12. ILUSIÓN, FANTASÍA Y ARTE
Según Google:
"Abertura practicada a cierta altura del suelo en un muro o pared que sirve para proporcionar iluminación y ventilación en el interior de un edificio".
Más allá de esta técnica definición diré que las ventanas han tenido, desde siempre, un espacio de emoción en mi vida.
Ya sea que me encuentre en un ámbito interior o en un espacio exterior, hallo en ellas ilusión, fantasía y arte.
Cuando en mis veintitantos años trabajaba en una elegante Gerencia del Pasaje Lezica, en Caballito, una de mis mejores compensaciones emocionales ante el trabajo, a veces monótono, era ver caer la lluvia a través del ventanal a la hora en que los jefes iban a almorzar afuera.
Sobre todo en invierno, yo corría las cortinas de voile color manteca, pedía un café a Don Alfredo, el encargado de la cocina, y me quedaba saboreándolo. Mientras veía y escuchaba la lluvia caer y golpear en la ruidosa zinguería para luego volcar profundamente su caudal en las rejillas de la regia casona, soñaba despierta infinidad de posibilidades
Muchas veces me decía que algún día tendría una chimenea y un sillón para quedarme disfrutando despreocupada de cualquier trabajo.
Es que indefectiblemente llegaba el momento en que debería volver a correr el cortinado y retomar mis tareas.
El sonido del paragüero metálico, el perchero del zaguán rebosante de abrigos y las voces de aquellos hombres trajeados indicaba que mi relax había llegado a su fin.
Si alguno se asomaba a mi oficina, yo debía dar la imagen de la empleada eficiente concentrada en planillas y biblioratos.
Lo cierto es que con el paso del tiempo aquella ventana que daba al pasaje Lezica me sirvió de motivación y ensoñación.
En esos años mis padres compraron una casa que tenía un hogar y yo adoraba dormir la siesta junto a él.
Ya casada, cada vez que cambié de vivienda, busqué recrear un rincón junto a una ventana para disfrutar del sol, de la luz para leer y sobre todo de las tardes de lluvia, café en mano.
Hoy día donde vivo cuento con una buena ventana a la calle, chimenea y sillón desde donde veo y oigo no solo caer la lluvia, sino el sonido de las hojas secas cuando la gente pasa.
Ha habido muchos momentos en los que las ventanas me han inspirado estando dentro de una habitación, pero también eso me ha pasado estando del lado de afuera.
Quienes me conocen saben que habiendo viajado hace unos años a Holanda, volví enamorada de las ventanas de Volendam, un pintoresco pueblo costero en el que los aventanamientos de cada casa podrían ser verdaderas pinturas.
Sus visillos bordados, claras cortinas semiabiertas, gatos en los umbrales y hermosos arreglos florales, sobre todo de hortensias, han dejado delicadas secuelas en mi alma romántica.
Voy a volver a Volendam...
Observo ávidamente el mensaje que recibo de las ventanas por eso sé que seguiré disfrutando de algún cuadro dinámico toda vez que me sea posible.
Melinna Trigo (CABA)
11. VENTANA AL MAR
Hay ventanas y ventanas. En algunas se puede ver pasar el mundo, porque cada persona es un mundo. A mí me encanta observar pasar la gente, me gusta encontrar en cada mirada, en cada gesto algo que me identifique, aun sin conocerlos. Amo sentarme en un bar y mirar el afuera haciendo volar mí imaginación.
Pero hubo una gran ventana, donde soñé ver algún día pasar mi vejez.
Desde la cama acostada solía mirar el mar y cada ola traía a mi mente un pensamiento de como yo, quería disfrutar de ese último tiempo. Lo imaginaba apacible, relajado, recorriendo paso a paso mi vida, lejos de todo cuestionamiento, sin culpas, ni reproches, dejando atrás todo lo que perteneciera a otra etapa. Deseaba que solo fuese importante ese momento conmigo misma. Me imaginaba sentada en una mecedora, mirando a través del cristal de la ventana disfrutando un libro, una suave música, observando el día gris y ventoso o los atardeceres brillantes de sol iluminando la arena dorada. Observar el vaivén de las olas, besando la orilla al llegar, para desaparecer en las profundidades de ese inmenso mar. Seguramente presintiendo de algún modo mi propia vida que al igual que las olas, algún día no tan lejano, inevitablemente, desaparecería hundiéndose en las profundidades de ese lugar, de donde nunca se vuelve.
