Herencia


9. HERENCIA

De Mamá heredé:
el deber
la lógica
la previsión
la provisión
la voluntad
el enojo
la impulsividad
el cuidado de los otros
el amor por la lectura
lo introvertida
el hacerlo bien
la responsabilidad
y la verdad


De Papá heredé:
el disfrute
el humor
la ironía
el juego
la matemática
la historia
la didáctica
la paciencia
lo extrovertida
el poder hacerlo mal
la fantasía
el ajedrez
y los abrazos
MAD (CABA)

 

 8. EL TESORO

Mi papá se levantaba, se vestía, se lavaba los dientes, preparaba su boina, su carterita, la campera y las llaves del auto. Tomaba unos mates y se sentaba a esperar la hora de salir. Llegaba quince o veinte minutos antes, a cualquier lugar donde tuviera que ir.

¿A qué hora venís?, me pregunta cualquier persona, e inmediatamente mi cerebro calcula en unos segundos cuándo prepararme, el viaje y algunos minutos extras por si pasa algo. En general llego diez o quince minutos antes, si es fin de semana media hora, pero la mayoría de las veces exactamente la hora en que quedé. Siempre fui la primera en el trabajo, en los cumpleaños y en los ensayos: una enferma puntual.

Mi mamá nunca bajaba los brazos. Programaba, avanzaba, intentaba, retrocedía, volvía a intentar y seguía avanzando. Cuando nació mi hermano Daniel y el médico le anunció que tenía Síndrome de Down, le dijo a papá: Nada de llorar, ponemos manos a la obra. Cada golpe no era caída y se levantaba con más fuerza, cada tormenta la atravesaba de pie.

A mí la vida me llenó de golpes: separarme del padre de mis hijos y criarlos casi sola me destruyó, sin embargo seguí hacia adelante con fortaleza; separarme violentamente de mi segunda pareja me hizo encontrar al amor de mi vida que aunque tuve una ruptura muy dolorosa, pude recomponerme y seguir de pie ya que tuve un largo duelo.

El tesoro más grande que heredé de mis padres fue la perseverancia, sobre todo con los seres queridos. Nunca abandonaron a sus nietos, nunca dejaron de llamarlos, nunca dejaron de ayudarlos. Perseveraron con la educación de Dani, sus actividades, sus vacaciones, su dinero, su felicidad. Cada vez que algo me cuesta mucho recurro a ese tesoro para lograr ser quien quiero ser o estar con quien quiero estar o hacer lo que deseo hacer y por supuesto nunca rendirme ante cada adversidad que pueda ocasionarse con mis hijos.

 Alejandra Busconi (Sáenz Peña, Buenos Aires)

  

7. UNA CONSTRUCCIÓN PROPIA

¿Qué heredé  de vos, mamá? Cocinabas muy rico y cosías muy bien. En la cocina no seguí  tus pasos, nunca me acerqué  a preguntar cómo se hacía  tal comida, la cocina no formaría  parte de mis habilidades.

Te vi muchas veces coser  prendas, tu prolijidad  era admirable, hoy me doy cuenta de que cuando arreglo alguna ropa, tengo tu misma prolijidad  y esmero.

Mi manera de ser, de pensar y actuar, nada tiene que ver con lo que vos eras, y creo que no quedaron en mí como herencia, seguramente porque  esas actitudes tuyasme daban mucho fastidio y traté  de no repetirlas.

¿Y de vos, papá, qué heredé?Hay muchas cosas tuyas que me identificaron siempre,  fuimos ambos muy discutidores, defensores de nuestros ideas. Vos más enojón que yo, a vos todo te ponía de mal humor; algunas cosas y algunas personas logran  sacar lo peor de mi pero con los años ambos fuimos siendo más tolerantes, más flexibles y comprensivos.

También como vos, soy obsesiva por las cosas bien hechas, no dejo nada a medias. Creo que a los dos nos ganó el orgullo y como a vos te ocurría, tratamos de no ser una carga para la familia.

