Le dije que se calmara porque así no me iba a tratar. Ni ella ni nadie. Me soltó. El gesto de su rostro. Seguí saludando al resto de la gente presente, me miraban como a un bicho.
Al llegar a mi escritorio, la mujer en cuestión empezó a gritarme que quién me creía que era, que en ese lugar se trabajaba en equipo, que nadie se iba hasta que el trabajo no se cumpliera en su totalidad. “¿Perdón? ¿Y Juancito? ¡Se quedó Juancito!”. “Sabés perfectamente que es un inútil con la máquina de escribir: no tendrías que haberte ido”. No consideré que se mereciera una explicación de mi parte. “Me fui porque cumplí mi horario”. La presión se le iba subiendo en la cara. Nunca la había visto tan descompuesta. “Tenés la obligación…”. “Es la hora de mi almuerzo. Con permiso”
La dejé en mi sucucho super enojada.
En el comedor, algunos de los más cercanos contaron que el jefe estaba que volaba desde las ocho -nunca llegaba temprano- y que había preguntado a qué hora llegaba yo. Cuando les conté que a mí nada me importaba el Decreto y la falta de capacidad de quien quedaba por escribir a máquina o contestar el teléfono.
Toda la tarde me amenazaron que me iban a echar -seguramente querían hacerlo como castigo ejemplificador- y que tendría que soportar el reto del jefe, quien estuvo ocupadísimo todo el tiempo y a quien poco le importé.
Fue el acabose. La gota que rebalsa el vaso.
Hacía ya un tiempo que venía viendo otra oficina para pedir el pase. Sin mediar palabra con los superiores, fui y hablé con la otra gente para saber si el cambio era viable. Me dijeron que sí. ¡Vamos! Al mediodía siguiente mi puesto de trabajo era otro.
Pocos años después esta señora, la que tomó la vara de la justicia en mano propia, murió a los treinta y seis años, dejando a tres criaturas, porque un pai le dijo que no se tratara un cáncer feroz. Karma.
Edith Oxilia (CABA)
6. SANTOS EN NUESTRO PROPIO INFIERNO
Podría retratar en diversos párrafos, con voluptuosas palabras y lujosos detalles, cada vez que me sentí decepcionada. Les explicaría cada matiz que mi cuerpo sintió, la energía baja que movía mi panza, la tristeza que recorría mi cabeza. Pero no, retratar esas situaciones sin contarles cómo me ayudó a crecer sería envejecer en vano, y yo todavía no quiero envejecer.
Me gustaría que todos me acompañaran a identificar esa primera vez que se
sintieron ofendidos, que algo los hirió y no eran merecedores de ello, o eso
pensaban, a veces nos creemos santos en nuestro propio infierno. No importa,
identifiquen esa primera vez, dejen que vuelva a invadirlos esa catarata de
sentimientos confusos: el enojo, el amor doliendo, la decepción, la tristeza,
las ganas de matar y las de morir. Qué incómodos nos hace sentir recordarlo, ¿no?
Ahora pensemos un poco más allá, sintamos un poco más.
La palabra “decepción” tiene como sinónimo a “desilusión”, el significado de
esta es que se rompe la ilusión que creamos sobre algo/alguien. A ver, por si
todavía es confuso, nosotros tenemos el poder de crear, o no, esta desagradable
situación. Tenemos el poder de que esto no suceda más, o menos frecuentemente.
Hay gente que vive desilusionada, ofendida o decepcionada de otra, hablan
de diferentes vínculos y un gran porcentaje le hizo sentir eso. Ahora, ¿cuánta
expectativa le estabas poniendo a ese ser? ¿Qué certeza tenemos de que era
capaz de cumplirlo? ¿Si quería hacerlo, por lo menos? ¿Ahora
entienden por qué somos santos en nuestro infierno?
¿Y las veces que nosotros hicimos que otros se sintieran así? Siempre sin
intención, no conozco a nadie que haya decepcionado a otro con verdaderas
ganas, no existe semejante mal consciente, porque al hacerlo nos rebota una
cantidad de amargura que afecta hasta al más narcisista.
Saquémosle al otro el poder, peso u obligación de hacernos bien, de llenar nuestros vacíos, de generarnos amor. Nosotros solos tenemos el control sobre lo que sentimos, nosotros tenemos que autosatisfacernos y al hacerlo regalarle a nuestro entorno lo que emanamos. Así, y solo de esta manera, el resto nos va hacer llegar lo que queremos, sin la necesidad de perder segundos idealizando.