Li (CABA)
10. LAS VENTANAS AL NORTE
En el curso de la arquitecta Silvia y su esposo, mencionaron la importancia de la orientación de la vivienda y de las ventanas para aprovechar la luz solar. Siempre escuche hablar del tema orientación, pero nunca me había quedado claro el concepto. En mi casa tengo ventanas al norte y al oeste. Me permiten ver el patio y los techos cercanos, el cielo y los edificios lejanos. De día y de noche.
Todas las ventanas son de madera oscura, pero la última del cerramiento del balcón la hicimos en aluminio blanco. En todas hay rejas y vidrio simple, salvo en el cerramiento donde instalamos un vidrio doble -DVH- para mejorar la aislación térmica y sonora. Esta última es de aluminio y llegó luego de unos meses de búsqueda, selección , confirmación y espera de instalación. Por otra parte, el proyecto estaba en el imaginario colectivo familiar hace unos quince años, como otros temas de mejoras deseadas y postergadas en el hogar. Lo bueno del nuevo espacio es ubicar los instrumentos musicales de mi hija y a la vez acotar los sonidos invasores del exterior: los ruidos de las marchas/ protestas y el tránsito en la semana o los gustos musicales de los vecinos que no coinciden con los nuestros.
En un momento coloqué plantas para poder ver algo de verde y tener oxígeno. Tendría que poner flores para alegrarla más y emular las ventanas de los edificios europeos llenos de flores que se ven tan lindos. Será más adelante, por ahora veo que los malvones tienen algunas flores y son muy resistentes al frío y al calor del verano. Sobre todo en las ventanas del oeste, que se aguantan los rayos del sol toda la tarde con las persianas bajas para que el aire acondicionado no tenga que batallar tanto para bajar la temperatura de los dormitorios.
Aparte de las ventanas típicas, tengo un par de ventanas tipo ojo de buey, en los baños. Cuando me mudé a esta casa, me parecieron de lo más simpáticas. Hoy en día, una de ellas es la vía de entrada y salida de las gatas al exterior. Pasan volando del baño al muro de la medianera y desde allí a mi terraza o al techo de los vecinos de al lado y desde allí a todos los techos próximos. Allí sociabilizan y marcan territorio con los otros gatos vecinos. Se arma cada trifulca si hay gatos en celo o si se quieren instalar en nuestra terraza. Zoka y Sky son las gatas mayores y se hacen respetar por los jóvenes felinos del vecindario.
Rosana L. (CABA)
9. NOSTALGIA HEREDADA
Una ventana para mí es un pasaje a un territorio vestido de árboles, de montañas, algún río de lejos o de cerca, canto de pájaros, mariposas atravesando el espacio, un parque con niños riendo y jugando con una capacidad infinita para el disfrute. Una ventana siempre me transporta a la naturaleza. No me imagino nunca mirando a través de ella edificios o calles con autos. Nunca pondría en la pared de mi casa un poster gigante simulando una ventana con la ciudad de Nueva York de fondo, como vi en la casa de una conocida. Cuando entré a ese living pensé que a mí me estresaría ver esa imagen cada vez que pasara por ahí. Ni bien me casé compre un poster mural que hice colocar cubriendo enteramente una de las paredes del living. En la foto había un lago, un árbol y montañas de fondo. Tal vez me llevó a hacerlo el hecho de no resignarme del todo a tener que habitar un departamento tras haber vivido siempre en una casa con un fondo enorme. También en mi actual vivienda simulé una ventana dando a un supuesto camino arbolado.
Una ventana, si es para escribir o para soñar, me remite al silencio o a sonidos suaves y melodiosos, a un césped luciendo sus múltiples tonos verdosos, árboles de todo tipo, uno o varios caminos perdiéndose tras alguna lomada. Una ventana también me transporta al paisaje que vio y vivió mi papá cuando llegó a este mundo, en la ciudad de Trento, al norte de Italia, con montañas circundándola por doquier. Esta imagen me genera también una nostalgia infinita porque creo que me remite a la que habrá experimentado él a lo largo de su corta vida ya que jamás pudo volver a visitar su lugar de origen, ni reencontrarse con todos los seres queridos que habían quedado allá: abuelos, tíos y primos. Por eso en mi corazón y en mi imaginación aparece siempre una montaña, quizá como una especie de homenaje hacia él, quizá porque la sangre o los genes me tiran hacia esa visualización. Y cada vez deseo menos visitar paisajes montañosos, porque cuando lo hago me apena muchísimo tener que abandonarlos, desearía poder llenar siempre mis ojos con su vista, y sé que es imposible. Los padres de mi papá tuvieron que hacerlo por necesidad dado el contexto de posguerra y persecución, abandonando esa bella tierra y todos sus afectos definitivamente. Yo afortunadamente viví sin conocer esas atrocidades, y siempre tuve la certeza de no poder alejarme del único entorno que conozco, esta planicie que pese a no ser mi paisaje elegido, es el que contiene a todos los seres que necesito bien cerca para seguir siendo completamente yo. Esa naturaleza que me fascina la dejo para visitas ocasionales o para evadirme con mis pensamientos, pero en el día a día me quedo junto a los míos deseando con todo mi corazón que no sean ellos los que partan en busca de otros paisajes.