Debo reconocer que muchas otras cosas formaron parte de mi elección personal, pude tener mi propio criterio desde muy jovencita, eligiendo creencias religiosas que nunca me inculcaron e ideas políticas muy diferentes a las que vos tenías. Siempre fuiste muy trabajador, pero no  emprendedor, bastante pesimista y socialmente cero, nunca te gustó  tener demasiado  trato con la gente, todo lo contrario que a mí.

Creo que inconscientemente, de mi herencia familiar adopté   todo aquello que iría marcando mi personalidad, y el resto fue una construcción propia,  producto  de evitar todas las vivencias  que no me gustaron y no me  hicieron feliz.

 Li (CABA)


6. TREPAR AL AZUL

Mi madre era muy habilidosa, buena, sobreprotectora, coqueta, compañera de su esposo. Pero no tengo mucho de ella. Siempre tenía los pies bien puestos sobre la tierra. Cosía y tejía muy bien, recuerdo que cuando sacaba su costurero yo salía corriendo para esconderme, odiaba esa cajita de madera, ella quería enseñarme, siempre me decía: qué vas a hacer cuando te cases y tengas que coser una camisa a tu marido. Yo le respondía que lo llevaría a una costurera. Además, no quería ser una mujer sacrificada como mi madre y mi abuela, que vivían solo para sus esposos y que en la casa sabían hacer de todo. Pero de mi madre tengo su amor por la familia, la bondad, valores religiosos.

De mi padre, sí tengo mucho. Cuando vivíamos con mis abuelos dormíamos los cinco en una habitación, recuerdo que despertaba y lo veía a papá parado frente al espejo con un frasco en la mano como si fuera un micrófono, cantando en voz suave para no despertarnos, eso me divertía. En los carnavales nos disfrazábamos, él de pirata y yo de paisana, así salíamos para el corso.

Después de mudarnos dejando la casa de los abuelos, compró un gran combinado, escuchábamos música y bailábamos, me enseñó a bailar tango.

Mi madre lo acompañaba en muchas de sus aventuras, viajes, siempre estaba presente en él su idea de radicarse en otro país.

Poseía varios hobbies; la guitarra, la pintura, la escritura. Se compró una guitarra de concierto, fue a dos clases y se cansó. El atelier lo armó en una habitación, compró las telas y el óleo. Pintó seis cuadros. Abandonó la pintura para dedicarse a la escritura, le gustaba escribir poesías y cuentos.

Mi padre cuando tenía una meta, la cumplía, aunque después se cansaba y elegía otra.  Un día se levantaba con una idea y lo seguíamos en esa aventura, podía ser una escapada a Mar del Plata, o tomar un tren e ir hasta el final del recorrido y volver.

A pesar de que padecía momentos de tristeza por falta de dinero nunca perdía su optimismo. Vivía el día de hoy a pleno y lo hacía con su familia. Era un soñador, su frase favorita era; trepar al azul, significa poseer sueños y arriesgarse, pero mamá lo bajaba a la tierra.

Mi padre algunas veces cocinaba, ese día había que alejarse de la cocina, se ponía su delantal y gorro de cocinero, no quería ayuda, solo llamaba si necesitaba algo. Dejaba la cocina un desastre, había aceite y salsa hasta el techo, y usaba todos los utensilios dejándolos sin lavar en la pileta.

Pero lo que más me divertía era cuando iba con él y seguíamos a mamá que se iba a tomar el té con sus amigas a una confitería, nos sentamos en otra mesa., para mí era un juego. Las amigas decían; mirá, Leonor, está tu marido y Laurita. Creo que a mamá no le agradaba mucho.

De mi padre heredé la alegría de vivir, sus sueños, su positivismo, la impulsividad. No heredé su manera de hablar, no se quedaba callado ni un minuto. Recuerdo que mis padres iban a estudiar inglés con una profesora particular, en la tercera clase, la docente le dijo a mi padre que no podía continuar enseñándole, pues él hablaba mucho e interrumpía, pero continuaría con mi madre.