Mara (CABA)
5. NO ALCANZÓ
Portando una extrema sensibilidad y una carga de abandono sin resolver, me moví por la vida de decepción en decepción y me sentí ofendida muchas veces.
Pero voy a elegir una que logró hacerme ver lo que era la desesperanza.
A los veinticuatro años hice un viaje de intercambio cultural a Inglaterra. Junté peso sobre peso de las clases de inglés que ya daba y para mi cumpleaños y las fiestas me regalaron dinero que seguí ahorrando para la gran aventura. Ese viaje increíble de un mes y medio, que pagué, aún más increíblemente, en doce cuotas fijas, al Banco Ganadero a mi regreso del mismo. Mi fin era conocer los lugares que enseñaba a mis alumnos y practicar mi inglés en la escuela y en una casa de familia.
Además tenía el sueño de "cruzar" el Canal de la Mancha y pisar tierra española. No sabía si lo iba a poder hacer, pero por las dudas, mi papá me dio los datos de la aldea donde habían nacido sus padres. Y nombres de sus primos y otros familiares, que nunca había visto pero sabía que existían.Tenía un primo en Madrid y otro en La Coruña.
Así es que partí hacia Inglaterra con un contingente de treinta argentinos y tuve una experiencia maravillosa. Era como estar metida adentro de una película, un libro de historia o una serie.
Hice muchos amigos entre mis compañeros de viaje y también con los británicos con los que conviví durante un mes.
Cuando faltaban tres o cuatro días para subirnos al British Airways que nos devolvería a casa, dos de mis amigos, una chica y un muchacho, averiguaron que se podía hacer un desvío a España, permanecer allí poco más de una semana y luego volver a Argentina, sin ningún cargo extra. Nos entusiasmamos mucho. Yo ya soñaba con pisar tierra gallega. Pero casi no tenía dinero. Mi amiga se bajó del plan porque se acordó de que tenía que estar en Argentina para cuando su hijo de siete años comenzara las clases. Entonces decidió prestarme unos dólares -nos habíamos conocido en el viaje- para que yo cumpliera mi sueño. Tanto ella, Viviana, como César eran de Buenos Aires, capital. O sea, que una vez de regreso en nuestro país nos veríamos asiduamente (cosa que sucedió) ya que vivíamos cerca uno del otro.
El tema era que César, un arquitecto de treinta y dos años, iba a ser mi único compañero de viaje. Nos llevábamos muy bien pero en esa época, una dama no hacía un viaje con un caballero que prácticamente no conocía. Lo cierto es que igual me animé porque sabía que esa iba a ser mi única oportunidad de conocer España.
Admito que en el avión y casi llegando al aeropuerto de Barajas, tuve un pensamiento oscuro hacia César pero lo descarté enseguida. Lo bien que hice. Fue uno de mis mejores amigos. Recorrimos España, desde Madrid hasta La Coruña en un auto alquilado. Hicimos "terapia" juntos. No parábamos de hablar y contarnos nuestras vidas. Él estaba recién separado y extrañaba a su ex mujer. Yo estaba luchando con mi relación con Lucio. Lo presenté a mis familiares españoles como un primo. Nos atendieron a cuerpo de rey, nos brindaron todo.
Conocer al primo hermano de mi papá en Madrid fue maravilloso. Sus nietas, algo así como mis primas terceras o cuartas, nos llevaron a pasear por la ciudad y nos divertimos mucho.
Cuando llegamos a La Coruña, a la casa de Francisco, el sastre, yo creía estar soñando. ¡Toda esa gente tenía mi apellido y me contaban historias de mi abuela! Cuando Francisco nos llevó a la casa de piedra donde había nacido Lola creí que me desmayaba de emoción. Sentía la atracción de esa tierra bajo mis pies.seguido Me llamaba, me abrazaba.
Fue realmente una experiencia muy fuerte y no veía la hora de contarle todo a mi padre. Me sentía una privilegiada, una elegida. Le había cumplido el sueño a mi abuela, ella que siempre había querido volver a pisar su tierra.
César, un caballero como pocos, compañero, consejero, compinche.Teníamos largas y profundas charlas. Y compartíamos el asombro de conocer tantos lugares nuevos y tanta gente amorosa.
Pero llegó el día de volver. Partimos de Barajas e hicimos escala en Paraguay.
Y finalmente Jorge Newberry. Era un domingo por la tarde.