Olgui (Hurlingham, Buenos Aires)
8. TE VEO
Mi cocina da a la calle. Siempre deseé que así fuera. Desde allí puedo observar todo lo que pasa en mi tranquila cuadra. Somos cinco vecinos en total. A mi derecha, Élida, más que vecina, amiga. Nuestros hijos crecieron juntos.
En la vereda del frente, Fermín, un señor entrado en años con niñas adolescentes. A su lado, Manuela y Cristian, su hijo con discapacidad motriz. Debemos estar pendientes de ellos. Cristian en ocasiones se cae y su mamá sale corriendo para mi casa en busca de ayuda.
En la esquina, Carlos enviudó en pandemia. Carlos está atento a cuando yo abro las persianas, sabe que inmediatamente después de ese ritual, en camiseta y calzones, salgo a ver las plantas y cambiarle el agua a Tequila, mi perro. Ya lo descubrí, en ese momento sale a barrer la vereda, hago caso omiso a su presencia, lo saludo más tarde.
Mi cocina y su ventana, me permiten ver el movimiento de la cuadra, atender o no a quien esté tocando timbre, a las entregas de paquetes tanto mías como del resto, recibiéndolos.
Los vecinos hacen lo mismo en mi ausencia.
A veces mate en mate en mano, absorta en mis pensamientos, me convenzo de que esa ventana tiene un fin solidario.
7. LA ÚLTIMA VENTANA
La maldita trituradora de células hacía un año que lo había invadido. Había ido por sus pulmones. Su voluntad y unas cuantas sesiones de rayos habían logrado echarla de sus órganos. Llevaba dos meses sin noticias aunque cada día se despertaba sintiendo el terror de que la maligna viniera por él. Se despertaba por las mañanas con sus músculos tensos. Las manos apretadas. Las carretillas entumidas. Un día, mientras se bañaba, notó en el bajo vientre un bulto. Al pasar los días se fueron multiplicando. Su mente se resistía a pensar que su cuerpo era nuevamente abrazado por aquel azote. Lo comentó con sus hijos. De inmediato comenzaron las citas con doctores. Los resultados de las consultas no mostraban nada nuevo. Los pensamientos buscaban ideas ilusorias –seguramente volví a herniarme, es el resultado de hacer tanta fuerza de joven-. Sin embargo, en lo más íntimo, el hombre presentía que su cielo se atestaba de nubarrones. Como si estuviese mirando a través de un caleidoscopio solo veía luces en su futuro cercano y los prismas eran dos eventos en particular. En lo inmediato estaba el cumpleaños de quince de una nieta y en segundo lugar un viaje -que a lo largo de su vida había deseado y nunca lo había llevado a cabo- a Uruguay donde había nacido su madre y poder encontrarse con los primos que aun vivían en aquel país.
El primer sábado del mes de octubre fue el cumpleaños de su nieta. Bailó el vals con ella. Compartió la mesa con su familia. El resto de la noche lo dedicó a cuidar un nieto que tenía unos diez meses mientras todos bailaban, saltaban y festejaban. Ya finalizando la noche, su hija le pidió ser parte de un video. A la mujer -que lo había observado durante toda la noche- se le habían encendido todas las alarmas. Se resistía a que fueran reales sus presentimientos. Las sospechas desventuradas sobre la salud de su padre habían logrado invadirla. Llegó casi al ruego, para lograr tener la palabra de su padre guardada en el video. Fueron pocas y finalizando escuchó a su padre decir: espero que podamos seguir todos juntos festejando muchos cumpleaños más.