Heredé más características de mi padre que de mi madre, siempre me gustó vivir el día sin pensar en el futuro, me estabilicé con el matrimonio, mi esposo ha sido mi cable a tierra.

 María Laura Finocchieto (CABA)

 

 

5. DOS AGUAMARINAS  

Ese domingo de otoño Esteban, los chicos y mi padre salieron contentos a remontar un colorido barrilete en el parque próximo a la casa de mis padres.  

Luego de almorzar mamá dedicó un rato a lavar la vajilla mientras yo sacaba el mantel y reacomodaba el comedor.  

Tras quitarse mi madre el delantal a rayas azules y blancas nos dijimos que era hora de descansar un rato antes del regreso de los demás. 

Las siestas con mamá habían tenido desde siempre un particular encanto para mí. 

Ambas acostadas en la cama de su cuarto solíamos tener copiosas charlas y nunca nos dormíamos sin darnos primero, recíprocos besos en la mejilla.  

Yo solía hacerme la que conciliaba el sueño primero para que ella se relajase y se durmiera tranquila.  

 Por lo general yo me despertaba antes.  

Me encantaba observar como las graciosas ondas de su pelo castaño oscuro  enmarcaban su rostro, en esos momentos  apacible y luego de recorrerlo amorosamente con la mirada invariablemente mis ojos se posaban en sus orejas en las que lucía aquellos aros de oro amarillo.  

 Las gemas celestes estaban engarzadas formando dos rosas. 

Eran italianos, colgantes pero no pendientes, un estilo de frecuente elección entre las mujeres de nuestra familia. 

Estos, además de ser muy especiales por sus aguamarinas hermosamente pulidas, guardaban la belleza de su historia.

Mamá  los había heredado de su progenitora a quien, a su vez, se los había legado su madre y a ella su nonna materna.   

Desde muy pequeña yo le escuchaba a mamá contar con nostalgia que mi abuela se los había colocado llorando el día en que ella dejó su hogar para ir a embarcar Genova  rumbo a la Argentina para no volverla a ver jamás. 

En medio de la traumática despedida la abuela le pidió que solo se los quitara para dárselos a su primera hija, motivo por el cual yo los recibiría de seguro en algún momento.  

En realidad mí ambición no era tenerlos, no hubiera visto práctico usarlos, pero en mí madre se veían maravillosos.

Esa tarde, como de costumbre, dejé a mami durmiendo un ratito más y salí del dormitorio en puntitas de pie para ir a la cocina a preparar unos mates. 

Cuando tuve listo el primero se lo acerqué, la encontré sentada apoyada sobre el respaldo de roble claro. Asió el mate con una mano y abriendo la otra me entregó orgullosa el par de aros mientras me sonreía complacida lo que me llenó de ternura. 

La abracé agradecida sin darle tiempo a colocar la bebida sobre la mesita de luz a riesgo de que se cayera el líquido caliente, por lo que ella emitió una expresión divertida en su lengua natal.

Su rostro denotaba dicha cuando cómplice me encargó que en unos años se los legara a mi hija. 

La verdad es que los usé en pocas oportunidades porque juzgué demasiado llamativas a las brillantes aguamarinas 

Entonces han quedado resguardadas en su antiguo estuche azul la mayor parte del tiempo en que yo las tuve. 

Después de que mi hija diera a luz a mi(ojo con los mi/mí) nieta le di las preciadas rosas de oro que en algún momento pasarán a su más reciente heredera. 

Creo que por una cuestión de seguridad y hasta de ubicación, mi hija tampoco las usa demasiado. 

Pero me hace muy feliz pensar que mi nieta vaya a elegir mantener nuestra linda tradición familiar.

 Melinna Trigo (CABA)

 

 4. ¿EN QUÉ NOS PARECEMOS?