Mi familia no había llegado aún. Me quedé al lado de César esperándolos, ansiosa por ver a mi padre, a Inés y a mi hermana. ¡Tenía tanto para contarles! Cuando reveláramos las fotos les iba a relatar todo, detalle por detalle, anécdotas incluidas.
Al único que vi llegar fue a mi padre, aunque Alejandra e Inés venían con él. Pero su presencia nubló sus contornos. No sonrió ni me abrazó. Le molestaba mucho que me hubiera ido a España con un hombre. Lo miró ofuscado a César en vez de agradecerle que me hubiera acompañado y cuidado todo ese tiempo. Porque además, mi nuevo amigo había puesto casi todo el dinero para las comidas, los hoteles y los gastos que tuvimos en España. Lo que me había prestado Viviana se me había acabado enseguida. Pero yo llevaba una libreta con los gastos comunes para devolverle después mi parte. Así es que César se alejó, más con pena que con gloria y yo saludé a Inés y mi hermana.
Lo más triste de todo no fue la desconfianza de mi padre, ni su enojo sino su imposibilidad de recibirme sobrio después de un mes y medio de no verme. Yo le traía noticias gigantes, noticias de sangre, de familia, de orígenes. Yo hubiera querido que él quisiera escucharlo todo. Que a él le interesara lo suficiente como para no tomar tanto en el almuerzo del día de mi regreso. Él estaba en su mundo. Seguro quería llegar a casa para dormir la siesta. Hice un par de intentos de contarle algo, de compartirle mi tesoro, pero sus puertas estaban cerradas.
Volvimos en el Falcon, que él manejaba increíblemente, aún en estado de ebriedad. Estábamos acostumbradas.
Inés y Alejandra me contaron que habían pintado la casa, que se habían ido los tres al carnaval de Gualeguaychú y otras cosas que habían tenido lugar durante mi ausencia. Yo tragaba saliva. Tenía un nudo en la garganta. Ni siquiera semejante experiencia pudo hacerme sentir importante para mi padre. Esa experiencia que yo sentía como suya, porque era de su madre y de su familia lejana de quienes se trataba este viaje.
Me decepcioné, me entristecí muchísimo, me sentí mínima. A kilómetros de distancia de mi padre, que por fin dormía la siesta en la habitación de al lado.
Noemí (CABA)
4. DEJAME VER SI VOY A PODER
Hacía un par de años que yo concurría a un interesante Taller coordinado por Verónica, una joven Psicóloga Social. Allí se trataban diferentes temas que apuntaban al crecimiento personal lo cual me permitía aprender y desplegarme a piacere. En aquellos encuentros había emoción, diálogo, risas y algunas lágrimas. Éramos seis mujeres de edades similares y diferentes características.
En cierta ocasión Vero me pidió que me quedara unos minutos después del horario y así lo hice. Me preguntó si me gustaría formar parte de un nuevo emprendimiento que estaba proyectando. Me manifestó que mi personalidad resultaba ideal para lo que planeaba y me sentí halagada, muy valorada.
Se trataba de un espacio para fomentar vínculos entre personas solas. Mi rol sería el de recibirlas y, de alguna manera, integrarlas a los grupos que se irían formando. Los encuentros se harían en un sitio muy lindo en la zona de Almagro.
Hacía años que me venía dedicando solo a mí hogar y a mi familia, por lo tanto esa me pareció una labor atractiva, poco convencional y divertida. No pedí demasiados detalles y le respondí con un sí rotundo.
A la semana siguiente, ella y otra amiga suya también psicóloga, quien sería su socia, me citaron para una reunión y caí en la cuenta de que se trataba de eventos para solas y solos donde yo tendría que oficiar como animadora. El proyecto incluiría un bar, música y se haría en horario nocturno.
La verdad es que me desencanté bastante, pero ya le había dicho que sí a Vero, me sentía medio obligada, no quería quedar mal.
Esa misma noche se lo conté a mi esposo quien con mucho criterio me sugirió que analizara bien lo que estaba por hacer, pero para su opinión era un desacierto.
Fue lo que terminó de disipar mis dudas y al día siguiente a primera hora llamé a Vero para decirle que no contará conmigo y le di mis razones.
Ella me hizo saber que yo la había decepcionado ya que era una pieza importante para su proyectos y que le había hecho perder el tiempo, que antes de comprometerme pensara mejor las situaciones.
Seguí yendo a sus talleres un tiempo más pero mí entusiasmo mermó. Me sentía avergonzada y culpable.
Yo me considero una persona de palabra y creo que en esa oportunidad me ganaron el entusiasmo y el halago.