Pasaron unos días y llegó la fecha para viajar a la Banda Oriental. Los integrantes de la familia que residían en el país vecino acostumbraban reunirse cada año. Participaban familiares de distintos lugares de Argentina y Uruguay Uno de los hermanos del hombre había decidido hacer el viaje por lo cual este sintió que estaría acompañado. Resolvió que lo haría junto a su esposa. Ese era el momento, pensó. Quizás era su última oportunidad. Por desgracia su hermano desistió del viaje. Sus hijos intentaron disuadirlo de aquella iniciativa aunque sabían que la decisión era de la mamá de ellos y de él. Una mañana temprano comenzaron el viaje. Llegaron junto a sus familiares. Participaron de la reunión. Visitaron la casa en la cual había nacido su madre. Ella había muerto deseando volver a su lugar natal. Iniciaron el camino de regreso. Cada kilómetro que recorría prendido al volante agotaba las pocas energías que guardaba su cuerpo. Su estómago se resistió a ingerir cualquier alimento. Durante todo el trayecto solo pudo sorber algo de agua. Unos cuantos kilómetros antes de llegar, el auto tuvo un inconveniente. Llamó a uno de sus hijos que de inmediato fue en su busca. Cuando llegaron, su hija, que los esperaba en la casa paterna se alarmó al ver el estado en que se encontraba su papá.
El pronóstico sospechado se hizo presente. Comenzó un itinerario entre el hospital y su casa. Su cuerpo se fortalecía mediante reiteradas dosis de sangre y eso le permitía volver a su cama en su casa. Así una y otra vez. Ya era febrero. Su piel estaba adherida a cada hueso. Esta vez ingresó al hospital por última vez. Su médico lo visitaba, charlaban unas pocas palabras y se retiraba. Comenzó a circular la frase de cuidados paliativos. Sus venas se resistían a ser perforadas una y otra vez. Los analgésicos opiáceos comenzaron a ser parte de sus conductos. Por momentos su lucidez lo dejaba. Su mente jugaba con acciones que por años se reiteraron en la intimidad de su hogar.
Ese día lo acompañaban su hija mayor y su hijo menor. Su voz volvió a ser clara. Sus hijos se miraron hablándose con los ojos. El muchacho lo invitó a que se levantara acompañándolo a la ventana. La mirada del hombre se depositó en lo que sucedía en la calle. El sol iluminaba esa tarde. Los autos iban y venían. La vida transcurría normalmente. La gente caminaba con sus pensamientos sin imaginar el dolor de aquellos ojos que miraban dos pisos más arriba. El hombre estaba tranquilo casi disfrutando el momento. Contemplaba deslizarse la existencia por última vez.
Dos días después, su hija, observaba por el vidrio de la ventana del auto negro que la trasladaba -acompañando por última vez el cuerpo de su amado padre- a un trabajador que caminaba por la vereda volviendo de su lugar de trabajo. Este se detuvo al ver el cortejo. Cuando se enfrentó al auto que llevaba el ataúd se llevó su mano derecha a la frente luego a cada lado de su pecho y por último la besó. La hija en silencio le agradeció.
Galu Juin (Junín de los Andes, Neuquén)
6. ¿QUIÉN MIRA?
Cualquier refrán sobre la soledad es perfecto para definir la vida de Vicente.
Hacía más de cinco años que vivía solo.
Tosco y huraño, así iba por la vida, por eso, a nadie le extrañó su decisión.
Ningún tipo de remordimiento se instaló en él.
Consiguió esa pieza pequeña, en una pensión pequeña, con una encargada más
pequeña aún que refunfuñaba todo el día por cualquier cosa.
Qué le importaba. Estaba muy cómodo en ese cubo de tres por seis que eligió
para disfrutar del silencio y que por único conector con el exterior tenía una ventana…pequeña.
Vicente estaba conforme así: solo.
De un tiempo a esta parte le costaba levantarse por las mañanas. Le temblaba bastante
la mano derecha y notaba que la mandíbula se tensaba demasiado en ocasiones.
Seguramente era cansancio.
Si Flora estuviese cerca ya tendría un turno con el
Dr. Blades para hacerse un chequeo. A otro con esos temas. El solo pensar en su
hermana, tanta bondad y humanidad, lo enardecía.
¿Cansancio? Recibía su jubilación
y ni siquiera hacía changas. Le alcanzaba para vivir.
Vicente decidió estar solo por el resto de su vida con las consecuencias de esa
determinación.
En el barrio hablaban pestes de él y de su forma desagradable hasta de saludar,
cuando lo hacía.
Una de esas mañanas en las que la mente le decía vamos y el cuerpo
se negaba, notó que el vidrio de la única ventana que daba a la calle tenía un
agujero. Sin despegar la cabeza de la almohada se lo quedó mirando un largo
rato. Qué extraño, nunca lo había visto. Se levantó y al acercarse, descubrió
con estupor que un ojo estaba completamente apoyado curioseando el lugar. Desconcertado, se agachó y de esa manera, volvió a la cama tapándose
con la sábana hasta la nariz
¿Cómo no había visto ese agujero antes? Josefa tenía que llamar a alguien para que cambiara el vidrio.