¿Qué acarreamos cada uno de nosotros de nuestros progenitores? A la distancia, tomo mate como papá. Una actividad que se transformó en grupal en mi caso porque mi papá siempre tomó mate solo. Solo, con la pava y hablando en voz apenas audible al infinito. Amargo, “lo dulce es para las mujeres. ¿Siempre dulces mujeres? Por eso los postres y las tortas no le gustaron nunca. Lo difícil de servir un flan de doce huevos y que el tipo te lo critique sin probar siquiera. Sin embargo, le encanta el postre mantecol. Contaba la historia del turco pobre que vendía el primer mantecol en un puestito en las veredas del centro y cómo el señor Georgalos le robó la fórmula. Desconozco la verdad. No me importa. Me encanta el Mantecol. Es mi postre preferido.

El folklore como expresión de un pueblo. Siempre le gustó bailar. Como a mí. Hemos pasado fiestas bailando nosotros dos solos muchas danzas folklóricas. Él hacía el papel del varón que provoca a la dama. Eso no me gustaba. Era el único que sabía bailar bien: seguir la cadencia y conocer al detalle las coreografías. Le gusta el tango canyengue. No nos enseñó a bailar tango. ¡Andá a saber! Lo canta con la letra cambiada: “Ciruelo en flor”. Corto, muy corto de palabras. Pueden pasar muchos minutos en un silencio feroz. En mi caso, te cuento lo que elijo contar. Como con el psicólogo.

Con respecto a mamá, me parezco en la velocidad en que hace todo. Con sus ochenta y siete años la actividad diaria sigue en modo alto. Se enoja también si se cansa. ¡Ochenta y pico! Su velocidad vital fue generada por todo lo que tenía que hacer y lo escueto del tiempo. Va y viene. Hace y sigue haciendo. Mi velocidad es por imitación pura, sin razones, con todo el tiempo del mundo.

Canta en todo momento. No se sabe qué canción y eso no es importante. Escuchábamos a Larrea y a Carrizo en Radio Rivadavia. Mucho tango, folklore, boleros.

Arrojada, por sobre todo. Decidida. Como la vez que salió de la casa armada con la pala de punta para proteger a su hombre. Creo que fue su presencia la que terminó la pelea entre vecinos. Una fémina con rasgos masculinos en un espacio de machos. Las otras esposas gritaban pero nada hicieron.

Mi rostro en el espejo. ¡Parecidísimas!

Su insistencia en el gusto por el pelo corto. Su rechazo a mi pelo no tan corto: a ella no la hace feliz. Lo sé.

El tema de la tierra que nos une. Desde pequeña me han enseñado que la semilla da frutos, que necesita del cuidado paciente, que el agua es alimento sagrado. El placer por recoger las paltas que me gustaban a mí sola, por ejemplo.

Insisten los dos en la venta de la casa que hicieron con sus manos literalmente para repartirla entre los tres hijos. La historia se irá escribiendo.

Edith Oxilia (CABA)


 3. UN CÓCTEL RARO

   Cerré la puerta de la heladera esbozando una sonrisa al tiempo que movía la cabeza, como si me resistiera a aceptar la evidencia: estaba haciendo lo mismo que tanto criticaba en mi mamá. Todas las sobras en cajitas plásticas, “la comida no se tira” aunque si no tenía oportunidad de usarla como guarnición o no se me ocurría algún plato improvisado, irremediablemente, después de algunos días iría directo al tacho de basura.  Para mi beneficio, esta costumbre que reconocí en mi adultez, no era lo único que repetía de mamá, casi sin darme cuenta: la facilidad para aprender cualquier receta de comidas, por lo cual mi madre recibía el mote de Yolinic, este acrónimo que unía a Yoli, como la llaman y Pumper nic, marca hoy desaparecida. También repito su terquedad cuando no entiendo algo y como ella me bloqueo en mi postura o mis ademanes al hablar rápido y fuerte, solo por mencionar algunos ejemplos. Cosas que se agravan día a día, o mejor decir, se profundizan, para quitarle seriedad a estas conductas.