Fue un gran aprendizaje. Desde entonces, siempre que puedo, evito comprometerme sin tomarme un tiempo para analizar la respuesta, aunque se trate de ir a tomar un café con una amiga, yo digo
"Dejame ver si voy a poder".
Melinna Trigo (CABA)
3. ME SENTÍ VILLANA
Luego de revisar cada lugar de mi casa me rendí.
Una idea se me instaló impiadosamente.
Primero fue una pequeña duda pero se transformó en una certeza, certeza que condujo mis manos a digitar cada número en el teléfono.
Me latía el corazón en la garganta y cuando reconocí la voz respondiendo poco pude hacer para que las llamas del dragón se detuvieran y vociferé brutalmente "Eva, ¿dónde está?"
Ella preocupada me preguntó a qué me refería entonces mi respuesta impetuosa y desubicada no se hizo esperar.
"Vos
sabés perfectamente a lo que me refiero, te estoy dando la oportunidad de que
te sinceres. Si me
venís con la verdad, lo dejamos ahí."
Un sollozo casi infantil que lejos de suavizar mi locura pareció incrementarla, me lanzó a esgrimir "Soy lo suficientemente compresiva como para escuchar una explicación, quizás algo que desconozco te llevó a actuar de esta manera" ,le manifesté creyendo actuar con magnanimidad
Con voz entrecortada por el llanto Eva me aseguró: "Señora Melinna, le juro por mi vida que no entiendo de qué me habla, pero mañana voy a su casa tempranito a hablar con usted."
Me sentí irritada, disconforme con su contestación. ¿Por qué no reconocía inmediatamente lo que había hecho? Corté con bronca, estaba segura de que había sido ella. seguido
A pesar de mi furia por un instante consideré que Eva tal vez tendría algún motivo extremo.
No le conté nada a Esteban ni a los chicos. seguido
Esa noche no pude dormir.
Por la mañana, antes de que Eva llegara, llamé a mi madre y le comenté lo que estaba pasando, hubiera preferido no hacerlo porque esto me podría ocasionar otro problema colateral por su temperamento; pero elegí ponerla sobre aviso ya que la mujer también trabajaba en su casa. Aunque mamá intentaba hablarme, como fruto de mi locura yo no la escuchaba.
"Mirá,
ma, Eva me robó el cintillo, así que tomalo con calma porque tendremos que
buscar a otra persona".
Cuando terminé la frase oí claramente la voz de mamá refiriéndome que la última vez que yo había estado en su casa haciéndole la tintura en el cabello había dejado mi anillo sobre una pequeña repisa de su baño y ella se había olvidado de decírmelo.
Aún estaba consternada por la situación cuando Eva se anunció por el portero eléctrico. Avergonzada abrí la puerta.
En su carita morena se notaba que tampoco había dormido por la angustia que yo le había provocado con mi actitud. La mirada brillante de sus rasgados ojos castaños me atravesó como gritando su indignación sin que una palabra saliera de su boca.
Yo balbuceante intenté disculparme por mi error y mi grosería sin reparar en que la pobre chica hasta ese momento, ni siquiera conocía el motivo de mi irrespetuoso e inusual maltrato.
Me
escuchó callada, hasta que con su acento norteño lleno de orgullo me dijo: "No
sabía lo que estaba faltando, señora, pero me alegra que usted ya vea entonces,
que yo no he sido. No he de
volver a trabajar aquí, ¿sabe? Ni en lo
de su mamá"
Giró sobre sus talones y la vi alejarse tan dignamente como había llegado.
En ese momento y por bastante tiempo, al recordar lo sucedido y mi comportamiento, me sentí villana.
Melinna Trigo (CABA)
2. BANDERITA ROJA
Yo tenía veintidós años. Estaba cursando los primeros años de la Facultad de Psicología. Ávida lectora desde siempre, hacía foco ahora en los textos que me permitirían dilucidar los misterios del alma humana. Eso creía con inocencia mi yo de entonces. Mamá y papá debían rondar los cinco, tal vez seis años de divorciados. La guerra declarada entre ambos a partir de la separación no había tenido tregua, solo cambios en la intensidad y en las estrategias de los contendientes, pero la hostilidad estaba presente siempre, y las partes buscaban aliados entre sus hijos para fortalecer sus posiciones.