Mientras
pensaba no despegaba la mirada de la ventana, el ojo seguía inspeccionando
dando vueltas en su órbita.
Esperó hasta entrada la mañana para salir del cuarto y por supuesto que el
fisgón se fuera.
Reclamó a la encargada que lo escuchó y se dio vuelta
murmurando para seguir con los suyo.
La mañana siguiente no fue diferente. Ni la otra. Ni las demás.
Vicente notaba, día a día, que su brazo derecho temblaba más y que la mandíbula
tenía menos flexibilidad. Empezó a preocuparse. Jamás pediría ayuda. Se había
empecinado en su terquedad y para él era suficiente. Ya pasarían los males.
Lo que empezaba a obsesionarlo era ese agujero
en el vidrio de la ventana. Irregular, como hecho a propósito, con una piedra o
un golpe que jamás escucho, para molestar.
Hasta tenía la sensación de que cambiaba de tamaño, que de una nuez empezaba a ser una naranja.
No pudo dejar de prestarle atención.
Ojos azules, marrones, pardos. Grandes, rasgados, abiertos, entornados…de a uno,
de a dos, de a tres. Curiosos, invasores, impiadosos, cuestionadores, críticos
y crueles.
¿De quiénes eran? Creyó reconocer algunos, pero... ¿por qué se ensañaban con
él?, ¿por qué con él que no se metía con
nadie?
¡Josefa hay que cambiar ese vidrio!
Pasaron varias semanas y Vicente no salió más. Su pierna
izquierda también dejó de responderle.
Seguramente fue el esfuerzo que había hecho al correr y amontonar los muebles
ese fin de semana para que todas sus cosas quedaran lejos de la ventana
que daba a la calle.
Se las estaba arreglando entre el pasillo y cocina. Además, podía ver más
claramente lo que hacían los espantosos invasores, escondiéndose detrás de una tela
que había colgado como cortina desde la lámpara del pasillo hasta los bordes de
la cama.
Estaba bien solo, así como estaba, pero empezó a tener miedo.
No soportaba esas miradas inquisidoras.
Casi arrastrándose porque las piernas no le obedecían, sosteniéndose de las paredes, esa tarde, como pudo,
logró sentarse en uno de los sillones del
patio de la pensión y se quedó ahí esperando a la encargada.
- ¡Josefa…le digo que pasa la gente y me mira desde la calle apoyando los ojos
en el agujero! Hay que arreglar el vidrio de la ventana. ¡Josefa!
Casi al anochecer volvió a la pieza, mandando al
demonio a la mujer y pensando que ni loco llamaría a Flora, sería peor.
Pero no se tranquilizó ni siquiera con una valeriana y ya casi no podía dormir.
En la oscura noche descubrió que el agujero seguía allí y se alimentaba de
miles de ojos sin caras. Sintió por primera vez que su soledad se había
convertido en enemigo. Ese mismo miedo que empezaba a paralizarlo de pies a
cabeza obligándolo a quedarse acostado, tapado como lo hacía siempre: como un
niño.
La cama, ahora, ocupaba casi toda la
cocina fue lo último que pudo hacer (qué?, correrla?)antes de que se
detuviera su cuerpo por completo, allí, dónde aparecían apiladas la mayoría
de sus pertenencias sobre la mesada, los aparadores, la heladera.
A través de la ventana se observaba el reflejo de la luna y los azules de la
noche.
El agujero era todo resplandor y podía distinguir, con claridad, un único ojo muy parecido a los
suyos. Inmenso, enjuiciador.
Ya tieso, hipnotizado por esa pupila gigante, tan familiar, para nada extraña
esta vez, que revelaba una vida de insatisfacción que el mismo había construido.
Una larga vida de equivocaciones, de egoísmo y de amargura. Solo parecía vivo su brazo derecho con saltos histéricos
e incontrolables. Así, casi anestesiado, trató de buscar con la mirada el
teléfono, pero recordó que había dejado de pagar para que nadie lo llamara.
Recorrió con la mirada el espacio donde vivía,
la ínfima porción en la que se había resguardó¿ado el último tiempo de su
locura.
Poco a poco comprendió que el agujero se estaba cerrando ante sus propios y
reales ojos transformándose en una imperceptible rajadura pero ya ni un
quejido pudo salir de su boca.
-¡Flora! ¡Flora! ¿Dónde estás, Flora?-. pensó.