  Sin embargo, me veo haciendo alguna “luichiada” de tanto en tanto. Este término es reconocido por cualquier familiar directo. Luis era  Luichi para mi madre, él solía hacer arreglos de todo tipo y cuando se necesitaba un resultado rápido, no dudaba en dejar de lado la estética en pos de la solución. Así que, era capaz de utilizar una cinta aisladora azul, cuando lo conveniente era una transparente; fijar una parte de cualquier objeto con metros de hilo atado con varias vueltas o cualquier otra desprolijidad por el estilo. Cuando se esmeraba, hacía las cosas bien, pero a la hora de resolver un imprevisto no dudaba y así quedaba…Hago lo mismo, el sentido estético no me caracteriza.

   Lo previsora y rigurosa con repuestos y variedad de alimentos, artículos de librería, higiene y limpieza, se lo debo a la abuela Orfilia. La recuerdo proveyéndose desde octubre las bebidas para las fiestas de fin de año: soy igual. No dejo nada para último momento, a veces pienso que es un toc, si se está por terminar una lapicera que me gusta, quiero tener antes otra igual que la pueda reemplazar, los pañuelos de papel o los protectores diarios se apilan en paquetes dentro del placard chico, donde ya no tengo espacio. Incluso me ha pasado, olvidar que tenía quitaesmalte y comprar otro sin siquiera revisar en casa. El “por las dudas”a la hora de adquirir estas cosas es mi frase preferida.

   En el aula, con mis alumnos, con mi nieto o mi sobrina nieta, percibo la paciencia que seguramente heredé de la abuela Amalia, quien jugaba con los niños vecinos o los de la familia, ella se dejaba maquillar, peinar y ser nuestra muñeca con tal de entretenernos. Disfrutaba de estar con los chicos y nos seguía el ritmo en nuestras ocurrencias infantiles, aun a expensas de los reproches ofuscados de mi abuelo, pues a él le molestaba su actitud. “Vamos, mujer, ya deja eso, mirá lo que pareces…”, era su forma de proponer el fin de los juegos.

   Me reconozco en ese cóctel raro de la herencia familiar. Me gusta, es como si algo de ellos viviera en mí, como si la huella de mis ancestros estuviera impresa en mis actos cotidianos.

Bertha 2003 (CABA)

2. DE TODO UN POCO


De mamá saqué muchas cosas: su gusto por la cocina, la repostería europea, el agasajar a la familia con detalles y amor. Y otras cosas no...quedaron en ella, se fueron en ella. Algunas admiradas, deseadas y otras no.

Me gustaba como se aferraba a la vida y al amor. Su perseverancia, e insistir hasta las últimas consecuencias. Orgullosa de sus hijos a quienes nos vestía con dedicación y esmero, con ropas heredadas de algún familiar o de la patrona de una prima, que tenía chicos un poco mayores que nosotros.

 La que recuerdo de la infancia era la que cantaba, bailaba paso dobles en la sociedad de fomento, a la luz de los faroles a kerosén. Que los domingos quitaba el mantel, y cubría la mesa de madera con masa casera,  relleno de acelga y vuelta masa, haciendo los ravioles más ricos del mundo. O sus empanadas caseras y sus tortas variadas y exquisitas.

Cuando las papas quemaron se las ingenió para conseguir sustento: feria americana y luego ropa importada. Era una gran vendedora, creaba vínculos buenos con sus clientes, muchas veces ellos fueron proveedores de soluciones, algunas en momentos complicados.

Decididamente, he sacado bastante de ella.