Cuando, veinticinco años después, falleció papá y lo irremediable de la muerte sesgó los recuerdos maternos, ella pasó a exaltar las virtudes del difunto. “Siempre tuvieron un excelente padre, aunque fuera un pésimo marido”, (hay fueron)se constituyó en la nueva verdad. Con el correr de los años, su imagen post-mortem no para de mejorar. Sospecho que en su lecho de muerte mamá nos dirá, convencida, que ha tenido un marido ejemplar.
Pero en la época de mi recuerdo, la verdad que mamá defendía era bien otra. “Tu padre es un sociópata”. Una verdad breve, contundente, sin fisuras. Rotunda como un mazazo en el pecho, ahí, justo por encima de mi corazón enamorado. A papá lo quise mucho, lo quise siempre, incluso cuando juraba que ya no lo quería más. Cada ataque de mamá me dolía, pero papá era una figura difícil de defender. Ella lo tildaba de egoísta, de miserable, de estar solo motivado por el dinero. De ladrón y ventajero sin reparos. De aprovecharse con cara de piedra de la vergüenza de los demás. Del pudor que a una le daba reclamar el dinero debido.
Papá me pasa a buscar en taxi, le dije ese día. Vas a ver que lo terminás pagando vos, me advirtió mamá con saña. Ofendida y alterada por ese comentario cruel e innecesario, ideé un plan para poner sus afirmaciones a prueba. Una parte de mí sabía que algo de verdad mamá tenía, pero lo que ella no sabía era que papá no me haría eso a mí. Entonces resolví salir sin llevar dinero. Sabía que de tenerlo conmigo, se lo daría cuando me lo pidiera. Porque si de algo estaba yo segura era de que a él no le mentiría, así que lo mejor era simplemente no llevar dinero conmigo.
Siguiendo el plan acordado, papá me buscó por casa, e hicimos un viaje corto desde Palermo hasta Almagro. Conversamos durante todo el recorrido, pero yo me sentía nerviosa, expectante. Al llegar a destino, papá dio las indicaciones al chofer: A la derecha, en el edificio de rejas verdes, ahí nos bajamos. Cuando el taxista se detuvo e informó el importe a pagar, papá me miró. ¿Tenés cambio? preguntó. No, no tengo respondí. ¿Cuánto tenés? insistió. No tengo nada, papá, vine sin plata confirmé y aguardé en silencio. Entonces me miró muy serio. Me latía el corazón, sentía vergüenza por ser una adulta que salía sin dinero, pero me alegraba de no tenerlo conmigo, de que fuera cierto lo que le decía, de no estarle mintiendo. Es que no tengo nada, volví a decir, ante su mirada escéptica. Y entre los dos se instaló un silencio incómodo. Tome, cóbrese de acá, dijo finalmente papá, entregando al taxista un billete doblado salido del bolsillo derecho de su sobretodo gris.
Nos bajamos sin hacer más comentarios. Siguieron horas amables en su departamento. Tomamos de merienda café con galletitas, y silencié con cada bocado mi enorme desilusión. Cuando mamá me preguntara, le diría simplemente Pagó él.
MAD (CABA)
1. DECEPCIÓN.
Siempre fui la hija obediente por la que sintieron además de un inmenso amor, interminable orgullo.
Fin de mes de noviembre, preparando finales para el primer año de la carrera de Ciencias de la Educación.
Era difícil concentrarme.
Mis pensamientos iban y venían esperando el resultado de un análisis. Mi intolerancia a los alimentos y mi instinto casi aseguraban de antemano un positivo que deseaba.
Al volver del laboratorio, se los dije sin rodeos: “Estoy embarazada”.
Para mi sentir no existía ningún error, había sido planeado, no había descuido, ni tristeza, ni problema.
Tenía dieciocho años, estaba algo resentida porque hacia menos de un año que habíamos regresado a nuestra casa de siempre, después de un tiempo sombrío para mí, en donde los días vividos en el campo habían sido eternos.
Para el sentir de ellos fue una decepción.
Se escapaba muy rápido la adolescente para la que habían planeado mucho más que un casamiento apresurado.
Mi mama lo manifestó con palabras hirientes los primeros días, después paso a la tristeza callada que me hacía verla indiferente a mi presencia, y por fin llego la aceptación.
Mi papa cambio sus ojos de luz y admiración por dos brillitos penosos que me preguntaban en silencio: “¿Qué vas a hacer con un hijo?”.
Tenían razón.
Sin embargo, nada de lo que vino después logro que me arrepintiera.
Mi hija fue la fuerza en todas las vicisitudes y borró cualquier miseria de esas que habitan el corazón, el mío y el de ellos.
Edith Martini (Jáuregui, Buenos Aires)
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