- ¡Don, Vicente!! ¡Acá le traje al muchacho, vino a cambiar el vidrio, aunque
ya le dije que no tenía que hacer tanto escándalo por una rajadura tan
insignificante! ¡Don Vicente! ¡Y ahora no atiende! ¡Con usted no se puede!
Su cara se llenó de estupor escuchando como las voces
se alejaban despotricando porque no abría la puerta.
- Qué pena morirse solo -pensó
Gabriela Potenza (CABA)
5. MIRAR LA LIBERTAD
Mirar por la ventana era soñar con la libertad.
Me sentía presa. Estaba viviendo en un cuerpo que no había elegido, en una familia que no me comprendía, en una casa que no era mía y empezaba a tener pensamientos pecaminosos que no correspondían a una buena niña católica, apostólica, romana.
Estaba creciendo, estaba luchando con mi adolescencia, estaba empezando mi condena que durante algún tiempo pensé que iba a ser “a cadena perpetua”.
Pero nada de esto importaba los sábados, que era el día de limpieza general de la casa; donde debía quedar todo impecable para mantener el orden el resto de la semana.
Nos teníamos que levantar temprano, aunque no fuéramos a la escuela.
Mi habitación ocupaba una de las esquinas de la casa y en la esquina opuesta estaba el dormitorio de mis padres, peroel nuestro, yo dormía con mi hermana, tenía dos ventanas orientadas a lugares distintos del jardín.
Después del desayuno empezaba la actividad.
Las persianas eran muy pesadas, de hierro supongo, se abrían con un gancho ubicado en el medio que hacía girar una varilla que debía encajar justo en los dos pequeños agujeros que estaban en el marco, uno arriba y otro abajo. Esto era muy fácil de hacer para mi padre, no para mí, así que muchas veces mientras yo levantaba las tazas de la mesa de la cocina, él abría las ventanas de toda la casa ya que tenían el mismo sistema.
Había que destender las camas dejando solo los colchones para que se ventilaran, después se pondrían sábanas limpias. Se barría muy bien todo y se pasaba un trapo húmedo, no mojado, porque los pisos eran de madera, había que cambiar el agua del balde varias veces para que quedaran relucientes.
Antes venía la parte que a mí más me gustaba, sacar el polvo de los muebles. Con un lustramuebles y una gamuza naranja había que dejar impecables las mesitas de noche, las camas, el placard … y las ventanas ¡llegaba mi momento!
Con el aerosol en una mano y el trapo en la otra me podía quedar horas mirando para afuera a través de mi ventana preferida, la que daba a la entrada principal.
Una ligustrina alta como una pared era el cerco que rodeaba la casa y nos separaba del exterior. Del otro lado estaban, la vereda, con las pocas personas que a veces veía pasar, la calle de tierra y después el campo de golf que los sábados se llenaba de personas(para solucionar el tema posterior del plural) distinguidas que caminaban acompañadas de un lacayo que ayudaba alcanzándoles unos palos raros con el que debían golpear una pelotita blanca, pequeña y pesada; muchas veces esa pelotita se salía de control y se enquistaba en la ligustrina.
Mi hermano y yo reconocíamos el ruido seco de un golpe mal dado que iba acompañado de sendas exclamaciones, entonces salíamos corriendo para ser los primeros en encontrar ese tesoro, que obviamente no sería devuelto.
Me doy cuenta ahora de que Guillermo y yo éramos los piratas del Caribe de Padua.
Más allá de estas situaciones casi cómicas, lo más significativo era dejar volar mi imaginación. Mi mente me hacía sentir libre; mirando por la ventana soñaba con el día que pudiera traspasar ese cerco, ganar la calle y salir de ahí….
Muchos años más tarde la escena volvería a repetirse, casi de la misma forma.
Esta vez estaba en mi dormitorio de la casa de Urquiza, y mientras me peinaba miraba por la ventana los edificios que me rodeaban cual cerco perimetral.
Mi cuerpo ahora tenía las cicatrices de tres cesáreas. Vivía en una casa que nunca había sentido mía, con un hombre que no me comprendía y al que había dejado de querer. Los pensamientos pecaminosos me habían dejado como saldo tres hijos maravillosos.
Volvían a mi mente los recuerdos de emociones ya conocidas, pero ahora, la que seguía presa era una mujer adulta de poco más de cuarenta años que esperaba ser rescatada.
Cuando me di cuenta de que era yo misma la que debía salvarme logré ponerle fin a un mal matrimonio de veinticinco años de convivencia.