Cristina (CABA)


1. LA ABUELA PIRIQUI

Mujer original si las hubo, mi abuela paterna. Fue curiosa, arrolladora y enérgica. Había quedado viuda a los ocho años del nacimiento de su hijo, mi padre. Antes fue la segunda esposa de don Santiago Desiderio Durán, marino bastante mayor que ella, de familia burguesa del interior bonaerense. Él se destacó por su cultura y distinción, hablaba siete idiomas y fue pianista en su destierro montevideano por haberle hecho una revolución como guardiamarina a Juárez Celman. También agregado naval en Londres y prefecto del puerto de Corrientes. Se había casado con una mujer joven, mi abuela, doña Estela Gómez de la Fuente. Cuando quedó viuda ella vivió un tiempo en el hotel Savoy. Contaba con un chofer que la llevaba a todos lados siendo una maestra. Luego alquiló un departamento enfrente al colegio San José en el que dejó pupilo a mi padre porque debía ocuparse de su trabajo docente y de su hijo mayor débil y enfermo. No volvió a casarse. Perder la pensión de marino y quedarse con la jubilación docente no era fácil.

De chica escuché algunas de las anécdotas de la abuela por parte de amigos de la familia. Parece que se le ocurrían cosas fuera de serie como la de organizar choriceadas en la sala de profesores del Nacional Nº 6 y dar golpes de paraguas a los alumnos que se portaban mal, entre ellos mi padre.

También recuerdo el comentario sobre el ímpetu de sus palabras y sus desempeños extravagantes. Por ejemplo, llevar a sus alumnos a recorrer en barco los canales fueguinos anunciándose previamente por carta al gobernador de la isla quien debía recibir a la delegación con la banda municipal. También sus graciosos reproches si alguien la pisaba en el colectivo. “Usted no sabe a quién ha pisado. Ha pisado a la presidenta del Centro de Residentes Correntinos de la ciudad de Buenos Aires”, como si ese título le diera alguna inmunidad para no recibir un pisotón. Cuenta la leyenda que mi abuela había visto a la virgen de Itatí en algún lugar de Corrientes, hecho a todas  . Si bien descifré que era una mujer creyente, no me la imagino hincándose ante una aparición tan misteriosa.

De más joven salía en los retograbados del diario La Prensa solo por jugar al tenis o ser recibida en alguna provincia. Curioseé esos recortes prolijamente pegados con esquineros dorados en unos álbumes de hojas marrones. Contaba mi papá, aunque no puedo dar fe, que entraba al despacho del presidente Hipólito Irigoyen como si tal cosa. Vaya uno a saber con qué objetivos.

La abuela Piriqui, como la llamaba con mi hermano, se recibió de maestra en el Normal Nº 1 de Corrientes, pero por sus contactos políticos pudo ser profesora de geografía y hasta presentó un trabajo sobre el petróleo en un congreso, según el relato de mi padre.

Yo la conocí en su decadencia. Ya no era aquella mujer ingeniosa y singular. En alguna oportunidad muy chiquita, me quedé a dormir en su casa y solo recuerdo sus largas uñas pintadas de rojo y el cuento “El gallo Pelón Piquento”. La sombra de su perfil proyectaba en la oscuridad del cuarto en que dormía me daba terror. La abuela adoraba a mi hermano Santiago y me ignoraba olímpicamente.

Si tengo que enumerar herencias derivadas de esta abuela tan especial puedo mencionar sin orden, el haber sido egresada de un colegio normal, la profesión de docente en geografía, las aventuras y viajes con alumnos por distintos lugares del país, presentar trabajos en congresos y salir en diarios -aunque no en sociales-, su relación con la política y, especialmente, su carácter fuerte y risueño. Dicen que soy parecida en los rasgos del rostro. Me hubiera gustado no tenerle tanto miedo como para conversar con ella más detalladamente sus originales historias. Por último, rarísima coincidencia la de elegir seudónimo uno de sus apellidos, de la Fuente. Ahora que lo pienso son muy abundantes los genes en común que tengo con mi abuela Piriqui.

Alexis de la Fuente (buenos Aires)


 

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