Pero seguiría mirando por esa misma ventana dieciseis años más, hasta que, en plena pandemia, cuando todos estábamos encerrados, yo dejaba mi torre en el PH de Urquiza donde fuimos a vivir recién casados y que habíamos comprado con un crédito hipotecario, para mudarme a Villa Pueyrredón. Había conseguido reducir mi condena.
El 2020, un año tan nefasto para muchos, fue para mí, el año en que recuperé mi libertad.
Pero como todo tiene un costo, tuve que pagar una fianza para ser libre.
Vivir en un hermoso departamento alquilado era como pagar esa fianza en cuotas.
Tengo un lindo balcón que abarca el comedor y el dormitorio, pero que tiene protección.
La inquilina anterior, una señora mayor, tenía temor de que alguien pudiera entrar y le solicitó al dueño que colocara rejas que la hicieran sentir más segura.
Lo más importante hoy, es que mi presente es de una felicidad total.
Mi aspecto físico no ha mejorado, todo lo contrario; con el correr de los años la acción de la gravedad ha hecho estragos, solo que ahora no me importa.
Es la primera vez que vivo en un edificio. Paula, mi hija mayor, pensaba que no me iba a acostumbrar, pero no fue así, me adapté a la perfección.
En la actualidad vivo presa solo del amor de Carlos así que mis pensamientos pecaminosos han aumentado; espero que mi condena a cadena perpetua, esta vez quede firme.
Estoy transitando el camino a mi vejez sabiendo que hay cosas que no puedo ni quiero cambiar. Ver el sol o la lluvia cada día a través de la ventana, es mirar la libertad….
Mágico Abril (CABA)
4. PUERTA HACIA EL AFUERA
Miro la ventana del dormitorio grande de mi casa. Junto a ella seguramente se sentaban las niñas de la casa para ser observadas por los señoritos que pasaban por las veredas de las calles todavía hoy empedradas. Alguno de esos hombres las debe haber pedido para el casamiento. Habrán dejado esa vidriera casera para formar una nueva familia y ocuparse de un nuevo hogar, su casa.
Me llamó siempre la atención el mundo detrás de las ventanas. Como si fueran ojos a una realidad distinta. Nos permiten ver los diferentes colores de los árboles, de las flores. El color hermoso del cielo en días de frío y sol, de calor y sol. Las diversas construcciones que se cuelan bajo nuestra atenta mirada. El baile de la ropa en las terrazas y en los balcones. Los tonos de la gente que pasa. Los autos y sus diversos tamaños. La vida misma. Así es lo que me ofrecen las ventanas.
En mi casa materna-paterna, en la cocina de cinco por siete metros, el ventanal de dos metros daba (sigue dando) al parque. Lleno de verde, árboles y frutas. La luz del día ingresaba sin pedir permiso. La de la luna llena también. La casa está emplazada a unos diez metros del límite con la vereda. Era un barrio muy tranquilo. Pasaban los chicos para ir a la escuela, los vecinos para ir a trabajar y a la vuelta y nada más. Todo esto lo observaba yo desde la ventana del cuarto de mis padres.
Cuando viví en Avellaneda, en un primer piso de una construcción de chapa que sigue en pie de modo milagroso, me colgaba disfrutando de la vista hasta donde llegaba mi mirada y era un montón. Recuerdo haber visto a la vecina que cuerneaba a su marido a la vista de todos y a quien el amante en un auto deportivo pasaba tarde por medio a buscar por la esquina de su casa. Esos comentarios entre vecinas en la verdulería me hacían mucha gracia. Si llegaba la mujer en cuestión se hacía un silencio incómodo. Pura envidia, seguramente.
Las ventanas son nuestra primera puerta hacia el afuera. Poder ver qué hay más allá. A mí próximamente me espera una ventana al mar. Ahí es donde yo quiero estar.
3. MIS VENTANAS
La ventana da a la calle Los Plátanos. Una adolescente sin prisa se detiene aquella
tarde fría de jJulio.
Por dentro el ambiente cálido, el bullicio de la tele, pisadas que no la distraen. Una madre que roza sus mejillas con una caricia y le dice: "La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa?".
Por fuera un árbol sin hojas, las gotas de lluvia, el viento soplando.
La ventana da a la calle El Callao. Una mujer de veintinueve años se detiene en aquella mañana de mayo.
Por dentro un moisés
con volados rosas, con puños apretados una beba recién
nacida;, en
el sillón un hombrecito de dos años pidiendo upa mientras mira Pokémon,
sentadita con los codos en la mesa una nena de diez haciendo la tarea escolar.
Por fuera una rosa que despide los últimos pétalos, un cielo con nubarrones grises que asustan.
La ventana da a la calle Los Tilos.
Por dentro un compañero mimoseando esta noche de agosto.
Por fuera estrellas y soledad.
Ninguna madre la llama princesa, ningún niño reclama su presencia.
Persiste en esta ventana de hoy, la nostalgia de cada ventana que se llevó sus secretos, persisten la dicha, las ganas de vivir, la tolerancia, la magia, el esfuerzo por sostener el presente añorando sueños y encendiendo las chispas apagadas.
Edith Martini (Jáuregui, Buenos Aires)
2. VENTANAS
Las ventanas poseen cierto magnetismo, quién de nosotros no se ha detenido frente a ellas, sin saber por qué, cuando nos asalta algún pensamiento o recuerdo. Algunas veces nos quedamos absortos mirando, sin ver en realidad nada, mientras buscamos alguna señal, como si detrás de esa ventana estuviera esa respuesta que no encontramos en nosotros mismos.
Quizás hemos apoyado nuestra cabeza sobre sus cristales buscando un consuelo o dejando caer la lágrima que no quisimos que otros vieran. O las abrimos de par en par, para que entre el aire que sentimos nos falta.
Mirar a través de una ventana también es regocijo: asomarse esperando que llegue alguien querido, quedarse viendo caer la lluvia o al sol que comienza a ocultarse.
Varios años atrás, no recuerdo la fecha, entré al departamento de una conocida, ella tenía que buscar algo que había olvidado. El departamento estaba en un segundo piso y lo primero que llamó mi atención fue una amplia ventana, por la que entraba el tibio sol del invierno. Junto a ella, un sillón, un pequeño escritorio y en las paredes, un par de anaqueles con libros. Ese espacio me resultó bello, aunque en él no hubiera nada extraordinario, tal es así que lo reproduje, muchos años después, en mi casa.
Para algunos una ventana es solo una abertura en la pared. Para muchos, como yo, ellas tienen el poder de hacernos pensar en nuevos caminos, en nuevos sueños, como si con solo nuestro pensamiento y su magia, todo pudiera convertirse en realidad.
Claudia Martorelli (CABA)
1. ENTRE LA CAMA Y EL CIELO
Después de haberme separado del amor de mi vida quedé desolada. Me abandoné a la vida sin rumbo, sin sueños, sin el mínimo sentido. Nada. Me dije a mi misma: Ya está, de ahora en más todo lo que me queda es tiempo, mucho tiempo. Me aferré a los recuerdos más maravillosos de aquel hombre que me había hecho sentir el amor de verdad, y no pude ni siquiera llorar. Era un ente que paseaba por la vida sin prisa, sin anhelos, y sin futuro.
Seguía trabajando, y solo mis hijos me sostenían. Me tiré en la cama, literal. A pesar de que seguía con mis actividades musicales, viajaba, y paseaba con mi nieto León, mi gran objetivo cada día era tirarme en la cama a mirar televisión. Me levantaba a la mañana y mi incentivo era volver del trabajo y acostarme. Mi cama era mi comedor, mi sala de estar, mis sábados y mis domingos en familia. La mayoría de los fines de semana León se quedaba a dormir. Amaba estar con ese enanito y le brindaba todo: comida, un hogar, juguetes y amor. Pero en cuanto él salía a jugar con sus amigos o se iba con su papá, yo volvía a la cama.
Cuando estaba sola, me quedaba echada y mi único contacto con el afuera era la ventana de mi habitación: el sol iba pasando de un punto cardinal a otro detrás de los álamos plateados del vecino. Observaba el cielo de todos los colores durante el día: si era celeste, mis ojos se alegraban porque contrastaban con las sombras de los pájaros; si era gris, mis ojos también se alegraban porque podía justificar la inercia y estaba bien quedarse en la cama esperando la lluvia. Las noches eran más placenteras pues estar ahí quieta era lo correcto. Veía a luna asomada en aquella ventana y mis ojos podían observar, como hacía mucho no lo hacían, el espectáculo visual, junto con los sonidos de los animalitos nocturnos. Durante cuatro años vi pasar vientos, lluvias, y hasta un tornado que arrasó con las ramas amigas que golpeaban entre sí. Era lo único que necesitaba.
No quería hacer terapia, ni salir a ningún lado. Necesitaba quedarme adentro de la casa, sola con mi angustia, construyendo una armadura sobre mi cuerpo para no sentir absolutamente nada por nadie. Así mi corazón se transformó en una piedra.
Alejandra Busconi (San Martín, Buenos Aires)
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